Málakor 4 CAPÍTULO 37 #3
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CAPÍTULO 37 #3

—Ah, mi cosa favorita —chasqueé la lengua—, ¿podemos dejarnos ya de abracitos e ir al meollo de la cuestión? Tengo ganas de largarme.

—¿Ya? —Al rey se le escapó una risa nerviosa—. Esto no se hace de la noche a la mañana. Hay muchas cosas que necesito y que no tengo en mi poder. Además, lleva tiempo de preparación. Al menos estarás aquí… seis meses.

—¿Qué? —Anamkha y yo lo miramos sorprendidos.

—No tardaste tanto la última vez —dijo ella.

—La última vez estaba conmigo ya sabes quién y teníamos ya sabes qué, así que no me atosigues. Vamos, necesito algo de Ítaro. Lo que sea. —Extendió la palma de la mano hacia mí.

Mientras procesaba la idea de que, irremediablemente, estaba atrapado en Sigmarina durante un periodo de tiempo que, si bien no era indeterminado, era más largo de lo que necesitaba, me metí las manos en los bolsillos y me tanteé las ropas.

Nada de lo que llevaba era de Ítaro. Salvo la mugre del pantano que ya me habían quitado de todas partes.

—No tengo nada de Ítaro —dije desolado—. Absolutamente nada.

—Nosotras tampoco —escuché la vocecilla de Aralda, que debía de andar metida en alguna parte de mis ropas, habiéndose colado en ellas en un momento indefinido para mí—. Ya digerimos de sobra al último mosquito que comimos allí.

No iba aponerme a hablar con ellas delante de esos dos; lo de decirles que hablaba con los animales mejor lo dejaba para más adelante, así que solo asentí.

—¿Y de algún otro lugar que esté cerca?

Miré a Anamkha, porque hasta tenía aquel mechón suyo, y eso, por un momento, me hizo sonreír, aunque fuera interiormente. Pensé que hasta quizá había sido su mechón lo que me había llevado hasta allí.

—Sí. Las armas son de Aberrak. —Volví la vista a Azkena—. También llevo cosas de Knegara y de otras partes de Luara. Todo está muy lejos de Ítaro. Tampoco sé cómo están las cosas en esa zona de los túneles.

—¿Qué es lo que está más cerca?

—Irasis —dije al pensar en la pulsera—, pero sigue estando lejos. Y eso que llegamos a Ítaro en vuelo de dragón la mayor parte del trayecto.

—¿Has montado en dragón? —dijo él, ilusionado—. Ha de ser una experiencia increíble.

—Mejor que montar en barco, ya te digo.

Me gustó oírlo reír, que bajase un poco la guardia conmigo. Se notaba que su carácter era habitualmente amable y risueño, que tenía que forzarse a no serlo ante mí. No dejaba de intrigarme qué le pasaba conmigo, así que, como ya me conocéis, se lo pregunté directamente:

—¿Se puede saber qué te pasa conmigo, Azkena? ¿Por qué no te gusta que esté aquí?

Él miró a Anamkha. Ella ladeó la cabeza y levantó las cejas en un gesto de advertencia. Un «Ten cuidado con lo que dices» que oscureció el brillo de sus ojos.

—No es nada personal, Málakor. Me daría igual que fueras tú u otra persona, es solo que no quiero que mi hermana vuelva a sufrir.

Ella suspiró incómoda, rascándose la ceja.

—¿Por eso de que todos a los que se acostumbra mueren o se van? —pregunté.

—Sí, y tú te irás o morirás —respondió él—. No sé qué podría suceder antes, teniendo en cuenta la ristra de enemigos que cargas a tus espaldas y la magnitud de estos.

—Azkena… —regañó su hermana.

—Solo digo la verdad. —El rey se encogió de hombros.

—Y no me importa que lo hagas, pulecoronas, pero ya que estamos soltando verdades, déjame decirte un par de ellas.

—¿Qué me ha llamado? —le preguntó a la pelirroja, ceñudo.

—Pulecoronas. Es… un mote —indicó ella—, por eso de que eres rey.

Azkena soltó una risa con los labios cerrados. Luego me hizo un gesto con la cabeza dándome a entender que me escuchaba con las orejas bien abiertas.

—Sé que quieres protegerla, y te admiro por ello —dije con la mano en el pecho—.

Soy el primero que le enseñaría los dientes a cualquiera que se acercase a las personas a las que amo, pero herir a tu hermana no es algo que entre en mis planes, más bien mataría por protegerla.

Así que, llevémonos bien, porque, si no lo hacemos, ella sufrirá, y ni tú ni yo queremos eso.

—Desde luego que no. —Azkena asintió—. ¿Has terminado?

—No. —Di un paso hacia él—. Sobre eso que has dicho, de irme o morir, sí, habré de irme, pero siempre me tendrá aunque sea en la distancia.

Y sí, probablemente muera pronto, aunque moriré por dejar un mundo mejor para ella.

No sé qué le ha pasado, porque no puede hablarme de lo que vivió, aunque sí sé que es la mitad de mi destino y eso no es cualquier cosa.

No somos solo dos personas que se han encontrado, sin más, en esta vida.

—No lo somos…

Su sonrisa me calentó el corazón, como tantas otras veces.

—Eso lo sé de sobra, y es, precisamente, lo que más miedo me da —dijo él.

—Pues no dejes que el miedo te venza. Ten fe —solté, en un alarde de decir algo determinante para que dejase de dudar.

—Porque la fe es lo único que puede matar al miedo —repitió él, como si fuera algo que ya hubiera dicho o escuchado miles de veces, y bajó la mirada al suelo.

Permaneció así unos segundos, en los que no dejé de observarlo. Cambié el peso de una pierna a otra. Crucé y descrucé los brazos. Anamkha, a su lado, apretó su hombro, y él la miró. En su semblante no había expresión de disgusto, solo preocupación y amor por su hermana.

—¿Estás segura de que este es el camino que deseas tomar? —le preguntó.

—Estoy segura —respondió ella.

Tras ese asunto debía de haber un universo de cosas. No sabía si podía decírmelas o no, pero quería conocerlas.

—¿A qué viene eso del camino? —pregunté.

—A que podríais elegir no transitar por el mismo —dijo él—. Cualquiera de los dos. Nada os obliga a caminar juntos. Ni siquiera los designios de los dioses.

—Estamos escritos en el destino —indiqué.

—Están escritas muchas cosas, Málakor, cosas inevitables, pero hay otras que no lo son. —Estiró la sonrisa—. Piensa en un mapa con un punto de partida y otro de llegada. ¿Cuántos caminos posibles tendrías ante ti? He ahí donde entra vuestra capacidad de elegir.

—Elijo transitar por su mismo camino —dijo entonces ella—. Lo elegí hace tiempo.

Su elección consciente me hizo sentir único, más cerca de ella, así que sonreí. A pesar de mi gesto, su mirada se posó en la mía, llena de cierto temor.

—Quizá tú… —Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cubiertas por ese miedo.

—Pelirroja, ya no te libras de mí —dije, con tono alegre, lo que la hizo reír.

—Está bien, te daré un voto de confianza entonces. —Su hermano dio un paso hacia mí, con la mano extendida—. Si lo rompes, si le haces daño, Málakor, haré contigo unos cuantos y dolorosos experimentos. Y sí, estarás vivo hasta el final. Vivo y retorciéndote de un dolor inimaginable.

—He pasado la mayor parte de mi vida en Ledaria, calientatronos, tendrás que esforzarte más con tus amenazas. —Tomé su mano y la estreché—. Aunque me parece bien que hagas eso y mucho más, si es que oso herir a tu hermana.

Igual que nuestras manos sellaron el pacto entre nosotros, también lo hicieron nuestros ojos. Una risa emocionada de Anamkha me llenó los oídos.

—Bien —dijo él cuando me soltó—, dame algo de lo que lleves.

Me disponía a entregarle alguna de mis cosas, cuando Anamkha intervino de golpe:

—La pluma, Málakor. ¡Eso es de Ítaro!

—¡La pluma! —La miré, al borde de abrazarla por haberla recordado.

—¿De qué pluma habláis? —preguntó el rey.

—Es igual, te lo contaremos después —dijo ella—. ¡Ve preparando las cosas!

Me tomó de la mano y tiró de mí, sin darme opción casi a reaccionar.

—Tienes que dejar de secuestrarme, pelirroja —dije yendo a trompicones tras ella.

—No te estoy secuestrando.

—¿No?, qué pena… —me reí.

Ella rio también, ambos con los ánimos renovados y la esperanza de que todo saliera bien.