CAPÍTULO 35
De la Espada Esmeralda
Azskar miró tras mi espalda. Aproveché su despiste para propinarle una patada con la planta de la bota en el vientre.
Él trastabilló por el impacto y pegó con el cuerpo en la mesa de los barriles.
Del golpe, la madera se quejó y algunas cosas cayeron.
Me puse en pie y desenvainé la espada. El sonido de una jarra quebrándose se mezcló con la voz de Anamkha.
—No pensarías que mandar a esos esbirros a entretenerme te iba a servir de algo, Nérgalak. Aquí tienes sus cabezas. —Escuché que algo impactaba contra el suelo—. Pronto la tuya rodará con la de ellos.
Me moví unos pasos atrás, para mirar hacia donde ella estaba con la seguridad de que no tendría a Azskar pegado a mí.
Sobre los tablones del suelo, había dos cabezas cercenadas de elfos oscuros, con un gesto grotesco en su expresión.
Anamkha, que caminó hasta situarse a mi lado, llevaba la Espada Esmeralda en la mano derecha.
Las gemas brillaban a la luz de los candiles de la estancia, igual que el blanco puro del cinto y la vaina en su cadera.
Azskar, ya recompuesto, soltó una risa sardónica.
—¿Siempre tiene que salvarte una mujer? ¿Cuándo serás lo suficientemente hombre como para hacerlo tú solito?
Resoplé con tantas ganas que se me movió el flequillo.
—Estoy muy orgulloso de las mujeres que vienen a salvarme y de que lo hagan, así que, cállate, no me hieren tus palabras. Lo que te pasa, Azskar, es que a ti nadie te defendería jamás, ni hombre ni mujer. Ni nuestra madre lo haría si tuviera ocasión.
Él escupió al suelo y se limpió la sangre de la mano en la manga de la casaca negra. Había dejado de gotear.
—Nuestra madre era una ramera que ensució la sangre divina mezclándose con un mortal.
Di un paso hacia él, con la respiración desbocada por la rabia, pero Anamkha me retuvo.
—Ya me he cansado de oírte hablar, siervo de Nadiackus —dijo ella—, eres un veneno.
—Tú no puedes matarme, Anamkha de Erisias —masticó su nombre con inquina—. Fuerzas más grandes que las que bendicen tu espada me protegen.
—Si fuera tú, no estaría tan seguro de eso, pero puedes pensar lo que quieras, si eso te satisface.
La miró con tanto desprecio que aferré con fuerza la empuñadura de la espada. Él tomó su daga y la señaló con ella. Me puse en medio de ambos.
—No te atrevas a tocarla.
—¡Si la tocas, te mato, Azskar! —dijo con tono burlón, imitando mi voz.
Yo sabía por qué. Le había dicho algo así en Irasis, con Leyla.
—Málakor, déjame a mí. Veas lo que veas, no te acerques —me susurró Anamkha.
Pasó a mi lado, tan rápido que casi no la vi, y avanzó hacia Azskar con la espada en ristre.
Él levantó su daga y detuvo el golpe que ella descargó sobre él.
Al chocar, desprendieron un fogonazo de luz, entre el verde esmeralda y ese tan horrible que había visto aquel día con el propagador, en casa de Arbelina.
No pude soportar el destello y cerré los ojos un instante.
Un sonido idéntico al que hace un enjambre de abejas lo llenó todo.
Al despegar los párpados, la espada de Anamkha se hendía en el vientre de mi hermano.
La luz esmeralda que envolvía su hoja se expandió desde allí hasta el cuello, las piernas…
Azskar, con los ojos desencajados, soltó su daga, que cayó al suelo.
El sonido del metal retumbó en la estancia.
El esmeralda continuó expandiéndose por él.
La sangre de la herida de mi hermano humeó.
Antes de que lo consumiera por completo, se conjuró una sombra negra a su espalda, como humo llegado de la nada, y de ella emergió una mano esquelética, que lo tomó del hombro.
Allá donde lo tocó, la luz esmeralda se volvió de aquel verde.
Anamkha soltó un quejido que me estremeció; sin embargo, hincó más la espada en él si cabe.
La mano esquelética tiró de Azskar hacia atrás; el humo y él desaparecieron.
Tras ellos quedó una energía oscura que empujó a la pelirroja y la hizo caer de espaldas.
—Anamkha —me arrodillé a su lado—, ¿estás bien?
—Sí. —Irguió el torso—. Estoy bien.
La ayudé a levantarse. Ella hizo desaparecer su espada; yo envainé la mía.
—Maldito Grarnass —masculló enfadada.
La miré entre el miedo y la confusión.
—¿Grarnass? Era… ¿esa mano?
—Sí. Era él. Tu hermano se mofa de que venga a salvarte una mujer, como si fuera algo malo, pero a él tiene que salvarlo un maldito saco de huesos.
Se lo ha llevado a tiempo. —Se puso a caminar arriba y abajo, delante de mí—.
Por todos los dioses, ¡maldito sea! ¡Maldito cien veces!
—Se paró de golpe y me miró preocupada—. ¿Estás bien?
—Sí… —Me froté la cara con ambas manos—.
Ha entrado aquí, pensé que eras tú que volvías del aseo, eras tú, de hecho, tenía tu apariencia y tu voz, aunque había algo raro en ti, te juro que lo he notado, pero he pensado que solo estabas cansada.
Ahora entiendo el picor de mi cicatriz, esos murmullos, la sangre y…
él, tú y… —Mi pecho se movió arriba y abajo al borde de una respiración imposible—. Yo…
Anamkha me tomó por los hombros.
—Cálmate, por favor.
—No me pidas que me calme.
—No te lo estoy pidiendo, es una orden. Cálmate.
La miré alzando una ceja. Iba a decirle que no era quién para darme órdenes, aunque igual sí lo era. No solo porque fuese la Maes Ir, la heredera de un reino y la mitad de mi destino, me había defendido ante Azskar y lo había hecho siendo consciente del poder que de él emanaba.
—Me calmo.
—Muy bien. —Me soltó—. Ahora explícame eso. —Señaló a la Luna de Sangre.
Reiteré las explicaciones que le había dado a la falsa Anamkha. Se puso igual de nerviosa que la otra, aunque lo de Azskar fuera fingido. Le pregunté, igual que a él, si podíamos arreglarlo.
—No al menos con los instrumentos que poseemos. Esa clase de pacto implica a una deidad. Así lo hizo tu hermano, y solo esa deidad puede romperlo o decirte cómo. Otra opción es que se concluya con éxito. Así que esa muchacha firmó su sentencia de muerte.
Leyla… La saliva se me hizo hiel.
—¿Crees que es Grarnass quien lo ha hecho?
—No. Grarnass no es una deidad, ya te lo he explicado.
Ni tampoco es cosa de Nadiackus. Ha sido Deidre.
Ella tiene potestad para esta clase de pactos.
No sé qué le habrá ofrecido tu hermano a cambio, si es que le ha dado algo y no lo ha hecho solo por placer, porque es su sobrino, al fin y al cabo.
Si tú tienes el favor de Azani y los dones de Kaely, aunque no sepas aún cómo usarlos, es probable que él posea los dones de Deidre.
Vuestra historia es igual que la de ambas hermanas. La una es luz; la otra, oscuridad.
—Me da miedo que sepas tantas cosas sobre mí y los dioses. Aunque, a la par, lo agradezco. —Me llevé la mano al colgante—. He de hablar con Deidre.
—¿Crees que te escuchará? Puedes intentarlo si quieres, pero es el peligro hecho diosa. Si está del lado de Azskar, no estará del tuyo.
—No le tengo miedo.
Anamkha aspiró profundamente y soltó el aire contenido de una sola vez.
—Inténtalo entonces.
No funcionó, ni tampoco cuando se me ocurrió hablar con Azani después. Ninguna de ellas apareció. Tampoco Tékim. Y, desde luego, no iba a llamar a Damien.
—He de volver a Rádamo, Anamkha. Ahora mismo. Han de saber lo que ha pasado, tengo que ir a Irasis a ver a Leyla.
Antes de que asintiese, vi en sus ojos la chispa de la comprensión.
—Está bien. Vete. Yo me encargaré de Araleen.
Di un paso hacia ella y puse la mano en su mejilla. Ella cerró los ojos.
—Gracias por lo que has hecho.
—Ya te he dicho que no tienes que darme las gracias, Málakor.
—Anamkha… —musité.
Separó los párpados. Vi entonces algo más en sus ojos, aparte de la comprensión: no quería que me fuera. Realmente, no lo quería, aunque me hubiera dicho que sí con tanto apremio.
—Te juro que volveremos a vernos, como nos vemos ahora —le dije.
—Eso no lo pongo en duda. —Sonrió—. Vete de una vez.
—Me voy, pero si te enterases de cualquier cosa…
—Sí, te lo diré.
—Bien, me voy.
—Eso has dicho ya tres veces. —Rompió a reír. Tomó la mano que tenía sobre su mejilla y la besó, para luego soltarla—. Lárgate, Málakor Arben.
Asentí y me separé de ella. Llevé los dedos al medallón y supliqué por volver a Rádamo. Sin embargo, nada sucedió. Absolutamente nada.