CAPÍTULO 30
De Cerennis, guerras y reemplazos
Me perdí con ella por las calles de Sigmarina, rebosantes de gente y vida, como en la mismísima Ardacia, y alumbradas por un sol que había desterrado a la lluvia.
Los edificios eran menos elegantes que en la capital, pero muy robustos; de piedra encalada, con travesaños de madera y tejados rojizos.
Los habitantes llevaban un tránsito ordenado, sin molestarse unos a otros.
No hablaban en voz muy alta, ni había griterío de ninguna clase.
Era un remanso de paz; uno lleno de gente que vestía de negro y llevaba estudiados peinados.
A pesar de que había gran diversidad de personas: rubios, morenos, altos, bajitos, delgados, gordos, más pálidos, menos…
; predominaban aquellas que tenían la tez más bronceada, la complexión robusta y una cantidad ingente de vello; ya fuera en barbas o cejas pobladas.
Salvo en el cabello, que solían llevarlo más corto.
Pensé que debían de ser los oriundos de Sigmarina, y que el resto eran extranjeros allí instalados, descendientes de ellos o fruto de la mezcla de varios pueblos.
Aunque en la corte habían reverenciado todo el rato a Anamkha, en la calle solo la miraban y cabeceaban un poco, en señal de respeto, para seguir con sus vidas.
—No pensé que iríamos a una taberna cualquiera, por eso de que eres una princesita, pero ya veo que la gente te deja en paz.
—Es de las pocas cosas buenas de estar en Sigmarina.
Abrí la boca para decir algo; sin embargo, Anamkha me tiró del brazo para que me moviera.
—Estás en el paso de los carros —avisó.
Señaló el suelo con la cabeza. Las losas cambiaban de color en ese punto.
Me aparté y nos mezclamos con un río de gente que iba hacia una de las bocacalles de la plaza.
De ella emergía un genuino olor a cerveza, vino, especias, asado y a todas las cosas que están ricas de este mundo.
Llegamos a una plaza en cuyo centro había una estatua de Azkena.
Con porte regio, tallada la piedra con gran maestría, ocupaba un alto pedestal.
Estaba coloreada y el blanco de sus canas brillaba bajo el sol.
—¿No se te hace raro ver ahí a tu hermano? —le dije a Anamkha.
Ella miró brevemente la estatua y luego se encogió de hombros.
—Ha nacido para gobernar. Es… algo natural.
Entrecerré los ojos, preguntándome si yo, que también había nacido para gobernar, me parecía en algo a ese Azkena majestuoso que ocupaba su lugar en el pedestal.
Desde luego, ese se parecía poco al que yo había visto, tendido como un chiquillo bajo una mesa en pos de sacar adelante un experimento.
Como de costumbre, la vida me demostraba que las personas poseen miles de matices.
Mientras continuábamos con el camino, Anamkha me explicó que en Sigmarina los barrios estaban separados por gremios.
De esa plaza desembocaban las calles de las tabernas, las posadas, los puestos de comida.
De otras, los gremios de «oficios limpios», como los llamaban allí: comerciantes de telas, joyerías, etc.
Todo lo que no huele mal. En un barrio aparte, los «oficios sucios»: curtidurías, pescaderías, carnicerías…
Los caminos señalados para los carros hacían que las mercancías fluyeran de un lugar a otro, sin atropellos ni conflictos. Y todos tenían un horario establecido.
—Una ciudad ordenada, desde luego —comenté—. No sé si me agobiaría con tanto orden.
—Al final te acostumbras. Como a todas las cosas con las que no te queda más remedio que convivir. Aunque te diré que esta ciudad no siempre ha sido así. Aun con toda la importancia de este reino, no era más que otra letrina del mundo, como tú llamaste a Ledaria.
—Me habría sentido como en casa entonces. —Me fijé en un grupo de muchachos que, sentados alrededor de una fuente, leían al sol—. ¿Qué hacen todos esos chicos ahí leyendo?
—Aquí verás a gente leyendo en todas partes. Es un entretenimiento muy extendido en todas las clases. Ahora se han puesto de moda las novelas de las viejas gestas heroicas de Hérenthor. Tengo un amigo que regenta una librería y que las vende a montones.
—Librería es el sitio donde venden libros, ¿no?
—Sí. Hay muchas, unas calles más abajo.
—¿Podrías llevarme? Me encantaría comprarle un libro a Xelirian, aunque no sé si podrá leerlo, igual está escrito en esta lengua. Cosa que al bardo le haría ilusión, así tendría algo más que aprender. Sería también un bonito detalle para Leyla. Ella también es asidua a la lectura.
—Claro que te llevo —dijo con animada disposición—, y no te preocupes, hay libros en muchas lenguas. Alguno encontrarás para ellos.
Asentí alegre, hasta que caí en la cuenta de que no llevaba dinero.
—Qué vergüenza, no llevo ni una moneda.
—Y aunque llevases monedas de tu tierra, no servirían aquí, salvo por el metal. Si fueran de oro, tendríamos que llevarlas a fundir. Quizá las querría un coleccionista de esos que les compran a los correrruinas.
Ella me miró de un modo particular que llamó mi atención.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Levantó los hombros y los bajó—. Es que me has recordado a algo que viví.
—Y que no me puedes contar.
—No. —Negó con la cabeza—. Y no te apures, iba a invitarte de todos modos. —Palmeó mi hombro tan fugazmente que fue un visto y no visto—. Compraré también esos libros para tus amigos.
—Es demasiado, no puedo aceptarlo.
—Venga… —Cogió un pellizco de mi manga y tiró de mí—. Luego te comerás el mejor caldero de tu vida.
—¿Caldero? No acostumbro a comer cosas de metal, pelirroja, ¿tú sí?
—No —rio—, es como se llama aquí a un plato. Lleva caldo y puedes echarle lo que quieras dentro.
—Dejaré que pidas por mí, no sea que acabe comiéndome una cosa rara que haya por estos campos, como los bichos esos de los botes de la academia.
—Qué cosas tienes… —suspiró, volviendo a reírse.
Era tan risueña como Háchpirey, y eso me hacía sentir que no lo echaba tanto de menos. Maldito bardo. Se me había metido en las venas y ya era parte de mi sangre.
—¿Qué es «Correrruinas»? —quise saber—. Lo has dicho antes. Tengo curiosidad.
—Gente que se mete en las ruinas de otros tiempos en busca de tesoros para venderlos a los anticuarios y coleccionistas. El Colegio de Arqueólogos de Sigmarina les tiene declarada la guerra.
De golpe, vi que se ponía muy seria, lo que llamó mi atención. Su mirada estaba clavada el fondo de la plaza.
—¿Qué sucede? —pregunté.
Ella entrecerró los ojos, aún pendiente de aquel punto. Oteé entre la gente, por si veía algo significativo, sin éxito.
—Los guardias… —dijo entonces—. Creo que han avistado elfos oscuros.
Me llevé la mano a la espada.
—¿Aquí?
—En los bosques, probablemente. He visto salir corriendo a una partida de rastreadores. No te preocupes, se encargarán. —Puso la mano en mi espalda, brevemente, y presionó—. Aprieta el paso, o cuando lleguemos habrán cerrado.
—Qué haces tocándome —me quejé en broma—. Se van a llevar a equívocos, y empiezo a cogerle cariño.
Chasqueó la lengua, soltándome. Su expresión de fastidio me hizo reír.
Cambiamos el rumbo en dirección a las librerías, pero antes de dejar la plaza, pasamos al lado de una ristra de puestos de dulces. Si Panceta hubiera estado conmigo, habría salivado y suplicado por uno. No habría sido el único. Yo estaba salivando también.
Al poco, nos cruzamos con un grupo nutrido de gentes vestidas con túnicas de igual manufactura, decoradas con un escudo en la esquina izquierda del pecho, en colores negros, blancos o grises.
—Qué curioso, ¿quiénes son? —los señalé sin disimulo alguno—. ¿Alguna especie de secta extraña dedicada a un dios que desconozco?
—Al dios de la Ciencia, en todo caso —dijo animada—.
Son estudiantes de la academia. Ha de ser su hora de descanso, así que habrán venido a comer algo por aquí.
Sus colores indican sus estudios: los Hatrym, alumnos de medicina, de negro; los Heretryn, alquimistas, llevan la de color blanco.
Los Qatary, que estudian venenos y antídotos, visten el gris.
El escudo de su pecho es el de su disciplina.
Los profesores llevan también una beca de tela que indica su rango.
En invierno, cuando se gradúan, los estudiantes la visten también, igual que el birrete.
—A Háchpirey le encantan todas estas… fruslerías. Eso de que lleven todos un color, de sus escudos, de los birretes. Si algún día visita Sigmarina, prepárate para responder a cinco mil preguntas hasta del más mínimo detalle.
—Pero eso es bueno, ¿no? La curiosidad.
—A no ser que seas un gato —bromeé.
Ella rio una vez más, y me contó algunas curiosidades más sobre esos estudiantes, como que aquella tradición había sido llevada a Sigmarina por su hermano, fruto de sus años de estudio en una academia del norte.
Así, alcanzamos al fin nuestro destino. Si en la zona de las posadas todo olía a comida y bebida, aquello desprendía un reconfortante olor a páginas viejas.
Anamkha me llevó hasta una librería, con un escaparate lleno de ejemplares y decorado con flores.
Sobre la puerta colgaba un cartel escrito en sigmari, que Anamkha me tradujo.
—Se llama «El niño al que le gustaba leer». Es de un hombre que perdió a su familia en la guerra y se refugió en los libros. Uno de sus hijos se pasaba los días leyendo, esto lo acerca a él.
Aquella historia me entristeció hasta el punto de instalarme un nudo en la garganta. Lo tragué y dije:
—¿Qué guerra, Anamkha? ¿Qué pasó aquí?
—Sabes que no puedo hablarte de ello. —Empujó la puerta con una mano y me hizo un gesto para que pasase.
Lo hice, antes que ella, y el sonido de unas campanillas con una melodía corta llenó el espacio. Me llevé un susto, pues no lo esperaba.
—¿No hay campanitas en Luara? —preguntó ella.
—Sí, pero… ha sonado de un modo distinto, como si hubiera un coro de bardos tocándolas.
Miré a mi alrededor, asombrado. No se veían las paredes de tantas como eran las estanterías que las llenaban. De suelo a techo, hechas de madera bermeja y brillante.