CAPÍTULO 26
De charlas por largos corredores
En cuanto salí, Altaxio se puso en pie, se colocó el libro bajo el brazo y se quitó las gafas. Gestos que debía de tener más que interiorizados porque los hacía de un modo ágil y natural. Tras soltar un silbido, dijo:
—Menudo cambio.
—Llevaba quince kilos de mierda encima.
—Madre mía… —dijo entre risas, colgándose las gafas de la blusa.
—Sí, aquí la tienes. Por más que siga sorprendiéndome —anoté—. ¿Nos vamos?
Anamkha asintió, y nos pusimos en marcha.
Recorrimos otro sinfín de pasillos hasta llegar a un enorme patio de armas.
Vi, al fin, el cielo de Sigmarina sobre mi cabeza.
El sol, ya en su cénit, peleaba con las nubes que llegaban anunciando tormenta.
Eso me dio que pensar. Por un lado, había dejado Rádamo unas horas después del amanecer, y dado el tiempo que había pasado en el laboratorio y después arreglándome, no parecía haber gran diferencia horaria.
Sin embargo, el aire de aquella ciudad olía a primavera y esa tormenta olía también a descarga primaveral.
Cuando salimos de Luara, el verano ya había asomado; en Rádamo, a pesar de los rigores del pantano, el otoño había hecho presencia.
—¿He viajado en el tiempo? —dije perplejo.
Cruzaron entre ellos miradas cuyo significado no supe discernir.
—Me temo que no te entiendo —dijo Anamkha.
—Sí. En Rádamo era otoño, aquí parece primavera. Hace un poco más de frío, pero tampoco mucho.
Ella cabeceó mostrándose de acuerdo.
—Es que estamos en la últimos días de la primavera temprana, en el Aenn Vaeloth.
—El ciclo de Festos, así se le conoce en estas tierras. —Altaxio señaló con el dedo a un punto en el cielo, y llevé la mirada allí—. Recibe su nombre de esa estrella, que durante treinta y cuatro días puede verse incluso con la mayor claridad.
Ciertamente, se veía gorda y brillante como si fuera una luna llena.
—En estos días, y en los venideros de la primavera tardía, celebramos muchas fiestas en honor a las deidades protectoras, así como muchas bodas —continuó él—. No te sorprendas si oyes las campanas de la catedral a cada tanto.
Asentí, sin apartar la mirada del cielo.
—¿Y cómo es posible que así sea? Que haya estado en otoño y ahora esté aquí, en primavera.
—Esa es una cuestión que no podemos contestar, me temo —dijo él—. No porque no queramos, es que no tenemos datos para hacerlo.
—Salvo por los escritos de Ivarix —soltó Anamkha, cuyos firmes pasos repiqueteaban sobre los adoquines del patio de armas.
—Quiero mucho a Ivarix, pero creo que a veces se le va un poco la cabeza, madre.
—No digas eso —regañó ella.
No era la primera vez que oía mencionar a ese tal Ivarix. Había inventado el reloj de Azkena, así que avispado debía de ser.
—¿Alguien me dice qué son esos escritos? —quise saber.
—Ivarix elucubró sobre la existencia de otros continentes y hasta se atrevió a hacer un mapa del mundo siguiendo los cálculos de la posición del sol, las estrellas, los residuos de la magia y los restos de minerales poco comunes aquí que halló en algunas aves.
Según él, las hay capaces de volar de un continente a otro, pero… —suspiró— son solo teorías.
—Sin duda alimentadas por su perniciosa costumbre de dormir poco —dijo su hijo. Hubo cariño en su voz, preocupación, más que reproche.
A medida que nos adentrábamos en el centro del patio, el bullicio de la guardia y los cortesanos, yendo de aquí para allá, se hizo más notable.
Regresaron las solemnes miradas y las reverencias.
Anamkha y Altaxio siempre sonreían amablemente y respondían con un cortés cabeceo.
Me recordaban a Háchpirey en la Corte de Ardacia.
Dejé de lado la cuestión del cambio de estación, en pos de poder resolverla algún día, y les pregunté:
—¿No os cansáis de tanta reverencia?
—Mucho. Prefiero estar en el bosque —respondió ella—. Sin tanta pompa y ceremonia. Aunque me criaron para esto, con los años he aprendido a disfrutar de otras cosas. Ahora me cuesta dejarlas para cumplir con las obligaciones de mi título.
—Prefieres estar con tus caballos, ¿no?
—Siempre —contestó su hijo, con un tono respetuoso. No parecía estar echándole en cara que pasase más tiempo con ellos que con él, eso desde luego.
Apretaron el paso, porque empezaron a caer las primeras gotas.
—Si recuperamos Erisias, ¿qué harás? —dije adoptando su ritmo—. Tienes que mandar allí.
—Tendré que partirme entre aquellas cosas que sean mi obligación y aquellas que sean mi devoción. Por Erisias merecerá la pena.
Le dediqué una mirada de ánimos, a la que ella correspondió con una sonrisa. Su hijo soltó un quedo suspiro que hablaba de lo poco que le gustaba la idea de recuperar la ciudad.
—No estás de acuerdo, ¿verdad? Con eso de que tu madre se aventure a recuperar su viejo hogar.
—No quiero que se ponga en peligro —dijo él, amablemente.
—Ni yo quiero que tú sufras y lo haces cada día ayudando a otros —anotó su madre. No entendí eso muy bien, pero no quise interrumpirlos—. Llevo poniéndome en peligro desde antes de que nacieras y no me ha pasado nada nunca.
—Nada, nada… —rezongó él.
Seguí aquella discusión llevando la mirada de uno a otro.
—Cada uno de nosotros tiene un cometido en la vida, ¿sabes? —respondió ella.
—¿Y el tuyo es no saber estarte quieta? —reprochó él, con una ceja alzada.
—Indudablemente, eres hijo de tu padre. —Anamkha bufó y apresuró el paso.
Altaxio se paró en seco. Yo, que di unos pasos más, me quedé en medio de ambos. La mención del padre había tensionado el ambiente entre ellos aún más.
—Estoy orgulloso de ser hijo de mi padre —contestó él, y soltó el aire por la nariz.
Mientras seguía con su camino, sin mirar atrás, su madre respondió:
—No he dicho que no debas estarlo.
Me rasqué el cogote, mirándolos a uno y a otro. El chico, tras suspirar profundamente, retomó el paso. Cuando llegó a mi altura, caminé a su lado. No tenía la menor idea de qué decirle, porque nada sabía de ese asunto y me sentía torpe y fuera de lugar.
—Mi madre me ha dicho que mejor no pregunte cómo has llegado hasta aquí, pero me gustaría saberlo.
—Con magia —respondí sin más.
—Oh, por los dioses… —bufó el pelirrojo, que se apresuró para alcanzar a su madre—. Mamá, ¿cómo se te ocurre?
—En primer lugar, no he sido partícipe. —Anamkha se detuvo al cabo de un gran arco que daba paso a otro patio más pequeño. Nos miró, de brazos cruzados—. En segundo, ha sido un accidente.
Levanté las manos en señal de paz.
—Tranquilos. No se lo diremos a nadie. En cuanto vea a la elfa y recabemos información útil, me iré y aquí no ha pasado nada. Como si no hubiera estado.
—Eso es. —Altaxio posó la mirada en mí—. Esto no se podrá repetir. Estás en Hérenthor, aquí nos tomamos muy en serio el Ynsheran, y lo que has hecho lo es.
Inspiró profundamente por la nariz y lo soltó por la boca. Aquello que me había dicho debía de haberle traído dolorosos recuerdos.
Su madre, tras mirarme con cierta pena, negó con la cabeza y reanudó la marcha. Un gesto confuso se instaló en mi rostro del que pensé no podría deshacerme en todo el tiempo que estuviera allí, porque todo era nuevo y, a ratos, tenso.
Al poco llegamos a una portezuela custodiada por unos guardias, que nos dejaron cruzar sin hacer preguntas.
Enfilamos un largo corredor de techos altos y abovedados, iluminado por antorchas y decorado con largos pendones.
En una trifurcación, tomamos el de la derecha.
Ellos parecían conocerse el palacio de cabo a rabo, pues no titubeaban ante la decisión de tomar un sentido u otro.
—¿Hace mucho que estáis en Sigmarina? —les pregunté.
—Unos años —contestó el chico.
—Mi hijo vive aquí. Yo voy y vengo.
—Depende de las cartas que le escriba mi tío suplicándole su presencia —dijo Altaxio con voz guasona. Se miraron como si, unos segundos atrás, no hubieran discutido—. No puede vivir sin ella.
—Pues yo vivo muy tranquila sin él.
—Tu hermano es mayor que tú, ¿no? —pregunté, pensando en su cabello.
—No, tenemos la misma edad, somos mellizos.
Mellizos. Como Azskar y yo.
—He pensado lo contrario, por su cabello.
Altaxio y ella se dedicaron, una vez más, una peculiar mirada.
—Cosas de su profesión —respondió él—. Suerte tiene de no haberse quedado sin pelo y hasta sin cejas de tantas cosas como le han explotado en la cara.
Su madre rio, quizá recordando alguna de esas veces.
—En mi compañía de mercenarios había un tipo que siempre que se emborrachaba perdía la cabeza.
Iba por Paltia con una antorcha en la mano voceando el nombre de una mujer que se había ido con otro.
El marido de ella preparó un tubo con no sé qué cosa inflamable para que, cuando pasase por delante de su casa, en contacto con el fuego…
Bueno, ya os lo podéis imaginar. —Hice el gesto de una explosión.
—¿Y qué pasó con él? —preguntó Anamkha mirándome con interés.
—Que explotó, y la casa también. Y los cinco edificios colindantes.
Hubo una semana de luto, pero como en Paltia es costumbre beber en honor al muerto, acabamos todos borrachos.
Un grupo de muchachos de un pueblo cercano aprovechó para hacer una incursión en la ciudad.
Solo venían a molestar, a robar salazones.
Allí hace mucho frío y es lo que más se come en invierno.
Y… ¿por qué os estoy contando todo esto?
—Me froté el cogote, pensativo. Con ella me daba por hablar con los codos. Ni con el bardo hablaba tanto.
—¿Te molesta la capa? —me preguntó.
—No, es que… Es igual. Y esa historia también. Son tonterías mías.
—No le digas eso a mi madre, ella disfruta escuchando las tonterías de todo el mundo. A veces, hasta la gente se las cuenta sin que ella pregunte. En eso es igual que mi tío.
—Hay que escuchar a las personas, Altaxio, eso lo sabes bien. Nunca debemos olvidar que cada uno libra sus propias batallas. Una palabra amable puede cambiar sus vidas.
—O una flecha amable, también —me reí.
—Eso se le da mejor que escuchar incluso. —Altaxio rio también.