CAPÍTULO 40
De la balsadera de Aguas Negras
La balsadera de Aguas Negras se emplazaba en un río de ancho cauce, cuyas aguas discurrían tranquilas aunque tan oscuras que hacían honor a su nombre.
Epona piafó y pateó el suelo. No hizo falta preguntarle por qué.
Ese olor a muerte del que ella nos había hablado llegó hasta nosotros como una bofetada.
En la ribera, a ambos lados del apeadero que unía las balsas, se extendía la típica vegetación de río, y estaba regada de sangre.
Detenidos junto al muelle de embalse, había unos carros, sin cocheros en sus pescantes.
Los animales, eviscerados, desprendían vaho, señal de que sus cuerpos aún estaban calientes.
A unos metros de nosotros había una casona, de una sola planta pero con tejado bastante alto, que supuse era del balsero.
Las ventanas estaban cerradas, pero la puerta estaba entreabierta.
Un reguero de sangre cruzaba el umbral, comenzando a unos pasos de donde nos encontrábamos.
De la chimenea emergía una débil columna de humo, señal de que un fuego ardía en su hogar.
Si quienes se calentaban con él eran vivos o muertos, no lo sabía.
—Parece que el balsero se ha tomado unas vacaciones forzosas —comenté—. Si sigue vivo será por un milagro.
Bajé del caballo; Anamkha se apeó después. Sacó del lateral de la montura una espada corta envainada. A juzgar por la vaina, era de hoja curva. Había visto espadas así alguna vez, sobre todo a los exploradores, pero no eran lo habitual en Luara.
—¿Por qué has traído otra espada?
—Esmeralda no pude usarse a la ligera, ni con cualquier criatura.
Implica un alto coste de energía, tanto para mí como para el tejido de la magia, y he de ser precavida sobre cómo y cuándo la uso.
A no ser que sea estrictamente necesario, y que lo que nos encontremos no pueda ser aniquilado de otra forma, permanecerá oculta.
—Creo que he entendido todo lo que has dicho, menos eso del tejido de la magia.
—Imagina una camisa. Si la estiras sin medida, se rasgan las costuras, aparecen agujeros.
Se puede llegar a romper por completo. Pues eso pasa cuando se emplea la magia de forma desmedida —explicó a toda prisa, sin dejar de otear la casa—.
Su tejido, para proveer de esa energía, se estira de forma desmedida y se debilita.
Entonces, colapsa. Si el tejido de la magia colapsa, nos vamos todos a… —Torció la boca, levantando la mejilla.
—A tomar por saco, sí. Me queda claro.
—Por eso es tan peligroso lo que están haciendo Nadiackus y sus esbirros —suspiró.
Le dijo a Epona que buscase un lugar seguro en las cercanías, que la llamaría si la necesitaba.
La yegua se mostró reticente a alejarse, aunque el miedo se le veía en los ojos y en lo fatigoso de la respiración, pero la pelirroja la hizo entrar en razón.
Cuando el animal se marchó, Anamkha y yo nos miramos.
—Venga, sea lo que sea que haya ahí adentro, podremos con ello —dijo.
—¿Qué crees que puede ser? —pregunté—. Las heridas de los animales parecen más de una bestia que de un arma. ¿Y no te parece extraño que no estén los cocheros?
—Sí, lo es. Lo que quiera que sea que haya hecho eso, se los ha llevado a alguna otra parte. Probablemente ahí dentro. —Señaló la casona con la cabeza—. Prepárate para cualquier cosa. En estos bosques aún quedan aberraciones del Ynsheran, como te dije, y son criaturas espantosas.
Clavé los ojos en el reguero de sangre. Algo captó mi atención al hacerlo. La pluma de ériath rojo se hundía parcialmente en el líquido vital.
—La pluma está ahí —señalé.
Anamkha mantuvo una expresión serena a pesar de la noticia.
—Espero, por todos los dioses, que aún podamos hacer algo por la niña.
—Yo también lo espero, porque se ha aventurado a salir animada por la pluma, y la pluma la he traído yo.
—No será tu culpa, aunque le haya pasado algo —anotó seriamente—. Fue su decisión, Málakor. Solo su decisión. Habría salido, tarde o temprano, con pluma o sin ella.
Me costaba no achacarme la responsabilidad de aquello; sin embargo, asentí.
—Hasta que no veamos su cadáver, no está todo perdido. Vamos.
Tomó su arco y encajó una flecha en él. El metal brillaba como si aún estuviera al calor de la fragua y las plumas que la adornaban eran de un naranja vivo. Debió de darse cuenta de que las miraba extrañado, porque dijo:
—Mi hermano les puso el nombre de Flechas de Brasas, porque calcinan el cuerpo en el que se hienden, y no quedan más que cenizas.
Son un invento suyo. Cosas de alquimista con un amigo flechero que está más loco que él.
Me vienen bien contra estas criaturas, aunque no surtan tanto efecto como en otras, así que me vale.
Al menos dispararé alguna antes de usar la espada.
—Bueno —desenvainé la mía—, no es la primera vez que combato al lado de una arquera. Dispara cuanto quieras, mantendré entretenida a esa cosa todo lo que pueda.
—Que los dioses nos guarden entonces.
Sin un ápice de duda, dio el primer paso. Avancé hasta adelantarla, con la espada en guardia. Al pasar junto a la pluma, me agaché para recogerla y la guardé en el bolsillo. No sabía si serviría tan llena de sangre, pero no podía dejarla allí tirada. Era mi salvoconducto a casa.
Al aproximarnos, el olor denso a cadáver se hizo aún más desagradable. Pisamos la sangre, resbaladiza y viscosa. Había restos de carne en ella y mechones de pelo. Dentro aguardaba una masacre. Sin embargo, no sería la primera que habría visto en mi vida, así que avancé con decisión.
Me concentré en cuanto había a mi alrededor.
Los sonidos, los olores. Solo oí silencio y solo percibí muerte.
Afiancé las manos en torno al pomo de la espada.
La herida del antebrazo se me resintió al mantener aquella postura, pero aguanté.
Puse una mano en la hoja de la puerta. Desde la rendija, no podía ver más que el fulgor rojizo que el fuego le daba a una pared de madera en la que la cabeza disecada de un jabalí se teñía también de aquella luz.
Casi parecía que sus ojos fueran los de Damien. Tan rojos y brillantes.
—Voy a asomarme, a la de tres —le susurré a Anamkha.
Ella asintió. La cuerda de su arco crujió levemente.
Tomé la espada con la izquierda y empujé un poco la puerta con la derecha; las bisagras emitieron un leve chirrido. Cualquiera que estuviera dentro, sabría que habíamos llegado. Apreté el mentón. Empujé otro poco. Las palmas de las manos me sudaban.
Pude ver algo más del interior. Un aparador bajo el jabalí.
Una alfombra sobre la que se tendía un cuerpo sin vida.
Y claramente estaba muerto porque no tenía cabeza.
Algo se la había arrancado de cuajo, así como parte de la columna vertebral, los tendones y las arterias sobresalían del cuello.
Era uno de los guardias de Sigmarina. Tragué saliva y controlé la respiración.
Miré de reojo a Anamkha, por si ella también lo había visto.
Por su expresión, supe que sí. Teníamos que entrar, viésemos lo que viésemos, así que empujé un poco más la puerta, que volvió a quejarse.
El sonido de la hoguera que prendía en la chimenea se hizo más nítido.
En medio del crepitar de los troncos, escuché unos pasos que, más que andar, parecía que se clavasen en la madera.
—Uno…
Un paso más.
—Dos…
Otro paso.
Un fuerte crujido.
—Tres.
Asomé la cabeza, tan rápido como pude. En el instante que duró mi acción, vi algo que no creí estar viendo y que estaba detenido frente a la chimenea, al otro extremo de la sala.
—Anamkha, dime que no estoy alucinando —susurré.
—¿Qué ves? —respondió del mismo modo.
—Esa cosa es azul y negra… Tiene el rostro deformado de una persona, cuerpo felino y ¿cola de escorpión? Lleva una capa de piel a la espalda. Es la cosa más fea que he visto en mi vida.
—Mierda.
—Creo que nunca te he oído decir esa palabra. Suena extraña en tus labios.
—¿Es eso relevante ahora mismo?
—No, pero ya que vamos a morir, al menos déjame que comente lo que me apetezca.
—No vamos a morir —soltó con determinación.
La hoguera crepitó de nuevo. Se oyó otro paso.
—Por la forma en la que has dicho «mierda», me parece que sí. Y te recuerdo que jamás he visto algo así. ¿Cómo voy a enfrentarme a esa cosa?
—Estoy contigo, Málakor, sé cómo vencerlo. No le tengas miedo, solo respeto.
Resoplé: era más fácil decirlo que hacerlo.
—¿Qué es exactamente? —pregunté, por si tenía un nombre ridículo del que reírme para rebajar la tensión.
—Un amantir. Un demonio devorador de cadáveres. La capa cubre las llagas de su cuerpo, signos de viejos latigazos con los que fue castigado por sus crímenes.
Ojalá no hubiera preguntado.
—Oír llamar a algo: «Demonio devorador de cadáveres» no es algo que esperase escuchar en mi vida. —Me aclaré la garganta, la impresión me había atascado la voz.
—No será lo peor que oigas de ahora en adelante, créeme. ¿Sabes si tiene los ojos completamente opacos?
—Pues no sé, miraré.
Me asomé con cautela. Esa cosa seguía parada delante de la chimenea.
Le veía el perfil. Erguido sobre sus dos patas traseras, tenía una altura de unos tres metros.
Los techos eran al menos de cinco, con unas vigas de madera de las que colgaban hierbas secas y embutidos.
Los pasos que había oído, en realidad, eran goterones de sangre que caían desde el cuerpo que el amantir devoraba entre sus garras.
Los crujidos, los huesos que trituraba. Lo tenía abierto en canal y extraía las entrañas desde el vientre; los pulmones de entre las costillas. Casi me mareé.
Una gota de sudor me bajó por la frente y me cruzó el ojo derecho.
Me la sequé con el dorso de la mano y traté de fijarme en cómo eran los suyos.
Desde mi ángulo, se veía un ojo enorme y saltón, pero con la cosa esa blanca, que seguramente tendrá un nombre que el bardo conocerá, y una pupila oscura, aunque más grande de lo normal.
Dejé de mirarlo y saqué la cabeza al exterior.
Cogí aire, tanto como me dieron los pulmones, antes de poder decir:
—Sus ojos no son opacos.
—Buena señal. Cuando se vuelven negros del todo, más fuerte es él. ¿Qué está haciendo?
—Comiéndose a alguien. —Eché un vistazo y comprobé que seguía en ello—. Parece ajeno a todo.
—Cuando devoran a sus presas, se centran en ello, por eso no se ha dado cuenta de que estamos aquí. Es su momento más vulnerable, pero también en el que están más cerca de alcanzar su poder. Si no lo matamos a la primera, lo tendremos difícil.
—¿Más difícil que ahora? Es una cosa de tres metros con una pinta horrible —resoplé—. ¿Se pone peor?
—Sí, lanza espinas venenosas desde el aguijón.
—Estupendo —soplé aire, nervioso—. ¿Son letales?
Anamkha oteó los alrededores, antes de contestar.
—Siete de ellas podrían matar a un hombre como tú. Conmigo bastarían cinco.
—Ni siquiera tenemos con qué protegernos.
—Ahí dentro hay mesas y sillas, ¿no?
Le hice un gesto para que aguardase y volví a asomarme.
—Una en el centro de la estancia, con seis sillas. Hay bandejas con fruta, sobre ella, jarras y demás. Está colocada de forma perpendicular a la fachada de la casa. Es tan larga que casi llega a donde está esa cosa.
—No cometeré la tontería de preguntarte si sabes moverte con sigilo; dado tu pasado, lo doy por hecho.
Entraremos haciendo el menor ruido posible y nos situaremos tras la mesa.
Dispararé desde allí y podrás aproximarte.
Tienes que cortarle la cabeza, pero también el aguijón, porque sigue moviéndose incluso después de lo primero.
—Primero cabeza, después aguijón. Entiendo.
—Dispararé mientras tanto. Las Flechas de Brasas las dejan aturdidas, aunque no logran por completo su efecto. Las amantir son resistentes al fuego.
—¿Y no tienes algún otro juguetito puntiagudo por ahí?
—Flechas normales y de Sombras, que serían incluso menos efectivas que estas.
No iba a pararme a preguntarle por las segundas, ya tendríamos tiempo. O no, igual esa cosa se nos comía.
—Si eso nos mata, quiero que sepas que será un honor morir a tu lado —le dije.
—No va a matarnos, tenemos que salvar en mundo, ¿recuerdas?
—Aunque sea en no sé qué de las llamas de no sé qué, como dijiste.
Ella se aguantó una risa.
— Aunque sea con las manos desnudas y las llamas de su destrucción quemándonos la piel.
—Algún día me lo aprenderé, te lo prometo.
Fui a moverme, pero me retuvo cogiéndome de la capa.
—¿Has visto a la niña? —preguntó.
—No, ni rastro de ella.
Soltó un suspiro con pesar y me hizo un gesto.
Conté hasta tres mentalmente y empujé la puerta despacio hasta conseguir el hueco óptimo para que pudiéramos pasar por él.
Entonces, me agazapé. Tras pedirle en silencio a Azani que no me dejase morir en aquel rincón del mundo, tan alejado del bardo para que me hiciera un funeral decente, di el primer paso.