Málakor 4 CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

—¿No es curioso que en dos continentes separados y distintos, existan los libros de la misma manera? —dije—. ¿Será cosa de los Néachan también?

—Sí, probablemente los trajo la Vieja Religión. Aunque algunas historias dicen que fueron los mismísimos dioses. El arte de la imprenta lleva siendo el mismo desde hace siglos, eso es lo único que te puedo decir.

Anamkha miró a los libros con cariño, y sentí que se había transportado lejos al hacerlo. Igual que yo al pensar en Xelirian o en Hach. Seguramente, ella estaría pensando en su hijo.

—¡Maes Ir! —Una voz se coló entre nosotros, llegada desde a saber dónde, porque con tanta estantería y tanto libro apilado no veía mucho más allá.

—¡Cerennis! —Ella se movió unos pasos.

De detrás de una columna de ejemplares, salió un hombre de unos treinta años, de mediana estatura, con lentes y el pelo castaño.

Se fundieron en un fuerte abrazo e intercambiaron unas palabras en su lengua, hasta que Anamkha se aproximó junto a él para presentármelo.

Por suerte para ambos, él conocía la mía, así que pudimos saludarnos sin traductora mediante.

Desprendía un aire bonachón, de esos que inspiran confianza.

Eso me hizo entristecerme aún más por su historia, porque lo había perdido todo, pero seguía siendo amable con la vida y el mundo, llenando este de cosas que merecían la pena.

Muchos asesinos se escudaban en sus circunstancias para hacer el mal.

En que la vida se lo había puesto difícil.

Cargaban con una frustración que solo se resolvía haciéndoselo difícil a los demás.

Sin embargo, el librero era el ejemplo de que se podía abandonar aquel círculo nocivo y afrontar la vida con otra actitud.

—¿Qué clase de novela estás buscando? —me preguntó él.

—Una de aventuras, de caballería, para un chiquillo de unos siete años, muy listo. A ser posible, que esté escrita en mi lengua o en ambas. Mi amigo el bardo querrá conocer la lengua de Sigmarina.

Pensé que me haría mil preguntas sobre de dónde venía, pero no, solo sonrió mientras asentía.

—Un pequeño lector —dijo con cariño—. Le buscaremos algo conveniente.

—Te llevarás tres novelas. Una para él, otra para tu amigo y otra para la chica.

—No, Anamkha, eso sería abusar. Con una bastará.

—Maes Ir tiene descuento aquí, tres por uno, por ser ella.

Por cómo se miraron, supe que no era verdad, que solo lo hacían por convencerme. Claudiqué, no iba a ponerme a discutir por un detalle como ese.

El librero se perdió entre las estanterías, silbando una animada melodía.

—¿Puedo curiosear? —le pregunté a Anamkha.

—No sé, tienes dos piernas, tú verás si puedes —dijo con un guiño.

Le hice un gesto de burla, y se echó a reír.

—Estaré por aquí —informó luego, a lo que asentí.

Me alejé unos pasos y me perdí en aquel lugar. No literalmente, aunque podría haberlo hecho. Deambulé por las estanterías, entre las pilas de libros, hojeando algunos, mirando solo sus cubiertas. Unos estaban escritos en lenguas que ni comprendía, otros, en élfico.

—No sé si me gusta más el olor a libro o el olor a lluvia —escuché decir a Anamkha.

Miré hacia atrás, pero no la vi. El librero contestó:

—Son la misma cosa. ¿No es la lluvia la que hace brotar a los árboles de los que se produce el papel que llena estas páginas? En ellas está el alma de esa lluvia, pues un día bebieron de ella.

Si me hubiera dicho eso mismo Hach, le habría contestado con una broma. Pero incluso pareciéndome intenso, me resultó una de las cosas más bonitas que había oído jamás.

—Eso ha sido hermoso, Cerennis —le dijo ella.

—No tanto como tú, Maes Ir —contestó él.

No fue un cumplido de esos que se le dicen a la chica con la que quieras ligar, fue lo que le habría dicho un padre a su hija, con ese mismo cariño y bondad.

Anamkha rio con dulzura, y luego hablaron de libros otra vez, pero me centré en los que tenía delante, por lo que su conversación se diluyó en mis oídos.

Mientras recorría una estantería de arriba abajo con la mirada, topé con un tomo de color púrpura, que me llamó la atención.

Era enorme. Y tenía toda la pinta de ser como las crónicas de Hach.

No me equivoqué, pues al sacarlo vi en su cubierta, en letras doradas y blancas: De Cuervos y Lobos.

Crónicas de la Guerra de las Huestes . Guerra.

Quizá ese libro me decía qué guerra habían vivido aquel librero y mi amiga.

Miré de reojo a un lado y a otro, como si fuera a hacer una travesura.

Lo dejé sobre una pila de ejemplares gruesos que iba desde el suelo hasta la altura de mi barriga.

Cuando lo abrí, se tambaleó un poco, pero resistió.

Pasé las páginas, sin más, por echarle un vistazo.

Por todos los dioses menos por Damien que el nombre de Anamkha me saltó al ojo en medio de otro montón de palabras, así como el de su hermano, el de Erisias, el de Meironn.

Y, entonces: Andric, el nombre del padre de Medora.

Ahogué una exclamación más propia de un chiquillo asustado que de un hombre como yo, que ha visto tantas cosas, y cerré el libro de golpe.

—¿Estás bien? —Anamkha asomó la cabeza desde detrás de una estantería.

—Eh… —Me moví para tapar el libro—. Sí, perfectamente. He visto un bicho de esos pequeños que tienen patas y… se mueven.

Levantó una ceja y sacó el cuerpo entero.

—¿Qué escondes ahí?

—Nada.

—¿Has roto algo? —Dio un paso hacia mí. Negué con la cabeza—. Málakor, ¿qué pasa?

Tenía que afrontar la situación. Me aclaré la garganta y saqué el libro de detrás de mí.

—Tu nombre está en este libro. También el de tu hermano y el del Méistari. Hablaste de él en pasado cuando mencionaste sus marcas, si mal no recuerdo, dijiste: «Era alguien muy especial».

—Andric… —musitó con tristeza—. ¿Acaso no se habla en pasado de las personas que no están?

—Es… —Me mordí la lengua.

—¿Qué? —preguntó esperanzada—. ¿Qué es lo que callas? Algo sabes de él, ¿lo has visto? —Sacudió la cabeza—. Es igual. No podemos hablar de él. Deja ese libro, por favor.

—Voy a llevármelo con los demás. No puedes hablarme de tu pasado, pero Azani no dijo nada de leerlo en un libro. Se llama vacío legal.

—No quiero disgustarla. Además, ni siquiera sé si puedes llevarte nada contigo que no hayas traído, me he dejado llevar por la emoción al traerte aquí.

—Pues lo intentaré, ¿vale?, y no se hable más. ¡Cerennis!, ponme este libro con los demás. Cuatro por uno.

—Claro que sí —respondió él, desde alguna parte.

—¿Ves? Encima te sale gratis.