Málakor 4 CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

De asuntos del pasado y de abrazar la oscuridad

Anamkha se paró en seco. Me miró de arriba abajo; frunció el ceño levemente. Temí que me echase de allí a patadas y que no quisiera saber nada más de mí. Sin embargo, en sus ojos, más que reproche hubo curiosidad.

—Hablaste de ellos, pero no sabía que tú… —dijo a media voz.

—¿Puedo contártelo con una cerveza?

—Puedes.

Retomó el paso, más rápido que antes, y la seguí hasta una estancia amplia, llena de panoplias de armas, estandartes y cuadros.

Había hileras de mesas en el centro, con sus bancos, y estaba bien iluminada.

En la pared sur, sobre otra mesa alargada, vi barriles tendidos, con grifos, vajilla amontonada, canastos de fruta, jamón asado y otras viandas.

Si hubiera tenido hambre, lo que tenía que decirle a Anamkha me habría cortado el apetito de golpe.

Ocupé uno de los bancos. Ella sirvió la cerveza y me preguntó si quería comer algo.

Negué con la cabeza. Cuando se sentó en el banco frente a mí, me hizo un gesto para que hablase.

Aunque al principio me sentí incapaz de articular palabra, y todo intento se quedaba en la punta de mi lengua, con la ayuda de su afectuosa mirada y de la cerveza, terminé por contarle, con pelos y señales, lo que había vivido en Ledaria.

Para ese entonces, yo me había bebido ya la jarra y ella ni siquiera la había tocado, más atenta a mi relato que a cualquier otra cosa.

—Supongo que esto cambia tu percepción de mí —dije con pesar—. Si te enfadases conmigo, lo entendería. Me dolería, desde luego, infinitamente, perder tu confianza, pero es justo que sepas de esa parte de mi pasado, aunque no puedas hablarme del tuyo.

Asintió varias veces, sin apartar la mirada de la mía. Traté de ver en ella si se avecinaba lluvia suave, tormenta leve o aguacero. O un ciclón de esos que arrasaban aldeas enteras. Sin embargo, hubo cielos despejados.

—No voy a enfadarme contigo, Málakor. No conociendo todos los detalles.

—¿No? —solté extrañado.

—No. Otra cosa es que me hubieras dicho que matabas por placer, como tantos otros con los que me he cruzado, pero no lo hacías por eso.

—Ya, pero… he matado a gente, Anamkha.

—Y yo. —Estiró la mano sobre la mesa y la posó sobre la mía. Perdí la mirada en ese gesto, mientras ella seguía hablando—. También he matado para sobrevivir, y tú estabas sobreviviendo.

—A sangre fría.

—Como yo —anotó.

Levanté la mirada, la suya estaba llena de franqueza y también de esperanza.

—¿En serio no vas a enfadarte conmigo?

—¿Si me enfadase te sentirías mejor? —dijo ceñuda.

—No, pero es que estoy acostumbrado a que lo hagan. —Pensé en Hach, en Griselda. Ellos tampoco se habían enfadado, y eso me hizo sonreír—. Bueno, en realidad, no todo el mundo lo ha hecho al saber de esto.

—Y si alguien lo hizo será porque tiene sus propios motivos.

—Así es.

Tras una sonrisa franca, dijo:

—Aunque no crea que sea algo de lo que debamos estar orgullosos, algunos aprenden a matar y otros aprendemos a sobrevivir.

Solo matamos para salvaguardar nuestra vida o la de las personas que nos importan.

Tú matabas con ese propósito, para que tu madre no pagase las consecuencias, y en eso radica la diferencia entre la crueldad de esas gentes y la bondad de tu corazón.

Solo prométeme que no queda nada de ellos en ti.

—No puedo prometerte eso. En lo tocante a Ledaria, cuando los tengo enfrente, me vuelvo como ellos.

Me posee una rabia infinita que me lleva al único deseo de pagarles con la misma moneda con la que ellos pagan.

Si ellos quieren sangre, yo también. Si quieren crueldad, yo también.

No hace mucho aplasté el cráneo de un hombre contra mi rodilla; luego lo hice contra el suelo.

No paré hasta que no quedó de él más que un amasijo de carne y huesos rotos.

Aún noto resentida la rodilla a veces, sobre todo cuando lo recuerdo.

Sus párpados temblaron, quizá porque se sintió abrumada; sin embargo, no retiró la mano de la mía. Es más, la apretó.

—He hecho cosas horribles también, y percibo la ira que desprenden tus palabras y tu mirada cuando hablas de ellos; igualmente veo que te sientes culpable.

—Me siento culpable por darles la maldita satisfacción de convertirme en lo que juré destruir cuando estoy con ellos. Aunque no sé si me arrepiento, porque esa parte más oscura de mí me ha salvado en momentos difíciles.

—Te comprendo —dijo con la voz sobrecogida, tal vez recordando sus vivencias.

—Agradezco que lo hagas, pero te juro, Anamkha, que si ahora mismo entrase un asesino por esa puerta, no te gustaría ver la oscuridad que hay en mí.

Ella sonrió con amargura.

—A ti tampoco te gustaría ver la mía si eso pasase. O si fueran otros los que lo hicieran, esos con los que tengo cuentas pendientes.

Tome aire profundamente mientras asentía aliviado. Pocas cosas más valiosas hay en este mundo que sentirse comprendido.

—Gracias a los dioses que no te has enfadado. No soportaría estar a malas contigo, menos por culpa de mi pasado y de su maldita oscuridad.

—Gracias a ti por tu sinceridad. —Anamkha apretó aún más mi mano y su mirada ahondó en la mía—. Ahora escúchame bien, Málakor, si la oscuridad te ciega, abrazaré esa oscuridad contigo, y la mía y la tuya irán de la mano hasta que aprendamos juntos a volverlas luz.

En el vientre se me conjuró de nuevo aquella sensación cálida. Quise decirle muchas cosas; sin embargo, se me quedaron atascadas en la garganta, donde tenía un nudo descomunal.

—¿Por qué? —Es lo único que fui capaz de preguntarle.

—¿De verdad preguntas por qué?

Tragué el nudo a duras penas, y asentí.

—Sí, ¿por qué harías eso? Tú y yo…, en realidad, no nos conocemos tanto.

Apenas sé nada de ti. Hemos llegado a la vida del otro por motivos que escapan a nuestra comprensión y voluntad.

Hay otras personas que llegan a la vida de uno así mismo, y no son recibidas de la misma manera.

Pero nos hemos recibido, sin más, en la vida del otro; nos hemos aceptado sin poner trabas.

Como si hubiéramos caído a un río y nos hubiéramos dejado llevar por la corriente, aún sin saber dónde nos llevaría.

¿Por qué? Tiene que haber una explicación mucho más profunda que el simple hecho de que sea cosa de nuestro destino. ¿Qué somos, Anamkha?

Se rascó el cogote con la mano libre y luego se bebió de una el contenido de la jarra.

—No lo sé. Solo sé que nos vimos hace mucho tiempo —dijo después, sin apartar la mirada de la mía, ni tampoco la mano—. Solo que no lo recuerdas.

—Pero tú sí, y la última vez que hablé contigo, parecías saber tanto como yo, ¿acaso fingías?

—No, no fingía. Solo que no había atado esos hilos, y no creo que decírtelo cambiase mucho las cosas, pero Azani quiere que lo descubras todo por ti mismo, aunque eso suponga perder un montón de valioso tiempo.

Dice que tu aprendizaje es vital para afrontar lo que debes afrontar, y que ha de hacerse sin forzarse.

No puedo interferir en el momento en el que descubras eso. A no ser que ella me dé permiso.

—Estoy muy enfadado con las dos —gruñí.

—Lo siento. A mí también me enfada tener secretos contigo.

Anamkha suspiró y se levantó para llenar las jarras. Eché de menos sentir su tacto, como ya era costumbre. Cuando regresó, puso mi jarra ante mí, se sentó y bebió de la suya.

—Hablemos de otra cosa, por favor —dijo después, con gesto agotado.

—Sí, háblame de Zofi; aunque, hay una pregunta que me ronda desde que hemos estado en el templo, ¿aquí aún recuerdan a mi madre? En Luara su nombre no se ha perdido del todo.

—Sí, pero empiezan a olvidarla, y eso es un problema.

Sentí una profunda tristeza, aunque me animó la idea de estar al lado de la persona que me ayudaría a hacer regresar a mi madre.

—Está escrito que la sacaré del Olvido junto a ti, ¿sabes?

—Haré lo que sea necesario para ayudarte. —Levantó la jarra—. Lo que sea necesario.

Asentí y brindé con ella. Dimos un largo trago, mirándonos en silencio, pero los silencios entre nosotros no solían durar mucho, así que ella lo llenó pronto:

—Desde hace más o menos un mes, muchos aldeanos desaparecen en la arboleda a la que han ido los padres de Zofi.

No sabemos si hay algún animal hambriento, bandidos o una aberración del Ynsheran.

Por más que hemos enviado a los guardias a rastrear la zona, no damos con nada.

Algunos, de hecho, tampoco han regresado.

Hasta yo misma fui un día. —Negó con la cabeza, sosteniendo la jarra con ambas manos—.

Aunque nada encontré, hubo un punto en el que Epona se puso nerviosa.

—¿Epona? ¿Dónde está ese caballo que se llama como yo?, ¿comiendo manzanas?

—Es mi yegua. Málakor está en el reino de los elfos, rodeado de yeguas porque es un semental que me dará una buena yeguada. Tan fuertes, rápidos y ágiles como él. —Se le dibujó una expresión divertida.

—Bueno, al menos él se divierte en ese aspecto —dije, y bebí alzando las cejas.

—Quizá esa sea una de las cosas que echo de menos de estar con alguien. La intimidad.

—¿La intimidad, Maes Ir?, qué refinada —me burlé con cariño—. Dilo, el sexo.

—Vale, el sexo —rio, y luego soltó un suspiro, antes de beber otro trago.

—Yo también lo echo de menos. Creo que, cuando tenga que volver a hacerlo, se me habrá olvidado.

—Esas cosas no se olvidan, son como montar a caballo.

Noté el soplo de una brisa casi helada en la nuca. Me giré para mirar hacia atrás; pero solo era el aire colándose por una ventana entreabierta. Volví la mirada hacia ella, y dije:

—Pues vamos mal, porque no sé montar a caballo. Ya te dije que no tenía ninguno. Aunque mi padre era un buen jinete. De los mejores. Algún día espero hacerle justicia.

—Si te quedases más tiempo en Sigmarina, te enseñaría a montar. Aprendí de un gran jinete.

—¿Tu hermano?