CAPÍTULO 37 #2
—Esta mañana, cuando salí a cabalgar por la Arbolada de Poniente…
—Te dije que no fueses sola —interrumpió Azkena, severo.
—Mamá… —regañó su hijo—, ¿has perdido la cabeza?
—¿Os podéis callar y escucharme?
—Sí, por favor, callaos y escuchadla —demandé—. Tengo que regresar a Rádamo, imperiosamente, no sé si eso lo habéis entendido. Estoy al borde de perder la poca paciencia que tengo y ponerme a romper cosas o a cometer regicidio, y no sé qué me apetece más.
—Quizá lo del regicidio te sobraba —dijo Azkena—, pero no te lo tendré en cuenta.
—Todo un detalle por tu parte.
Estiré la comisura de los labios en una sonrisa forzada que él me devolvió. Luego le pidió a su hermana que hablase.
—Estaba en la Arbolada cuando me he topado con una partida de cuatro elfos oscuros.
—¿Otro túnel más? —resopló Azkena—. No puede ser. ¿Tendré que echar ácido a la tierra para que no puedan salir por ella?
—Seguramente les haría cosquillas —dijo Altaxio, a modo de exageración, por lo que desprendí de su tono.
—No sé si es un túnel u otra cosa. Pero maté a dos de ellos, los otros se escaparon.
—Khabyr me ha avisado de la presencia de los elfos, sí, aunque no ha mencionado nada de ti.
El capitán de la guardia del rey ocultándole cosas al rey, qué bien —farfulló—, siempre hace lo mismo cuando se trata de ti.
No estaréis liados, ¿no? Mira que los tíos con los ojos azules te pierden. —Me fulminó con la mirada.
—No estoy liada con Khabyr, ni voy a liarme con Málakor. No lo mires así ni digas más tonterías —gruñó su hermana—. Hablemos del asunto que nos atañe. Creo que esos dos que se me escaparon son los que han entrado en palacio.
—Ratas que se cuelan en todas partes —farfulló Azkena, exasperado.
—Sí, hermano, y llevaban cristales de comunicación. Por eso han sido tan rápidos.
Lúdric y Derian se comunicaban con eso. Brianna murió por arrebatárselo. Los malos recuerdos de aquello me hicieron llenar el pecho de aire hasta lo más hondo.
—¿Qué pasa? —me preguntó Altaxio.
—Sé lo que son. Había uno en manos de los asesinos. Quizá llegó a ellos gracias a los elfos oscuros.
Los tres asintieron.
—Creo que han avisado a su señor de que estoy aquí y de que Málakor también.
La presencia de los elfos ha sido fortuita, pero la de Azskar no.
No estaban planeadas desde el inicio, eso habría sido imposible, ya que la llegada de Málakor ha sido imprevista —sopesó Anamkha—.
Cuando íbamos de camino a la librería he visto a los guardias hacerse la señal.
Así que, sin duda, los elfos estaban ya en Sigmarina.
Normalmente, los guardias hacen bien su trabajo —agregó mirándome—, pero hoy les han debido de buscar las vueltas.
—Podrían haber matado a cualquiera —dijo su hijo—. Hay que redoblar la vigilancia.
—Triplicarla, porque ya la he redoblado —anotó Azkena, cabeceando.
—Sí, pero venían buscándome, y al ver a Málakor han decidido ponerlo en conocimiento de Azskar.
—La pelirroja clavó la mirada en mí. Con decisión, dijo—: Él sabe que mientras que estés en Rádamo no podrá tocarte, dada la presencia de Tékim.
Así que ha aprovechado la oportunidad al saberte aquí.
Por eso ha pedido ayuda a sus amigos los Elfos del Odio.
—Qué asco les tengo —mascullé—. Ahora que sabe que estoy aquí… ¿Y si va a Rádamo? ¿Y si busca la forma de hacerles daño, aun con la presencia de Tékim?
—No creo que sea tan estúpido de hacer nada delante de las narices del dios —indicó Azkena, para mi tranquilidad, aunque fuera momentánea—. Casi me preocupa más que regrese para acabar lo que ha empezado. ¿Crees que lo hará, Anamkha?
—Tardará un tiempo en recuperarse. Le he atravesado el vientre con Esmeralda. De no ser por la llegada de Grarnass, estaría muerto.
Penny, la exasesina que ahora vivía feliz con Carena, había dicho que nada podía matarlo. Yo lo había herido varias veces, sin resultado letal alguno. Pero Anamkha…
—Tu espada puede matar a un semidios… —musité, como si fuera más real de golpe.
—Y a un dios si estuviera en tus manos —dijo ella.
Pestañeé incrédulo.
—Los dioses no mueren a manos de los mortales…
—Pero tú no eres un simple mortal, ¿no? —me recordó.
«A ver cuándo te lo metes en la cabeza».
—No, no lo soy —musité.
Podía matar a un dios.
Recordé aquella vez en el acantilado cuando me llevé la mano a la espada y Damien hizo un gesto extraño. Quizá no me sirviera aquella espada, pero él sabía que existía una que podía hacerlo, y eso lo turbó.
Voló el silencio por la habitación, tan denso que lo sentí corpóreo, mientras ella y yo nos mirábamos a los ojos.
—¿Vas a darle la espada ahora? —preguntó su hermano.
—No voy a llevármela, es suya. Sabe usarla mejor de lo que yo lo haría jamás.
A Altaxio se le escapó una risa curiosa. Lo miré, ceñudo.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
—Aún no —dijo Anamkha—. No puedo dársela aún. No está preparado.
—No entiendo nada, pero ¿sabéis para lo que sí estoy preparado? Para irme al maldito Rádamo —bufé—, así que, volvamos al inicio de la conversación, por favor.
Anamkha cabeceó pidiendo lo mismo. Su hermano negó de nuevo.
—No voy a hacerlo.
—Entonces lo llevaré a través de los túneles, y es probable que muramos los dos y que esos elfos tengan algo de sangre de Ankarach para sus propósitos.
—¿Sangre de Ankarach? —dije confuso—. Empiezo a pensar que esto de las sangres tiene más repertorio que la carta de cervezas de El Caldero. ¿Qué narices es ahora eso?
—La primera del linaje humano, inmortales en su origen —explicó Azkena—. Mortales por culpa de las tretas de Nadiackus. Todos aquellos que manifiestan el color de pelo rojo, llevan esa sangre en una concentración más pura.
Háchpirey. Por eso la piedra había reaccionado a su sangre. Miré de sopetón a Anamkha, ella tenía los labios apretados y la mirada puesta en la alfombra.
—Perdonad si sueno como un ignorante, pero entonces tu sangre también estaría ligada a ese factor, ya que sois hermanos, pero… no eres pelirrojo —le dije al rey.
—Desde que empezaron a perseguirlos para fines oscuros, los dioses manifiestan esa sangre en unos pocos elegidos.
Créeme, me alegro de no serlo, ya he tenido bastantes batallas que librar aún sin eso.
—Se pasó la mano por el tupido cabello para recolocárselo.
El negro brillante destacaba entre las vetas blancas.
Se aclaró la garganta y se dirigió a su hermana—.
Con respecto a ti, Anamkha, no me pasa desapercibida tu amenaza de meterte en los túneles, pero déjame decirte que no te servirá.
Y espero que tu petición no transcienda de estas cuatro paredes, porque, como se entere mi esposa, nos echará de aquí.
No me había parado a pensar en si había o no una reina hasta ese momento.
—¿Hay reina de Sigmarina?
Miré hacia el dormitorio. La puerta estaba abierta y de haber habido alguien dentro se habría manifestado con tanto jaleo.
Podía ver los pies de una enorme cama con dosel, así como unas sábanas que parecían tan cómodas que me recordaron que llevaba muchas horas sin dormir.
Estiré el cuello y los hombros, porque todo el cansancio me vino de golpe.
—Sí, la hay —el rey respondió con la misma cara que Hach cuando habla de Azani—, pero se halla en viaje diplomático. Y gracias a los dioses, porque estas cosas no le agradan un pelo. Ella sufrió mucho por los asuntos del Ynsheran.
—Mira, Azkena… —caminé hasta estar a un paso de él—, aunque entiendo tus reticencias y todas las cosas por las que habéis pasado, no tengo la maldita culpa.
Si no regreso a Rádamo, las consecuencias serán fatales para todos.
No estaré allí para ayudar a mis amigos a frenar la expansión de los ejércitos de la Ciudad Maldita.
Si se hacen con Ítaro, no tardarán en llegar a Luara.
Y te juro, por todos los dioses menos por Damien, que como destruyan los únicos lugares del mundo que he considerado mi hogar, y mis amigos mueran porque no eres capaz de hacer una maldita excepción, te buscaré donde estés y te estrangularé con mis propias manos.
Y, si ya estás muerto, cogeré cada uno de tus huesos y los aplastaré con una piedra. Y…
—Ya, lo he entendido. —Me frenó con un gesto.
Había dureza en su mirada, pero también el juicio de quien sabe que escucha las palabras de alguien desesperado—.
No es muy inteligente amenazar al rey, así, a rasgos generales, imagínate cuando estás en palacio, en sus aposentos, pero tampoco te lo tendré en cuenta.
—Tienes que ayudarme —insistí.
—«Tener que» es una perífrasis que implica una obligación, y obligación no tengo, desde luego; sin embargo… —miró a Anamkha y soltó un suspiro—, no quiero ver preocupada a mi hermana por nada del mundo. Así que lo haré, pero como alguien se entere de esto, me juego la cabeza.
Anamkha y yo soltamos un suspiro de alivio.
—No, tío, no lo hagas… —resopló Altaxio.
—Sobrino, momentos de necesidad implican soluciones de necesidad.
El chico cerró el libro de golpe. Se puso en pie y lo colocó bajo su brazo.
—Muy bien, rezaré a Thaliz por vosotros. —Tras quitarse las gafas y colgarlas en el lugar de costumbre, fue hacia la puerta—. No le diré por qué, solo rezaré. A ella no le gustaría tampoco lo que vais a hacer.
Cuando se marchó, otro largo silencio voló por la estancia.
—Bien —dijo Azkena—, vamos a…
Se le cortaron las palabras, pues Anamkha le dio un abrazo de esos que dejan sin aliento.
Como los del bardo o Conjuritos. Conjuritos…
¿Qué estaría haciendo ella? ¿Hacerle ojitos al guaperas?
¿Babear ante los libros de la magnífica, y aún desconocida para mí, biblioteca de Rádamo?
¿Buscarme desesperada? Esperaba que lo segundo, porque ni lo primero ni lo último me hacían la menor gracia.
Los hermanos se separaron. Él la besó en ambas mejillas.
—Sabes que haría lo que fuera por ti —le dijo.
—Sí, lo sé, pero esto también es por el bien común.