CAPÍTULO 28
De los elfos del Dolor
Vestida con pantalones negros y blusa holgada y sucia, la mujer tenía las piernas recogidas y la cabeza sobre las rodillas.
Una lisa melena, que parecía hecha de alabastro, caía cubriéndole parte del rostro y el cuerpo.
Era tan larga que las puntas reposaban en el suelo, repleto de briznas de paja.
De entre uno de los mechones asomaban orejas picudas como las de Xelirian, pero el doble de largas sus protuberancias.
Me recordó a esos gatos grandes que tienen penachos en las orejas.
Al percibir nuestra presencia, giró la cabeza y clavó la mirada en nosotros.
Esperaba ver fuego e ira en ella; sin embargo, solo vi tristeza.
Sus iris lavanda resaltaban en su piel grisácea, salpicada de cicatrices.
Me quedé embobado mirándola, pues nunca había visto a una mujer elfa; tampoco tanto dolor en una mirada.
Ni siquiera en la de mi sobrino. Ella posó la suya en Altaxio, y la expresión le cambió un poco.
—Parece como si te hubiera reconocido —observé.
—Nunca nos hemos visto —dijo él, suavemente, y se aproximó a ella.
Lo seguimos, hasta quedarnos a unos pasos. Se arrodilló al pie de la celda, para estar a la altura de ella. La chica no se movió.
—Me llamo Altaxio. Soy el Clérigo Mayor de Thaliz en esta ciudad, he venido a conversar contigo.
—Recuerda que no habla nuestra lengua —anotó su madre.
Para sorpresa de todos, la chica dijo:
—No hablar más. Digo que no ser elfa del Odio, nadie creer.
Yo callo. —Su voz era… como el murmullo de las hojas al rozarse en los bosques de Knegara.
No había nada de ira en ella. Solo parecía tranquila, a pesar de todo.
Giró de nuevo la cabeza y se ocultó tras la mata de pelo—. Hath athy ecsemí —musitó luego.
—¿Qué ha dicho? —pregunté.
—Creo que es: «Dejadme sola» —contestó la pelirroja.
El guardia asintió y le susurró algo a Anamkha.
—Dice que lo ha dicho otras veces —me comunicó.
Miré a mi alrededor. ¿Quién querría estar solo en un lugar así?
—Yo te creo —le dijo entonces Altaxio—. No desprendes la misma energía que ellos.
Energía…
Me concentré en el aura de la muchacha. Un torbellino de colores me pegó tal fogonazo en los ojos que di dos pasos atrás. Todos estaban en ella, mezclados como si los hubieran batido. Lo más curioso de todo fue que sentí un dolor agudo en el pecho al hacerlo. Apreté los dientes.
La elfa volvió a mirar al chico, con los párpados entrecerrados.
—Inne?
—Sí, te creo —repitió él—. Entiendo que no quieras hablar, pero querrás salir de aquí.
— Ie.
Eso sonó como un sí.
—¿Cómo te llamas? Warun-is ne arunde?
—Araleen Dalathar —respondió ella.
Él asintió y le dijo un montón de palabras en élfico que, como era de esperar, escapaban a mi comprensión.
Algunas las pronunciaba torpemente, y ella arrugaba la nariz.
Anamkha las formulaba de otra manera, a lo que la elfa asentía.
Aunque a menudo también negaba con la cabeza, al final se arrastró hasta él y se arrodilló, con el torso erguido.
Al verla de frente, y distinguir mejor su complexión, vi que era fuerte.
También alta, aun sin estar de pie. Más que el chico, más incluso que su madre.
Casi tanto como yo. Altaxio coló la mano derecha entre los barrotes.
Me fijé que en el dedo corazón llevaba un gran anillo con una gema dorada.
Anamkha dio un paso, como si el acercamiento de él la preocupase, y colocó la mano en la cadera, allá donde estaba esa espada mágica que nadie veía.
—Todo irá bien —le dije.
Ella cabeceó, mirándome por un instante, y regresó la vista a ellos, al igual que yo.
El chico acercó la mano a la mejilla de la elfa.
Ella se echó un poco hacia atrás, desconfiada.
A pesar de que no pude ver la expresión en el rostro de él, pues nos daba la espalda, supuse que le había dirigido algún gesto significativo, pues ella se dejó tocar.
Cuando las yemas de los dedos de él le rozaron la piel, la gema del anillo desprendió un fogonazo de luz dorada.
Altaxio, que se sacudió como si le hubiera impactado un rayo, cayó de espaldas.
—¡Hijo! —Anamkha corrió hacia él y se acuclilló a su lado.
También me acerqué al punto. El guardia, en cambio, no se movió. Solo murmuró algo. Me pareció que ya había visto algo similar antes.
—Estoy bien —dijo él mientras lo ayudábamos a sentarse.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Mi hijo tiene un don mayor para sanar —explicó Anamkha, aún desde el suelo—, pero a veces es también un castigo. Su cuerpo soporta el dolor de quienes lo padecen.
Comprendí entonces la magnitud de las palabras que ella le había referido en la discusión: «Ni yo quiero que tú sufras y lo haces cada día ayudando a otros».
—Estoy bien, anely —respondió él.
Podría haber preguntado qué significaba esa palabra, pero tenía otras prioridades.
La elfa nos contemplaba con la cabeza gacha.
A simple vista no me parecía herida como para sufrir ningún dolor, tampoco se quejaba.
Estaba más serena de lo que ninguno podríamos haber estado en su situación.
¿De dónde venía ese dolor entonces?, me pregunté.
Ese que yo había sentido también en su aura, aun estando lejos.
—Dejadme hacer —pidió el chico.
Su madre, a regañadientes, se incorporó y se situó a mi lado. Cuando Altaxio recuperó la postura inicial, la elfa le dijo algo en su lengua.
—No lo sientas, no es tu culpa —respondió él.
Pronunciando una oración, puso los dedos de nuevo en la mejilla de la chica.
Desde mi ángulo, aquella vez sí pude ver su expresión, y juro por los dioses que en su rostro se conjuraron todos los dolores del mundo.
La mandíbula se le tensó, los dientes se le apretaron, las venas del cuello y la frente parecían a punto de estallarle.
La gema del anillo parecía a punto de arder.
Sin embargo, la elfa estaba muy quieta, como si nada estuviera pasando.
Anamkha soltó un suspiro angustiado. Estiré la mano para tomar la de ella.
—Tranquila —le dije.
—No me gusta verlo así. Sé que es su trabajo, pero… —Apartó la mirada de él, con expresión dolorosa también—. No quiero verlo sufrir.
Aunque yo no sabía lo que era ver a un hijo sufrir, sí había visto hacerlo a personas que me importaban.
Tal vez no fuera comparable a lo que los padres que amaban a sus hijos decían; sin embargo, conocía el sentimiento de angustia que provoca no poder hacer nada.
Apreté su mano y ella me dirigió una mirada agradecida. Temblaba, igual que su hijo.
Él apartó la suya del rostro de la muchacha y soltó el aliento entre los dientes.
—Siento todo este dolor, pero no puedo sacarlo de ella, ¿por qué no? —masculló, con la frente sudorosa y la voz envuelta en una fatigosa respiración.
Su madre sacó otro pañuelo y le secó la frente.
—Ha de ser por culpa de su Oscuridad, hijo.
—No, madre, no es eso. Hay Oscuridad en ella, sí, pero no la domina, ni tampoco la Luz. Es como si ambas estuvieran luchando por ver quién ocupa el mismo espacio y ninguna terminase de hacerlo. En el núcleo de todo ello, solo hay dolor. Un inmenso dolor.
La elfa musitó algo que me pareció una disculpa.
Luego cruzaron otra ristra de palabras en élfico.
Me recordaron a cuando conocí a Xelirian, y me pregunté si él habría entendido todo aquello.
Pensé que sí, que habría podido ayudarla también, pues había sufrido la violencia de esas gentes como parecía haberla sufrido ella.
—¿Elfa del Dolor? —soltó de golpe Altaxio.
—¿Eeeh? —oí decir al guardia—. N’eus nada soe.
Sin necesidad de traductor, ya sabía que estaba expresando la misma sorpresa que los demás.
—¿Qué narices son los elfos del Dolor?
—Se lo está contando. Espera —me pidió Anamkha.
Aguardé, largos minutos, mientras ellos hablaban. Por los rostros de madre e hijo pasaron un sinfín de expresiones de asombro, rabia, frustración, enfado y, sobre todo, desolación. Altaxio le hizo una pregunta en la que distinguí la palabra Flig. Me vino entonces dónde lo había escuchado antes.
—Es cierto que es un lugar de Ítaro. Un amigo mío, duende, estuvo allí, dice que su bebida sagrada apesta.
—Gris amigo —dijo entonces la chica, con una expresión alegre que resultó extraña en aquella tensa situación.
—¿Lo conoces?
Miró a Anamkha y Altaxio, sin entenderme. Ella tradujo mis palabras, y entonces la elfa asintió con ganas.
—Amiga de Gris. —Se señaló varias veces.
Cierto era que ese dato no servía como para estimar si la elfa era de fiar o no, siendo que Gris quería hacerse amigo de todo el mundo; sin embargo, cuando mencioné a Airyne, la chica se puso en pie y se pegó a los barrotes, mirándome con una súplica.
Lo que dijo a continuación, sí que fue un hecho más que relevante.
—¿Airyne amiga de Gris?
—¿Sabes quién es?
—Airyne Ordom. Las Islas. —Apretó y soltó los labios varias veces, como buscando las palabras. No le salieron, porque lo que dijo después fue en su lengua.
Altaxio se puso en pie y siguió el hilo de su relato, mientras asentía.
—Dice que, hace unos años, esa chica la ayudó a escapar de ¿piratas orcos? —informó, antes de arrugar la nariz con desconcierto.
—Había oído hablar de piratas y de orcos, pero no de ambas cosas a la vez. —Anamkha se rascó tras la oreja.
—Lo mismo digo. Además, en Luara, los orcos solo están en los cuentos de los niños. Criaturas sucias y salvajes que apenas articulan palabras con sentido y viven para secuestrar a los pequeños de sus camas.
—Lo mismo sucede aquí —anotó la pelirroja.
La chica nos miró confusa. Altaxio le dijo de lo que hablábamos. Cuando ella respondió en su lengua, él nos contó:
—No son como los orcos de los cuentos, en absoluto.
Dice Araleen que son una especie inteligente, con un lenguaje muy fluido.
Tienen forma humana, aunque son más grandes que ninguno de los humanos.
Miden más de dos metros, musculosos, con pieles del amarillo más claro al verde más oscuro.
Mandíbulas prominentes. Pero no son feos. No lo son, ha repetido varias veces.
—Ya… —musitó Anamkha—. ¿Te ha hablado de ese asunto de la piratería?
—Allí está a la orden del día, al parecer.
Hay muchos ladrones en el mar, pues hay mucho comercio marítimo, infinidad de flotas.
Mucha cultura marinera. Llama a Ítaro «continente», pero, en realidad, por lo que desprendo, no es como aquí que solo hay una masa grande de tierra y algunas islas.
Allí son muchos continentes. ¿Islas enormes, diría?
—comentó el muchacho, que se frotó la barbilla, pensativo, y luego le dijo algo a la elfa.
La chica asintió, a la par que mi amiga.
—Quizá por eso estén llegando naufragios de allí —anotó la pelirroja—. ¿Qué más te ha dicho de los orcos?
—Que fueron nómadas que vivían en Kae-trum, el continente más grande de Ítaro, hasta que se hundió.
Son expertos en el arte de la navegación, y vagaron de un lugar a otro hasta que se establecieron al sur del Continente Maldito, ya ocupado por vampiros, nigromantes y liches.
Pero en contra de guerrear, se hicieron socios comerciales.
Saquean los mares para ellos, los proveen de recursos diversos, sobre todo de esclavos y…
—el chico carraspeó incómodo— sangre fresca. Es una relación de conveniencia.
Hubo un silencio, un cruce de miradas. Aquello había sonado perturbador.
El guardia pronunció luego una oración. No pude evitar pensar en Airyne, en las cosas que habría padecido en aquel lugar.
Traté de trazar el mapa mental de los acontecimientos y llegué a la conclusión de que Airyne habría ayudado a Araleen antes de acabar ella misma atrapada, de escapar luego y de conocer a Gris en los túneles.
—¿Y cómo acabó en la Ciudad Maldita, si se escapó de los orcos?
Altaxio trasladó mi pregunta y me dio la respuesta de la elfa.
—Volvieron a atraparla. Entonces… sucedió lo otro. —El sanador clavó la mirada en su madre. En los ojos de ambos estaba de nuevo aquella desolación que había visto cuando la chica había contado su historia—. Deberíamos sacarla de aquí.
—¿Crees que podemos fiarnos de esta mujer? —le preguntó Anamkha.
—Pondría la mano en el fuego por ella —declaró él, convencido.
—Fuego… —musitó Araleen, con tristeza, y regresó al centro de la celda. Allí adoptó la misma postura que al principio—. Ya no ser fuego…
—¿Por qué dice eso? —pregunté.
—Porque era una Elfa de Fuego, antes de que el Susurrador pusiera sus garras sobre ella —dijo Anamkha.
Si no se me paró el corazón al escuchar ese nombre, poco me faltó.
— Tennit —le dijo la pelirroja al guardia.
Él asintió y tomó una llave del manojo. Cuando penetró en la cerradura, el chirrido al descorrerla fue casi ensordecedor.
Al abrir la puerta, esta chilló cual rata asustada.
La elfa nos miró con una expresión de asombro como nunca le había visto a nadie.
Luego rompió a llorar; pero eran lágrimas de alegría.