CAPÍTULO 24 #2
—Es complicado. —Anamkha empezó a andar y nos hizo un gesto para que la siguiéramos— Luego iremos a ver a la elfa, ¿vienes? Quizá necesite tu ayuda.
—Sí —dijo Altaxio muy animado—, creo que le hará bien mi presencia. Aunque no sé si me entenderé con ella, ¿qué lengua habla?
Se alejaron, parloteando sobre tal cuestión.
Solté un suspiro de dudas y agotamiento.
A mi derecha, vi una especie de trucha con dientes de dragón, escamas verdosas y los ojos como los de una vaca a la que hubieran contagiado de la rabia, si es que eso es posible.
Arrugué la nariz y, aprisa, los seguí. Los alcancé al tiempo en que torcíamos para enfilar otro corredor.
—¿Es que aquí regalan pasillos? No había visto tantos en mi vida.
—El laboratorio comunica con los sótanos de la Academia que, a la par, comunica con los sótanos de palacio —explicó Anamkha—, y sí, hay muchos corredores.
—Perfectos para estirar las piernas. —El chico se palmeó con ánimo los muslos.
—¿A qué te dedicas exactamente? —le pregunté.
Iba a mi derecha; su madre estaba al otro lado de él.
Su madre. Anamkha tenía un hijo. ¡Un hijo!
¿En qué momento había pasado a ser la mamá de alguien?
Los hijos no surgen como champiñones, llevan su proceso.
No sé, nunca me la había imaginado con hijos, pero, claro, es que esas cosas no se llevan grabadas en la cara.
¿O sí? No tenía experiencia en la materia como para dirimir tal cuestión.
Pero había otras que me golpeteaban con fuerza: ¿Quién era el padre? ¿Estaba casada?
—… y eso es lo que hago —concluyó Altaxio.
Digo concluyó porque tenía pinta de que me había contado un montón de cosas mientras yo lo miraba, seguramente asintiendo, aun cuando mi mente estaba en otra parte.
—Qué interesante.
—Sí, claro, criar ranas en un estanque en medio del desierto y cortarles el pelo todos los días es una práctica muy interesante —dijo él, a lo que ella soltó una risa de esas que salen entre los labios primero y que suenan como una pedorreta.
—¿Os estáis cachondeando de mí? —Alcé una ceja.
—No, es lo que te he contado, como no me estabas prestando atención…
—Perdona. —Me froté la frente—. Es que no me esperaba… Es igual, ¿puedes contarme a qué te dedicas? Juro que te escucharé esta vez.
Me puso al corriente, en tanto que recorríamos un pasillo tras otro.
Fuimos dejando atrás aulas que estaban cerradas, pero desde las que llegaba el sonido del profesor dando clases o de los alumnos haciendo cuestiones o resolviéndolas.
Al menos era más tranquila que la Universidad de Ardacia, porque no había bardos inexpertos chillando como gorrinos.
En resumidas cuentas, el hijo de Anamkha era médico y clérigo.
Me acordé de aquella conversación que tuve con Carena hace unos mil años en los que ella me contó que su padre lo fue.
—No sé si asumir que los clérigos son iguales en todas partes o hacerte un montón de preguntas.
—Pregunta lo que quieras —dijo amablemente.
—¿A que deidad sirves?
—Thaliz. La diosa de la Luz. Y sí, tenemos permitido casarnos, beber y hacer una vida normal, si es que va a ser tu siguiente pregunta —dijo amablemente.
Me rasqué el cogote.
—No iba a preguntarte por eso, lo que cada uno haga y en la cama de quién se meta me da igual, solo quería saber si habías sido tú quien le cosió esa cicatriz a tu madre.
Él la miró esperando un gesto de aprobación. Cuando ella asintió, dijo:
—Sí. Cuando la encontré.
—¿La encontraste?
—En…
Anamkha tiró de él y lo hizo andar más rápido, cortándole las palabras de golpe.
Solté un quejido, rozando el enfado, y los seguí. Para una vez que quería que me contasen cosas, no era posible. Esto debía de ser una broma de los dioses. De Damien, específicamente, por más que Azani hubiera impuesto la restricción, seguro que él estaba detrás, jactándose en mi cara.
Al cabo de unos pasos, llegamos frente a unas enormes puertas dobles de metal, custodiadas por dos guardias.
En cuanto nos vieron llegar, nos granjearon el paso sin hacer preguntas.
La siguiente estancia era asombrosa, en nada tenía que ver con los pasillos de la academia, como tampoco nada tenía que envidiarle a la Corte de Ardacia.
Habíamos llegado a palacio, no me cupo duda.
A medida que avanzábamos, vi más tapices (muchos), cuadros, frescos, molduras…
El negro, el verde, el blanco, el naranja y el bronce predominaban por doquier.
Supuse que debían de ser los colores de aquel reino.
El nombre de Sigmarina estaba grabado en paredes y bordado en estandartes o en las libreas de los guardias con los que nos cruzábamos, adornados con el unicornio negro.
Obviamente, no tenía la menor idea de dónde estaba situada esa ciudad en concreto, y pensé en que tenía que haber ojeado aquel mapa de Kebarenis, pero lo que sí supe, con absoluta certeza, es que madre e hijo eran importantes allí.
Todos con los que nos cruzábamos se reverenciaban ante ellos, para después mirarme como si olieran cajones apolillados, quizá preguntándose de dónde me habían sacado.
—¿Por qué os hacen una reverencia? Y os han llamado…, yo qué sé, palabrejas raras.
—Maes Ir y Daes Ir. La primera es la forma de referirse a la hermana del rey, equivale a princesa; la segunda, a los sobrinos, equivale a duque en la lengua culta de este reino —explicó ella—.
Es la que se habla en los templos y en la Corte.
El pueblo emplea dos lenguas: el común, con algunas expresiones y palabras propias, y otra: el sigmari.
Además de otro sinfín de ellas, dependiendo de la necesidad.
Sigmarina es un núcleo comercial importante.
Todo eso último pasó por mi mente sin más, como cuando el bardo me da explicaciones que no he pedido, pero también porque una pregunta lo ocupaba todo:
—¿El mismo hermano que yo conozco?
—Sí, mi tío Azkena —contestó el muchacho, que fue a sentarse en un banco del pasillo. Se puso las gafas y abrió el libro—. Os esperaré aquí.
Pestañeé sorprendido, encogiendo el cuello, mientras procesaba aquella nueva noticia: Azkena de Erisias era también Azkena de Sigmarina, el pulecoronas de aquel lugar.
—¿Vamos? Anamkha empujó otra gran puerta.
—Sí, princesa —dije con tono burlón.
Ella, sin más remedio, se rio.