Málakor 4 CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Del Susurrador, un humeante caldero y un juramento

Si colocamos todas las tabernas que he conocido a lo largo de mis años, esa a la que Anamkha me llevó se situaría en el número uno de las más grandes, ordenadas, limpias y surtidas de buen mobiliario que hubiera visto jamás.

Más incluso que la de Bred, que ya es decir.

La gente bebía, comía, reía, charlaba y hasta bailaba ante una tarima en la que unos bardos tocaban una canción alegre; sin embargo, aun dentro de aquel bullicio, nadie escupía al suelo ni se peleaba.

Un par de taberneras, muy bien ataviadas, servían todo en bandejas que pasaban en alto entre la marea de clientes.

El tabernero y quien supuse su hija, porque tenían la misma enorme nariz y los mismos rizos negros, lo tenían todo pulcramente ordenado.

Limpiaban los vasos con esponjas puestas en un palo.

Sus vitrinas brillaban como bendecidas por el sol.

—¿Dónde me has traído? —dije, mientras avanzábamos hacia el fondo de la taberna.

—A una taberna, como puedes comprobar.

—Esto es un intento de taberna, que es diferente. —Di una vuelta sobre mí mismo, para mirarlo todo otra vez—. ¿Dónde está la gente peleándose? ¿Dónde el olor a humanidad? ¡El tabernero está usando una esponja con un palo! Encima me dirás que hasta hay cuarto de baño.

—Shhh —dio un tirón de mi capa—, no grites.

—Estoy en una taberna, ¿cómo no voy a gritar? Es lo que se hace en ellas. Los sitios donde no se grita son alojamientos para lechuguinos. No posadas ni tabernas ni cualquier sitio mínimamente respetable.

Todo el mundo me estaba mirando, en silencio o entre cuchicheos, pero sacudieron la cabeza y siguieron a lo suyo.

—Por favor…

—Vale, no grito, pero es una esponja atada a un palo. Si usáis una esponja para limpiar los platos, ¿qué usáis para el cuerpo?

—Escupitajos —dijo, burlándose de mí, y señaló un asiento.

Había dos bancos de madera de respaldo alto, enfrentados, con una mesa en medio.

—Qué graciosa. —Me dejé caer en uno de ellos y puse el paquete de libros a mi lado.

Anamkha se sentó enfrente, alisándose bien las ropas antes de hacerlo. Le hizo un gesto a la tabernera, que llegó pronto a ver qué queríamos. Había más clases de cervezas de las que yo sería capaz de recordar, así que solo diré que fueron muchas. Hasta de arándanos y cosas así.

—Me vale una cerveza normal —dije.

—Yo la tomaré de melaza. Y sírvenos, por favor, dos calderos, el mío de la huerta y el de mi acompañante que sea el especial de la casa.

Cuando la chica tomó nota y se marchó, Anamkha retomó la conversación anterior.

—Ya te has bañado en palacio, sabes bien lo que usamos

—Un jabón de flores por culpa del cual huelo a prado. —Acerqué la nariz al hueco de la axila—. Como me vea una vaca, me comerá.

—Bueno —dijo aguantándose la risa—, tú ya te habrás comido a unas cuantas a lo largo de tu vida, quizá sería justo que ellas te comieran alguna vez.

Quien se la aguantó entonces fui yo.

—¿Es eso un chiste de comehierbas?

Ella asintió.

—A Leyla le habría gustado. Siempre me meto con ella por las cosas que come.

Soy un poco tonto, qué le vamos a hacer.

—Me encogí de hombros—. Al principio me costaba entender que fuera más una cuestión de ideales que de gustos, pero en los días en los que estuve en su ciudad, me acostumbré a las cosas verdes.

Entendí el sentido que para ellos tiene no comer carne. Hasta me gustaron las espinacas.

—Ah, sí. Sé lo que son. Aquí las llaman de otra manera. Las preparan sazonadas y en tortilla, ¿quieres probarlas?

—Tampoco te pases, pelirroja. Me quedo con mi caldero de la casa que, espero, lleve carne.

—Quizá solo lleve cosas verdes…, las más verdes de Sigmarina.

Levanté una ceja; ella imitó mi gesto.

—¿Saltamontes?, espero que sí.

Anamkha soltaba una carcajada cuando la posadera anunció las cervezas, colándose en nuestra conversación. La canción de los bardos me pareció que se volvía más alegre.

—En unos minutos tendrán aquí los calderos —dijo la muchacha antes de marcharse, y le dimos las gracias.

Tomé mi jarra y la miré curioso. La recubría una capa de hielo.

—Dijiste que querías una cerveza fría, pues ahí la tienes.

—Así la bebíamos en Paltia —suspiré nostálgico—. Dejábamos las jarras en los lagos helados, metidas en una red, y nos turnábamos para ir a buscarlas.

La imagen de Brianna entrando en la taberna de Noor con varias de ellas, recibiendo un aplauso animado, me llegó a la mente.

¿Qué habría sido de su hermana? ¿Habría podido seguir con su vida después de una pérdida tan grande?

Estaba seguro de que, si volvíamos a vernos, me estamparía algo en la cabeza por haber permitido que a Bri le ocurriese aquello.

Sin embargo, ella sabía, al igual que yo, que Brianna tenía un carácter indómito, que tratar de sujetarla era como tratar de capturar el océano del agua entre las manos.

—Por Brianna Poldar —dije mientras levantaba la jarra—. La mejor mercenaria de Luara.

—Por ella.

Brindamos y bebimos, con una sonrisa en la mirada.

El líquido helado me reconfortó el espíritu.

Poco a poco, mientras le hablaba sobre algunas de mis vivencias en Paltia, me sumí en el ambiente agradable de la taberna y dejé fuera todos mis prejuicios y malos pensamientos.

Más aún cuando me metí en el buche el famoso caldero, que era un cuenco enorme en el que en una sopa bien caliente había una gran cantidad de ingredientes, entre ellos, panceta.

—Oh… —dije salivando—. ¿Cómo sabes que me gusta la panceta?

—Me lo dijiste. Una de las primeras veces que hablamos.

—Me gusta que tengas tan buena memoria.

Contento, me llevé una buena cucharada a la boca. En tanto que comíamos, nuestras conversaciones siguieron sin ser serias en absoluto. La música continuó sonando; la gente iba y venía. Nos quedamos allí, en ese rincón que empezó a parecerme más nuestro que de nadie.

—Tienes que hablarme de El Susurrador —dije acabados los platos—. No lo he mencionado antes porque no quería aguarnos la comida, pero debo saber quién es.

—Pediré un par de licores. —Llamó la atención de la tabernera, que llegó al punto—. Dos dragones verdes, por favor.

—¿Con hojas? —le pregunté ya a solas.

—Pues sí, porque es licor de hierbabuena —contó con gesto inocente.

Me reí.

—Estoy deseando probarlo. —Me llené los pulmones de aire. Tras soltarlo despacio, dije—: Bien, el Susurrador.

—Es uno de los nombres que recibe Grarnass. Envidia.

—Envidia le tendrán otros, porque yo, con ese nombre, desde luego que no.

—No es eso —dijo entre risas. Relajó el rostro para ponerse seria—. Envidia es otro de sus nombres. Es lo que representa. Uno de los Males del Mundo. Formó parte de la corrupción de los humanos allá en Driennen. La primera ciudad de los mortales, cuando aún no lo eran.

—«El Susurrador aduló sus oídos y les transmitió un conocimiento harto prohibido» —cité palabras que de Verne, mandamás de Téramo, quedaban en mi memoria.

—Sí, pero antes de eso, cuando aún ni tan siquiera tenía conciencia propia, fue solo Envidia, el más terrible de los faeraichs.

Los extraños y oscuros sentimientos que supusieron la desgracia de aquellos hombres y mujeres.

—Miró a un lado y a otro; bajó la voz. Realmente, no hacía falta; la gente no nos prestaba atención y estábamos muy apartados—.

El dios Nadiackus, el Señor del Mal, encarnado en Sghadoal, de apariencia humana, contribuyó a su expansión.

Me incliné sobre la mesa un poco para oírla mejor.

—Luego llegó la Oscuridad, pues el dios poseyó a una doncella, Mendane, y de ella nació Muerte —continuó diciendo—.

Desde entonces, los humanos perdimos la inmortalidad que los dioses nos habían otorgado.

Envidia se hizo más fuerte, hasta volverse un ente corpóreo.

Su ser ha sido alimentado durante Eras por dioses y mortales.

«No es un demonio. Es un ser casi tan antiguo como yo», había dicho Azani, así como esas palabras sobre cómo había crecido a lo largo del tiempo.

—Me dijo Azani que estuvo atrapado en las páginas de un libro, hasta que, por error, lo liberaron.

—Lo sé. Nosotros lo encerramos en él —dijo con aplomo.

La miré sorprendido, al tiempo en que llegaba la tabernera. En cuanto nos sirvió los licores y se fue, dije:

—¿Vosotros?

—Creo que he hablado de más. —Dio un trago—. Sea como fuere, su presencia de nuevo en la tierra solo significa que alguien lo liberó, y tú lo has confirmado.

Bebí con ganas, tantas que apenas dejé un sorbo en el vaso. El licor no iba a salvarme de esas malas noticias, pero al menos me dio fuerza para seguir hablando del asunto.

—Me contó la diosa que quienes los liberaron ya estaban muertos, y he conocido, de hecho, a una de sus descendientes.

¿Cómo ibas a haberlo encerrado tú, vosotros, quienes sean, si…

eso debió de pasar hace cientos de años?

¿Qué eres? ¿Acaso eres como yo? —Apreté el vaso entre los dedos, mirándola nervioso.

—No, no soy lo que tú, pero tampoco puedo decirte lo que soy.

Sí, nací hace más de doscientos años, y debería de haber muerto hace mucho tiempo.

Pero eso da igual, ahora estoy aquí y tengo un cometido que cumplir a tu lado.

—Tomó otro sorbo de licor, con toda la tranquilidad del mundo, y me señaló, con el vaso aún en la mano—.

Hay que acabar con El Susurrador, de una vez por todas.

Tu hermano es su protegido. Pero ellos no son nuestros únicos problemas.

También debemos acabar con El Usurpador.

Comprendí muchas cosas sobre Azskar en ese momento; sobre lo que había hecho. Entidades poderosas lo protegían y auspiciaban, y ahora sabía quiénes. Solté todo el aire que había contenido mientras ella hablaba y dejé caer la espalda en el asiento.

—Allá dónde voy me sale mierda nueva que limpiar. Antes era: «Salva una princesa, salva una ciudad, sálvate a ti mismo, salva a un bardo». Esto es demasiado. Me dices que quieres que acabemos con una especie de dios y con… ¿quién narices es El Usurpador?

—Nadiackus.

—Tékim y Alasdair lo mencionaron —le dije a Anamkha.

—Nadiackuz… —imitó ella, casi haciéndome reír en aquel tenso momento—.

Escapó al control de los dioses y se ha refugiado en la Ciudad Maldita.

La elfa lo ha dicho, así como que Grarnass está creando Elfos del Dolor.

Es lo que intentó hacer con ella. Los piratas orcos secuestran gente y la venden a los nigromantes.

Algunos se necesitan vivos. Corrales de ganado para alimentar a sus huestes de vampiros.

—El gesto se le agrió aún más—. Otros, como los elfos, son llevados al laboratorio de Grarnass, donde les arrebata la luz y los convierte en Elfos Oscuros.

La luz de los hijos de Yssal es un arma contra la Oscuridad, por eso quieren acabar con ellos.

Sin embargo, sus experimentos han ido mucho más allá.

Ya no solo le basta con los elfos comunes, están experimentando con los de Flig.

—¿Y qué tienen de especial? —pregunté.

—No sabía de su existencia hasta que no he hablado con ella, pero son elfos elementales, por llamarlos de alguna manera. Son un prodigio que le conviene exterminar. Araleen era una Alta Elfa de Fuego, un prodigio entre los prodigios.

—Fuego… —murmuré—, por eso ha dicho eso.

—Exacto. Igual que la Luz de los elfos de Yssal hiere a la Oscuridad, Grarnass quiere crear criaturas que corrompan el Bien y la Luz. No ya que sean malvados o destructivos, no, que lo corrompan con su sola presencia. Porque él es Envidia, y la envidia todo lo corroe.

—Los Vacíos —musité, con la mirada perdida en el fondo del vaso.

Como me miró sin comprender, le conté qué eran. Tragó saliva pesadamente y luego bebió, quizá para pasar el mal trago.

—Entonces lo está consiguiendo —declaró derrotada—. ¿Dónde los vistes?

—En Luara.

—Ha debido de servirse de algún esbirro. La elfa oyó que Grarnass lleva mucho tiempo en Ítaro, que no ha salido de allí.

—Sí, de un mago oscuro llamado Mórqhanor. Ya está muerto, así que no es un problema. Muy muerto, además, sin posibilidad de… —Me miré el colgante—. Espera. ¿Te acuerdas de aquella vez en la que hablamos después de que un lameazufres me diera, citando tus palabras, «una buena tunda»?

—Lo recuerdo, sí.

—Pues fue él, use la piedra, como me dijiste, para acabar con él. Ahora no sé si sigue aquí encerrado o…

—Sé quién puede ayudarte con eso, ya te lo dije —dijo, lo que me dejó, de nuevo, tranquilo al respecto—. Ahora, dime, ¿cómo son esos vacíos?

—Seres sin voluntad propia, así que el experimento no le está saliendo aún como quiere. De hecho, con la elfa parece que ha fallado.

—¿Fallar? Quizá no haya conseguido lo que busca, pero la elfa no ha salido inmune. No sé cómo conseguirá mi hijo sanarla. Pero, si lo hace, será porque la fuerza de Thaliz, en su infinita misericordia, lo asista más que nunca.

Cerró los ojos un momento, como si murmurase internamente una oración. Cuando los abrió, agregó:

—Lo mío con Grarnass y Nadiackus es algo personal, Málakor.

Porque si ninguno de ellos hubiera girado la rueda de la destrucción, no nos habría arrasado a todos.

Y yo no habría perdido todo lo que perdí.

Si se han ido a Ítaro es para esconderse de mí, porque saben que, si los encuentro, les cortaré las cabezas con la Espada Esmeralda y luego las pasearé por todos los lugares que profanaron —dio un golpe con el dorso del puño en la mesa—, para que vean cómo resurgen de sus ruinas.

Ni con toda su maldad serán capaces de vencer a la Luz de este mundo.

La vehemencia de sus palabras, el brillo furioso de sus ojos y que empleara ese tono me estremeció. Noté calor en el vientre, en las mejillas y hasta en las manos. Se me quedó mirando, con la respiración agitada, apretando el mentón.

—Perdóname —dijo entonces.

—No. Perdóname tú.

—¿Por qué?

—Porque lo que has dicho ha sido lo más increíble que he escuchado en mucho tiempo y… hasta tengo ganas de besarte. No soy de ir besando a la gente por ahí, créeme.

Me puse en pie y eché el cuerpo hacia delante. Le cogí la mano, que tenía sobre la mesa, y la besé en el dorso. La taberna, de golpe, se quedó en silencio.

—¿Maes Ir? —musitó uno de los bardos.

No sé qué les dijo ella, pero, tras cuchichear, volvieron a lo suyo.

—¿Te has vuelto loco? —Se tocó las mejillas con el dorso de la mano, igual que cuando alguien se mide la fiebre—. Por todos los dioses, pensé que me besarías en los labios. Me he quedado blanca.

—¿Te habría gustado más si hubiera sido en los labios? —dije en tono de burla.

—Deja de bromear. No me importa que me beses en la mano, pero no aquí. Ya lo sabes.

—Si pudiera, te llevaría conmigo a Ardacia. Si besarte hace que se callen hasta los bardos, entonces serías mi arma secreta.

Sacudió la cabeza; los mechones de pelo rojo bailaron sobre la tela negra. Luego estalló en una carcajada que hizo que, de nuevo, toda la taberna nos mirase.