Málakor 4 CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

—No conocía esta faceta tuya de sacarme de quicio, Anamkha de Erisias.

—Ni yo la tuya de ser tan gruñón, Málakor Arben, aunque ya sospechaba de ella.

—Sí, recuerdo que me dijiste que tenía cara de gruñir mucho, y creo que tengo derecho a hacerlo. Con respecto a tu pregunta sobre quién me hizo esto, y dado que yo parece que sí puedo hablar de mi pasado, fue alguien de Ledaria. De la maldita letrina del mundo. De ahí vienen los asesinos.

Pensé en si decirle que había sido uno de ellos, de una vez, mas no estaba preparado.

—Me dijiste que alguien que vivía en el Odio, como los elfos, quería hacerte mucho daño, ¿fue él quien te hizo eso? —preguntó.

No sabía si estábamos hablando de más y si Azani vendría a reprendernos, pero me daba igual. Necesitaba responder a esa pregunta y seguir ahondando en la suya.

—Mi hermano.

—Y yo quejándome del mío. —Se llevó la mano a la boca y ahogó una exclamación—. Perdona, no debería de haber bromeado con eso.

—No pasa nada —reí—, yo habría hecho la misma broma.

Esbozó una sonrisa comprensiva.

—Solo auguro para él la peor de las oscuridades y un final que se escribirá con sangre. Esos elfos no son amigos de nadie. Si están a su lado, es porque es lo que es.

—¿Lo que es? —Carraspeé, rascándome el cogote.

—Lo que eres —dijo con calma—. Lo que sois.

—Lo…, ¿lo sabes? —Me acerqué más—. Me importa una mierda si Azani se presenta para pedirte que te calles, Anamkha, ¿cómo sabes lo que soy? No es algo que yo airee ni que recuerde haber hablado contigo.

Giró sobre los talones y se alejó mientras fingía buscar algo en la mesa, porque estaba fingiéndolo, no me cupo duda, en pos de evitar mi pregunta. Fui tras ella y la cogí del brazo para que me mirase. Apretó los labios, con la mirada puesta en la mía.

—No lo guardas en tu memoria reciente, sucedió hace demasiado tiempo.

—¿Demasiado? —dije soltándola suavemente—. No hace tanto que sé de tu existencia.

—Eso mismo pensaba yo. —Estiró la mano y puso un frasco a mi lado, en la mesa, que contenía una sustancia que parecía viscosa—. ¿Puedes meter el dedo herido y mantenerlo dentro unos minutos?

—¿Puedes no cambiar de tema?

—No quiero que tu abuela se enfade conmigo. —Plantó el frasco delante de mi cara—. La he visto enfadada antes, y no me gustó.

Tras resoplar, hice lo que me pedía. Fue como meter el dedo en lodo helado.

—Qué asco.

—Seguro que has metido el dedo en peores sitios.

—Y en mejores.

—Málakor… —regañó riéndose.

—¿Qué? Hablaba de una cerveza fría, ¿nunca has metido el dedo en la cerveza para agitarla si sale con poca espuma? Me parece que tienes la mente un poco sucia.

Volvió a reír, sacudiendo la cabeza aquella vez.

—No vas a decirme cómo lo sabes, ¿no? —insistí.

—Creo que es algo que tienes que descubrir por ti mismo.

—Odio esa frase. —Me removí incómodo.

—Si te mueves, tendremos que repetir el proceso.

—Muy bien. ¿Tampoco me vas a decir quién te hizo esa cicatriz? Si no puedes hablarme de tu pasado, no entiendo por qué eres la mitad de mi destino. Uno debería de poder hablar de todo con la maldita mitad de su destino. No es que seas la mitad de una naranja o un bocadillo. No sé si me sigues.

—Te sigo —dijo riéndose—, y eso mismo pensé yo.

Me descubrí pensando en lo mucho que me gustaba la manera en la que se reía cuando le hacía una broma, como si fuera lo más importante del mundo.

—No sé por qué, tengo una curiosidad abrumadora por saberlo todo de ti. Nunca he querido saber tantas cosas de nadie, ya lo sabes.

—Yo también quiero saberlo todo de ti. —La sonrisa que esgrimió fue tan bonita que me instaló un calor en las mejillas—.

Y eso lo sabes también, pero tenemos que medir las palabras.

Estuve pensando en ti y en lo que esto significa, ¿y sabes qué creo?

Que el propósito de nuestra relación es lo que consigamos juntos.

No lo que nos pasó, ni cuando estábamos separados.

Aunque influya en la manera en la que vemos el mundo, en cómo nos enfrentemos a lo que está por llegar… , en lo que somos.

—Estoy de acuerdo contigo, pero eso no resta importancia al hecho de que quiera saber más de ti. ¿Y si nos hacemos otra de esas preguntas? Esas que quedaron en el aire la noche del claro de los dragones.

—Me acuerdo de todas ellas como si las hubieras pronunciado hace nada —dijo con suavidad.

—Entonces pregúntame la que quieras.

Tras unos segundos, pensativa, lanzó la cuestión:

—¿Cuándo fue la última vez que reíste a carcajadas la broma de alguien?

—No recuerdo cuándo fue, pero sí te diré cuándo será.

En unos minutos, porque vamos a darle una patada a la distancia un buen rato y a emborracharnos a alguna parte.

Así tendremos una excusa que darle a Azani cuando hablemos de más.

Hace tanto que no me tomo una cerveza bien fría. ¿Qué tal son las cervezas de por aquí?

—No están mal.

A pesar de que clavó la mirada en el suelo, vi en ella la punzada que le recorrió el pecho.

—¿Qué ocurre, Anamkha?

—Que las mejores cervezas de Hérenthor eran las de Erisias. Allí celebrábamos la Hora de la Cerveza. Todas las tabernas se llenaban. Los ciudadanos eran felices. Creo que te gustaría.

—Seguro que alguno metía el dedo en ella, si es que tenía poca espuma —dije para hacerla reír.

Lo conseguí, pues soltó una carcajada y me dio un pellizco en el costado. Respingué, al borde de mandar al traste aquella cosa del frasco.

—No te muevas —regañó—. En la mesa hay cosas peligrosas que podrían explotar y mandar al traste la universidad entera.

—Ha sido tu culpa —bufé—. ¿Estamos en una universidad? Espero que no haya bardos. —Miré a todas partes, como si estuvieran escondidos bajo la mesa.

—Los bardos suelen estar en palacio. Aquí se estudia Alquimia y Ciencias Mágicas.

—Ya sé dónde no tengo que ir. —Me rasqué la nariz, con la mano libre—. ¿Por qué tengo el dedo metido en esta cosa? Te lo pregunto muy en serio.

La sustancia alrededor de él se estaba endureciendo; la presión me hacía sentir incómodo. Estaba deseando que acabase.

—Quiero regalarte un anillo.

Me reí, por más abrumado que estuviese.

—Es para hacerte un dedo de plata —indicó después—. Por si algún día nos vemos de nuevo, poder dártelo.

—No quiero un dedo de plata, estoy bien así.

—Lo querrás cuando lo veas. En esta ciudad hay artesanos expertos cuyos postizos han ayudado a muchos de los veteranos de guerra que perdieron sus extremidades, o hasta sus dientes.

—¿Dientes?

Se señaló una de las piezas. Incliné el cuerpo para verla mejor. No me pareció distinta a las demás.

—Si no me lo hubieras dicho, no me habría dado cuenta.

—Me lo rompí al caerme del caballo. Me pasé mellada tres meses, mientras me sanaba la cicatriz. Lo bueno es que podía sorber la sopa por ahí.

Solté una carcajada. No solo por sus últimas palabras, también por su gesto inocente al decirlas. Me dieron ganas de abrazarla y de pedirle que me contase hasta el último detalle de aquello.

—¿Te ríes de mí?

—No, me río contigo.

Me miró, sin más, parpadeando despacio. Luego soltó un suspiro y se atusó una de las abullonadas mangas.

—Ese negro es… muy de lechuguino yendo a un funeral —aprecié.

—Pues no se ha muerto nadie, es el uso y costumbre aquí. Así lo requiere el protocolo.

—Uf, que también hay de eso aquí. —Arrugué la nariz.

—Sí —dijo tras reírse—. El negro es el color que visten todas las clases, sin hacer distinciones. Aunque los bordados y los detalles cambien. Además, ya me has visto antes con ropa al uso de esta ciudad, cuando fui a verte en Irasis.

—La chaquetilla de montar negra. —El recuerdo de aquel significativo encuentro me hizo sonreír tranquilo—. Por cierto, ¿en qué ciudad estamos?

—Sigmarina, la capital del reino del mismo nombre. Aunque en algunas partes lo verás con el nombre de Siglariam, pues así se llamaba antes.

—Sigmarina… —musité—. No suena mal.

—No, además, se escribe como suena. Toda una ventaja.

Anamkha señaló a un libro que había sobre la mesa.

Estampado en su lomo estaba el nombre actual del reino, así como aquel unicornio negro que había visto en el pendón de la biblioteca de Kebarenis.

«Eso que miras con tanta curiosidad pronto será muy familiar para ti», había dicho la dragona. ¿Acaso sabía que acabaría en Sigmarina?

—Ya puedes retirar el dedo —dijo la pelirroja, sacándome de mis pensamientos.

Pensé que no podría hacerlo, porque se había endurecido; sin embargo, lo hice con normalidad. La masa regresó a la forma que mi dedo había dejado en ella. Silbé asombrado.

—Qué buen invento.

—Díselo a mi hermano si vuelves a verlo, se pondrá contento. Estuvo muchos días trabajando en ello.

Me pregunté si Azkena no sería una especie de Hach, pero en aquel asunto de la alquimia.

—¿Es profesor en la Academia? —indagué.

—Sí, y más que eso. Ten, límpiate el dedo. —Me tendió un trapo que no sé de dónde sacó.

Lo hice, en tanto que ella se llevaba el frasco y lo guardaba en una vitrina.

La observé trastear con algunos de los potingues, en silencio, durante unos momentos.

Apoyé el trasero en el filo de la mesa, crucé los brazos, una pierna sobre otra, y le lancé la cuestión por la que había llegado hasta allí:

—Debiste decirme lo que significaba ser pelirrojo, porque me he enterado por un pájaro.

Anamkha levantó las cejas tanto que pensé se le saldrían de la frente.

—¿Por un pájaro?

—Eso no es lo importante, ¿vale? —Carraspeé, rascándome tras la oreja—.

Lo importante es que no me dijiste lo más importante de todo: que mi mejor amigo estaba en peligro.

Sí, he dicho importante tres veces seguidas, no me mires como el bardo cuando repito mucho una palabra y contéstame, maldita sea.

—Te dije que cuidases de él.