CAPÍTULO 36
De las cosas que son grises
La cara que se nos quedó fue digna de retratarse y exponerse en algún museo en el que se expongan caras de imbéciles.
A lo largo de mi vida, he conocido a muchos imbéciles, así que podría llenar unas cuantas salas con sus retratos.
Palas de Ardacia, los Reid, mi hermano, Pelnor…
Menuda galería me iba a quedar. Pero volviendo al tema que nos atañe: la piedra no había funcionado, lo que era inconveniente y problemático.
Dice el bardo que tenga cuidado con adornar las frases con exceso de adjetivos, pero es que me gustan mucho los adjetivos, sobre todo si acompañan a la panceta.
Una panceta exquisita y deliciosa. Una panceta crujiente y jugosa. Una panceta… Ya, ya me centro.
—¿No funciona? —dijo Anamkha, más como una pregunta retórica, que diría Hach, que como una de verdad.
—No. —Miré la gema del colgante, sorprendido y preocupado a partes iguales—. Tampoco ha acudido Azani cuando la he llamado, ¿será que está rota? ¿Y si le ha pasado algo en el viaje?
—Que no funcionase para tu regreso era una posibilidad que habíamos contemplado, pero de ahí a pensar que esté rota por completo… —Chasqueó la lengua.
Miré a mi alrededor, sintiéndome más lejos de mi hogar que nunca. Aunque Rádamo no lo era, estaban allí muchas de las personas que sí.
—¿Tendré que quedarme hasta que encuentre otra forma de marcharme?
—No hay otra forma de hacerlo. No se puede llegar por barco ni…
—Araleen llegó en barco.
—Llegó en un naufragio, que es distinto. Te expondrías a una muerte casi segura. Y, antes de que lo menciones, los túneles son demasiado peligrosos. Están infestados de elfos oscuros en esta parte. Quizá tendrías que cruzar territorio de Narqania. Es imposible.
—No puedo quedarme aquí para siempre. Tengo un cometido que cumplir en Rádamo. Tengo que salvar a Leyla.
—Lo siento, Málakor, ya te advirtió mi hermano de que podría suceder.
—No, no es verdad —dije desesperado, arrepentido de haber tomado la decisión de alargar allí mi estancia—. Seguro que hay una manera. Tiene que haberla.
Ella negó con la cabeza; tenía la pena en los ojos, y los míos se llenaron de aquel sentimiento también.
Solté una exclamación de fastidio que se mezcló con el frenético sonido de unos pasos.
Altaxio entró corriendo en la estancia como si lo persiguiese Damien.
Los ojos se le fueron a las cabezas de los elfos y luego hacia las manchas de sangre.
—¡Mamá!, ¿qué significa esto?
—El Susurrador y su protegido han estado aquí.
El chico pasó la yema del dedo gordo por la gema de su anillo.
—He sentido una perturbación terrible. Casi vomito. —Caminó hacia su madre y la tomó de las manos—. ¿Estás bien?
Cuando ella asintió, él me lanzó la misma pregunta. Contesté igual que Anamkha, a pesar de que, en realidad, estaba en la mismísima mierda. Ese muchacho ya tenía preocupaciones suficientes en ese momento, a mi parecer.
Asintió y volvió la mirada a las cabezas de los elfos.
—¿De dónde han salido?
—Estaba en el aseo cuando han aparecido.
—¿Crees que han entrado en palacio por medios mágicos? ¿O es que han horadado otro túnel? El mes pasado cerramos dos —anotó Altaxio, mirándome—. No damos abasto. Son incansables. No comprendo de dónde sacan tantas manos.
—Hacen esclavos —dijo su madre—. Los tratan como a bestias.
—¿Por qué sabes tanto de lo que hacen los elfos oscuros allí abajo? —pregunté.
En medio del silencio que se hizo, Altaxio sacó un pañuelo del bolsillo y tomó con él la daga ritual de Narqania del mismo modo que si recogiese un excremento. Luego la colocó en su cinturón. Aunque Anamkha no parecía dispuesta a responder mi pregunta, su hijo, le gustase o no, finalmente dijo:
—Mi madre ha estado en Narqania.
—Entonces sabrás cómo llegar —dije mirándola.
—Te prohíbo que pises esa ciudad ni nada que esté lo más mínimamente cerca como para que puedan capturarte.
No es que se pusiera seria, es que era la seriedad en sí misma.
—¿Para qué quieres ir a la ciudad de los Elfos del Odio, Málakor? —preguntó su hijo.
—No quiero, expresamente, ir, pero por lo visto tengo que pasar por ella para regresar a Ítaro, porque mi medallón no funciona. No puedo volver a Rádamo, y es necesario que lo haga. Alguien morirá si no regreso e intento solucionarlo. Tékim está allí, podría ayudarme.
—Confío mucho en el dios de la magia, desde luego, pero quizá no quiera entrometerse tan directamente en el asunto de la Magia de Sangre —comentó Altaxio.
—¿Cómo sabes lo de esa magia? —dije extrañado.
El chico llevó la mirada hacia la Luna de Sangre, que aún seguía en el suelo.
—Será mejor que la recojas antes de que alguien más la vea —indicó con calma.
Le hice caso al momento y la guardé en el bolsillo.
No sabía qué pasaría la cuarta vez que Azskar llevase a cabo su ritual, si esa piedra ardería hasta hacerse cenizas o lo que quiera que pase con la roca cuando se la somete a altas temperaturas, o si, simplemente, Leyla moriría sin que yo tuviera aviso.
Eso me provocó un escalofrío que me cortó hasta el aliento.
Un sudor helado bajó desde mi nuca hasta recorrerme la piel sobre la columna.
—Te has puesto pálido. Ven a sentarte. —Altaxio me cogió del brazo y me acompañó hasta un banco.
Cuando lo ocupé, se sentó a mi lado, en tanto que su madre se quedaba de pie, a unos pasos de nosotros, observándonos, de brazos cruzados.
—Deja que te ayude a aliviar tus pesares —dijo el chico.
Mis opciones eran dejar que él hiciese lo suyo o meter la cabeza en alguno de esos barriles de cerveza.
Dado que lo primero era más conveniente y civilizado, asentí.
Cerré los ojos, porque me lo pidió, y sentí una energía cálida recorrerme entero.
Como la parte buena de que Conjuritos me curase, aunque elevado a un nivel muy superior.
—Thaliz, Señora de la Luz, tú que sanas y cuidas, tú que con tu bendición levantas y fortaleces todo cuerpo y espíritu —murmulló el chico—, permite a este humilde siervo valerse de tu gracia, para que penetre en él, dé descanso a su corazón y quede a salvo de sus tribulaciones.
Escuché su voz, más que con los oídos, con mi propio ser interior.
Fue una cosa un poco rara, como si en realidad él estuviera dentro de mí.
Sentí un bienestar físico y mental inigualables.
Tuve la impresión de que podría levantarme y caminar diez horas seguidas a buen paso.
La angustia ya no fue tan grande, y me pareció que todos los problemas que me acuciaban tenían arreglo.
Incluso ese de no poder marcharme de allí.
A su petición, abrí los ojos. Vi su rostro, enmarcado en esa mata de pelo que le tapaba hasta las orejas, su ristra de pecas, su bonita sonrisa. Sobre todo, vi en su mirada la de Anamkha. No tenía igual color, pero sí el mismo brillo amable y transmitía idéntica sensación de confianza.
—Gracias —musité.
—No es a mí a quien has de agradecérselo, sino a Thaliz, nuestra Señora.
—Le pondré una vela —dije, y fue en serio.
Asintió conforme, antes de mirar a su madre, que le preguntaba:
—¿Su colgante está bien?
—Sí, pero la energía del dios Tékim ya no está en él, por eso no puede regresar.
—He de hacerlo, más aún después de lo que ha pasado. Quedarme un día o dos es una cosa; para siempre, otra. Por favor, ¿de verdad no hay otra forma? No sé…
Anamkha y su hijo se miraron como quien conoce un secreto delicado.
—Mamá, no —dijo él, gravemente serio.
—¿Qué pasa? —Hasta me puse en pie por los nervios.
—Hay otra manera —soltó Anamkha de golpe—, pero no depende de mí.
—Mamá… —resopló su hijo.
Se comunicaron de nuevo con la mirada. No hizo falta que ella dijera algo más para que él torciese el gesto, dejase caer los hombros y empezase a negar con la cabeza efusivamente.
—Ni hablar. No lo permitiré. No.
—Mira, Altaxio, eres mi hijo y te quiero, pero esto no depende de ti.
—Soy el Clérigo Mayor de Thaliz, ¡claro que depende de mí! —Hizo aspavientos con las manos—. No puedo mirar hacia otro lado sabiendo que algo así se va a obrar entre los muros de esta ciudad. Así que no vais a hacer nada parecido.
Observé aquel intercambio de palabras, sin tener la menor idea de qué estaban hablando y sin atreverme a interferir, porque estaban muy tensos.
—Eso lo decidirá tu tío, que para eso es el Aes Heretryn.
—¿Qué diantres es eso? —quise saber—. ¿Es como llaman aquí al rey?
—Maestro de Alquimia, y vamos a sacarlo del lecho real. —Anamkha me cogió del brazo y tiró de mí para hacerme caminar.
—Creo que sé andar solo, Anamkha —intervine, aún a riesgo de jugarme el cuello.
—Perdón. —Tras soltarme, apretó el paso.
Nunca había visto a nadie andar tan rápido.
—Esto es del todo inconveniente —dijo Altaxio, que soltó un resoplido, pero fue tras ella, al igual que yo.
—Lo siento, hijo, finge que no sabes nada.
—¿Que finja que no sé nada? —replicó él—. Varthe! Arun-né varthe!
Eso no sonaba precisamente a «Qué maravillosa eres, felicidades por tu gran trabajo».
—Vigila tu lengua en mi presencia —dijo ella, con ese tono que solo una madre emplearía y que es una advertencia más letal que el rugido de un dragón.
El chico apretó los labios y se hizo pequeño.
—¿Que se supone que no quieres que haga tu madre? —pregunté, a su misma altura.
—Ynsheran.
—¿Eh? —No es que arrugase la nariz, es que se me convirtió en una pasa pegada a la cara—. ¿Tu madre quiere hacer eso? Si es la adalid del «Ah, Ynsheran, aquí nos lo tomamos muy en serio».
—Es que nos lo tomamos en serio —anotó él.
—Y no es para menos—respondió ella, sin aminorar el ritmo—, pero lo que llamamos Ynsheran comprende muchos caminos diferentes, a veces necesarios. No todo es blanco o negro, también existe el gris. En todas las cosas de este mundo.
—¿Y eso es verdad? —pregunté.
—Mi abuelo así lo creía —dijo Altaxio.
—Y tenía razón —anotó ella, con determinación.
—Esto sí que no me lo esperaba. —Chasqueé la lengua—. Creía que odiabas el Ynsheran, que era algo que todos debíamos odiar.
—Lo odio, porque ha destruido muchas de las cosas que amo, pero también… —Ahogó un suspiro de angustia—. Es igual. Es la única solución que tenemos.
—Pues si es la única, la tomaremos, Anamkha, aunque eso implique estar metido de cabeza en el gris de todas las cosas.
—Mamá, si alguien se entera… —El tono de su hijo rozó la súplica.
—Nadie lo sabrá, como tantas otras cosas que hemos hecho, y no soy yo quien tiene la última palabra sobre esto, así que dejemos de discutir, por favor —quiso zanjar ella.
—Mi tío la matará —murmuró Altaxio, sacudiendo la cabeza.
—Tampoco será tan grave —comenté.
—Oh, sí, odia que lo despierten en mitad de la noche.
—Lo que cambian las cosas —dijo ella para sí.
—¿Y quién no? —murmuré, antes de soltar un suspiro y apretar más el paso, porque la pelirroja parecía llevar alas en los pies—. Una cosa, ¿puedo pasar antes por una letrina? Es eso, o me orino en alguna columna, como Panceta.
—¿Quién es Panceta? —preguntó el sanador.
—Un amigo —respondí—. Peludo, con cuatro patas y muy comilón.
—Esos son de los mejores amigos que uno puede tener. A mi tío le gustan mucho los perros, así que os llevaréis bien. —Altaxio sonrió.
—Permíteme que lo dude. Tu tío no está muy contento de que esté aquí.
—Ya, pero eso es porque…
—Tienes un aseo ahí mismo, Málakor —interrumpió Anamkha, que señaló a una puerta más adelante y miró a su hijo con un regaño—. Te esperamos aquí.
Me preocupaban más las necesidades de mi vejiga que la explicación de Altaxio, así que me largué al punto. No obstante, mientras me alejaba, escuché que la pelirroja le decía a su hijo:
—A tu tío se le pasará, así que no le des importancia. Ya sabes que solo quiere protegerme.
«¿Protegerla de mí?», pensé. «Lo último que haría en esta vida es hacerle daño a Anamkha». Sin embargo, también era consciente de que, a veces, hacemos daño incluso cuando no son esas nuestras intenciones.