Málakor 4 CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

De meter la mano en bolsillos ajenos

La campanilla anunció nuestra salida del templo.

Nos colamos entre el gentío de la plaza con el fin de abandonarla, mientras le hacía a Anamkha más preguntas sobre Sigmarina.

Andaba distraído, mas no lo suficiente como para no notar el roce de algo cerca de mi bolsillo.

Una niña estiraba los deditos para rebuscar en la propiedad ajena, siendo que ajena venía significando esta vez: mi propiedad. Me paré y la cogí de la muñeca, aprisa.

—¿Qué se supone que haces? —increpé.

—Teníaz una peluza. —El aire se le escapaba entre los muchos huecos de los dientes. Sonaba como Alasdair, aunque en un tono dulce—. No ze puede ir con laz ropaz zuciaz por Zigmarina.

—¿Qué sucede, Málakor? —preguntó Anamkha, al notar que me había detenido.

—Esta chiquilla ha intentado robarme.

—No ez verdad. No te he robado nada.

Tenía la mano cerrada, así que sospeché que algo había cogido. Le solté la muñeca, pero la cogí del filo de la casaca sucia que llevaba. Por más que Sigmarina fuese ordenada y opulenta, también había gente que padecía. Eso era, al parecer, una lacra en todos los continentes.

—Abre la mano, anda —pedí, en un tono afable—. Aunque ya te digo que no llevo nada en los bolsillos que pueda interesarte.

—Robar no está bien, seguro que ya te lo han dicho —le dijo Anamkha.

—Erez la Maez Ir, ¿verdad? —La miró con los ojos muy abiertos—. Tu pelo ez taaan bonito. ¿Ezte tío ez tu novio?

—No. —Anamkha trató de no reírse, pero se le notó un poco en la voz—. Gracias por tu cumplido, pero suelta lo que hayas cogido, por favor. Si tienes hambre, te llevaremos a cenar y hablaré con quien sea pertinente para que te ayude.

Aunque la niña resopló con fastidio, hizo lo que le pedíamos. Extendió los dedos, con la palma plana. Sobre ella estaba esa pluma del ériath que había recogido en Rádamo.

—¿Una pluma de ériath rojo? —murmuró Anamkha con sorpresa—. ¿Te la ha cogido a ti, Málakor?

—Sí, la traje de Ítaro—respondí.

—Pensaba que solo estaban en Hérenthor.

—Pues ya ves que no.

Regresé la mirada a la niña, que nos observaba muy atenta.

—¿Qué ez Ítaro? —preguntó.

—Un sitio donde los dragones se comen a las ladronas —dije—, si no quieres que te mande allí, no vuelvas a robar.

—Tengo hambre. Zi tú tuvieraz hambre, también robaríaz.

No era el más indicado para entrar en discursos sobre que había otros caminos antes que robar, viniendo de dónde venía. La mayoría de la gente no robaba por gusto, si no por necesidad. Aunque estuviera igual de mal.

—Me da igual zi me come un dragón, azí dejaré de pazar hambre.

Anamkha se acuclilló para estar a su altura. La niña debía de medir cosa de un metro. Tenía el cabello negro, apelmazado por la suciedad, y una carita tan llena de hollín que apenas se le distinguían los rasgos.

—¿Cómo te llamas? —quiso saber la pelirroja.

—Zofi.

Sonó tan graciosa que casi me dieron ganas de reír.

—Sofi, supongo —dije.

—No, Zofi. ¿Ez que nunca haz ezcuchado eze nombre? Ez uno como otro cualquiera —replicó, y luego aspiró aire entre los dientes—. Me alegro de que ezte tío no zea tu novio, Maez Ir, porque no zé zi me cae bien.

Anamkha se aguantó una carcajada.

—Perdona, no ha sido con mala intención —dije, y la solté.

No me dio la impresión de que fuera a salir corriendo. Si lo hacía, solo se llevaba una pluma, pues me tanteé los bolsillos y todo lo demás estaba allí. Incluida la Luna de Sangre, que era lo que más me preocupaba.

—Ezta bien —respondió muy digna.

—¿Dónde están tus padres? —le preguntó Anamkha.

—Ze fueron a la Arboleda de Poniente a buzcar bayaz para la cena, y ya no regrezaron.

La pelirroja se puso en pie.

—Más desaparecidos… —musitó con gesto desolado.

—¿Más desaparecidos? ¿Qué me he perdido? —pregunté.

—Ya hablaremos de eso también. Llevaremos a esta niña a palacio, que se hagan cargo de ella, no puede deambular por las calles así. Los guardias querrán hablar con ella además.

—¡A palacio! ¡Como una prinzeza! —dijo entusiasmada—. Zí, vamoz, claro que zí. ¿Puedo quedarme la pluma? Ez muy bonita.

—Querrá venderla. Las plumas de ériath rojo valen una fortuna en Sigmarina —me informó Anamkha en un susurro.

—Podrías habérmelo dicho y habría tenido con qué pagar —me quejé.

—Es que también traen suerte, así que es mejor no desprenderse de ella.

—Es igual, que se la quede. La necesitará más que yo.

—¡Bieeen! —La chiquilla agitó la pluma como si fuera una bandera.

Anamkha le tendió la mano. Ella la cogió sin pensárselo dos veces.

En el trayecto de vuelta a palacio, la pelirroja y yo no cruzamos palabra, porque la niña nos tuvo entretenidos contándonos un montón de historias.

Cosas de chiquillos. Estaba igual de entusiasmada que cuando Hach hablaba de sus asuntos de bardo, y a la pelirroja se le dibujaba una sonrisa cada vez que Zofi decía una tontería.

En sus ojos negros había una mezcla de la alegría propia de un infante y la tristeza de quien ha sufrido.

No pude evitar pensar en Xelirian. En lo mucho que me necesitaba y en lo lejos que estaba de él.

Posé los dedos brevemente sobre el medallón, pidiéndole para mis adentros que no me fallase cuando quisiera regresar.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunté después a la niña.

—Ocho. Cumplo nueve en Azurie.

—Verano —me indicó Anamkha.

—¿Y cómo es que hablas tan bien mi lengua? —quise saber.

—Ah, porque mi padre ez profezor y me ha enzeñado.

Hablo cuatro lenguaz diztintaz: común, zigmari, verenti y la lengua de Arath, tal y como ze eztudia en Ellertanah.

—Fue sacando dedito tras dedito de la mano izquierda; la derecha aún la llevaba cogida a la de Anamkha—.

Mi padre me eztaba enzeñando el ureniense, pero… ze fue.

Mi amiga le apretó la mano.

—Volverá y seguirás aprendiendo, ya lo verás. ¿Qué más te gusta hacer aparte de aprender las lenguas?

—Loz caballoz. Dizen que la Maez Ir ez la mejor jinete de todo Hérenthor. ¿Ez ezo verdad?

—No lo creo —respondió la pelirroja con dulzura—. Solo he practicado mucho.

—En realidad, nunca he montado —Zofi hizo un gracioso puchero—, pero algún día lo haré.

—Te llevaré a montar cuando encontremos a tus padres y me den su permiso.

—Loz echo mucho de menoz. —Cualquier rastro de alegría que hubiera en su rostro se esfumó de golpe—. No tengo hermanoz. No quiero quedarme zola.

—No estarás sola. Además, los hermanos están sobrevalorados —dijo Anamkha, para animarla un poco.

—Que ezo lo digaz tú precizamente… —rumió la chiquilla.

La pelirroja se puso el dedo en los labios, con gesto pillo, y soltó un «shhh» que la otra imitó, al tiempo en que se detenía junto a una fuente. Anamkha sacó su pañuelo, lo mojó y trató de quitarle algo de mugre a la niña de la cara.

—¿Dónde te has metido para estar así? —le preguntó mientras.

—En la carbonería. Tenía frío y eze zitio ziempre eztá calentito, con un brazero grandote encendido. Me ha dado un zueño…

—Podrías haberte intoxicado con tanto humo.

El pañuelo de Anamkha se tornó negro. En el rostro de la niña, aunque aún quedase rastro del hollín, se advirtieron mejor los rasgos. Tenía la nariz respingona, los ojos muy grandes y unas pestañas muy largas.

—¡¿Me haz dejado guapa?! —Se asomó en exceso a la fuente para ver su reflejo.

—Ten cuidado… —Tiré de ella hacia atrás.

Entre risas, la niña tomó de nuevo la mano de Anamkha.

—No es la primera vez que haces esto, ¿no? —le dije a la pelirroja—. Lo de llevarte niños perdidos a palacio.

—Alguien me dijo una vez que cuando se es testigo del sufrimiento de una criatura inocente y se mira para otro lado, el monstruo que devora el alma se hace más grande.

—¿El monstruo que devora el alma? —Fruncí el ceño—. ¿Llevamos eso dentro?

—Eso dicen las viejas creencias. Que todos tenemos dentro un pedazo de lo mismo que compone el Olvido, que es igual de voraz y que se alimenta de las malas acciones. No sé si es verdad o no, pero sí sé que hay personas a las que sus malas acciones consumen desde dentro.

—Y no puedo quitarte la razón. He visto a ese monstruo consumir a mucha gente… y hasta le he mirado a los ojos.

Ella me dedicó una mirada comprensiva, que mantuvo en la mía hasta que Zofi reclamó su atención para hablarle del vestido de una muchacha. Me quedé pensando en qué diría de mí si supiera de la sombra de Ledaria, de ese monstruo al que pertenecí. De ese monstruo que fui.

Tenía que decírselo antes de irme. Encontrar el valor y hacerlo de una vez.

Apenas unos metros más adelante, cogimos una calle que desembocaba en el castillo.

Visto desde fuera, era una mole de piedra que en nada tenía que envidiarle a la de Ardacia, con una torre del homenaje que parecía querer llegar tan alto como los pináculos del templo.

Acompañé a Anamkha a dónde quiera que estuviésemos yendo, porque después de tanto pasillo ya no sabía dónde estaba.

Al final, llegamos a una cocina enorme donde había, a pesar de la hora, mucho movimiento.

Tenía grandes mesas en el centro, con sacos, canastos o tablas a rebosar de comida; alacenas, vitrinas, sillas…

Algunas chimeneas estaban encendidas y se calentaban en ellas sendos calderos.

Anamkha dejó a la niña en manos de una doncella.

Supuse que le estaba pidiendo que le diera un baño, ropa limpia y zapatos nuevos, comida y cama.

Sea como fuere, la doncella asintió a todo.

Zofi nos dijo adiós con la mano, más entretenida en observar cómo amasaban un pan que en cualquier otra cosa.

Después de que la pelirroja le diera los libros a otra doncella para que los guardase en mis aposentos, abandonamos la cocina.

—¿Sigues queriendo esa cerveza? —me preguntó.

—Sí, por favor. Tienes que hablarme de esas desapariciones.

—Entonces la tomaremos aquí mismo. Hay una sala de descanso, con algunos barriles y jarras. Yo misma te la serviré.

—Podré decir que la mismísima Maes Ir me sirvió, ¿crees que eso subirá mi estatus?

—Eres un semidios, lo único que haría subir tu estatus sería ascender a dios.

—Eso sería el doble de problemas. Si siendo semialgo tengo inconvenientes cada dos por tres… —renegué—, siendo un todo… ni me lo quiero imaginar. Prefiero quedarme como estoy.

—No creo que sea algo sobre lo que tengas potestad para elegir, si los dioses decidieran concederte la bondad de ser como ellos, tendrías que aceptar. Hay historias de mortales ascendidos.

—Seguro que son historias espeluznantes.

Se echó a reír.

—Además, me gustan las cosas mundanas —anoté—. Soy feliz con poco. Esto de semidiós es una cosa de la que me enteré hace unos pocos años, antes… era un tipo corriente.

—Dudo que hayas sido nunca un tipo corriente —dijo con el tono de quien hace un cumplido—. ¿Te has dedicado siempre a ser mercenario?

—No, antes era…

No podía demorar más el momento de hablarle de mis años en Ledaria. No era justo para ella, ni para mí, más aún cuando ella conocía la existencia del gremio y de mi hermano, y era probable que nos topásemos con alguien que me reconociese en un futuro.

Así que tomé aire, le rogué a los dioses un poco de suerte y lo solté sin más:

—Era… un asesino, para más señas.