CAPÍTULO 30 #3
Ella suspiró y me acompañó al mostrador, sin dejar de echar miradas furtivas al libro. Mientras el librero envolvía los ejemplares en una especie de papel rugoso, me distraje mirando otra hilera de estanterías, porque había un montón de libros que hablaban de armas.
—Ya está —anunció el librero—, espero que les gusten y que ese niño sonría cuando lo lea.
—Aún le cuesta sonreír, pero cuando lo hace su sonrisa es la más bonita que haya existido.
—Sé lo que es eso. —Me puso el paquete de libros en las manos—. Que disfrutéis de la tarde. Y no salgas al bosque, Maes Ir, he oído rumores de que los guardias han topado con una partida de elfos oscuros.
—Lo sé, no te preocupes —dijo ella.
Le di las gracias; Anamkha, un abrazo, y dejamos la librería. En uno de los balconcitos de esa misma calle, había una mujer joven, asomada, que saludó a la pelirroja con la mano.
—Es la mujer de Cerennis —dijo ella mientras respondía a su gesto.
—Creí que había perdido a toda su familia.
—Sí, pero se volvió a casar hace unos meses y van a ser padres. Se enamoraron nada más verse, como cosa de magia.
Me estremecí. La vida se abría paso tras la muerte.
El mundo estaba lleno de segundas oportunidades para aquellos que padecían la ausencia de los seres queridos.
Quizá la vida tendría reservada una segunda oportunidad para mí en ese aspecto, aunque no todas las ausencias que padecía mi corazón tenían que ver con la muerte.
Miré a la pelirroja, caminaba distraída, con el aire ausente de quien está dándole vueltas a algo.
—Anamkha, si no quieres que me lleve el libro, no lo haré —le dije—. Porque estás dándole vueltas a eso, ¿no?
—No, pensaba en Cerennis y Ursa, su esposa, en las segundas oportunidades.
En lo triste que él estaba hasta que se conocieron.
No es que ella pueda reemplazar a su mujer o a sus hijos, es imposible que nadie llene esos vacíos tan profundos, pero creará con ella recuerdos nuevos que le harán feliz y construirá en su corazón un lugar para ella, sin que reemplace a ningún otro. Será la dueña de esa parte, solo ella.
Tragué saliva. Me costó. Otra vez se me había hecho un maldito nudo en la garganta. Un nudo que se hizo mayor cuando un pensamiento me golpeó igual que sacude un vendaval las ventanas y no para hasta que consigue abrirlas.
—¿Por qué me miras así? —Se detuvo; lo hice a la par—. Como si hubiera dicho algo malo.
—No es malo lo que has dicho, Anamkha, es malo lo que yo hice.
—¿Qué hiciste? —preguntó con notable inquietud.
—Tratar de reemplazar a una persona con otra.
Eso hice. Aunque pensase que no lo estaba haciendo, lo hacía.
Quería callar lo que sentía, ya está. Te juro, por todos los dioses menos por Damien, que no volveré a estar con nadie hasta que no encuentre la manera de hacerle un lugar en mi corazón para ella sola, porque no quiero volverme a sentir como me estoy sintiendo ahora.
Avanzó un paso hacia mí. Puso la mano en mi hombro, lo apretó.
Sentí aquel gesto infinitamente reconfortante, a pesar de que era algo normal y corriente.
Pero era ella quien lo hacía. Ese, empezaba a darme cuenta, era el porqué de la cuestión.
Lo que me unía a ella, sea lo que fuere, convertía aquellas cosas en algo distinto, más profundo.
—Es una decisión responsable —dijo—. Lo sé, porque es lo mismo que me prometí.
—¿Lo mismo? ¿Y el padre de Altaxio? Espero que no sea parte de tu pasado, porque no quiero abrirte la herida de los malos recuerdos, aún sin querer. Perdóname si es así.
—Siempre estará en el presente. Sobre todo cuando miro a mi hijo.
Su respuesta me hizo fruncir el ceño. Temía decir algo inconveniente, equivocarme. ¿Vivía y no tenían buena relación? ¿Había muerto? ¿Qué había pasado?
—Yo…
—No te preocupes. —Esbozó una ligera sonrisa.
—Eso de no preocuparme es fácil decirlo y difícil hacerlo cuando se trata de ti.
Su mirada ahondó más en la mía; ella se acercó un poco. Hubo algo en ese instante que me dejó esperando a que sucediera algo que, aunque no supe qué era, deseaba. Sin dejar de mirarla, me aproximé a ella.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. —Cabeceó y se alejó unos pasos.
Lo que quiera que hubiera pasado, ya se había ido. Ella lo había apartado como se apartan aquellas cosas que uno anhela pero que no debe tener.
—¿Continuamos? —Me hizo un gesto con la mano—. Tengo más hambre que un correhuertos.
—¿Qué es un correhuertos? —le pregunté, tras sacudir la cabeza.
—Un pájaro que come mucho y de todo.
—Como yo entonces.
—Sus plumas son tan negras como tu pelo, quizá seáis parientes lejanos.
Reí con ganas. En el camino a la taberna, me habló de otro montón de criaturas como esa, que hacían cosas graciosas y cotidianas por los huertos, bosques y costas de Sigmarina.
Aquella conversación, en absoluto profunda, me mantuvo pegado a sus palabras y a las ganas de saber más.
Me llenó el alma de una paz inesperada, porque a veces también hay que hablar de cosas insustanciales para darse cuenta de que no importan las conversaciones, importan las personas con las que las mantenemos.