CAPÍTULO 26 #2
Ella puso los ojos en blanco. Tras sacudir la cabeza, me pidió el resto de la historia.
—Nos hicimos amigos de ellos y les dimos toda la comida en un arranque de esos que te dan cuando has bebido de más. Luego tuvimos que comer sardinas fermentadas el resto del invierno, porque era lo único que nos quedaba.
—Ese lugar parece de lo más entretenido —comentó el muchacho—, pero no comería eso ni aunque fuese el último alimento disponible en el mundo.
—Pues son muy buenas para el estómago. —Me di dos palmaditas en el vientre—. Aunque no tanto para los que están a tu alrededor. Paltia olió particularmente mal en esos meses.
Entre risas, Anamkha empujó con decisión una gran puerta de metal, que nos llevó a otro corredor que volvió a trifurcarse.
—¿Cómo de grande es esto? No sé cuánto tiempo llevamos andando. —Miré alrededor—. Si tuviera que regresar atrás, no sabría ni cómo.
—Esa es la idea, que los presos que entren aquí no puedan hacer cuentas de cómo salir.
—¿Estáis llevándome preso y no lo sé? —Levanté ambas cejas.
—Podría secuestrarte en Sigmarina para siempre —dijo ella, con voz guasona.
—Te cansarías de mí a los dos días, pelirroja.
—No lo creo.
Me sonrió fugazmente y luego empujó otra puerta. Ante mis ojos, un corredor más.
—Solo uno de los caminos conducen a la salida —explicó ella—, el resto desembocan en estancias de la guardia, ya sea aquí o en otras partes del palacio. Hasta mi hermano se perdió un día.
—Tener sentido de la orientación no es lo suyo —comentó su hijo, con una leve risa.
—¿Tienes hermanos, Altaxio? —me atreví a preguntarle.
—No, ¿y tú? —quiso saber.
—Sí, uno, y no puedo hablar bien de nuestra relación, pero me gustaría tener uno con el que llevarme de ese modo que se llevan los hermanos, como tu madre y tu tío, con esas tonterías de pelearse a menudo, aunque se quieran muchísimo.
—¿Quién te ha dicho que yo quiera al mío? —replicó ella.
—Matarías y morirías por él —anotó su hijo.
—Yo también lo haría por el mío. Solo que en un sentido muy literal. Lo mataría con mis propias manos y podría morir por las suyas.
Altaxio me miró con un gesto entre compasivo y horrorizado.
—Que Thaliz te guarde entonces.
Le di las gracias con la mirada, antes de clavarla en uno de los pendones con el unicornio bordado.
Era de color verde y negro, con ribetes broncíneos y blancos.
Miré mi broche, pensando en lo mucho que a Hach le gustaría estar viendo lo que yo.
En cómo iría anotándolo todo para sus Crónicas.
Apenas me había separado de él y ya lo echaba de menos, a pesar de todo.
Me recordó a los primeros días de nuestra separación, cuando me fui a Paltia y tuve que acostumbrarme de nuevo a andar solo por el mundo.
Quizá, más solo que nunca, porque al menos lo de Ledaria me era familiar después de tantos años.
—En realidad, tengo a alguien que es como un hermano —solté sin más, rompiendo el silencio que se había hecho entre nosotros—. Se llama Háchpirey, y desde luego que mataría y moriría por él.
Madre e hijo me miraron con una sonrisa llena de cariño. Aunque al chico se le fue de golpe cuando ella dijo:
—Es pelirrojo.
—Tienes que cuidar de él —dijo Altaxio—. Y dado que los elfos oscuros y todas las malas criaturas del Ynsheran están penetrando en tu mundo, seguramente tengas que matar por él. Morir incluso.
La necesidad de correr a Rádamo, aunque fuera imposible, me pegó fuerte en el pecho.
— Beril né veril . —Las palabras de Anamkha me hicieron mirarla. En sus ojos corría una fuerza que pretendía llegar a los míos para llenarme de ella—. ¿Recuerdas?
—Sí, lo recuerdo. Todo irá bien. Y, si no va bien, lo quemamos con las ropas.
—Exactamente —Su sonrisa se estiró.
Tras una larga mirada, llevamos ambas al frente.
Caminamos un poco más por el corredor, en el que nos cruzamos con algunos guardias que los saludaron como de costumbre.
Otra trifurcación más, otro pasillo, corto aquella vez, hasta que llegamos a otra puerta que Anamkha empujó.
Las bisagras chirriaron, retumbando en el silencio, y la llama de las antorchas de la estancia que se abrió ante nosotros fluctuó, movida por la corriente de aire que se formó.
Había una decena de guardias, sentados en varias mesas de madera.
Al calor de un buen fuego, jugaban a las cartas, conversaban…
Un par de ellos dormían en sendos bancos.
Otros cuatro tiraban dardos en una diana.
Era la sala típica de descanso, para pasar el tiempo entre turnos o entrenamientos.
Me recordó tanto a mis años en Paltia, que la nostalgia me encogió el corazón.
Casi podía imaginar a Brianna en una sala como esa, apoyada en la pared de piedra, observando a los demás como el gato que intenta discernir a quién se acercará para husmear un poco.
Cuando me veía entrar, siempre se acercaba a mí.
Rondándome primero, como si no me hiciera mucho caso en realidad, para luego darme un codazo y sugerirme al oído algún plan.
Dentro o fuera del dormitorio. Aquella imagen de ella, tan vívida en mis recuerdos, me apretó el corazón de tal manera que se me nublaron los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Anamkha, en tanto que Altaxio se adelantaba para hablar con los guardias, que lo recibieron con gran alegría.
— Es la corriente de aire. —Me los froté con brío.
—¿También eres alérgico al aire? —La pelirroja levantó una ceja, con gesto perspicaz.
Suspiré, negando con la cabeza.
—¿Alguna vez has entrado a un lugar parecido a uno en el que estuviste con alguien que fue importante para ti, y lo has visto como si aún estuviera vivo? —solté, pues me costaba callar aquello, más aún con ella.
Anamkha me frotó el antebrazo y luego lo apretó con cariño.
—Más a menudo de lo que me gustaría.
—¿Y puedes vivir con ello?
—No queda más remedio que hacerlo, pero ¿sabes qué? Con el tiempo, el dolor cambia, ya no es como un aguijón. A veces incluso se transforma en sana añoranza, y esos recuerdos hasta te hacen sonreír.
Eso lo sabía bien, porque a veces me pasaba cuando pensaba en Debra.
—Creo que Brianna habría querido que sonriera al recordarla así, y tenía un carácter de mil demonios si le llevaba la contraria, así que… mejor sonreír, ¿no?
—Mejor sonreír. Cuando mencionaste el nombre de Brianna la otra vez, pensé que era muy hermoso.
—Ella lo era.
Anamkha fue a decir algo más, pero su hijo la llamó.
—Perdóname. Hablaremos de ello luego si quieres.
Esbozó una sonrisa y se fue a hablar con los guardias.
Me quedé apostado a un lado de la puerta, observando a esas gentes, escuchándolos de fondo.
A decir verdad, a ratos no los entendía bien, porque había en su vocabulario palabras ajenas al mío.
El bardo seguro que se las habría apañado mejor.
Lo de escuchar a gente hablar en otras lenguas era algo que, a pesar de haber cruzado ya los túneles y haberme encontrado con elfos y enanos, seguía resultándome sorprendente.
A pesar de todo, fui capaz de discernir que estaban hablando de la elfa.
—Debrine, debrine. Hémosle inquirido ya veinte carolas. Atavire.
—Dreiste. Altaxio hablare con-hi —dijo Anamkha, a lo que los guardias asintieron—. No vide preocupar.
—No vide —respondió un guardia, fortachón como él solo—. Ela moriese fate arbai.
¿Había dicho «Ella muriese»?, me pregunté.
Anamkha me hizo un gesto con la cabeza. Me acerqué al momento.
—Málakor erise —les dijo.
—Hola —saludé, cabeceando, con la mirada puesta en todos y en ninguno.
— Aye —respondieron.
Sonreí, incómodo, porque todos los ojos estaban en mí. Luego se dijeron algo entre ellos. El guardia fortachón nos abrió otra puerta con una llave enorme y dejamos aquella sala. Y… ¿adivináis qué?
Había otro pasillo.