CAPÍTULO 27
De sangre que tiñe de negro
—¿Ha dicho que la elfa se va a morir? —pregunté, en tanto que tomamos el pasillo, en pos del guardia.
—¿Qué? —dijo Anamkha suavemente—. No.
—Pero ha dicho « Ela moriese …», no sé qué más.
—« Ela moriese fate arbai» es una frase hecha que significa: «Confío en vos» —me explicó la pelirroja—. Literalmente quiere decir: «Si yo muriese, dejaría que me enterraras».
—Es… curiosa. Hermosa y tétrica a la vez —comenté—. A Xely le gustaría.
—Bien cierto es que uno no querría confiar su cuerpo tras la muerte a alguien que no supiera cuidar de él y no lo tratase con honra y cariño —anotó Altaxio.
—Desde luego —concedí.
El guardia me miró por encima del hombro y asintió. No supe si me había entendido o fue por inercia, pero me pareció un tipo simpático.
Tras otra puerta, descendimos por unas escaleras de caracol, que discurrieron al menos dos plantas más abajo, hasta desembocar en otro pasillo.
Pasamos por una zona de celdas, en la que los presos dormitaban u observaban la nada.
No olía mal, lo que me sorprendió, y todos tenían jergones de paja limpios y estaban aseados.
—Sus celdas son mejores que cualquier habitación de Ledaria —musité para mí.
Pero Anamkha debió de oírme, porque dijo:
—Son presos por delitos menores, solo estarán aquí unos días, o incluso menos si pagan el agravio de otra manera. Gente que se ha metido en trifulcas, problemas vecinales, esas cosas…
—Si alguna noche estoy por Sigmarina y no tengo dónde dormir, ya sé lo que hacer.
—No digas eso ni en broma. El silencio y la soledad de un encierro, por más cómodo que sea, es… insoportable.
La luz de la mirada se le apagó de golpe.
La mía también lo hizo. No solo por compasión hacia ella, porque sin lugar a duda sabía de lo que hablaba, es que recordé aquellos días que pasé en el cobertizo o en manos de los asesinos, en aquel lugar oscuro y asqueroso.
Nuestras miradas se encontraron. Nos reconocimos en aquel dolor, por cómo nos miramos.
—Lo siento, ya sabes que hago bromas con todo.
—No importa, prefiero que hagas bromas a que calles. Temo al silencio desde entonces.
— Disre, aribe denos —dijo el guardia, sacándonos a ambos de la conversación.
—Démonos prisa, Málakor. Será el cambio de guardia, y eres extranjero. No quiere que lo veas.
—Lo entiendo.
Seguimos a aquel hombre, que apretó el paso.
Llegamos al fin a otra escalera como la anterior y después a un pasillo.
Era tan estrecho que solo podíamos caminar de uno en uno.
No había sillares de piedra, solo roca desnuda, ni tampoco pendones ni adornos, y aunque las antorchas seguían siendo abundantes, la atmósfera era tan opresiva que parecía brillar menos.
En el aire nadaba un olor concentrado a humedad, a sudor y a deshechos humanos que hacía que fuera hasta más difícil respirar.
Supe que, quienes moraban en las celdas que íbamos a visitar, no habían cometido, precisamente, delitos menores.
El espacio se abrió hasta formar una sala amplia, llena de celdas cuyas rejas formaban cuadrículas y estaban clavadas en suelo y techo.
Quienes estaban en ellas parecían haber sufrido el hambre, la falta de aseo y el castigo del silencio que reinaba en todas partes.
De no ser porque una antorcha crepitó, habría jurado que me había quedado sordo.
Decenas de pares de ojos nos observaron entre párpados oscurecidos por la suciedad.
Se oyeron algunos gruñidos e insultos. Un par de ellos, en la lengua de Xelirian.
Miré hacia el lugar de donde venían y vi a dos puntiagudos.
El amarillo de sus ojos era fiero, como si llevasen el fuego de la ira en ellos. Escupieron al suelo, y luego callaron.
—Pensé que habíais sellado los túneles que conducen a Hérenthor.
—Sellamos un agujero y aparecen veinte —dijo Anamkha, con inquina—.
De todas formas, estos llegaron en un naufragio.
Son muchos los que llegan a estas costas últimamente.
Aquella vez que nos encontramos en el acantilado, te dije que esperaba la llegada de un barco.
No era ninguno en particular, solo oteaba el horizonte por si otro naufragio aparecía.
A veces encallan en una cresta de rocas que hay cerca de esos acantilados.
Había tenido la impresión de que aguardaba la llegada de algún viajero en particular. Qué equivocado estuve.
—¿Puedo hablar con ellos? —le pregunté.
—No van a decirte nada. Menos aun cuando no hablas su lengua. Aunque hazlo si quieres. —Los señaló con la cabeza, dándome permiso—. Estamos dejándolos morir. Es lo único que se puede hacer con ellos.
Me acerqué. El guardia, Anamkha y su hijo se quedaron a unos pasos.
Aun con la seguridad de aquellas rejas, me llevé la mano a la espada.
Cuando estuve al pie de ellas, un sudor frío me bajó por la espalda.
Los elfos se aproximaron y aferraron los hierros con sus dedos mugrientos y la expresión en el rostro de un dragón que fuera a masticarme. Pronunciaron algo que sonó a maldición.
—Sé quién eres. El hermano de Azskar —dijo uno entonces, torpemente, en mi lengua.
En el hondo silencio que se hizo, escuché a Altaxio tragar saliva.
Giré la cabeza para mirarlo. Tenía los ojos espantados.
No supe si fue porque no conocía aún esa información o porque, aun sabiéndola, le espantaba la idea de que fuéramos hermanos.
Iba a inquirirle por ello, pero el elfo reclamó mi atención con su ajada y sucia voz.
—Es grato saludar a alguien que morirá pronto.
—Para mí también —se sumó el otro—. Me gusta conocer a gente que va a morir.
Se rieron jocosamente.
—Eso desde luego —les dije—, seguro que os conocéis bien a vosotros mismos.
Sus gestos de desprecio fueron enormes. Anamkha se paró a mi lado y les dijo, con un reproche:
—¿Ya no os parece que hablar en nuestra lengua es ensuciar la vuestra?
—No si se trata de maldeciros a este despojo y a ti, dalduin .
—No te devolveré lo de despojo, porque te queda hasta grande. Eres mucho más que eso. —Me dirigí entonces a Anamkha—. Supongo que eso de dalduin no será otra forma de referirse a alguien de la familia real.
—No, me han llamado «ser inferior».
—Si vuelves a insultarla, entraré ahí, te cortaré la lengua y luego te la haré tragar. Así con todas las partes de tu cuerpo hasta que te hayas comido a ti mismo y cagado después.
Rieron los dos, con desprecio. El que había llamado aquello a Anamkha se pegó más a los barrotes. Metió el rostro entre ellos y me dijo algo que no entendí.
—¿Qué han dicho?
—Que si soy tu fulana —contestó ella, con más calma de la que cabría esperar dadas las palabras.
El guardia y Altaxio carraspearon incómodos. La rabia que sentí me hizo apretar el pomo de la espada con tanta fuerza que noté hasta el último de los detalles de su superficie.
—Qué original —le dije—, seguro que Azskar te da un premio al perro que mejor ladra. Aunque no podrás ver cómo lo hace.
El elfo me miró la mano y se echó un poco atrás, pero no lo suficiente como para evitar que, tras desenvainarla en un gesto rápido, le atravesase la garganta con ella.
Cuando la saqué, gorgoteó la sangre y la saliva acumulada, mientras él se llevaba la mano al cuello y daba unos pasos atrás.
En sus ojos vi una maldición, antes de que los cerrase.
El sonido de su cuerpo al caer al suelo retumbó por todas partes.
Algunos presos se aproximaron a la reja para contemplarlo mejor.
El otro elfo oscuro lo miró boquiabierto.
El guardia dijo algo que no entendí, pero que pareció un regaño.
Altaxio un suspiro, al que le siguió un rezo.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó su madre, con sorpresa.
—Nadie insulta a la mitad de mi destino en mi presencia.
—No puedes ir matando a los presos que el rey ha ordenado dejar morir —dijo, con un gesto entre la comprensión y el regaño.
—Se llama adelantar el proceso. O mejor, compasión. ¿Eso te gusta más, pelirroja?
Ella sacó un pañuelo de entre sus ropas y me lo tendió.
—Ten, limpia la hoja de la espada —contestó sin más—. La sangre de los elfos oscuros tiñe el acero de negro si no se limpia pronto.
Le hice caso y luego la envainé. Le tendí el pañuelo a Anamkha, pero ella negó con la cabeza.
—Tengo más, no te…
Sus palabras se cortaron, pues el otro elfo se pegó a la reja y empezó a tratar inútilmente de sacudir los barrotes, de alcanzarnos con una mano mientras soltaba lo que se me antojó un insulto tras otro.
—Cállate, o sufrirás la misma suerte —mascullé, pero no me hizo caso.
—Dice que era su hermano —dijo Anamkha.
—Me importa una mierda. Lo mismo que el mío. —Me giré hacia el guardia—. ¿Dónde está la elfa?
Él señaló con la cabeza hacia el fondo de la estancia. Eché a andar, y ellos vinieron tras de mí.
—¿Por qué te has descompuesto tanto a la mención de mi hermano? —le pregunté a Altaxio.
—Porque es peor que un demonio.
—Supongo que conoces sus crímenes gracias a los elfos oscuros.
—Sí. —Tenía una expresión rara, como si supiera de muchas cosas más. O quizá era solo por la sombra que una fluctuante antorcha vertía sobre su rostro.
—Hablaremos de ello cuando salgamos de aquí. —Anamkha miró hacia las celdas, donde los gritos del elfo seguían resonando—. Vamos.
A él se le sumaron algunos presos que chillaban insultos o se mofaban de nosotros.
Poco a poco, fueron cansándose, porque el coro de voces disminuyó y se hizo casi inaudible cuando alcanzamos una puerta que daba a otra estancia llena de celdas.
Si el silencio al entrar en la primera fue sobrecogedor, en esta casi hería.
No había presos por ninguna parte; apenas un par de antorchas iluminaban el espacio, concentradas a ambos lados de una única celda.
Sentada en el centro de esta, vi la silueta de perfil de una mujer.