CAPÍTULO 25 #2
—¿Es esto el mar? —dijo Aralda.
—Yo diría que no. Parece una habitación normal y corriente. Normal y corriente, normal y churruciente — cantó Arapirey.
A saber qué era churruciente. Igual alguna palabra en araño mal traducida.
—Casi me había olvidado de vosotras —dije.
Por si a alguien no lo recuerda: son dos arañas que se metieron entre mis ropas, cual polizones en un barco, para huir de los túneles. Les prometí que las llevaría a ver el mar, de ahí su pregunta.
—¿Desea algo, señor? —quiso saber una de las doncellas.
—No, hablaba solo. —En voz muy baja, sintiendo las finas patas recorrerme el cuello hasta colarse en el pelo, dije—: Voy a bañarme, y esas ropas se las van a llevar a limpiar, así que más vale que os pongáis en un lugar seguro.
—Buscando un lugar seguro ¡ahora mismo! — Aralda se descolgó, seguida de Arapirey—. ¿Y luego vamos a ver el mar?
—Iremos a ver el mar en cuanto pueda.
Soltaron un grito de felicidad y se perdieron de mi vista.
Me rasqué el cogote, preguntándome en qué momento hablar con los animales se había convertido en algo que ya no me sorprendía.
Tras el baño, parecía un hombre nuevo. Aunque las piezas de armadura seguían siendo las mismas, las habían limpiado a toda prisa y brillaban como nuevas.
La blusa y los pantalones eran de azul muy oscuro, y me quedaban perfectos.
Las botas crujieron al ser estrenadas. Estaban repujadas en algunas partes, con filigranas, pero no era nada recargado, así que no me quejé.
Guardé mis pertenencias convenientemente en los bolsillos.
Estaba delante del espejo de pie que reposaba en una esquina de la habitación, tratando de colocarme el flequillo, cuando Anamkha llegó.
—¿Quién eres tú y que has hecho con el tipo mugriento que apareció en el laboratorio? —dijo tras soltar un silbido.
—He escondido su cadáver en el armario. No se lo digas a nadie. —La miré en el reflejo y la vi reír, traía doblada una prenda de un bronce anaranjado—. ¿Qué llevas ahí?
—Tu nueva capa.
Se aproximó hasta estar a mi lado y me pidió que me girase. Cuando lo hice, la puso sobre mis hombros. La tela se acomodó a la caída de mi cuerpo, ligera y cómoda.
—¿Quieres que la cierre con su broche o…?
—Sí, el otro prefiero guardarlo, no querría perderlo.
Anamkha sacó de su bolsillo un broche de plata con la forma de un unicornio. El cuerno era parte de la hebilla que prendía la fíbula, y estaba revestido de un brillante esmalte ónice.
—La insignia de Sigmarina —musité, y ella asintió—. Los unicornios son criaturas mitológicas en Luara, pero ¿aquí existen?
—En algunos lugares dicen haberlos visto, aunque no son habituales, desde luego.
Si es la insignia de Sigmarina es porque, hace largos años, alguien le dijo a mi hermano que él era como un unicornio.
—Ese alguien debía de ser una persona importante, por cómo sonrió al mencionarlo—.
Un unicornio negro, por el color azabache de su pelo.
Cuando ocupó el trono, adoptó el animal como su insignia. ¿Te gusta?
Me miré al espejo y solté un gruñido de aprobación.
—El broche y la capa son preciosos. Aunque no soy mucho de bordados, no está muy recargada. —Moví los brazos, di saltos y giré sobre mí mismo—. Además, es muy cómoda.
—Aunque la tela es liviana, podría resguardarte de un aguacero y de temperaturas extremas. Hasta de una flecha.
—¿Qué? —Pestañeé sorprendido.
—De una flecha diminuta que fuera como una aguja —bromeó—. Es una buena capa, ya lo verás. Es de manufactura élfica.
—¿Élfica? —Arrugué la nariz.
—No de esos elfos que tú conoces, no pongas esa cara. Sigmarina tiene un acuerdo comercial con ellos, así que estos son civilizados, la mayor parte del tiempo. —Torció el gesto, en una mueca divertida—. Bueno, ya estás listo. ¿Nos vamos?
Mientras me acomodaba bien las armas, señalé que ella no llevaba ninguna.
—¿Y tu arco?
—En mi dormitorio. Azkena no me deja entrar en la Academia con él. La última vez que lo hice, clavé la capa de un alumno con una flecha en una puerta de madera.
—¿Y eso es malo?
—Sí, porque el alumno la tenía puesta —dijo con cara de circunstancias.
Reí con los labios cerrados.
—¿Y qué hizo para ganarse semejante detalle por tu parte?
—Se estaba metiendo con una compañera, exigía sus apuntes con amenazas.
—Yo le habría clavado un ojo a la puerta, pasando por el cerebro, fuiste demasiado buena.
—Ya, eso mismo le dije a mi hermano, peeerooo —se encogió de hombros— él manda. Aunque no te preocupes, no voy desarmada.
La miré de arriba abajo y hasta la rodeé.
—Si lo dices por esa daga que sacaste para cortar el mechón…
—No. Llevo una espada, solo que no la ves.
Enarqué una ceja.
—¿Cómo vas a llevar una espada y no voy a verla? ¿Es esa esmeralda que llevabas en uno de mis sueños?
—Supongo que sí.
Anamkha pronunció unas palabras que no entendí y rozó levemente su cadera derecha. Al hacerlo, apareció, enfundada en una vaina blanca y pendiendo de un cinto de igual material, aquella espada. Vista de cerca, la empuñadura era deslumbrante.
—Por todos los dioses, si vieran tantas esmeraldas juntas en Ledaria les daría una embolia. ¿De dónde has sacado esa espada? No he visto nada igual, jamás.
—Es una espada mágica, regalo de alguien especial. Vámonos. —Tras otro gesto de mano, la espada desapareció de mi vista.
Anamkha, al punto, echó a andar.
—Oye… —llamé.
Se detuvo en la puerta y se giró. Apoyada en el marco, me miró con gesto interrogante.
—Gracias —dije.
—¿Otra vez? —soltó con una sonrisa—. Haremos muchas cosas el uno por el otro, no hace falta que me des más las gracias todo el tiempo.
—Te daré las gracias las veces que me dé la gana, pelirroja. Andando.
Soltó una carcajada y dejó la estancia. Fui tras ella, sintiéndome algo más tranquilo.
O, al menos, intentando no pensar en la cagada monumental que había cometido sin querer; tratando de no idear doscientos escenarios en los que, cuando regresase, los encontraría a todos muertos sin que nada hubiera podido hacer por ellos.
—Maldita magia divina… —mascullé—. Y maldita cabeza la mía.