Málakor 4 CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

De pensar que la suerte puede con todo

Después de recorrer a toda prisa tres largos corredores, topamos de frente con una estampa que no auguraba nada bueno.

Una doncella, entre lágrimas, hablaba con un grupo de guardias.

En cuanto percibieron nuestra presencia, y vieron que estaba allí Anamkha, corrieron hacia ella.

La muchacha siguió deshaciéndose en lágrimas, mientras le refería a la pelirroja un montón de cosas que no entendí.

Ella trató de calmarla, lo supe porque los gestos en esa situación hablan un lenguaje universal, y dio un puñado de órdenes a los soldados.

Cuando se fueron todos, cada uno en una dirección, la miré esperando una explicación.

—La niña se ha ido. Cuando la han metido en la cama, después de asearla y darle de comer, le ha dicho a la doncella, que ahora que tenía una pluma de ériath rojo, con la suerte que eso da, podría encontrar a sus padres.

Ha pensado que eran solo cosas de niñas, y ha ido a buscarle otra manta, porque ha dicho la chiquilla que tenía frío. A su vuelta, se había esfumado.

Me rasqué la mejilla, nervioso.

—¿Y no está en el castillo? Una niña no se puede esfumar de un sitio como este así como así.

—Una de las doncellas, de su mismo barrio, la conoce y la ha dejado salir. La niña se ha inventado una historia que le ha ablandado el corazón. Temen que haya podido ir a la Arbolada de Poniente.

—Por todos los dioses… —mascullé—. ¿Hace cuanto se ha ido?

—Una media hora. He enviado a una partida de guardas en su búsqueda, pero…

Nos quedamos mirándonos, a todas luces pensando lo mismo.

—Nosotros iremos también —terminé por ella.

Sonrió.

—Eso mismo estaba pensando yo, aunque la Arbolada es densa y el terreno es complicado. Hemos bebido, y no sé tú, pero llevo casi veinticuatro horas sin dormir.

—Llevo más de las que puedo recordar —dije—.

Pero cuando uno quiere algo, tiene que hacerlo por sí mismo.

No es que no respete a la guardia de este insigne reino; sin embargo, prefiero mancharme las manos.

Si sale mal, será solo culpa mía. No podré echarme a dormir sabiendo que esa niña corre peligro y que tiene en su poder mi pasaje de vuelta a casa.

—Muy bien. Agua helada y esencia de zingibero, pero no digas que te la he dado. Es ilegal en Sigmarina. Mi hermano la ilegalizó debido a… ciertas vivencias del pasado de las cuales no puedo hablar, como ya sabes.

—Pelirroja… —la miré con media sonrisa y di un paso hacia ella—, empiezo a pensar que tienes cierto gusto por lo prohibido.

—Lo prohibido siempre deja un regusto más dulce en los labios.

—Y es más arriesgado.

—Y más divertido —anotó, dando otro hacía mí.

—Lo es.

Cuando apenas había distancia entre nosotros, le recoloqué un mechón de pelo tras la oreja.

—Sé que esto que voy a decir suena contradictorio, teniendo en cuenta la urgencia que siento por irme, pero me alegro de poder estar un poco más contigo. Ya que voy a quedarme atrapado en otro continente, al menos que sea con la mitad de mi destino.

La sonrisa de ella se volvió completa.

—Aprovecharemos el tiempo, no te preocupes.

—Sí, será mejor que me mantengas ocupado en algo útil, o me explotará la cabeza.

—¿Has visto alguna vez explotar una cabeza? —me preguntó, para luego hacerme un gesto y que comenzásemos a andar.

La seguí al punto. A su paso, claro, lo que implicaba casi correr.

—No, ¿tú sí?

—Sí, y es una cosa horrible.

—¿Una cosa horrible? Quiero todos los detalles.

—No —dijo entre risas—. Aún recuerdo eso que me dijiste sobre poner la cabeza de Darleoth en mi habitación para que viera cómo se la comían los gusanos, y fue asqueroso. No pienso darte razones de nada que tenga que ver con cabezas muertas.

—Pues hoy me has servido dos de elfos oscuros, casi en bandeja —le dije con un guiño—. Por cierto, allí las hemos dejado. Pobre de quien se las encuentre.

—No te preocupes. He informado a los guardias antes, cuando hemos ido a los aposentos de mi hermano. Ya se las habrán llevado.

Conforme, asentí antes de preguntar:

—¿A la Arboleda se llega andando?

Me miró las piernas, y eso me puso extrañamente… nervioso.

—Tienes buenas piernas, pero andando tardaríamos demasiado. Iremos en Epona.

—¿Voy a montar a caballo con la mejor jinete de Hérenthor? Qué honor, podré contárselo a mis hijos algún día y presumir de ello.

Sacudió la cabeza y volvió a reír. Su risa, una vez más, me hizo sentir bien.

Eso era algo que necesitaba, porque todo estaba patas arriba.

Si más o menos que nunca, no iba a pararme a pensarlo, pero estaba jodido, eso era una realidad indiscutible, inapelable, infinitamente difícil y todos los palabros raros que el bardo diría en esta situación.