Málakor 4 CAPÍTULO 23 #3
26%

CAPÍTULO 23 #3

—Pero es que si yo te traigo a mi perro también te digo «cuida de él», ¿sabes?

Esto no es un cuida de él en plan normal.

Que no le falte comida, que esté cómodo o que…

—me encogí de hombros, mientras hacía aspavientos—, o que, no sé, que tenga dónde cagar, ¿eh?

Esto es: «Cuida de tu amigo porque le querrán rajar la garganta para sacarle la sangre y alimentar a las huestes de la maldita Ciudad Maldita». Valga la redundancia.

Apoyó una mano en la mesa y se rascó también detrás de la oreja.

—Ahora que lo recuerdo, te dije que cuidases de él como un tesoro. Específicamente.

—Vas a dejarme por mentiroso por… —levanté el dedo índice— ¿una palabra?

—El léxico es importante. —Se encogió de hombros.

—El léxico —resoplé—, no sabía que estuviera hablando con el bardo. Lo que nos lleva de vuelta al meollo de la cuestión: ¿Por qué no especificaste exactamente el peligro que corría? Y… el que corrías tú, porque tú también me preocupas.

—¿Te preocupo? —dijo con media sonrisa guasona.

—Creo que ya he demostrado bastante que me preocupas, no te burles. Eres la maldita mitad de mi destino, te lo recuerdo, ¿qué pasará si te sucede algo? No me puedo quedar sin la mitad de algo, ya me he quedado sin un dedo.

Puse una mueca que debió de verse graciosa porque se aguantó las ganas de reír.

—No puedo contigo… —resoplé, y me descoloqué de nuevo el flequillo.

—Lo siento. Ha sido gracioso.

Se acercó a mí y me lo colocó convenientemente con suavidad.

—¿Me vas a contestar de una maldita vez? ¿Cómo puedes estar tan tranquila sabiendo que hay gente que te persigue por tu color de pelo para hacer círculos de sangre con tus entrañas?

Arrugó un poco la nariz, como si hubiera imaginado aquello.

—Es mejor que esté tranquila; no quieres verme enfadada ni disgustada, créeme.

—Me daría igual verte enfadada, sabría cómo apañármelas, tengo experiencia en lidiar con arqueras comehierbas con carácter, lo que no me gustaría es verte triste, eso no.

Esbozó una sonrisa dulce.

—¿Es por esa chica de la que me hablaste?

—Sí, es por ella.

—¿Habéis arreglado vuestras diferencias?

—Somos solo amigos —suspiré—. Hemos puesto unos túneles de por medio, luego un pantano y ahora… un océano. O lo que sea que haya entre Rádamo y Sigmarina.

Tras unos segundos en los que solo me miró a los ojos, aunque tuve la impresión de que perdida en sus propios pensamientos, dijo:

—¿Y será así para siempre?

—Sí, definitivamente. Lo mío con Leyla me consumía. No había paz en eso, y necesito sentir un poco de paz con algo, alguna vez en mi vida. Pero todos nos enamoramos, ¿no? Todos tenemos un amor que nos desgarra, que nos complica, que es inconveniente.

—Lo tenemos, sí, y aun así nos gusta. Y no lo soltamos hasta que no nos damos cuenta de que solo es un aprendizaje más en el camino, no la lección definitiva.

—Yo no lo habría dicho mejor. ¿Tú ya tienes tu lección definitiva?

—Mi lección definitiva… —El aire escapó de entre sus dientes pesadamente—. Es igual, centrémonos en otras cosas.

Asentí, no quería incomodarla. Supuse que algún día me lo contaría.

—No puedo contestar a la pregunta sobre los pelirrojos, ya lo sabes, ni contarte por qué quieren nuestra sangre, solo asegurarte que no me pasará nada donde estoy.

—Apartó la mano, lo que me hizo bajar también la mía—.

Lo peor con respecto a eso ya ha pasado para mí, al menos mientras esté en un lugar seguro.

Sin embargo, diría que tu amigo corre peligro en el lugar en el que se encuentra ahora, pero Tékim lo sabe, así que lo mantendrá protegido.

Eso me hizo sentir algo aliviado.

—¿Por qué conoces Rádamo y no conocías Luara? —quise saber.

—Hace mucho que conozco la existencia de Rádamo, de Ítaro, el propio dios en persona me habló de ella.

No obstante, si sé lo que está pasando es porque encontramos a una mujer entre los restos de un naufragio, hace unos días.

Traía noticias de Ítaro. Mencionó Rádamo, Lerok…

—Se dio toquecitos en la barbilla con el índice, haciendo memoria—.

También la Ciudad Maldita. Dice haber escapado de ella.

La sorpresa que sentí no superó a mis nervios, que fueron aplastantes.

—¿De la Ciudad Maldita? ¿Dónde está esa mujer?

—En una celda. No nos fiamos de ella aún. Es… como ellos. Como los elfos oscuros.

—He de hablar con ella.

—No habla tu misma lengua.

—Los elfos oscuros de los túneles hablan el élfico que tú conoces, creo recordar.

—Ella no es de allí, aunque se les parece en algunas cosas. Su élfico es algo distinto al que conozco. Tiene algunas raíces de las lenguas del norte y un acento un poco menos suave que la lengua arathí. Dice que es de Flig. Una isla.

—¿Dónde he escuchado ese nombre…? —musité, acariciándome la barbilla poblada de vello después de tantos días sin rasurarla—. Tengo que afeitarme.

—Supongo que eso último ha sido un pensamiento en voz alta.

—Sí. Ahora no recuerdo dónde escuché ese nombre, perdóname. Ya lo pensaré. Es igual. Has dicho que su élfico es «algo distinto» —dije esperanzado—, pero no del todo. Así que tú sí te entiendes con ella. De no entenderte, no sabrías todo eso que me has dicho.

Por cómo me miró, con la expresión de quien se da por vencido, me pareció haber ganado la batalla; sin embargo, dijo:

—Hablaré con ella y te diré cualquier cosa que me cuente. Es arriesgado que sigas aquí, Málakor. —Un haz de preocupación cruzó su mirada—. Tienes que ser consciente de que cuanto más retrases tu vuelta, más peligro hay de que no puedas volver.

—El peligro es la salsa de la vida, Anamkha. Es como la sal en las patatas, la grasa de la panceta, los bordes tostados del pan…

El estómago me rugió. Ella se rio con los labios cerrados.

—¿Siempre eres así de imprudente?

—Más o menos. ¿Vamos…? —Señalé la puerta con la cabeza.

—Está bien —suspiró rendida—, pero ni por un saco de plumas de ganso te llevo más allá de este laboratorio con esas pintas. Aquí la gente se toma muy en serio el aseo y la vestimenta. No te afeites si no quieres, las barbas están a la orden del día, lo demás…

—Vale. Lo de las plumas no lo he entendido, pero me parece bien lo de asearme. Te juro que me pica hasta el culo.

—Te conseguiré ropa y calzones limpios —dijo entre risas.

—Gracias a los dioses —suspiré.