Málakor 4 CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

—Agárrate, Málakor. Epona no es un dragón, pero va casi tan rápido como ellos.

—No creo que corra tanto.

Epona bufó.

—No tenías que haberle dicho eso —dijo la pelirroja, que dio la orden de iniciar la marcha.

La yegua salió de las caballerizas como una flecha salida de un arco bien disparado. Tuve suerte de que mis reflejos fueran buenos y me agarré con firmeza a la cintura de la pelirroja, o a quien habrían tenido que rascarle el trasero, para quitarle el suelo de él, habría sido a mí.

El aire de la noche, al abandonarlas, casi me cuajó la sangre de las mejillas.

Lo notaba helado, y se me colaba en la nariz impidiéndome respirar bien.

Los cascos de Epona golpetearon el suelo de piedra del patio de armas, y antes siquiera de que llegásemos al rastrillo que comunicaba aquel patio con otro, ya lo estaban subiendo para ella.

Pasamos al límite de dar con la parte baja de este.

Los guardias dijeron algo que no entendí, pero que sonaba a «La Maes Ir está para que la encierren». Eso mismo pensé yo.

—¡Se trata de llegar vivos al bosque! —me quejé.

—No te va a pasar nada, relájate. No vamos tan aprisa.

—Por todos los dioses… —resoplé.

—¡Menos por Damien! —exclamó ella, riéndose, y le dio la orden a Epona para que fuese más despacio—. Creo que ya le has demostrado a Málakor que corres mucho.

Epona soltó un relincho satisfecho, y aflojó el ritmo.

Sentí que volvía a nacer. Tras otros tres patios, y otros tres rastrillos, en los que, afortunadamente, la yegua tuvo a bien reducir aún más la velocidad para cruzar, dimos con una zona boscosa, teñida de luz por la luna, que brillaba como una vela plateada que quisiera barrer también toda oscuridad.

Por su posición en el cielo, debían de ser las cinco de la madrugada.

—¿A qué hora amanece?

—Siete menos cuarto, más o menos, ¿por qué lo preguntas?

—Por saber si llegaremos antes del amanecer.

—La Arboleda está cerca, a unos quince kilómetros.

—Teniendo en cuenta lo que te gusta correr, seguramente tardemos dos minutos en llegar.

Palmeó el cuello de Epona, con cariño.

—Es a ella a la que le gusta correr, yo solo la consiento. Y, además, la has invitado a ello.

—Bien, pues mediré mis palabras, y tú, consiéntela menos. Creo que voy a echar el zingibero, y no quieres que deje de hacerme efecto y me duerma de golpe.

—Está bien, iremos un poco más despacio, ¿verdad, Epona?

—Sí, siempre y cuando luego reciba una buena ración de zanahorias. —Soltó algo parecido a un gemido de gusto.

—Está bien, zanahorias… —Tenía los dedos tan firmemente agarrados a la cintura de Anamkha, que los noté hasta agarrotados. Así que los separé un poco y los estiré—. ¿Te he hecho daño? Creo que me he agarrado demasiado fuerte.

Giró la cabeza para mirarme. Su mirada, con la penumbra de la madrugada, adquirió un tono misterioso.

—Agárrate todo lo fuerte que quieras. No quiero que te caigas. —Esbozó media sonrisa y miró al frente.

Regresó aquel calor, que se apoderó hasta de mis muslos, pegados a los suyos. Tomé aire profundamente, y miré alrededor. Un camino bien batido salía de la muralla y se trifurcaba: al frente y a ambos lados.

—¿Qué dirección tomaremos? —pregunté.

—Se llama Arboleda de Poniente, Málakor. Pero si quieres, vamos hacia levante.

—Qué graciosa.

Le pellizqué en el costado, y dio tal respingo que hasta Epona se agitó.

—No hagas eso —dijo, a la par que soltaba una risa.

—Pues no te burles de mí, y venga, pon rumbo a po-ni-en-te.

Rio de nuevo, antes de pedirle a Epona que iniciase la marcha. Aunque íbamos bastante rápido, al menos ya no sentía el estómago en la boca de la garganta.

A medida que recortábamos kilómetros de camino, fui sintiéndome más cómodo allí subido, y el corazón empezó a latirme a un ritmo normal.

Mi inquietud fue sustituyéndose por una sensación agradable y por la curiosidad y el asombro que me generaba cada cosa que veía: la vegetación, los animales terrestres con los que nos cruzábamos, las bandadas de pájaros madrugadores que comenzaban a cruzar el cielo.

El ulular de un búho que estaba a punto de irse a dormir.

Nos detuvimos a investigar sobre el paradero de la niña con algunos carreteros y guardias que también andaban buscándola.

Los segundos decían no haberla visto, pero algunos de los primeros comentaban que habían avistado a una chiquilla de esas características en el carro de un lechero.

Logramos dar con él, al cabo de un rato.

Iba más despacio, así que era lo natural, cargado de cántaras de leche hasta los topes.

Sin embargo, no la vi sobre él. Cuando le preguntamos por la chiquilla, lo que Anamkha me comunicó que le había dicho, no me gustó.

—Dice que la ha dejado un poco más atrás.

En uno de los senderos que desembocan en la balsadera de Aguas Negras.

Dijo que su tío era el barquero. Y que iba a verlo por su cumpleaños.

El tipo le respondió que hacía días que no lo veían.

Que la puerta de la casa estaba cerrada y que tenían que apañárselas para cruzar en una balsadera que hay más adelante.

Pero que como era bien simpática, pensó que decía la verdad.

Miré al carretero con un regaño.

—¿Y no le pareció raro que una niña anduviese sola a estas horas?

Él se encogió de hombros. Pensé que no me había entendido; sin embargo, cuando Anamkha le hizo la misma pregunta, en sigmari, el tipo repitió el gesto y respondió que le había parecido que la chica decía la verdad.

Tras resoplar, le dije a Anamkha que le pidiera permiso para revisar el carro, por si era una triquiñuela.

Él no puso impedimentos y comprobamos que de la niña no había rastro.

Luego, la pelirroja lo despachó. El tipo se marchó silbando una canción alegre.

—Poco podremos hacer ya. No está con él. Tomaremos ese sendero. Creo que lo ha hecho por despistar a quien pudiera seguirla. Es lista, sí. Aunque ese camino le hará el trayecto más largo —dijo Anamkha, y montó de nuevo en Epona.

—¿Sabes una cosa? Ni siquiera nos hemos parado a pensar en una cuestión.

Anamkha me tendió la mano.

—¿Qué cuestión?

Me acomodé tras ella, y volví a aferrarme a su cintura. Aunque me sintiera más cómodo, seguía experimentando cierto vértigo cuando el terreno se volvía más empedrado o desigual.