CAPÍTULO 39 #3
—Hemos ido detrás de esa niña sin pensarlo, ¿y si es una encerrona de esos elfos oscuros? Azskar tomó tu forma. Ya no me fío de nadie. Tenemos que establecer una palabra secreta, que solo sepamos tú y yo, por si vuelve a pasar.
—Sí, a ambas cosas. Pero no voy a dejar morir a una niña solo por temor a que me suceda algo, así que correremos el riesgo. Sobre la palabra… —Anamkha azuzó a Epona a emprender la marcha.
—Zanahorias —dijo la yegua, tras obedecer.
—Zanahorias no puede ser la palabra. —Chasqueé la lengua varias veces.
—No, podría estar comiéndome una ensalada en ese momento.
—Si me ves comiendo eso por voluntad propia, es que, definitivamente, no soy yo.
Ella se rio, la yegua soltó un resoplido y cabeceó. El día clareaba ya, y la luz mortecina de la mañana se colaba entre las hojas de los árboles. Perdí la mirada en la vera del camino, repleta de hierbajos, más altos o menos, y distinguí entre todos ellos un conjunto de tréboles.
—¿Sabes qué palabra creo que podríamos usar? Talabarina —se me ocurrió, y señalé con el dedo, sobre el hombro de Anamkha, a las plantas—. No es algo que diga algo de manera normal, ¿no? Y ambos sabemos a qué momento nos une.
Anamkha las miró, girando un poco la cabeza.
—Talabarina —dijo convencida—. Me parece bien. Creo que tiene un sentido hermoso que sea esa palabra. Los tréboles pliegan las hojas en condiciones de poca luz para poder conservar su humedad. La oscuridad no les gusta.
—A mí me gusta la oscuridad para según qué cosas —dije.
Ella movió el torso para poder mirarme de reojo.
—No sé quiero saberlas.
—Pensaba en dormir, pelirroja, no seas mal pensada.
—Apostaría mi arco a que no lo has dicho solo por dormir.
—No, también por asesinar gente. Se hace mejor de noche.
—Por los dioses… —Rio suavemente mientras sacudía la cabeza. Retomó una postura cómoda; las puntas de su cabello bailaron contra mi pecho—. Aunque no te falta razón, la noche es para los ladrones y los asesinos.
Acerqué los labios a su oreja y dije:
—También para los amantes.
—¡Sabía que estabas pensando en eso! —Echó el codo hacia atrás, para darme suavemente, mientras reía de nuevo, a la par que yo.
Quizá a causa de nuestras poco comedidas risas, que rompieron el silencio de los bosques, una bandada de pájaros madrugadores salió volando de alguna parte. Ella levantó la barbilla y siguió su vuelo con la cabeza.
—Vencejos. Se levantan bien temprano para desayunar. ¿Te gusta madrugar, Málakor?
—Me gusta desayunar. Si salgo de la cama es porque hay comida esperándome.
—Desayunaremos luego, si todo sale bien.
—Eso espero. ¿Qué se desayuna en Sigmarina?
—Gachas de cebada, pan con azúcar y vino, asado del día anterior, caldo marino, asaduras… Como en todas partes, supongo, cualquier cosa que uno se pueda echar a la barriga. Me gusta comer sopa de ruibarbo con manzana y mantequilla salada. La preparan muy rica en palacio.
—¿Qué es el ruibarbo?
Mientras ella me contaba que era un vegetal, llegamos a una zona despejada de árboles, en la que las rocas se amontonaban unas encima de otras, en montículos bastante altos, como si las hubiera colocado allí mismo el gigante de los túneles.
Había huecos entre ellos, de unos dos o tres metros.
Estaba en un repecho y más allá se advertía el cauce de un río, tendido entre álamos.
La luz del incipiente sol inundaba a rodales el gris de las piedras, haciéndolo más bello.
—Este lugar es… —No encontraba la palabra para describirlo, pero ya lo hizo ella por mí.
—Asombroso, ¿verdad? Es el Dunnas Meriq —señaló—. Un lugar de poder desde tiempos ancestrales. En estas tierras, cuando alguien pide matrimonio a otra persona, tiene que saltar de cúmulo en cúmulo para probar su amor por ella.
—No habrá muchas bodas aquí, imagino. La mitad se dejarán los sesos.
—Suelen hacer trampa. Los amigos se cuelan por los huecos con sacos de paja, por si cae, pero la gente finge que no ve nada.
Así que bodas hay a montones —dijo con aire resignado, como si tal cosa le punzase por algún motivo—.
Son una de las cosas más importantes en esta cultura. No estar casado solo trae problemas.
—Ahora entiendo por qué lo has dicho así.
Solo asintió y azuzó a Epona a abandonar el claro de rocas. Dimos al punto con otra zona boscosa, por la que serpenteaba un sendero. La yegua movió las orejas hacia todas partes, levantó el hocico y se paró a la vera.
—Percibo un olor extraño desde el oeste —dijo.
—¿A qué? —le pregunté.
Anamkha giró la cabeza y me miró con gesto interrogante.
—Hablo con la yegua —dije, y le transmití sus palabras.
—¿Qué olor, Epona? —inquirió Anamkha, acariciándole el cuello.
—Al Barrio de los Carniceros cuando sacan los despojos a la puerta para que los recojan.
—A carne muerta —informé.
La pelirroja respiró tan profundamente que sentí el movimiento de su diafragma en las manos.
—Llévanos hasta el origen del olor, Epona —pidió con calma.
—¿Estás segura?
No tuve que decirle lo que la yegua había respondido. Debió de hacer algún gesto que supiera identificar, porque Anamkha dijo:
—Sí, estoy segura.
La yegua se puso en marcha, sin rechistar.