CAPÍTULO 41
De sangre, veneno y tela de araña
Anamkha y yo avanzamos en silencio hasta la mesa, con cuidado de dónde poníamos los pies y de cómo respirábamos.
Aquella cosa devoraba a su víctima, sin prestarnos atención.
Rodeamos la alfombra en la que yacía el cadáver sin cabeza.
Lo miré compasivo. Que lo último que vieran tus ojos fuese a aquella grotesca criatura no era una manera agradable de morir.
Una vez nos agazapamos tras la mesa, entre las patas y las sillas, observé a la amantir.
Lamía con ganas los coágulos de sangre. Se le derramaban barbilla abajo, llenándole el peludo cuerpo.
Desde aquel ángulo, en el que veíamos el resto de la estancia, vi una hilera de cuerpos colgando de la pared.
Esa cosa los había enganchado en cabezas de animales disecados.
La chiquilla pendía de las astas de un ciervo.
Una de ellas le atravesaba el hombro derecho.
Aunque, por su expresión, pensé que estaba muerta, aún respiraba.
De los otros, que eran seis en total, solo uno parecía vivo.
Un hombre de mediana edad. Recé porque fuera su padre, para que, si esa niña salía de aquella con vida, no quedase huérfana de padre también.
La idea de salvarlos me dio fuerzas y esperanzas para afrontar el reto.
—La he visto. Sigue viva —susurró Anamkha con ánimo, a lo que asentí.
—Tenemos que sacarla de aquí.
—No podemos bajarla sin supervisión médica. A ninguno de ellos. Puede que el cuerno haya perforado un órgano o una arteria. Si lo movemos, quizá sobrevenga una hemorragia.
No iba a soltar la patochada de decirle: «Ve a buscar ayuda, puedo solo», porque sería mentira. Cuando la pelirroja regresase, me encontraría siendo la cena de aquel bicho. Así que solo suspiré hondamente y dije:
—Démonos prisa entonces.
Afiancé el agarre en torno a la empuñadura. El acero brillaba a la luz de la chimenea y vi, por un instante, nuestro reflejo en él. Solo esperaba que mi maldita cicatriz no me fastidiase el día.
—Voy a clavársela en la cabeza. —La pelirroja me hizo un gesto con la mirada y tensó el arco—. La dejará aturdida unos diez segundos. Es el tiempo que tienes para llegar hasta allí.
El grotesco sonido de esa cosa al machacar un hueso entre los dientes se oyó sobre su murmullo. Miré de nuevo la distancia que nos separaba. Había unos trece metros.
—Suficiente.
Esperé su señal. En un parpadeo, Anamkha se puso en pie y disparó.
La flecha voló hacia la amantir y le atravesó el cráneo.
Allá por dónde pasó, la carne de la bestia se volvió negra, consumiéndose en cenizas.
El proyectil fue a clavarse en un cuadro de escena campestre, sobre la chimenea, y el lienzo se calcinó.
Una sangre verde y espesa manchó la pared y goteó por el rostro del ser.
Se revolvió furioso, antes de emitir un gemido, señal de su aturdimiento.
Salté sobre la mesa, ayudándome de la mano libre, y corrí sobre ella todo lo que me daban las piernas.
Los vasos cayeron, se quebraron. De la fruta emergió una nube de moscas y mosquitos.
El olor era agrio, a corrupción y podredumbre.
Salté sobre la amantir, espada en alto, y encastré el filo en su nuca.
Sin embargo, no llegué a cercenar la cabeza.
Su cuello estaba duro cual piedra, o quizá mi espada no estaba lo suficientemente afilada.
Mi propio peso hizo que la punta se levantase. Rebanó la carne a la par que yo caía.
Sentí una punzada en el brazo derecho, cerca del hombro.
Como si me picase una avispa. Vi algo clavado en él, una suerte de cristal afilado, de color verde.
Debía de ser una de sus púas llenas de veneno.
Noté un entumecimiento, así como un mareo que me dejó aturdido unos segundos.
Escuché el sonido de otra flecha al salir disparada, y la vi clavarse en la cabeza de la bestia.
Quedó suspendida, mientras la carne se le volvía negra de nuevo.
Antes de que eso pudiera aturdirlo lo bastante, la amantir me barrió con una de sus garras.
Fui a dar contra una pared. Aunque el latigazo en las cervicales me dejó confuso, me puse en pie.
La bestia soltó el cadáver y se colocó a cuatro patas.
Vino hacia mí, con la boca abierta, desencajada a unos límites imposibles para una cabeza humana.
Voló otra flecha, que la atravesó. Dio con la barbilla en el suelo al tiempo que de su cola salía otro dardo venenoso.
Rodé para esquivarlo, me situé al lado de la criatura y descargué de nuevo la espada contra su cuello.
Solo logré separarlo un poco. La criatura se espabiló y se irguió de nuevo.
Fue a caer sobre mí, con todo su peso, y le hendí la espada en la garganta.
Sin embargo, el acero no se clavó más de la mitad.
Cuando tiré de ella, no pude sacarla. No me dio tiempo a apartarme.
La bestia me atrapó con sus garras. Violentamente, me estampó contra el suelo.
Di de lado contra las losas. El hombro izquierdo, la cadera y la sien me crujieron; me mordí la lengua por el impacto.
El agudo dolor del mordisco se mezcló con el aguijonazo que noté en el costado.
Oí el zumbido de una flecha; otro más, hasta que de golpe escuché un pitido en los oídos que opacó lo demás.
No obstante, vi a la amantir sacudirse por los impactos, su piel volverse cada vez más negra, allá donde impactaban.
Por cada paso que daba, recibía una flecha que la hacía sacudirse en el sitio.
Tenía que ponerme en pie, aunque sintiera entumecimiento.
Si no, la bestia acabaría llegando hasta Anamkha.
Miré hacia la chimenea, la repisa que había bajo el cuadro era más alta que la mesa. Tenía que subirme a ella. Saltar desde allí. Y sabía cómo hacerlo.
—¡Málakor!, ¿estás bien? —escuché gritar a mi amiga.
—Estoy bien, pelirroja, sigue disparando. Haz que se ponga de rodillas ante mí.
Disparó otra vez, mientras la criatura se sacudía.
Sumida entre instantes de aturdimiento y de lucidez, en los que trataba de alcanzarme con las garras y yo la esquivaba.
Otro de sus dardos venenosos me impactó, aquella vez en el cuello.
Me pareció que la sangre dejaba de llegarme a la cabeza. La lengua se me quedó medio dormida.
—Maldito bicho —balbuceé.
Aunque cortarle la cabeza era la prioridad, cansado ya del aguijón, aproveché otro disparo de Anamkha y deslicé un tajo sobre él. Eso sí se partió en dos. No obstante, para mi decepción, le surgió otro como si no fuera más que una planta a la que le sale un tallo.
—¿Qué narices…?
—Da igual lo que le cortes, hasta que no sea la cabeza, no morirá.
—El cuello es muy duro, Anamkha.
La bestia dio un barrido con el aguijón, pero salté hacia atrás a tiempo. Casi caí de espaldas a la lumbre. Cuando me encaró, tuve que agacharme para evitar que me atrapase entre sus garras. Vi de cerca aquel cadáver que había estado devorando y el estómago se me revolvió.
Anamkha volvió a disparar. La sangre verde me salpicó en la cara. Hedía como la más pútrida de las llagas.
Cansado y aturdido por el veneno, no pude esquivar su siguiente ataque. Con una de sus garras me golpeó en el antebrazo herido desde Ledaria. Un dolor agudo me recorrió desde allí hasta la nuca, haciéndome soltar un quejido angustioso.
Otra flecha cortó el aire; le atravesó el cuello. El bicho se sacudió mientras soltaba un ruido burbujeante entre sus fauces abiertas. Aproveché su dolor para intentar una maniobra que, aunque arriesgada, supondría la diferencia entre matar o morir.
Envainé la espada y corrí hacia la pared que hacía esquina con la de la chimenea.
Pasé tan fugaz al lado de la bestia que no le dio tiempo a rozarme.
Puse un pie en la vertical y cogí impulso para encaramarme a la chimenea.
Apenas me cabían los pies en la repisa, pero la altura seguía siendo insuficiente.
Salté con todas mis fuerzas y me enganché con las manos de una de las vigas de madera que cruzaban el techo.
Otra flecha cortó el aire y la criatura gimió.
Levantó las garras y trató de alcanzarme.
Me balanceé y logré encararme a la viga.
Sin embargo, restaba lo peor: caer sobre ella en el punto justo, con la fuerza precisa, rezar porque no me fallasen los músculos y, sobre todo, porque no me atrapase y me abriese en canal.
Anamkha me miró por un momento, sorprendida, y luego volvió a centrarse en la criatura. Vi que solo le quedaba una flecha en el carcaj. Y no era de esas naranjas, tenía apariencia normal.
—Esto se está poniendo cada vez más complicado —dije.
La bestia rugía y saltaba, tratando de atraparme.
—Las cosas complicadas son las que traen más grandes satisfacciones cuando se consiguen. —dijo ella—. Prepárate.
Asentí y ella disparó la fecha, que impactó en un ojo de aquella bestia.
La cosa dio un paso hacia atrás, agachó el cuerpo y lanzó un aguijón hacia la pelirroja.
Ella se agachó tras la mesa. Cuando volvió a salir, llevaba la espada en la mano.
Saltó sobre la superficie, agarró una de las bandejas y avanzó.
La criatura parecía haberse olvidado de mí.
O, más bien, Anamkha estaba exponiéndose adrede para que lo hiciera.
Volaron los aguijones de aquella cosa hacia la pelirroja, pero ella los esquivó o los frenó con aquel escudo improvisado, sin detenerse.
Algunos se clavaban en el metal, otros salían despedidos.
Como en ese juego de pelota de los aristócratas ardacianos.
La criatura debió de hartarse de aquel juego, porque fue hacia ella.
Tenía que aprovechar el momento, así que salté, de viga en viga, siguiendo su curso. Pugnando por mantener el equilibrio cuando caía sobre el pie izquierdo, que tenía entumecido.
La bestia se subió a la mesa, a cuatro patas, y lanzó un rugido hacia Anamkha que le movió hasta el pelo.