CAPÍTULO 39
De cosas ilegales, una yegua simpática y un camino a través de la noche
Si en Ledaria hubieran tenido a mano la esencia de zingibero, se habrían vuelto adictos a ella.
Eso habría sido terriblemente inconveniente, porque los asesinos sedientos de sangre ya no sufrirían ni la necesidad de dormir, que era, el único momento de sus vidas en el que no estaban matando a nadie.
Bueno, técnicamente, porque si tenemos en cuenta los venenos de un efecto lento, era más que posible que alguna de sus víctimas muriese mientras ellos estaban roncando.
Ya no digamos lo que haría con los bardos de Ardacia.
Qué repelús, ni pensarlo quiero. Sea como fuere, aunque sabía a rayos, no solo me espabiló en cuestión de segundos, sino que me hizo sentir como si me hubiera hartado de comida.
—Creo que si algún día los continentes establecen rutas comerciales, pediré que mantengan esto bien lejos de los bardos de Ardacia —le dije a Anamkha, ya en dirección a las caballerizas, mientras atravesábamos el patio de armas.
—La guerra que te traes con ellos, siendo que tu mejor amigo es uno, no la entenderé jamás.
—No me traigo ninguna guerra, son ellos los que me la dan a mí, todo el día cantando y dando el peñazo con sus flautas, sus laúdes y con esas ropas que podrían causarle a uno desprendimiento de retina con solo mirarlas. Cantamañanas, eso es lo que son.
Soltó una carcajada, que resonó en el silencio de la noche.
Algunos guardias estaban en sus puestos o haciendo las rondas por las murallas, pero, más allá de ellos y de algún gato, no se veía a nadie. Cuando nos cruzamos con uno de ellos, bien negro y estirado, me guiñó los ojos, del mismo verde que los del bardo.
—Tendremos buena suerte —dijo Anamkha—. Rosquillas te ha guiñado los ojos.
—¿Rosquillas? —pregunté—. ¿Quién le pone a su gato un nombre así?
—Bueno, tú le has puesto Panceta a tu perro, así que… —se burló, llevándose igual gesto por mi parte—. Es el gato de Ivarix, ya lo conocerás.
—Pues gracias por la buena suerte, Rosquillas.
—Menos gracias y más darme algo de comer —dijo el felino.
—Creo que tiene hambre.
—Rosquillas siempre tiene hambre. —Se giró para mirarlo. Al hacerlo, el arco a su espalda se agitó. Por un momento reviví los días con Leyla, y eso casi me cortó el aliento.
—Anamkha, has mencionado a Ivarix, y no es la primera vez. ¿Quién es?
—Un buen amigo. Mago, además. Posiblemente mi hermano acabe enredándolo en nuestros asuntos, o él los huela y venga a meter las narices. Creo que tiene un gato solo por eso de que «la curiosidad lo mató», para que si la curiosidad viene a buscarlo con un hacha, se cargue a Rosquillas y no a él.
El felino, de un salto, se subió a un saliente de la pared, para luego perderse por la ronda de la muralla.
—A Medora le gustaría conocerlo, seguro. A mí… no tanto. Mis contactos con los lameazufres tienen que ser limitados, que si no, me sale urticaria.
Entramos en las caballerizas, grandes como para meter dentro un ejército, con espacios delimitados con madera y forja, labrados con temática ecuestre.
Aunque estaban limpias, allí, después de todo, tenían su morada los equinos, y era inevitable que todo oliera a ellos.
Me rasqué la nariz, un poco incómodo, pero terminó por no ser desagradable.
Pensé, además, en que mi padre había estado muy familiarizado con ese olor, y me sentí un poco más cerca de él.
—Tienes que abrir la mente. Con respecto a la magia y con respecto a todo lo demás —me dijo Anamkha, en tanto que transitábamos por el pasillo central que distribuía el espacio.
En el suelo había briznas de paja dispersas, que crujían bajo nuestras botas, y si miraba a un lado o a otro, me topaba con los ojos brillantes de un caballo, bien pendiente de nosotros, con sus cuartos traseros o con un cubil vacío.
—Prefiero abrírsela a los demás con la espada.
—Ay, dioses… —suspiró ella—, ¿qué voy a hacer contigo?
Acerqué los labios a su oreja.
—Salvar el mundo —susurré.
Giró la cabeza hacia mí, y mi nariz casi roza la suya.
— Aunque sea con las manos desnudas y las llamas de su destrucción quemándonos la piel —dijo—. Es una vieja canción de Erisias. Mi madre decía que la cantaba su tatarabuela, y que ella ya se la escuchaba cantar a la suya.
—Tu hijo ha dicho que cantas bien, ¿cuándo vas a cantar para que te oiga?
—Has dicho que odias a los bardos.
—Pero no te odio a ti. Ya llevas ventaja.
Soltó una risa con los labios cerrados, y me dio la espalda para encaminarse hacia uno de los compartimentos. El aire que movió su pelo estaba lleno de olor a ella y eso me llenó el pecho de aquella sensación cálida.
—Eso que le has dicho antes a mi hermano ha sido bonito, Málakor —dijo entonces.
—También ha sido lo que has dicho tú. Eso de que eliges caminar conmigo. Espero que no te arrepientas nunca. Yo solo traigo problemas. Soy un problema en sí mismo.
—¿Qué sería de la vida sin su ración de problemas? —Llevó la barbilla al hombro para mirarme de reojo. Las puntas de su cabello se agitaron con el movimiento, y el olor de su pelo llenó el aire—. Además, nunca había visto un problema con unos ojos tan bonitos.
Riéndome, fui con ella hasta el cubil. Una yegua de bonito pelaje, el más blanco y brillante que hubiera visto jamás, nos recibió rumiando algo de heno.
—¿Has dormido un rato, pequeña? —Abrió la portezuela.
El equino cabeceó, y algunas briznas de heno cayeron de su boca. Anamkha entró, le acarició la testuz y luego le palmeó el lomo.
—Y ya estás glotoneando —anotó la pelirroja.
—Me gusta el heno del sur, sabe más dulce —respondió Epona. Puso los ojos en mí—: ¿Por qué me miras con esa cara de sorpresa? Y… ¿quién eres?
—Porque no me acostumbro a entender a los animales —articulé, sin llegar a emitir sonidos.
Anamkha me miró ceñuda, y estiré los labios en una sonrisa.
—Se llama Málakor —dijo entonces—. Es el nieto de Azani.
—¿Tú también puedes hablar con ella? —dije atónito.
—Son animales muy comunicativos. Solo hay que saber interpretar sus gestos.
Epona soltó un relincho que sonó a risa.
—Creo que no estáis hablando de lo mismo —dijo.
Me froté el cogote.
—Anamkha, tengo que decirte una cosa.
—Pues tienes el tiempo que tardo en ensillarla. Luego tenemos que salir de aquí como si nos persiguiera un halcón.
—Esa niña no habrá podido llegar muy lejos aún.
—A estas horas se mueven muchos carros de mercancías. Puede haber engañado a alguien para que la lleve. Si nos damos prisa, podremos interceptarla, si no lo han hecho ya los guardias.
Mientras ensillaba a Epona, y la yegua resoplaba satisfecha de vez en cuando, le di vueltas a cómo hablarle del don que había heredado. Y, al final, opté por hacerlo a lo ledarita. A bocajarro y sin medias tintas.
—Anamkha, puedo hablar con los animales.
Ella, que estaba atando una especie de cinturones a la silla, giró la cabeza y me miró pasmada.
—¿Hablar con los animales?
—Sí, verás… Epona, dime algo que solo ella pueda saber.
La yegua movió la boca como si estuviera masticando algo.
—Me gusta que me rasquen el culo. —Soltó un relincho.
—¿Estás de broma?
—No, en absoluto. Me gusta que me rasquen el trasero. Es donde más gusto me da. Cuando aplasto a las moscas con el rabo, a veces se quedan ahí y me dan picores.
—Muy bien. —Me aclaré la garganta—. A tu yegua le gusta que le rasquen el… culo.
Anamkha apretó los labios, aguantándose una risa.
—Eres malvada —le dijo—. Eso no es verdad.
El animal soltó otro relincho que sonó a risa.
—Ah, con que esas tenemos, eh… Pues ojalá te piquen muchas moscas. Así de gordas. —Junté los dedos índice y pulgar de la mano izquierda—. Gordas como panes.
Anamkha rio con ganas y luego la cogió de las riendas. Epona me enseñó las encías, como si estuviera sonriendo.
—¿Eso ha sido una sonrisa?
—No. Está tratando de olerte mejor. ¿A qué huele Málakor? —le preguntó, tirando de ella hacia fuera con suavidad.
Me hice a un lado, para dejarles espacio.
—A algo bueno —respondió la yegua—. Y a zingibero, pero no se lo diré a tu hermano.
—Dice que huelo a algo bueno. Y a eso que me has dado. Aunque no se chivará.
—Buena chica —le acarició bajo la oreja—, aunque tampoco podrías. Azkena, por muy burro que sea, no habla con los animales.
El relincho de Epona fue como una carcajada.
—Málakor montará con nosotras, ¿estarás cómoda?
La yegua asintió , y ella le hizo otro gesto de agradecimiento.
—¿Sabrás subir? —me preguntó después.
—Claro. No es la primera vez que subo a un caballo. Aunque la última vez fuera hace ya una eternidad, en circunstancias más que excepcionales.
Ella asintió conforme.
—¿Qué circunstancias? Me pica la curiosidad. —Con un enérgico movimiento, puso el pie en el estribo y subió a la montura.
Levanté la mirada hacia ella. Su imagen, a lomos del caballo, me pareció más digna de un sueño que de la realidad.
—Eh… —dije embobado, y sacudí la cabeza—. ¿Qué circunstancias de qué?
Rio a carcajadas.
—Esas en las que te subiste a un caballo la última vez—. Aseguró el arco ante ella, en una cincha de la montura—. Has dicho que fueron excepcionales.
—Ah, estaba medio muerto y en dirección a una ciudad bajo el asedio de no muertos.
—Estar medio muerto en ti, no es excepcional, y en cuanto a lo segundo…
, bueno, ya te acostumbrarás —dijo, con una bonita sonrisa, antes de inclinar el cuerpo hacia mí.
Algunos mechones de su cabello me rozaron levemente la mejilla.
Me tendió la mano, con una sonrisa casi desafiante—.
¿Estás seguro de que podrás subir tú solo o tengo que bajar a por ti?
—Quizá deje que bajes a por mí y me aúpes —le dije con ánimo de hacerla reír.
Rio, al igual que Epona, cada una a su manera.
Tomé la mano de Anamkha, puse el pie en el estribo y, con su ayuda y mi fuerza, subí.
Cuando me vi allí arriba, me invadieron los nervios y la emoción.
La otra vez que había montado con Darcy no estaban mis sentidos tan despiertos como entonces, y me pareció que fuese todo nuevo. En cierto modo, lo era.