CAPÍTULO 37
De conseguir lo que parece imposible
Anamkha mantuvo una conversación (demasiado larga para mi gusto) con los guardias que custodiaban los aposentos reales. Hablaban en sigmari, así que no me enteré un pimiento de qué decían; no obstante, me pareció llena de negativas por parte de ellos.
—¿Qué le han dicho? —le susurré a Altaxio, detenidos ambos a unos pasos.
—«Su Majestad está durmiendo, Maes Ir, y bien sabe que no podemos molestarlo a no ser que sea un asunto de máxima urgencia. Cuestión de vida o muerte». Ella le ha dicho que lo es. Sin embargo, no parecen convencidos —respondió en voz baja.
—Por su bien, espero que se convenzan. Tu madre tiene pinta de no aceptar un no por respuesta.
El chico asintió con los labios fruncidos.
La pelirroja se salió con la suya, pues los guardias abrieron las puertas.
Anamkha nos hizo un gesto, y pasamos con ella a una estancia enorme y bien decorada, que no era otra cosa que la antesala de un dormitorio.
Tendidos frente a una chimenea había varios galgos, de todo tamaño y pelaje, durmiendo plácidamente.
Solo uno de ellos abrió los ojos. Nos miró, levantó una ceja, luego otra.
Debía de conocer a Anamkha y a Altaxio más que de sobra, pues siguió durmiendo tranquilo.
Unos cinco minutos después, Azkena salió del dormitorio, anudándose el cinto de un batín de raso azul que bien habría podido llevar el bardo.
Nos miró entrecerrando los ojos. De un tirón, apretó el nudo.
—¿Todavía estás aquí, Málakor? —Chasqueó la lengua con fastidio.
—Sí, no estás soñando —dije.
—¡Eso estaba haciendo! ¡Y bien a gusto! ¡Son las cuatro de la madrugada, por todos los dioses! —se quejó—. Más vale que esto sea, realmente, un asunto de vida o muerte.
Su hermana fue hacia él y le palmeó la mejilla como si fuera un chiquillo.
—Odio que estés guapo hasta recién levantado, si me hubieran sacado de la cama a estas horas, probablemente parecería una oveja mal trasquilada.
—Cuando me haces cumplidos, es que algo gordo está por llegar. —Azkena se cruzó de brazos y nos miró uno a uno—. ¿Qué queréis?
Crucé los míos también y me puse cómodo, con el trasero apoyado en el filo de una bonita mesa en la que había un jarrón de esos que le gustaban al bardo y que decía valían una fortuna.
—Que lo explique Anamkha —dije—, no quiero que me muerda Su Alteza Real.
—Es «Su Majestad». Lo otro es para los príncipes —anotó Altaxio, amablemente. Fue hacia una butaca y se dejó caer en ella—. Antes de que mamá diga palabra, has de saber, tío, que no estoy de acuerdo con nada de esto, ni siquiera sé qué hago aquí. Haced como que no estoy.
Se colocó las lentes, sacó su libro y encajó la corva de la pierna derecha en el brazo de la butaca. Casi podía imaginarme así a Xelirian algún día.
—No te sientes así —regañó su tío.
—Déjalo —dijo Anamkha—. Necesito pedirte un favor, Azkena.
—Uy… —rezongó él, y se cruzó de brazos.
—No sé cuántos favores llevas ya en los días que dura tu estancia aquí —empezó Azkena—, incluido ese sobre el que no me has consultado y que implica meter a una niña desconocida en palacio.
No es que me moleste que traigas a los huérfanos de Sigmarina, podemos cuidar de ellos, pero deberías de avisarme antes.
—¿Cómo lo has sabido? —quiso saber su hermana.
—Soy el rey. Duermo con un ojo abierto.
Ella resopló como lo habría hecho yo: moviéndose hasta los mechones cercanos al rostro.
—No resoples tanto, Anamkha —se quejó él.
—Me gusta cuando resopla —dije—. Está… graciosa.
Me miraron con sonrisas dispares. La de ella, a mejillas llenas. La de él, a medias.
—Habla de una vez —pidió él después.
—Málakor no puede volver por sí solo, su medallón no contiene ya residuos de la magia divina, y he pensado que tú….
—Ah, no. —El rey se rascó impulsivamente la cabeza—. Ni hablar. Sé lo que vas a pedirme y la respuesta es no.
El sonido de una página al pasarse me hizo mirar a Altaxio.
—Menos mal —dijo.
—Málakor debe regresar de inmediato —insistió su hermana, mientras él negaba con gestos una y otra vez—. No puede permanecer más tiempo aquí.
—En cuanto ha aparecido, debería de haberse marchado. Le he dicho que lo hiciera, no por gusto, si no por precaución.
—Me ha parecido que había también un poco de gusto, ¿eh? —Me removí incómodo y cambié el peso del cuerpo de una pierna a otra—. O bastante gusto, quizá.
El rey alzó las cejas.
—Ahora que lo dices….
Su hermana cortó sus palabras, reclamando su atención.
—No podemos cambiar ese hecho, pero sí podemos enviarlo de vuelta. Lo necesitan allí. Por favor, ayúdanos.
Él esgrimió otra queja, sacudió la cabeza y se acercó hasta un mueble muy decorado. Abrió una de sus puertas, sacó una botella de cristal y un vaso, y vertió el líquido que contenía en él. Luego regresó junto a su hermana y lo puso delante de sus ojos.
—¿Ves esto?
—Sí, es jugo de raíz —respondió ella.
—Bien sabes que antes me habría tomado un vino, una cerveza, cualquier cosa que llevase cantidades ingentes de alcohol, pero ahora ya no hago esas cosas.
¿Por qué? Porque soy el rey de Sigmarina.
Tengo una reputación que mantener. De igual modo, no puedo hacer lo que me pides.
Si se supiera que ando metido en algo así, todo lo que he trabajado hasta ahora para tener aquí la Academia se iría al traste.
Además de cosas mucho peores, ya sabes. —Hizo el gesto de un hacha cortándole el cuello desde la nuca—.
Supongo que no quieres ver morir a tu hermano.
—Yo, desde luego, no quiero ver morir a mi tío —dijo Altaxio, que pasó otra página.
Suspiré, aquello no tenía visos de salir bien. Aunque no sabía qué tenía que hacer Azkena exactamente, más allá de que implicaba esa magia prohibida, era mi única salida. ¿Cómo iba a volver a Rádamo si no? Carraspeé; se me había vuelto a hacer un maldito nudo en la garganta.
Azkena se bebió aquello de un trago, dejó el vaso sobre un aparador y anduvo arriba y abajo de la estancia. El galgo que antes nos había mirado, tras estirarse, se acomodó a su paso. El rey se agachó para acariciarle la cabeza.
—¿Verdad que no es buena idea, Destino? —le dijo.
—Bonito nombre —dije.
—Sí, es Destino III, en realidad. Pero queda muy largo y demasiado rimbombante, hasta para mí. —Esbozó una sonrisa amable y se puso en pie—. Ve a dormir, aún es temprano.
—Estoy deseando que sea de día para salir a correr por los jardines. —El perro se recostó de nuevo, con gesto feliz.
Me acordé más de Panceta y de lo mucho que añoraba a ese perro insoportable. Demasiado para el poco tiempo que llevábamos separados.
Azkena volvió a pasear por la estancia y centró la atención en su hermana, que lo miraba suplicante.
—No pienso hacerlo, ya puedes pedírmelo de rodillas, que no lo haré.
—Ya lo has hecho antes —dijo ella—. Podrías hacerlo de nuevo.
Él se frenó en seco y expresó un gesto molesto.
—Lo hice en tiempos de guerra, Anamkha, porque no quedaba más remedio que hacerlo. Estos son tiempos de paz. No hay justificación ninguna para tal acción.
—¿Tiempos de paz? —Rio molesta—. ¿Con la mitad del continente sometido a las huestes oscuras y el resto del mundo a punto de perecer bajo su yugo?
¿Con los bosques llenos de aberraciones?
¿Con naufragios repletos de gente moribunda, asustada y lejos de su hogar?
Perdona que te diga, pero esto es todo lo contrario a lo que considero tiempos de paz.
Ya no hay tiempos de paz, Azkena, jamás los habrá.
No mientras ellos sigan haciendo de las suyas.
Aplaudí a Anamkha, irremediablemente. Tres aplausos cortos pero sinceros.
—Yo no lo habría dicho mejor —anoté, cuando ambos me miraron.
—Sí, mi madre tiene el don de la palabra, eso es innegable. —Altaxio no apartó la atención del libro—. Igual que, por más que lleve razón, mi tío no debe claudicar en esto.
Alcé una ceja. Si hubiera sido más pequeño, e hijo mío, lo habría mandado a su habitación a dormir. No, lo habría encerrado en ella una semana entera.
Él pasó otra página. Chasqueé la lengua y regresé la atención a los hermanos. Se miraban como dos cúmulos de nubes a punto de chocar y provocar una tormenta. Fue ella la que soltó el primer relámpago, que impactó en Azkena dejándolo pasmado.
—El Susurrador y su protegido han estado aquí.
—¿Qué? —El rey se humedeció los labios, como si aquello se los hubiera secado de golpe—. Tengo que avisar a la guardia.
—Ya los he avisado, más por los dos elfos oscuros que han llegado al aseo a hacerme una visita, que por lo de Grarnass, porque aún no lo había visto. Él…, ya sabes que los guardias poco pueden hacer con él. Además, su visita ha sido corta.
Altaxio le mostró la daga, que Azkena cogió con dos dedos y arrojó al fuego de la chimenea al momento, como si las llamas pudieran purificar la maldad contenida.
En contacto con el metal, chisporrotearon.
El arma se ennegreció y las joyas que la adornaban crujieron.
Más allá de eso, nada pasó hasta que el rey se arrodilló delante de ella, destapó la joya que adornaba uno de sus anillos, vertió el líquido que contenía sobre la daga y pronunció unas palabras en una lengua más que extraña que, sin embargo, me era familiar a la par.
Fue entonces cuando la daga se deshizo y emitió una nube de vapor como si solo fuera agua.
El mellizo de Anamkha tenía secretos bajo la manga más que poderosos.
Mientras yo pensaba en aquello, pasmado, Anamkha informó a su hermano de lo sucedido. Él atendió a sus palabras, con las manos en las caderas. Su expresión se fue tornando sorprendida, hasta que abrió tanto la boca que pensé que se le desencajaría la mandíbula.
—Has sido tú. —Me señaló, y en sus ojos hubo un firme reproche—. ¿Ves cómo tenías que haberte ido de aquí en cuanto llegaste? Vuestro vínculo lo ha traído hasta aquí.
Su hermana le cogió el dedo y lo obligó a bajarlo.
—No ha sido él. He sido yo.
—¿Tú? —preguntamos los tres a la vez.
Altaxio dejó de prestar atención al libro. Se irguió, mirándola muy atento.
—¿Qué quieres decir? —quiso saber.