Málakor 4 CAPÍTULO 32 #2
36%

CAPÍTULO 32 #2

Le dijimos adiós al tendero y nos colamos entre el gentío hasta llegar al final de la cola.

Si no había cien personas antes que nosotros, no había nadie.

Sin embargo, como el tiempo se acortaba estando con ella, supe que la espera no sería tediosa.

Mientras avanzábamos, le pregunté a Anamkha por la arquitectura de la catedral, no por mí, que nadie se piense que tenía fiebre, es que quería hablarle a Háchpirey de ella, ver su cara de ilusión cuando se lo contase.

Luego me habló de algunas costumbres de Sigmarina, como la de dejar una vela prendida en la ventana cuando alguien de la familia salía de viaje, para que no se perdiera a la vuelta.

—¿Qué os pasa aquí con las velas? —le pregunté.

—Hay muchas cererías. Habrá que darles trabajo.

—Por un momento hasta me lo creí, pero agregó—: Es verdad que hay muchas cererías, pero es porque la Oscuridad llegó hasta aquí y la gente necesita siempre una luz que le recuerde que pueden vencerla.

El fuego, las velas…, todo lo que brilla lo simboliza.

Recordé los días más oscuros de Ardacia, lo que me hizo preguntarme cómo sería vivir en esa situación por un tiempo más prolongado. Todas las cosas que esas gentes debieron perder, todas las vidas, el tiempo… Las historias cortadas de raíz por la ambición y la maldad de otros.

—Debió de ser una situación muy difícil.

Ella elevó los ojos al cielo, y quise poder ver a través de ellos, porque el semblante se le llenó de una expresión de angustia, como si viera algo allí arriba que le trajera malos recuerdos. Bajó la mirada y tragó saliva. Tenía los ojos vidriosos.

—Por favor, no llores. Si lloras tendré que abrazarte delante de todo el mundo, Maes Ir, y no quieres eso.

A Anamkha le salió una risa vivaz, entrecortada por ese intento de llanto. Se secó las incipientes lágrimas con el dorso de la mano y negó con la cabeza.

—No pasa nada.

Le rocé el brazo con el mío, disimuladamente, y le dije:

—Deberíamos de haber cogido una vela para esa elfa, Araleen.

—Altaxio ya lo habrá hecho, no te preocupes.

—¿Y para ti? ¿No encenderemos ninguna para ti?

—Mi hijo también se habrá encargado. Siempre enciende una en mi nombre.

—¿Y qué pide?

Levantó la vela canela.

—Que encuentre de nuevo el amor, o que el amor me encuentre a mí.

—¿Pero lo estás buscando?

—No —dijo riéndose—. El amor lo complica todo. Ya oíste lo que te dije, no quiero acostumbrarme a nadie y que tenga que irse. No sé si lo soportaría.

—He amado y he perdido, Anamkha, sé lo que se siente. Y te juro, por todos los dioses, que preferiría perder mil veces, a no haber amado en absoluto.

—¿A pesar de todo?

—A pesar de todo.

Ella sonrió mientras asentía. Que era justo lo que yo quería, verla sonreír.

—Y no me hagas decir más cosas de bardo para verte sonreír. Estoy agotando mi límite.

Su risa se mezcló con el sonido de una campanilla.

Un sacerdote, a juzgar por su vestimenta, tocaba cada vez que un fiel salía del templo, para avisar a la cola de que podían acceder otros.

Apenas había dos personas delante de nosotros, que pasaron bastante rápido.

Nervioso, aguardé el turno. Tras ascender por la amplia escalinata, llegamos a la puerta de la catedral.

Abierta de par en par, me dejó admirar, boquiabierto, el interior.

El espacio era tan alto como se apreciaba desde dentro, con altas y gruesas columnas blancas y techos abovedados en los que se reflejaba una cúpula celeste en la que rutilaban las estrellas.

Cuando alguien prendía su cirio en un enorme pebetero que había en el centro del templo, lo alzaba entre las palmas de las manos.

Entonces, ascendía y se mezclaba con los demás que flotaban en el aire.

Debía de ser cosa de magia. De la misma que impedía que todas las cabezas acabasen llenas de cera.

La luz reinaba por todas partes. Al fondo, allá donde estaban las vidrieras más grandes, se concentraba como en ningún otro lugar, pues un haz de luz, brillante y dorado, llegaba desde el techo, como si el mismísimo sol concentrase allí toda la potencia de sus rayos.

Tuve que controlarme para no soltar un silbido de asombro que rompiese la calma del sagrado lugar, en el que apenas se oían las respiraciones pausadas, las peticiones susurradas y los rezos murmurados.

Me pregunté si, en alguna parte, aún existiría algo así dedicado a mi madre. Aunque, tristemente, lo dudaba.

—Es hermoso, ¿verdad? —susurró Anamkha.

La miré y asentí.

—Lo es, y… nunca había visto nada igual. ¿Cómo lo hacen?

—Los clérigos dicen que es la mano de los mismísimos dioses, y eso, como lo del trébol en las velas, es algo que nadie cuestiona —respondió con gesto cómplice.

Me sellé los labios con un punto imaginario.

La seguí entre la gente hasta el pebetero.

Aquel fuego era más luminoso que ningún otro que hubiera visto, pero no quemaba cuando te acercabas a él.

Anamkha prendió primero su vela, murmulló su petición y luego la elevó al cielo.

Ascendió de sus manos mientras ella sonreía, hasta que se perdió entre las demás.

Quise darle las gracias por eso una vez más, pero no hizo falta, porque tuvo que verlo en mis ojos.

Luego, sujetó los libros por mí, para que pudiera tener ambas manos libres.

Prendí primero la vela por Leyla y le pedí a los dioses que la cuidasen, que volviera a ser la de siempre, que todo resto de la traición de Lúdric se diluyese en su corazón hasta ser algo insignificante; que en los días venideros todo fuera felicidad para ella.

También les pedí que me perdonase por las cosas que pude decirle un día y no le dije; por aquellas que no tenía que haberle dicho.

Yo ya la perdonaba por eso. Al pensar en ello, el nombre de Brianna resonó también en mi mente.

Recordé que Azani me había dicho que era feliz donde estaba, y eso bastó.

Cuando la vela salió de mis manos, llenándoseme de asombro los ojos por aquel prodigio, me dispuse a prender la siguiente. Cerré los ojos e hice mi petición.

—Que la suerte nos favorezca en cuales quieran que sean nuestros asuntos, y que, por favor, Damien no meta las narices en ellos.

Escuché a Anamkha reírse por lo bajo y abrí un ojo. Me estaba mirando mientras se cubría la boca con la mano.

—Se supone que no debes decirla en voz alta, pero… me alegro de haberlo escuchado.

—Hay que dejarles las cosas bien claras a esta gente, o acaban metiéndole a uno en más líos de los que ya tiene.

—Volví a cerrar el ojo y reiteré la petición, aquella vez para mis adentros.

Luego dejé irse a la vela y observé cómo ascendía—.

Es la más gorda de todas las que hay. Si esto no me funciona, no lo hará nada.

—Sí lo hará, Málakor, porque no dependerá solo de los dioses, dependerá también de ti, y yo sé que eres más que capaz de cualquier cosa.

—Sí, como de beberme otra cerveza ahora mismo.

—No sé cómo no te han tumbado las siete que te has bebido. —Sacudió la cabeza—. Será porque no has parado de comer. Tomemos la última y vayámonos a dormir.

—Me parece una idea excelente.

Esa mañana había amanecido en Rádamo, en un pantano hediondo del que luego surgió una increíble ciudad, e iba a dormir en Sigmarina, en una cama digna de un lechuguino, más cerca de la mitad de mi destino de lo que había soñado jamás.

No es que la vida me hubiera sorprendido aquel día, es que me había aporreado con una sorpresa tras otra.