Málakor 4 CAPÍTULO 24
27%

CAPÍTULO 24

De una sorpresa y una ciudad enorme

Dejamos el laboratorio y enfilamos un largo corredor cuyas paredes estaban atestadas de vitrinas.

Caminaba junto a Anamkha, a un ritmo ágil, entretenido en observar cuanto iba descubriendo a mi alrededor.

En algunos aparadores se exponían libros en lenguas que ni el bardo se habría atrevido a soñar.

Me rocé la pulsera con la yema de los dedos, rememorando el hecho de que pudiera conocer ahora la de los dioses. Esa que latía en lo más hondo de mí.

—Quién me lo iba a decir… —dije para mis adentros, aunque en voz alta.

—¿El qué? —preguntó Anamkha.

Le mostré la pulsera, sin dejar de caminar a su lado.

—Es hermosa —dijo mirándola hipnotizada.

—Me la regaló Kebarenis. La dragona bibliotecaria. Gracias a ella puedo entender a mis antepasados por mi lado divino. Leer los mensajes que dejan. Pensaba en eso.

—Así que eres un Lector de Profecías. —Sonrió ampliamente—. Conozco a uno.

Ni me sorprendí porque la pelirroja supiera de aquella cuestión, total, hablaba de los dioses como quien habla del vecino…

—¿Vive aquí? Me gustaría hablar con él sobre esto.

—No. No vive aquí.

Aunque no me dio más detalles, al decir aquello no perdió la sonrisa, así que imaginé que él estaba bien.

—¿Kebarenis te habló de los Néachan? —me preguntó.

—Sé de ellos, sí. Sé que se encargaron de preservar esta lengua que tenemos en común.

—Así es —respondió con entusiasmo, igual que cuando el bardo atendía a algo que le gustaba—. La orden de esos Custodios se estableció en tiempos de la Vieja Religión. Hablaban una lengua del pueblo, por llamarla de alguna manera, y otra más ancestral que empleaban en sus escritos.

Como en el libro que estaba en la cripta del Salchicha, pensé.

—Me dijeron que la piedra de mi colgante se utilizaba por la Vieja Religión para protegerse de los entes malignos.

Y tú me dijiste luego que se parecía a la piedra de Fearann, un mineral que tenía el poder de canalizar la energía del alma y liberarla.

Al final, aquella Sombra fue absorbida por la piedra, pero nunca supe a ciencia cierta qué había pasado con ella.

—Ya me contaste que tu amiga sospechaba que esa piedra era mucho más, y lo es. Si la Sombra entró en ella, aún estará. Conozco a alguien que podría ayudarte con ello. Aunque no vive aquí, tendrá que ser en otra ocasión.

Me miré el colgante, pegando la barbilla al pecho. ¿De verdad había cargado todo ese tiempo con las almas de esas gentes ahí dentro?

—¿Y qué hay de la tuya? —pregunté—. También es mucho más, ¿no?

Sacó el medallón de debajo de sus ropas y lo tendió sobre la tela negra del vestido que resguardaba su escote. El contraste fue tan hermoso que lo miré ensimismado.

—Lo es. —Sonrió—. Y, hablando de las piedras, recemos para que quede algo de energía divina en la tuya. Si no, estarás atrapado aquí, lo cual sería un problema. No tenemos forma humana de llegar a Rádamo.

—Creo que, por una vez, la expresión «no tenemos forma humana» cobra un sentido muy literal, porque seguro que tenéis dragones. Ahora me parece que todo el mundo tiene dragones menos nosotros en Luara.

—Al último le perdí la pista hace años. Estaba hecho de hojas.

—¿Has conocido a un primo de Stholeris?

—Un familiar suyo, sí. Sgothan —respondió ella—. Era bastante más grande que él.

—Como su mamá—. Recordé a esa pequeña cosa verde que había dormido sobre mí, y sonreí tontamente—. Entonces, ¿debo esperar ver algún dragón por aquí?

—Si tuviéramos dragones, ya habría ido a buscarte hace tiempo, si es que alguno hubiera sabido cómo llegar hasta donde tú estabas. Así que no, no hay dragones en esta parte del continente, Málakor.

Sus palabras me conmovieron, y estiré la mano para frotar su espalda, igual que lo habría hecho con Hach, sin embargo, ella apresuró el paso y se adelantó. Pronto supe que había sido porque un pensamiento nostálgico le había cruzado la mente.

—Hasta hace poco pensábamos que solo éramos nosotros —dijo nostálgica—, pero descubrimos gracias a otro náufrago que no es así. Que lo que estaba en el norte sigue en el norte, al menos una parte. Por eso sé que Erisias sigue en pie.

—Quiero hacerte mil…, no, dos mil preguntas acerca de eso.

—Y yo querría responderlas, pero —se encogió de hombros —ya sabes.

—Ya, bueno —me froté la nuca—, lo importante es que recuperaremos Erisias juntos. Quédate con eso, pelirroja —dije con todo mi ser.

Ella asintió, sonriendo levemente, y señaló a las vitrinas.

—No te asustes por cuanto verás en ellas. No sé cómo de familiarizados estáis con todo esto en Luara.

Llevé la mirada hacia allí. Ya no guardaban libros, sino un sinfín de frascos que contenían líquidos de diferentes colores en los que había un muestrario de criaturas extrañas. Vi una especie de murciélago gigante, que en vez de las alas habituales tenía las de un halcón.

—¿Qué diantres es esa cosa? Bueno, todas estas cosas, en general.

—Son aberraciones del Ynsheran, con minúsculas.

—Ah, que las hay con mayúsculas. ¿Y son igual de horribles?

—Mucho peores. Estas son criaturas de la naturaleza, normales, a las que la magia oscura, ya sea de forma deliberada o no, ha perjudicado.

Algunos son experimentos de una mente malvada que salieron mal, otros, simplemente, estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado y, por supuesto, en el laboratorio equivocado.

—Como yo cuando estoy en Ardacia y paso por la universidad en las horas lectivas y oigo cantar a los bardos. —Levanté las cejas.

Ella me miró con una risa asomándole a los labios.

—No sé qué te pasa con los bardos, de verdad. La música es bella.

—Ella bien lo sabe. Deberías oírla cantar —dijo…

—¿Quién ha dicho eso? —Oteé en derredor, con la mano en la empuñadura de la espada.

Del hueco entre dos estanterías emergió una figura que, a la tenue luz de las antorchas del corredor, resultó amenazante en primera instancia.

Cuando esa luz le dio del todo, me di cuenta de que no era más que un chico joven con aspecto de no haber roto un plato en su vida.

Uno de esos muchachos con pinta de estudiosos.

Un libro en la mano, que cerró al girarse para mirarnos; lentes sobre la nariz, como las del lagarto; aunque sus ojos, de un azul oscuro, no se veían aumentados por ellas.

Vestía una casaca abierta, dorada, que le llegaba hasta los tobillos, sobre pantalones y blusa negra.

Lo que más me sorprendió fue que era tan pelirrojo como Anamkha.

Llevaba el pelo cortado un poco más arriba de los hombros, tan frondoso y rizado que no se le veían las orejas.

—No te preocupes. —Ella me puso la mano en el brazo, así que bajé la guardia—. Altaxio siempre anda escondido en alguna parte. Cuando no está en el templo, le gusta pasar desapercibido.

—¿Es eso posible en un sitio como este? Seguro que está lleno de alumnos, aunque no nos hayamos cruzado con ninguno —dije.

—Están en sus horas lectivas, en otro ala de la Academia —respondió él—, y aquí siempre hay algún rincón donde esconderse.

Como ya sabía qué eran unas horas lectivas, no perdí el tiempo en preguntar.

Él se quitó las lentes y las colgó del cuello de su blusa. Tenía un río de pecas sobre la nariz y las mejillas. Esbozó una sonrisa que yo había visto en alguna parte.

—Hola, mamá —dijo entonces, y se acercó a abrazar a Anamkha.

Casi la levantó de la efusividad que mostró al hacerlo.

Me froté los oídos, por si se me habían quedado taponados por la mugre y en vez de mamá realmente había dicho: «mata», «salsa» o «papa».

Lo que sea. Todo menos mamá, porque Anamkha…

La miré perplejo. ¿Cuántos años tenía como para haber sido madre de un muchacho que, a mis ojos, estaba entre los veinte y los treinta? Era físicamente imposible.

—Por todos los dioses, no me aprietes tanto —se quejó ella, aunque riéndose.

Altaxio la besó en las mejillas y luego en la frente, poniéndose de puntillas porque era más bajo que ella.

—Mamá, he descubierto una subespecie de la aguilacea moribundia , cerca de las montañas. Creo que será más efectiva para las hemorragias internas que la otra. ¿No te parece maravilloso?

—Eres increíble. —Le devolvió aquellos besos. Luego se giró hacia mí—. Él es Málakor.

—Málakor… —me estudió antes de volver a sonreír—, mi madre me ha hablado mucho de ti, al igual que los dioses.

Avanzó hacia mí, con el libro bajo el brazo y una mano al frente, presto a saludarme.

—Con vosotros ya no me siento el chalado de la fiesta que habla con los dioses. Es reconfortante —dije, aproximándome también.

Nos estrechamos la mano. Ese chico destilaba una energía vibrante que se notó en su gesto y que percibí también en los colores de su aura. Todos vivos y limpios. Hermosos como los de su madre. Había algo en él que me recordaba a Xelirian, a pesar de que no se parecían.

—Me alegro de verte por aquí. En carne y hueso. Pero ¿cómo has llegado?

—Mejor no preguntes —dijo Anamkha, a lo que yo asentí.

—Una cosa… —carraspeé—, ¿la has llamado mamá?

—Eso he hecho, sí. —La miró con un leve reproche—. ¿No le has hablado de mí?

—No le puedo hablar de mi pasado.

—Pero yo estoy aquí, no soy tu pasado —refunfuñó él, señalándose el pecho.

—Lo sé… —resopló ella—, no ha sido con mala intención. Sabes que siempre hablo de lo orgullosa que estoy de ti.

—No pasa nada —medié—. Supongo que no es una cosa que haya podido soltarme en una de nuestras conversaciones como si nada. «Hola, tengo un hijo de… entre veinte y treinta años, aunque yo aparente tener más o menos esa edad».

La mirada que se dedicaron entre ellos presagiaba un secreto de proporciones dracónicas.

—Voy a llevar a Málakor a unos aposentos para que se aseé —dijo ella aprisa—. No puedo andar con él así por Sigmarina.

—Desde luego que no. Cualquier desprecio a la higiene se considera delito de alta traición.

—¿Otra vez cambiando de opinión cuando sale a la palestra un asunto complicado? —Apoyé las palmas de las manos en las caderas, mirándolos de hito en hito—. ¿Es que ahora vuestra edad también es un misterio?