Málakor 4 CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

De lo que está escrito en el Destino

Alcé una ceja, con la mirada en la puerta que él acababa de cerrar tras de sí.

No es que yo sea el tío más puesto en relaciones humanas de este mundo, pero su despedida había dejado que desear.

Llevé la vista hacia Anamkha. Tenía las manos en las caderas y me observaba como si aún no hubiera procesado del todo mi presencia allí.

—¿Tu hermano está deseando que me vaya por algo en concreto? —le dije—. He sentido que me habría mandado de una patada de vuelta a Rádamo.

—No tanto, pero no es su cosa favorita que estés aquí.

—¿Por qué? No le he hecho nada, que yo sepa.

—Cosas suyas, no le hagas caso. —Anamkha soltó un largo resoplido, con mucha fuerza.

Sentí el agobio de la despedida en cada brizna de aire que desprendió.

—Ey, pelirroja, no pasa nada. Volveremos a vernos en ese otro mundo.

—Ya… —musitó—. Es que estamos juntos, Málakor.

Eres de verdad y estás aquí. ¡No me lo creo!

He pensado muchas veces en cómo sería el momento en el que te viera ante mí, de carne y hueso, y te juro que esta es la última que habría imaginado.

Que aparecieses en el laboratorio de mi hermano, sin más, en un día cualquiera. Hecho un desastre y oliendo a pantano.

—Estaba siendo bonito, pero tenías que rematarlo —dije entre risas.

—Me gusta rematar cosas. Hay que asegurarse de que lo que queda es un cadáver de verdad y no algo que pueda revivir y asestar el último golpe.

—Estoy de acuerdo contigo, aunque he visto que hay cadáveres que ni siéndolo se mueren.

—Pero tú ya sabes qué hacer con esos.

—Sí, gracias a ti. Y yo tampoco me creo que seas de verdad —le dije con cariño.

—¿Puedo tocarte otra vez? Quiero guardar el recuerdo de cómo se siente tocarte.

—Ten cuidado con lo que dices… —Levanté una ceja, con gesto guasón—. Anda, ven aquí.

Cogí su mano derecha y la puse en mi mejilla, frenando aquella cuestión de golpe. Ella me miró con sorpresa; sin embargo, pronto su gesto se relajó y su mirada escudriñó la mía.

—Tus ojos, en persona, son todavía más azules —me dijo—. Me recuerdan a las aguas de la bahía de Erisias en los meses de verano. A mi hogar.

—Los tuyos me recuerdan a… Déjalo, soy malísimo con los cumplidos.

El sonido de su risa me llenó hasta el alma.

—Pero son bonitos —agregué—, me gustan los ojos marrones.

—Gracias, ¿puedo hacer una cosa antes de que te vayas?

Asentí, y ella me agarró la mano derecha para observarla de cerca.

—¿Cómo pasó? No parece un corte limpio. —Siguió observando el dedo—. Esto lo cortó alguien, con una daga.

—¿Ahora eres médico, pelirroja?

—No, solo he aprendido algunas cosas de alguien.

—¿La misma persona que cosió tu cicatriz? —pregunté con curiosidad—. No me cabe duda de que era un experto en lo suyo.

No contestó, y no logré discernir si en su mirada hubo un sí o un no.

De un tirón, me hizo andar y me llevó al pie de una de las vitrinas, que medía dos veces yo, porque los techos eran altísimos. Sacó de ella una cinta métrica. Le había visto alguna a la costurera, solo que esa estaba marcada de un modo distinto. Anamkha me pidió que extendiera la mano.

—¿Vas a medirme para regalarme un anillo?

—Y para qué iba a regalarte un anillo a ti, ¿eh? —carraspeó.

—No sé, pero se te han puesto las mejillas del color del pelo.

Soltó una risa con los labios cerrados, mientras negaba con la cabeza, en tanto que medía el espacio vacío que distaba desde el corte hasta donde se suponía que estaría el final del dedo.

Luego, se acercó la mesa mientras decía números en voz baja.

Cogió una pluma y un papel. En tanto que garabateaba algo en él, noté un extraño olor procedente de alguna parte.

Algo nauseabundo. Mi olfato me guio hasta un cofre; un líquido blanco sobresalía por las juntas.

—Anamkha…, ¿qué es eso que huele tan mal?

—¿Cuál de todas estas cosas? —Levantó la vista del papel—. Ah, sebo de vampiro —dijo con calma.

—¿Sebo de vampiro? —Puse los dedos en el cierre del baúl, tentado de abrirlo.

—Ni se te ocurra —advirtió—. Si lo abres, tendremos problemas.

—¿Saldrá un chupasangres de aquí?

—No; la peste se extenderá, y te juro que no te la quitas en meses.

Es peor que oler un cadáver en descomposición.

El baúl está tratado con hierbas para que no huela tanto.

—Soltó la pluma y dobló el papel para guardarlo en un bolsillo—.

Los chupasangres tienen poca grasa, así que es extremadamente difícil de conseguir.

Mi hermano la usa en uno de sus experimentos y, cuando tiene que extraer una muestra, emplea una espita especial.

Puse las manos tras la espalda y me alejé del baúl.

—¿Ese por el que estabais debajo de la mesa?

—Así es, está creando un suero vampírico para revertir el proceso de conversión tras las mordeduras. Necesita una densidad específica para conseguir lo que busca.

Aquella conversación que tuvimos con Verne, en un lugar lejos de allí, pero en tiempos igual de complicados, me vino a la mente.

Él había hablado de bebedores de sangre, de que su enfermedad era contagiosa.

Jamás olvidaría el modo en que ese Von Salchicha estuvo a punto de hendirle a Hach los colmillos en la piel.

—¿Qué pasa si te muerde un chupasangres? ¿Te conviertes en uno?

—Sí, pero no en uno como él. Solo eres una bestia sedienta de sangre sin voluntad propia.

Para ser uno de los señores vampiros han de darte a beber de lo que ellos llaman el Elixir de Deidre.

La parte más pura de su sangre, que emerge de sus ojos como lágrimas, y no todos los vampiros saben cómo hacerlo.

Sentí un escalofrío en la espina dorsal.

—Verne, uno de los mandamases de los lameazufres, dijo que los vampiros hacen un pacto con una entidad oscura. Deidre, imagino.

—La Diosa de la Sangre y la Luna —susurró, mirando a todas partes y a ninguna, como si temiera que de alguna sombra de la habitación se conjurase aquella diosa—.

Los vampiros la llaman Madre Noche, Taar Annis en su oscura lengua.

A ella hacen todas sus ofrendas. Ese pacto del que habló el mago, se refiere al que hizo el primer vampiro, el origen de su especie.

Otros han intentado que la diosa le otorgue el don, pero no es algo que ella conceda a todo el mundo.

Así que, quienes lo consiguen, son los vampiros más puros. Los más letales y difíciles de matar.

—¿No basta con cortarles la cabeza?

—No. Con ellos no. Ni una espada cualquiera, ni un fuego cualquiera, ni un proyectil común. Lo que sí sabemos es que solo las armas mágicas o el fuego de los conjuradores más experimentados de la Quinta Piedra pueden matarlos.

—Que imagino que será la que va antes de la Sexta Piedra y antes de la Séptima —dije como si supiera de qué hablaba.

Tras reírse suavemente, me contó que en Hérenthor la magia se dividía en siete fases de estudio, conocidas como «Piedras».

—La Quinta es la de los elementos y la Séptima representa a la magia oscura —anotó—. Así que un mago experimentado en la Quinta Piedra podrá controlar los mayores hechizos elementales.

—¿Como quemar ciudades enteras?

—Como quemar ciudades enteras.

Noté en su mirada que ella había presenciado algo así. Yo lo había vivido y sabía lo que sentía, así que me aproximé y le froté el brazo. La tela de su vestido era suave como las capas elegantes de Hach.

—Sea lo que sea lo que te esté rondando la cabeza, lo siento.

—Gracias. —Me palmeó la mano.

Se alejó hasta la otra punta de la mesa, donde se afanó en rebuscar un frasco concreto entre los cientos que había.

Me quedé embelesado mirándola; no terminaba de creer que fuera real.

A decir verdad, aunque era la misma, parecía distinta.

Como si los colores que la componían fueran más vivos.

Su pelo, su tez, sus ropas, el brillo de sus ojos.

La manera en la que estaba y sentía el espacio a su alrededor.

La forma en la que respiraba. Los pequeños gestos que asomaban a su rostro.

El pensamiento de que era muy hermosa me llegó tan certera y súbitamente que noté una punzada en el pecho.

No pensaba en su hermosura como cuando veía a Medora o a Griselda, lo hacía como cuando veía a Brianna o a Leyla.

Eso me descolocó tanto que tragué saliva.

—Los vampiros —solté para cercenar con algo ese pensamiento.

Ella levantó la mirada con gesto interrogante.

—Los vampiros —repitió.

—¿Hay muchos por aquí?

—Hay bastantes residuos de la magia oscura por estos bosques.

—Me gusta que llames residuos a esas cosas.

Aunque lo dije un tono de broma, me contestó casi enfadada. No conmigo, desde luego, solo con lo que aquellas cosas significaban.

—Es lo que son. Despojos, aberraciones, crueldad hecha carne, horrores y miserias. Por eso hay que destruirlos hasta que no quede uno solo sobre la tierra.

Me recordó a mis asuntos con Ledaria, y eso solo podía significar que muchas de las heridas del alma de Anamkha tenían relación con esas criaturas, quizá también las de la carne.

Igual que con los elfos oscuros. Rebusqué en mi memoria las conversaciones que habíamos tenido, preguntándome si había algún nombre que hubiera mencionado y que le hubiera causado más angustia.

Danzó uno por mi mente, pero quería asegurarme antes de referirme a él.

—¿Quién te hizo eso?

—¿Y a ti? —respondió, sabía de sobra de qué hablaba.

—¿Estás contestando una pregunta con otra? —Apoyé el cuerpo en la mesa, crucé los brazos y una pierna sobre otra.

—¿Estás haciendo preguntas que no puedo responder?

Levanté ambas cejas.

—Pero que deberías responder.

Agitó la cabeza de un lado a otro.

—Reconozco que estás particularmente encantador cuando te pones insistente.

La expresión dulce que me dedicó disolvió mi enfado como azúcar en agua.

—¿Insistente? —Esbocé media sonrisa y ladeé la cabeza—. Aún no conoces lo insistente que puedo llegar a ser.

—Tiemblo de ganas de comprobarlo.

Su arrojada forma de mirarme me calentó las mejillas. Nervioso, me eché a reír.