Málakor 4 CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

De caer en la cuenta de la realidad y de un bonito regalo

Los aposentos, de buen tamaño, estaban llenos de cosas inútiles como jarrones, cuadros o un dosel en la cama.

Al bardo le habría encantado, a mí… me daba igual.

Solo estaba allí de paso. Los colores reinantes seguían siendo los mismos, y aunque el estilo era refinado, no hacían tanta gala de ostentación como en Ardacia.

Había una chimenea y unos ventanales, vestidos con cortinas de un gris acerado, desde los que se veía un cielo por el que transitaban dispersos nubarrones.

Me acerqué a curiosear. Casi me caí de espaldas.

No por la altura, aunque estábamos en una planta alta, a eso estoy acostumbrado, es que Sigmarina era enorme.

Perdí la vista por las hileras de tejados que coronaban las miles de casas, de entre cuatro y seis plantas, con chimeneas por las que salían los humos del hogar.

Calles serpenteantes, empinadas o llanas, discurrían entre ellas.

Había jardines aquí y allá, plazas, fuentes; cúpulas, quizá de templos, y palacetes.

La piedra blanca y gris de las fachadas contrastaba con el marrón rojizo de las tejas.

Bandadas de golondrinas surcaban el aire.

Algunos gatos corrían por los desagües. De todas partes llegaba el sonido de la vida en sí misma.

Risas, conversaciones, mercaderes vendiendo sus productos.

Alguna oveja balando. El cencerro de una vaca.

—Por todos los dioses —dije boquiabierto—. ¿Cómo dais de comer a tanta gente?

—Esto que ves es solo el núcleo, donde está la Corte de Sigmarina.

A apenas unos cinco minutos de camino, tomando el sendero norte, a nuestra espalda, hay una decena de barrios amurallados.

La ciudad no puede crecer más en esta zona, a causa del mar y los desniveles de terreno.

Pasados esos barrios, hay cuatro villas más, amuralladas también, que pertenecen a la capital, así como una docena de aldeas.

—Anamkha se apostó a mi lado y observó la ciudad como si fuera la primera vez que la veía—.

Por fortuna, de momento, no falta comida. Produce y comercia cuanto puede.

Más allá del término de las altas murallas que la protegían, se advertían campos de frutales, cultivos y, después, altos acantilados blancos y el ancho mar. Los caminos estaban llenos del ir y venir de los carros de mercancías. A veces, el aire arrastraba un notable olor a heno.

—Aunque si este verano es igual de caluroso que el anterior, quizá tengamos problemas de abastecimiento —anotó ella.

Pensé en mi madre, en su ausencia, y asentí.

—Esperemos que no sea así. Pasar hambre no es algo que le desee a nadie. —Perdí la vista en uno de los patios del castillo, repleto de soldados entrenando—. Una ciudad tan grande tendrá un ejército adecuado a su poder.

—Lo tiene.

Giré la cabeza para mirarla.

—Entonces no sé por qué me necesitas para recuperar Erisias de quienquiera que te la haya usurpado.

—Porque estabas en ese sueño —respondió, con su mirada puesta en la mía—. Eso es un hecho que no ha de ser ignorado. Está escrito en el destino, igual que nosotros.

—Me dijiste que, en ese sueño, te decía: «Recuperaré Erisias aunque sea lo último que haga». Sé que hay algo más, aunque te excusases diciendo que tu hermano adornaba los diálogos de lo que soñaba. ¿Qué era, Anamkha?

—Me acojo a mi derecho a no hacer declaraciones. —Se alejó del ventanal.

—¿Desde cuándo estamos en un tribunal? Dímelo. Tan malo no será.

—Podría serlo. —Las mejillas se le volvieron fuego—. No insistas más, no te voy a decir nada. Cuando llegue el momento, lo sabrás. ¿Sabes lo que sí haré? Enviaré a unas doncellas con lo necesario para el baño y unas mudas limpias, alguien que conozco tiene tus hechuras.

—Me estás mirando como si fueses a echarme entero a la chimenea. No te lo recomiendo, los cuerpos cuando se calcinan huelen muy mal. Iban a quejarse en palacio, y no quieres eso, Maes Ir —anoté con burla bienintencionada.

Sacudió la cabeza mientras reía.

—Sí, tendremos que quemarlo todo, porque no creo que nada pueda salvarse. Ni siquiera las botas. Aunque a las piezas de armadura —las evaluó con la mirada— les bastará con una buena limpieza.

—Está bien, pero no quiero perder la capa. —Pasé los dedos por el filo—. A pesar de mis reticencias en Knegara, significa muchas cosas. Aunque al menos podré conservar el broche de enredaderas. Eso no ha sufrido tanto los rigores del camino.

—Son un regalo de alguien especial, imagino.

—Sí, me los dio… —me costaba decir su nombre sin que todo se me revolviera por dentro— Leyla.

—No te preocupes, nada le pasará. Pediré que la limpien y la remienden para que puedas llevártela cuando te marches, pero si te cogiera una tormenta con ella, te calarías. Te traeré una nueva, ¿te parece?

—Gracias, pero que no sea de color negro. Eso… me trae malos recuerdos.

Pareció que quisiera preguntarme por qué; sin embargo, cerró los labios y asintió. Cuando se giró para marcharse, observé el movimiento de las puntas de su cabello al andar. Rojo sobre negro. Pero un rojo sobre negro que me hizo sonreír.

Pensar en que volvería a verla en un rato, que no se esfumaría como habitualmente, que podría echar a correr tras ella y retenerla, me llenó el corazón de una sensación cálida.

También de un choque de realidad que me mareó.

Estaba muy lejos de cualquier punto del mundo que conociese.

Me había ido sin decir nada. Eso era lo peor.

Mis amigos se preocuparían, perderían el tiempo y los nervios buscándome, tal vez hasta correrían peligro por ello en el lugar inhóspito que era Ítaro para todos.

Eso sin contar que me esperaba una reprimenda horrible a mi vuelta. Si es que podía volver.

Si es que podía volver.

No supe si fue porque mi cerebro, hasta entonces, no había procesado del todo la situación, o si solo la había procesado a medias, pero, en ese momento, me derrumbé. La angustia se me hizo más pesada que si tuviera que sostener el mundo sobre los hombros. Los ojos se me humedecieron de golpe.

—¿Y si no puedo regresar? —Apoyé las manos en las caderas, mirando a mi alrededor, mientras sentía que las paredes se estrechaban y que, si no salía de allí, terminarían por aplastarme —.

¿Qué voy a hacer aquí? Mis amigos están en Rádamo…

Xelirian está solo. Háchpirey no sabe el peligro que corre.

La maldita guerra… ¿Y si no puedo volver?

¿Qué voy a hacer? He sido un imprudente. ¡Un imprudente!

Alguien llamó a la puerta, así que me froté los ojos a toda prisa. Aunque las lágrimas no habían terminado por salir, me escocían, debía de tenerlos enrojecidos. Di paso, y me llevé una sorpresa al ver que era Anamkha.

—He olvidado decirte algo, tienes… —Me miró ceñuda—. ¿Has llorado?

—No, se me ha metido… —Miré de reojo a una cómoda, sobre ella había un jarrón con una especie de margaritas de hojas doradas—. Soy alérgico a esas flores.

Anamkha fue hacia ellas y sacó una del jarrón.

—Qué curioso, porque son de tela. —La agitó ante ella—. Aunque pudiera ser que fueras alérgico a la muselina, quién sabe.

Me eché el pelo hacia atrás en un gesto nervioso y fui a sentarme al filo de la cama.

Reinaba en la pared norte de la habitación, vestida con una colcha dorada y varios cojines.

La madera con la que estaba hecha me pareció tan oscura como mi futuro en esos momentos.

Apoyé los codos en las rodillas y la frente en la palma de las manos.

Solté un resoplido larguísimo, en el que iban todas mis tribulaciones.

Anamkha se sentó a mi lado y me puso la mano en la espalda.

—¿Qué te pasa?

Por el rabillo del ojo, la vi inclinada, mirándome. Ladeé la cabeza y me perdí por unos momentos en el brillo amable de su mirada.

—¿Y si no puedo volver, Anamkha?

—Tenemos que confiar en que podrás hacerlo. Además, has dicho antes: «No pasa nada, me quedaré aquí», y parecías muy convencido.

—No sé —volví a frotarme la frente—, la realidad se me ha venido encima.

—Si quieres te la quito y la quemo también con el resto de tus cosas.

—Eso de quitarme algo ha sonado interesante —le dije con media sonrisa, para hacerla reír y, de paso, reírme yo.

Lo conseguí, porque soltó una risa corta mientras se incorporaba.

—Si no supiera que haces bromas para rebajar la tensión, te daría con un cojín. No, voy a darte con un cojín igualmente.

Tiró de uno y me arreó con él en la cabeza.

—Me lo he ganado, sí —dije entre risas, incorporándome—. Perdona, me he agobiado.

Anamkha chasqueó la lengua mientras se preocupaba de dejar el cojín tal y como estaba.

—No pidas perdón por expresar lo que sientes, no al menos a mí. —Me dedicó una franca mirada—. ¿Sabes una cosa? La primera vez que te vi en sueños, pensé que eras un tipo rudo, así tan grande y fuerte, de esos que no expresan sus sentimientos.

—Es que solo lo hago con pocas personas.

—Pues me alegro de ser parte de ese grupo exclusivo de gente. —Su sonrisa, una vez más, me hizo sonreír también—. Puedes irte ahora mismo si quieres, Altaxio y yo nos apañaremos con la elfa, y te lo contaré, como ya te he dicho antes.

—No, no. Me arriesgaré. Tal y como he dicho antes también.

—Muy bien. —Me palmeó el hombro—. He vuelto para decirte que en ese mueble hay agua y fruta. —Señaló un aparador de madera oscura, cerca del ventanal—. Por si quieres comer algo.

—Gracias, lo haré.

—¿Puedo irme?

—Tú verás si puedes, tienes dos piernas para andar.

—Me refiero a si puedo dejarte solo, si estás bien ya —dijo riéndose.

—Sí, estoy bien, gracias. Una vez más.

Se despidió con la mano y me dejó a solas.

Como había comida, el trago se me hizo más fácil.

Devoré las tres manzanas que había en el mueble y me bebí la jarra entera de agua.

Apenas había soltado un eructo satisfecho, llegaron un montón de doncellas.

Me prepararon una bañera de agua bien caliente.

Estaba punto de quitarme la ropa cuando escuché una vocecilla pegada a mi oído.