CAPÍTULO 34 #2
—No. Mi hermano me entrenó en el arte de la espada, no en el de la monta. —Aunque su tono se había vuelto triste, se repuso al punto para decir—: Antes de marcharte has de verlo de nuevo. Al mencionar lo de los asesinos, he recordado esa conversación sobre el Lotorrim Rojo.
El antídoto del Loto Negro, el veneno más poderoso de los asesinos, contenido en las glándulas de un lagarto, por si alguien se ha perdido en este punto.
—Azkena guarda unos viales en su laboratorio.
Le diré que te dé uno para que te lo lleves, si es posible.
No puedo darte más, ya te conté que es muy difícil de conseguir, pero te servirá en caso de emergencia.
—Llevó la mirada hacia la ventana—. Entra un aire muy frío, ¿no?
Las noches siguen siendo heladas en esta época del año.
Voy a cerrar y luego al aseo, si me disculpas. Tanta cerveza… ya sabes.
—Claro. Ve, iré después. Cuando me termine esto. —Levanté mi bebida.
Anamkha cerró la ventana y me dejó a solas.
Seguía notando esa corriente de aire helada, así que me acerqué, por si hubiera alguna rendija más; sin embargo, estaba bien cerrada.
Cerveza en mano, paseé por la estancia, curioseándola, dándole vueltas a todo cuanto habíamos hablado.
Me sentí feliz porque ella hubiera comprendido esas sombras de mi pasado, pero me bullían aún con más fuerza las ganas de conocer las sombras del suyo, las luces también.
Si la doncella no se hubiera llevado los libros, habría abierto ese de Historia para curiosear en él.
Una punzada incómoda se me instaló en el antebrazo izquierdo, tanto que cambié la jarra de mano.
Mis viejas heridas clamaban hasta en los momentos de calma, pensé; pero entonces noté el incómodo picor que me sobrevenía en presencia de los asesinos.
Todo mi cuerpo se puso alerta. Dejé la cerveza en la mesa y me llevé la mano a la empuñadura de la espada, con los ojos puestos en todas partes.
La puerta se abrió de golpe, y aunque el corazón se me aceleró en la escasa porción de tiempo hasta que vi quién era, pronto regresó a la normalidad, pues se trataba de Anamkha.
—¿Qué pasa? —preguntó, quizá percibiendo mi malestar.
—Nada —miré a mi alrededor—, un presentimiento.
—Ha de ser el cansancio. La guardia real hace bien su trabajo, Málakor, aquí estás a salvo.
Parecía tranquila, a pesar de todas las cosas problemáticas de las que habíamos hablado.
—Sí… —Aunque tomé asiento de nuevo y traté de calmarme, esa incomodidad seguía punzándome—. Deberíamos ir juntos al bosque ese, mañana a primera hora.
Anamkha tomó asiento frente a su jarra vacía.
—Sí, claro. Iremos, ¿por qué no? Los amaneceres son bonitos allí.
Me reí, tenía que ser otra de sus bromas.
—¿Puedes servirme una cerveza? —pidió alargándome su jarra—. No sé cuántas llevamos ya, pero nunca está de más tomarse la última.
—Ya nos hemos tomado la última, pero podemos tomarnos la última de la última. —Me puse en pie y cogí ambas jarras.
—Eso siempre es una buena idea.
Pasé a su lado y la miré de reojo. Había algo distinto en ella. Quizá se había retocado el peinado, como hacían muchas damas cuando iban al aseo, o tenía sueño, porque bostezó.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí, solo es agotamiento.
—Si quieres nos vamos ya a dormir.
—No, la última de la última —dijo con voz animada.
Asentí y me dispuse a servirle la jarra. Entretanto, la escuché murmullar algo.
—¿Qué susurras? ¿Algún secreto inconfesable?
—Sabes que no tengo secretos contigo.
—Ja, has vuelto graciosa del aseo. —Tras llenar mi jarra y la suya, regresé a la mesa—. ¿Te han dado algo mientras estabas allí? —pregunté mientras tomaba asiento.
—Son los efluvios de las letrinas.
—Pero si están limpísimas, tendrías que ver las de Ledaria. Era entrar en ellas y caerte de espaldas. Por eso siempre prefería hacerlo fuera, debajo de un árbol.
—Eso es bueno para la naturaleza, ¿no? —Tras tomar la jarra con una mano, bebió mientras me miraba con expresión feliz—. Creo que tengo hambre. Esas manzanas tienen buena pinta.
—¿Quieres que te traiga una?
—No, yo la cogeré, gracias.
—¿Gracias?
—Sí, gracias. —Se encogió de hombros y se puso en pie.
La observé deambular junto a la mesa, trastear entre las cosas, dándome la espalda, como si no se decidiese qué coger. Murmuró algo más; una canción, quizá, que no alcancé a escuchar. Cogió un cuchillo y una hogaza de pan. No veía qué hacía con ellos, pero de pronto la escuché quejarse.
—Me he cortado.
Se giró hacia mí. Tenía sangre en la palma de la mano. Salté del asiento y corrí hacia ella. El corte era profundo y el líquido vital se le derramaba sin mesura.
—Si llega a ser una espada, te hubieras rebanado un dedo.
—Así tendría a quien compararme —rio—. No te preocupes, estoy bien. Puedes… —Calló de golpe, los ojos se le abrieron hasta el extremo—. ¿Qué llevas en el bolsillo?
—No… —musité, notando el pinchazo del calor que emanaba de la Luna de Sangre—. ¡No!
La saqué, aun quemándome los dedos como aquella vez, y la lancé al suelo. Prendía en virulentas llamas rojas.
—¿Cómo es posible? —musité—. No puede ser…
—Ynsheran. —La voz de Anamkha tembló como si la hubiera sacudido un terremoto—. ¿Qué demonios haces con eso encima?
Mi mente iba más rápido de lo que podría permitirme, si es que quería tener algún pensamiento que pudiera hilar para contestarle. Lo único que podría ver con claridad era la imagen de Leyla muerta por culpa de Lúdric, pues pronto no quedarían más oportunidades.
Anamkha se llevó las manos a la cabeza. El rojo se cubrió de más rojo al contacto con la sangre de su herida, y entreví algo negruzco entre los mechones, lo cual me asustó aún más.
—Por todos los dioses, tenemos que vendarte la mano, o te vas a desangrar —dije, mientras me rascaba casi furioso el antebrazo, mirando a todas partes.
—Eso no importa ahora. Solo eso. —Anamkha señaló la piedra y me miró con la ira restallándole en las pupilas—. Es muy grave. Es Magia de Sangre. ¿Qué tienes que ver con ella?
Me llevé la mano a la frente, abrumado a más no poder.
—Lo siento, yo…
—No me pidas perdón, te estoy demandando una explicación. —De unas largas zancadas se puso ante mí. La ira en sus ojos se volvió casi fuego—. No puede ser que tú…
—No soy nada de lo que estás pensando —interrumpí, con una súplica en la mirada—.
Azani me dijo que no te hiciera preguntas, pero creo que eso ha dejado de ser relevante.
Azskar conjuró un hechizo de sangre sobre mí, y Leyla estableció un vínculo conmigo para ser ella la que muriese. Dime que se puede arreglar.
—Es una Luna de Sangre. No puedo destruirla, o será peor.
El mundo se me vino encima. ¿El mundo? No, más allá de eso. Todo lo que existió, existía y existirá se me vino encima. Tan fuerte que tuve que sentarme. Ocupé el extremo del banco y escondí la cara entre las manos, no sin antes mirar de reojo a la piedra. Había dejado de llamear.
—Pensé que Azskar tenía que aparecer ante mí para poder conjurar el hechizo, pensé que…
—Y pensaste bien, porque estoy ante ti. —La voz de Anamkha se volvió la de ese zafío malnacido—. Hola, hermano, ¿crees que un océano puede librarte de mí?
Casi petrificado, erguí el cuerpo y la cabeza para mirarlo.
Su imagen también había cambiado. Era él.
Con aquellas ropas rojas y negras. El narquanish, esa daga de los sacerdotes oscuros de Narqania, estaba en su cinto, llena de sangre.
Caminó tranquilo hasta situarse frente a mí.
Desde mi posición, su presencia era imponente.
Estaba tan desubicado que me costó reaccionar.
—No, ni un océano ni todos los dioses de este mundo podrán protegerte de mí —soltó con ladina sonrisa.
—Quizá todos los dioses de este mundo no, pero yo sí —dijo una voz a mi espalda.
Aquella sí era Anamkha. Y, por Yssal, que la habría besado otra vez, y no en la mano precisamente.