CAPÍTULO 29
De la idea de perderme
Cuando llegamos a la sala de los guardias, miraron espantados a la elfa.
Anamkha les dijo algo, creo que trató de tranquilizarlos, pero a ninguno se le borró aquella expresión.
Tras darle las gracias al que nos había acompañado, abandonamos aquel lugar también y desandamos el camino que nos había llevado hasta allí.
Araleen iba mirando a todas partes, sin decir nada, mientras que Altaxio la llevaba cogida del brazo.
No como a una presa o posible fugitiva, si no como a alguien a quien le prestase ayuda.
—Voy a llevarla al templo. Allí estará vigilada y cuidada —dijo cuando alcanzamos una de las salas de palacio—. Trataré de averiguar cómo revertir el proceso, aunque no sé si será posible. Nunca había tratado con algo así.
—Ten cuidado, por favor —le pidió su madre—. Si te pasa algo…
—No me pasará nada.
Altaxio la besó en la mejilla. Ella asintió, miró a la elfa y, con calmada severidad, le dijo:
—Si le haces algo a mi hijo, no saldrás con vida de Sigmarina. El dolor que sufres no será nada en comparación con el que te procuraré.
Aunque lo hizo en nuestra lengua, quizá porque le salió de lo más hondo, la elfa pareció entenderla. O al menos su tono y su gesto, porque dijo:
—No hago nada. Él bueno.
—Sí, él es bueno con todo el mundo —respondió su madre con gesto cansado—. Vámonos, Málakor.
—Aún tengo que preguntarle muchas cosas —me quejé—. Necesito saber todo lo posible sobre la Ciudad Maldita, sobre el Susurrador.
—Mi madre te dirá lo que quieras sobre él. Creo que ya está bien por hoy de interrogar a Araleen —dijo Altaxio, pacientemente—. Necesita asearse, comer bien y descansar. Ya le harás las preguntas pertinentes más adelante.
—¿Más adelante? No —Anamkha negó con la cabeza—, se irá ahora mismo. Le haré llegar la información.
—No me iré de aquí sin saber lo que quiero saber. Y no estoy dispuesto a negociar. Así que, si no quieres que le hagamos hoy más preguntas a la elfa, está bien. Me quedaré hasta mañana.
La pelirroja frunció los labios. Fue a replicar, pero la decisión en mi mirada la disuadió de hacerlo. Sin decir más, giró sobre los talones y echó a andar. Tras decirle adiós con la mano a los otros, fui tras ella.
—Insistes tanto en que me largue que empiezo a pensar que, en realidad, no quieres que esté aquí —dije al ponerme a su paso.
Ella andaba como si estuviera a punto de echar a correr, con la vista puesta al frente. De no haber tenido las piernas más largas, me habría costado seguirle el ritmo.
—Eres tú el que se ha puesto a triste al pensar en que quizá no podrías volver. Pero ya que lo mencionas, sí, no quiero que estés aquí.
—Pues antes has bromeado con secuestrarme. Así que aclárate las ideas.
—Es que, a la par, quiero que te quedes. Y estoy enfadada por ello.
—¿Enfadada conmigo?
—No, con la situación.
—Yo también estoy enfadado con la situación, aunque quizá no por lo mismo que tú.
Se paró en seco y me encaró.
—¿Por qué entonces? —preguntó.
Tomé aire antes de decir:
—Porque ojalá pudiera partirme en dos y estar en dos sitios a la vez. La mitad de mí quiere irse y la otra quiere estar a tu lado. Sin que entienda por qué.
—No digas eso. No lo digas.
Arrugué el ceño, mirándola fijamente.
—¿Por qué?
—No puedo decírtelo.
—No me sueltes eso, porque me parece que esto es importante. Si no me lo dices, te juro que te sacudo como si fueras un saco de pan y quisiera sacarte hasta la última miga.
—¿Me estás amenazando? —Alzó ambas cejas—. ¿Crees que te tengo miedo?
El gesto desafiante que se le pintó en los ojos y en los labios me secó la garganta. Un calor que ascendió desde el vientre, me hizo tensar los abdominales.
—Yo no le tengo miedo a nada —agregó.
—Eso no es verdad. Has dicho que le tienes miedo al silencio y a los elfos oscuros. También temes que me suceda algo si me encuentro con ellos. Así que no me mientas, porque temes a muchas cosas. Eso es lo que te pasa.
Tragó saliva fatigosamente y expulsó el aire por la nariz, con los labios cerrados.
—Ahora mismo temo a algo más que nada en el mundo —dijo.
—Sea lo que sea que vayas a decir, espero que no sea una broma, porque…
Me puso el dedo en los labios, de sopetón.
—Temo que no puedas volver a casa y me acostumbre a ti.
No quiero acostumbrarme a nadie. Casi todas las personas a las que me acostumbro, mueren o se van.
O soy yo la que debe marcharse. Así que espero, por todos los dioses, que puedas irte.
Que seas solo alguien que aparece de vez en cuando, en mis sueños o en ese sitio en el que nos encontramos.
Al menos hasta que me haga a la idea de que algún día te perderé.
—Separó el dedo de mí, despacio—. Ahora, sigamos adelante.
—Anamkha… —musité, conmovido por sus palabras.
No, conmovido es una palabra demasiado floja para expresar lo que sentí, pero tampoco entendí bien qué sentí.
Fue…, no sé, fue como si su dolor abrazase al mío con esas palabras.
También su necesidad de mí lo hizo, y eso me gustó, aunque me puso algo triste.
Quería quedarme hasta que se hiciera a esa idea para que dejase de tener miedo; sin embargo, no podía, como ya había dicho, partirme en dos.
—¿Sabes qué vamos a hacer? —le dije—. Vas a dejar de estar enfadada y a llevarme a tomar esa cerveza. Así nos olvidaremos un rato todo lo demás.
Suspiró y se rascó la cabeza; un mohín automático y nervioso.
Le cogí la muñeca con suavidad y le hice bajar la mano.
Con la otra, le recoloqué los mechones de pelo que se le habían desarmado.
Tras mirarla por unos momentos, perdido en el brillo de sus ojos, me salió del alma abrazarla, así que lo hice.
—Tienes que dejar de tocarme. Tenemos que dejar de hacerlo, el uno con el otro —dijo, pero rindiéndose a aquel abrazo—. En Sigmarina no está bien visto que dos personas que no tienen relación familiar se toquen.
—Voy a decirte una cosa, pelirroja, para que nos vayamos conociendo mejor.
Suele importarme una mierda lo que digan unos lechuguinos de tres al cuarto.
Abrazar a la gente no es algo que haga habitualmente, pero contigo me sale.
Así que solo dejaré de tocarte si me dices que no quieres que lo haga, no por lo que los demás digan.
—La separé un poco de mí, tomándola por los brazos—. ¿Quieres que deje de tocarte?
Ella apoyó la frente en mi pecho y agarró mi cintura como si fuera a separarme de ella y, a la par, a acercarme más. Luchaba consigo misma. Lo noté.
—Aquí solo se toca la gente que tiene una relación estrecha. Si nos ven, se llevarán a equívocos.
—Pues si se llevan a equívocos, mejor, porque no lo conozco de nada y no sé qué hace aquí.
Anamkha levantó la cabeza y apretó los labios fuertemente. Estaba aguantándose una carcajada. Al final la soltó, tan grande que se le movió todo el cuerpo.
—Tengo ganas de abofetearte, ¿por qué siempre haces bromas en los peores momentos?
—Tú también lo haces, y si quieres abofetearme, hazlo, pero antes llévame a tomar esa cerveza y háblame de las cosas que quiero saber.
Volvió a suspirar.
—Está bien, pero no metas el dedo en la jarra, por favor. Tú no sabes cómo es la gente aquí.
—Ya te he dicho que eso me importa un bledo. Ahora, contesta a mi pregunta de una vez. ¿Quieres que deje de tocarte?
—No —musitó, con la mirada clavada en la mía.
—Entonces no dejaré de hacerlo. Así, el día en que me pierdas y algo te descoloque el cabello, y no haya nadie para recolocártelo, te acordarás de que un día lo hice. Será como si no me hubieras perdido.
Otra vez me estaba poseyendo el maldito bardo…
Fui a agregar algo que tapase la intensidad de mis palabras, pero callé, porque ella sonrió de oreja a oreja, con gesto feliz. Al punto, echó a andar y me hizo una señal para que la siguiese.