Málakor 4 CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

De luces brillantes y peticiones que se hacen con el corazón

Con Anamkha, el tiempo pasaba muy rápido.

Quizá porque no dejábamos de hablar y no prestábamos atención a las horas, quizá porque el tiempo se contrae o dilata dependiendo de la compañía.

Cuando es buena, las horas se acortan hasta parecer minutos.

Al atardecer, seguíamos en aquella taberna, y un rato después, nos fuimos a visitar otra.

Compartimos cervezas y risas, como si el mundo a nuestro alrededor no estuviera derrumbándose mientras tanto.

Tras las muchas tribulaciones, las idas y venidas, la tensión que había vivido en los túneles, me hizo bien un poco de descanso y diversión.

A ratos, me parecía que Sigmarina era el mejor lugar del mundo en el que refugiarse, tal vez porque nadie me conocía y solo era ese joven que acompañaba a la Maes Ir; quizá porque la mayor parte de mis problemas estaban en otro continente y solo la magia o los dioses podían llevarlos allí.

No obstante, tendría que enfrentarme a ellos pronto.

Al día siguiente, cuando regresase a Ítaro, todo volvería a su curso.

Era posible que me pareciese que esas horas junto a ella habían sido un sueño, como todas las demás que habíamos vivido.

Sea como fuere, mientras eso llegaba, disfrutaría del momento.

Salíamos de El Laurel Dorado, una taberna en la que probé la mejor cerveza roja de mi vida, cuando vi una riada de gente dirigirse calle arriba.

Debían de ser casi las doce de la noche, a juzgar por la posición de la luna llena.

Aunque hubiera estado oculta, no habríamos tenido inconvenientes para guiarnos: reinaban las lucernas, los faroles y las velas por doquier.

—¿Adónde se dirigen? —le pregunté a Anamkha.

—A los rezos de medianoche. Hoy es gwyner , el sexto día de la semana, y es costumbre elevar las peticiones a los dioses. ¿Quieres ir a hacer una?

—¿Por qué no? Tengo un montón de cosas que pedirle a esos comodones que nos gobiernan desde lo divino. ¿Cabría la posibilidad de decirles que echasen a Damien?

Ella se rio con ganas.

—A pesar de ser molesto, Damien es necesario.

—Necesario para tener a alguien a quien insultar, sí —bufé—. No quiero hablar más de él, que se me pone mala sangre. ¿Cómo se hacen las peticiones?

—Se encienden velas, que varían según la petición. Como estamos a punto de entrar en el ciclo de las deidades protectoras, generalmente se les hacen a ellas.

Nos unimos a la marea de gente, pegados el uno al otro, de tanta como había.

En tanto que caminábamos mezclados en el alegre bullicio, Anamkha fue hablándome de ese asunto.

Vela de miel para pedir abundancia; romero para los negocios nuevos; algas para las empresas marítimas; arcilla o pino, las vinculadas a la tierra.

Vela de Sal para acabar con las malas rachas…

—Agua de manantial para la salud, canela para los que van a casarse, o desean sanar su corazón, y la de talabarina para los que van a emprender una aventura —terminó.

—Es una tradición interesante, pero en la mayoría de los casos los dioses ignoran a los mortales, por más velas que les pongan.

—Y si lo crees así, ¿por qué quieres poner una? —preguntó mirándome con interés.

—Porque quiero creer que, esta vez, no me ignorarán.

—Pues a toda esta gente le pasa igual. La fe en que las cosas saldrán bien los llena de esperanza, y la esperanza, en los tiempos que corren, no es algo que podamos permitirnos perder.

Si te digo la verdad, estuve mucho tiempo enfadada con los dioses, hasta perdí la fe en ellos. Incluso en los Dioses Buenos.

—Los Dioses Buenos… —murmuré, pensando en cuáles podría considerar así—. Azani, por supuesto.

—Aquí la llamamos Yssal —dijo con una sonrisa.

—Sí —respondí con igual gesto—. Supongo que no puedo saber por qué perdiste la fe en ellos, porque forma parte de tu pasado, pero ¿ya la has recuperado?

—Si no fuera así, no estaría aquí contigo.

No supe si lo decía por el hecho de que íbamos a encender esa vela o por el resto de cuestiones transcendentales que nos unían, pero me alegré de que así fuera.

—Casi hemos llegado —dijo entonces, y puso la vista en el frente.

Oteé por encima de las cabezas de la gente y vi al final de la calle la inmensa puerta de un templo.

—La Catedral de Thaliz —dijo Anamkha—. Es el templo más grande de Sigmarina.

—Y el más grande que yo haya visto jamás.

Era de un tono blanco rosado, con infinidad de pináculos, estatuas y torres puntiagudas, así como un sinfín de vidrieras de colores. En el punto más alto, distinguí una estatua enorme. Anamkha, que debía de haberse dado cuenta de que era allí donde miraba, dijo:

—Es Thaliz. Sostiene en la mano derecha su Cetro y en la izquierda el Orbe de la Luz y la Curación. El anillo de mi hijo, que de seguro le habrás visto, contiene uno de los fragmentos del Orbe.

—¿Se rompió?

—En la guerra. Ven, acerquémonos a los puestos de velas.

Otra vez esa guerra a colación. Apreté el paquete de libros contra el pecho, con el deseo de indagar pronto entre las páginas de aquel que podía despejar mis dudas.

Seguí a Anamkha entre el inmenso barullo de gente.

Los puestos estaban situados en el lateral derecho de la plaza, bajo unos edificios con soportales.

Cuando nos aproximamos, la nariz se me llenó de una marea de diferentes olores.

Romero, miel, sal, arcilla… Todas esas cosas con las que habían aderezado el sebo para las velas.

—¿Qué es la talabarina? La has mencionado antes.

—La planta de la suerte, si es que encuentras una con cinco hojas.

Son como tréboles, pero más grandes. Sus hojas son verdes oscuras y blancas, con motas de color bronce.

Aquí son muy abundantes a la vera de los caminos, de ahí los colores del reino.

Hay una vieja leyenda que tiene que ver con uno de sus antiguos reyes. Dicen que lo salvó de morir.

—¿Y fabrican las velas con talabarinas de cinco hojas?

—No, las hacen con las de tres, pero todos fingimos que sí —dijo con gesto pillo—. Las cosas pequeñas también mantienen viva la fe.

—Eso es cierto. —Clavé la mirada en los puestos, que rebosaban de compradores.

En las mesas había montones y montones de velas de muchos colores.

Apiladas, de pie, en grupos de dos, tres, cuatro…

Dispuestas sobre telas, cortezas, musgo…

—Quiero poner una vela de esas, pero gratis no las darán, y a este paso voy a deberte una fortuna.

—No valen apenas. La Corona auspicia a los tenderos dándoles el porcentaje de lo que ganarían comúnmente, para que todo el pueblo se las pueda permitir. Es un pago casi simbólico.

—No sé si creerte… —Estreché la mirada—. Igual es otra treta, como la del librero.

—Qué…, ¿qué treta? —preguntó, y se rascó bajo la oreja.

—No te hagas la despistada.

—Venga. —Me dio un empujoncito hacia el puesto, aprovechando un hueco entre varios compradores—. Elige tu vela.

—Está bien —suspiré mirando el muestrario—, ¿las de trébol raro son las verdes?

—Así es. Verdes, broncíneas y blancas. Mira, esa es bien gorda. —Señaló una en concreto, más gruesa que las de alrededor—. Tardará más en agotarse y tu deseo permanecerá encendido por más tiempo.

—Quizá así me escuchen los dioses, aunque sea por pesado.

Anamkha rio.

—¿La quieres? —me preguntó.

Asentí, y ella, amablemente, se la pidió al tendero.

Cuando el hombre la puso en mi mano, la observé como si fuera el bien más preciado que hubiera tenido jamás.

Quise creer que esa vela en algo me ayudaría con todo lo que estaba por venir.

Al mirar de nuevo a Anamkha, ella llevaba una vela que desprendía un olor más que reconocible.

—¿Eso es canela? —pregunté ceñudo. Al ver que asentía, el ceño se me contrajo aún más—. ¿Vas a casarte? ¿O es que necesitas sanar tu corazón?

—No haré la petición por mí, si no por ti —dijo con cariño—. Por eso que has dicho. Para que encuentres la manera de abrir tu corazón de nuevo y darle ese lugar único a alguien.

Se me estiraron los labios sin que tuviera que pedírselo, a la par que me recorrió el vientre aquella sensación bonita y cálida que iba y venía cuando estaba con ella.

—Es todo un detalle por tu parte.

—Lo que sea por la mitad de mi destino —dijo, y luego se volvió hacia el tendero.

La observé mientras pagaba, dándome cuenta una vez más de lo querida que era en ese lugar. Como Háchpirey en Ardacia o Leyla en Knegara.

—¿Qué estarán haciendo ahora? —musité para mí mismo.

—¿Quiénes? —me preguntó ella.

Sacudí la cabeza, saliendo de mis pensamientos, y le dije:

—Háchpirey y Leyla. Él estará preocupadísimo por mi desaparición.

Ella…, ella no sabe nada, así que estará con alguna de las dragonas, sanándose el alma.

Ojalá el día en que volvamos a vernos, sus heridas no sean más que un mal recuerdo.

Quiero estar a su lado, aunque no sea de la manera que siempre pensé que lo estaría. Ya sabes.

La pelirroja me miró con gesto comprensivo mientras asentía. Sin más, se giró de nuevo al tendero y le compró otra vela más de canela.

—Ten, para que la enciendas por ella. Algún día se cerrará esa herida, Málakor, ya lo verás.

Miré la vela en mi mano, junto a la blanca, y sentí que los ojos se me humedecían.

—Gracias —le dije.

—¿Qué hemos dicho de dar las gracias? —respondió contenta—. Vamos, hay una cola enorme para entrar.