CAPÍTULO 41 #2
—Te huele el aliento, cosa —dijo ella.
Casi me hizo reír.
La amantir se irguió sobre sus patas traseras, para amedrentarla.
—Está tratando de despistarme para clavarme el aguijón —informó la pelirroja, en posición de guardia—. Agachará la cabeza, ya lo verás. Me moveré hacia ella.
—¿No le tienes miedo?
—Temo más que muera la gente que me importa, y tú me importas. Así que esta cosa no te matará, tampoco a mí.
Una bonita sensación, como la caricia de un rayo de sol en invierno, me llenó el pecho.
—Desde luego que no —dije, sin perder vista de ella ni de la bestia, preparado para atacar.
Anamkha hizo el amago de dar un paso, como en esas fintas que se hacen para engañar al otro, y la bestia picó. En un segundo, aplanó la parte anterior del cuerpo, como hacen los gatos cuando se estiran, y lanzó el aguijón.
Aquel fue el momento que estaba esperando.
Salté sobre ella. La fuerza del tajo, ayudada por el peso de mi cuerpo y la gravedad, fue suficiente para separarle la cabeza del cuerpo.
Luego, rápidamente, lancé otro tajo al aguijón, que se separó también del cuerpo.
La mesa se partió en dos, y los tres nos vencimos sobre los tablones rotos.
Uno de ellos le atravesó el vientre a esa cosa.
Otro, casi se me clavó en el ojo, pero Anamkha tiró de mí hacia atrás a tiempo.
Ambos caímos de espaldas en el suelo, por la inercia.
La bestia soltó un gruñido, y luego todo fue…
No, no todo fue silencio. Me pitaban los malditos oídos, los mosquitos zumbaban, el fuego crepitaba y la madera crujía. Mi respiración y la de Anamkha era peor que si hubiéramos subido a una montaña. Así que no todo fue silencio, lo que me alegró: lo contrario significaría que estábamos muertos.
—Pelirroja, si lo sé no vengo a verte, eh —dije mirándola, tumbado a su lado en el suelo.
Giró la cabeza para mirarme y soltó una risa con los labios cerrados.
Su frente y su cuello estaban llenos de sudor; el cabello, despeinado, se le pegaba a la piel; los pequeños pelos recién nacidos formaban algunos caracolillos.
Estaba particularmente bonita así. Le rocé con el nudillo uno de ellos, y sonreí.
Ella, con dos dedos, echó hacia atrás un mechón de mi flequillo que se me había movido hasta la frente.
—Has luchado bien —dijo.
—Tú también. —Asentí, perdido en su mirada.
Carraspeó, despacio, y luego se puso en pie.
—Tenemos que salir de aquí, vamos; he de suministrarte el antídoto pronto o no podrás moverte de la cama en una semana.
Me tendió la mano y la cogí. Me costó erguirme. Allá donde no me sentía entumecido, me sentía dolorido. Miré hacia la chiquilla. Aún respiraba.
—Busca ayuda. Epona es casi un dragón, llegaréis pronto a Sigmarina. Me quedaré aquí.
—No puedo dejarte solo estando así.
—No estoy solo. Tengo… —Sentí las finas patas de Aralda en mi cuello—. Tengo dos arañas conmigo. Creo. Si es que no las he aplastado con el cuerpo o se han quedado en Sigmarina.
—Estamos un poco mareadas, pero estamos aquí —dijo Aralda—. No he visto cosa más fea que esa en mi vida.
—A ver, tu padre tampoco era muy agraciado.
—Eso es verdad —respondió Arapirey cantando.
Anamkha sacudió la cabeza.
—¿Hablas con arañas también?
—Sí, eso hago.
—Entonces no me extraña que camines por los techos como si fueras una. —Me palmeó el muslo; casi ni lo sentí—. Busca un lugar cómodo en el que sentarte. Vuelvo en cinco minutos.
Salió corriendo a toda prisa. Yo habría querido salir al porche de la casa, a respirar aire fresco, pero no quería irme por si Zofi despertaba. Su respiración seguía siendo casi un hilo; no sabía si le quedaba mucho. Así que me acomodé lejos de esa cosa, con la espalda apoyada en la pared.
Oí un agudo silbido, que llegó del exterior.
Pensé que sería Anamkha llamando a Epona.
Aralda y Arapirey bajaron por mi hombro y se fueron a curiosear.
Soltaron comentarios sobre el asco que daba aquello cada dos por tres.
Sus voces se hicieron lejanas poco a poco.
No pude sostener el peso de la cabeza y se me vino sobre el hombro derecho.
Tampoco fui capaz de mover una pierna. Luché por mantener los ojos abiertos, a duras penas.
No sé cuánto pasó hasta que vi a Anamkha aparecer.
Sin mediar palabra, me abrió la boca y me metió algo que sabía a corteza debajo de la lengua.
Y diréis, ¿cuándo has masticado corteza?
En una pelea en Ledaria, un tipo me estampó contra un árbol, y ese día incluí el pino ledariano en mi dieta.
En absoluto sabroso ni delicioso. No lo recomiendo. Mejor comeos una ensalada.
—¿Qué es esto? —pregunté, al tiempo en que se escuchaba el relincho de Epona.
—Para que no se te duerma la garganta. Podrías ahogarte si sucede. Tardaré lo menos posible. —Me puso la espada en las manos; luego, me acarició la mejilla—. Si te pasase algo…
—Lárgate, pelirroja, estoy hecho de metal, ¡vamos!
Asintió, tragando saliva, y se fue tan velozmente como había llegado.
A solas, en aquel lugar sangriento, solitario y desconocido, volví a sentir la presión en el pecho de las garras de mi existencia.
Si alguien entraba con intenciones deshonestas, no podría defenderme.
Si Azskar o el huesitos aparecían, tampoco.
Sin embargo, a la pelirroja no le había quedado más remedio que irse sin mí, si es que queríamos salvar a la chica.
Al menos, como le había dicho, no estaba solo.
Noté un cosquilleo en el cuello y miré hacia abajo.
Aralda y Arapirey corrían sobre mi pechera. Vi brillar los hilos de su tela.
—¿Qué hacéis?
—Te sacaremos las espinas y pondremos tela dentro —dijo Arapirey—. Nuestra tela es antiséptica… ¿Se dice así, no, Aralda?
— Sí, eso dijo el mago simpático. Él sabe mucho de arácnidos, ¡hasta de los mágicos! Dijo que nuestra seda evita que la ponzoña infecte las heridas.
—¿Quién es el mago simpático?
—Ivarix. Lo conocimos ayer, al poco de llegar —respondió entusiasmada—. Esto no frenará el veneno, pero al menos no te morirás de una infección, ¿¡qué te parece!?
—Que sois las mejores arañas del mundo y que, si mañana me puedo mover, iremos al mar.
Oírlas celebrar, rodeado de sangre y muerte, fue de lo más extraño. Más aún que hablar con arañas, sí.