CAPÍTULO 22 #2
Me separé de su hermana, que reía por esas palabras, y la miré sin dejar de sonreír. Me dolían las mejillas de tan estiradas como las tenía.
—Qué bonito, hermano —dijo ella—, pero sí, así me he sentido. Las estrellas me han concedido el deseo que tanto les pedí.
—Me gusta la idea de ser el deseo de alguien —dije.
Anamkha sonrió aún más, aunque luego arrugó la nariz:
—¿De dónde vienes que hueles como la sentina de un barco? Menos mal que en esta estancia hay cosas que huelen peor, o no me podría acercar a ti.
—Hemos llegado más allá de los túneles. A Rádamo, que está en medio de un maldito pantano. Aunque ya del pantano queda poco, porque Tékim, de quien tu hermano ha hablado con sorprendente naturalidad, ha hecho cosas del dios de la magia y ha reconstruido la ciudad.
—Ahora entiendo por qué estás aquí, en carne y hueso. —Él se aproximó a nosotros—. Tu colgante ha debido de absorber parte de la energía divina de su hechizo y, en consecuencia, has hecho algo que está prohibido para los mortales.
—¿Tener dos dedos de frente? Porque a veces parece que sea una prohibición que algunos respeten a rajatabla.
—No. —Azkena rio, y pude ver la hilera de dientes más blancos y perfectos que había visto en la vida.
—Vaya dientes, si fueras un caballo, te rifarían —comenté.
Su hermana soltó una risa con los labios cerrados.
—No le ha hecho falta ser un caballo para que se lo hayan rifado.
Él levantó las cejas, con gesto gracioso.
—Anda, explícame lo que sepas, porque tienes cara de saber muchas cosas —le pedí.
—Has conjurado un fhànais , un hechizo de la Séptima Piedra.
Lo que me sorprende es que lo hayas hecho hasta aquí, sin tener vínculo alguno con este lugar.
Puede que el vínculo sea mi hermana… —Mirándola, repuso pensativo—: Sí, con toda probabilidad, o quizá los colgantes hayan actuado como puente entre ambos lugares.
Guiñé los ojos mientras me sacudía una vieja conversación sobre el hecho de que mi hermano hubiera aparecido en carne y hueso donde yo estaba.
«Ynsheran, Málakor. Magia prohibida. Se transportó hasta aquí, algo reservado a los dioses.
Una de las reglas de la magia que nadie se atrevería a transgredir».
«Pero Azskar no es mago, ¿cómo ha podido hacer eso?
», le había dicho yo. ¿Acaso tenía él un colgante como el mío?
¿Acaso había algo más? Pensar en que había hecho algo como él, me mareó.
—No… —Me froté la barbilla—. No entiendo nada de lo que estás diciendo, y eso de fhànais suena a nombre de bicho raro. Cuidado, no te pique un fhànais .
Azkena soltó una carcajada que le llenó el pecho. Suspiré abrumado.
—No tienes la menor idea de magia, ¿no?
—No.
—Pues para no tener ni idea, has hecho algo que solo los dioses o los magos más oscuros pueden hacer, así que más vale que nadie se entere de esto, y mucho menos aquí —dijo su hermano—. Me juego el puesto… y la cabeza.
—Vale, es algo malo, lo pillo, ¿qué hago ahora?
Los hermanos se miraron entre sí.
—Por todos los dioses, no os miréis como si fuera a morirme de un momento a otro.
—No te vas a morir… —Anamkha puso una mano en mi hombro. Luego, hinchó los mofletes y resopló—, pero no sé si serás capaz de volver a dónde estabas.
—Estás de broma.
—En absoluto.
—No tiene gracia.
—Ya, y por eso, precisamente, te repito que no estoy bromeando
—Está bien… —suspiré—. Espero que podamos solucionarlo. Si no, siempre puedo usar los túneles.
—Antes de que hagas semejante locura, te encierro en un calabozo —dijo ella.
—Mientras que me des de comer… Igual me vienen bien unas vacaciones.
Su hermano, que nos observaba de brazos cruzados, se echó a reír.
—Yo podría haber hecho esa misma broma.
—Ya lo sé… —resopló Anamkha.
Hubo un marcado silencio, que, aunque no fue incómodo, sí que se hizo demasiado largo.
—¿Qué es este lugar? —Llené los pulmones de aire y lo solté de golpe, poniendo la mirada aquí y allá.
Azkena se pasó la palma de la mano por la frondosa perilla. Al igual que su cabello, tenía mechones blancos.
—Un laboratorio de alquimia —contestó.
Recordaba haber oído a Medora hablar de eso en alguno de nuestros viajes, por sus pócimas, también de labios de algún asesino, así como por esa vieja historia del alquimista.
—¿Esa cosa de hacer pociones y meter en cajas a gatos para ver si siguen vivos o no?
—¿Como que meter gatos en cajas? —Anamkha me miró entre el susto y la desconfianza—. Si mi hermano metiera a un gato en una caja para hacer experimento alguno, le metería yo la cabeza en la alcatara hasta destilársela entera.
—Con toda probabilidad —anotó él, con cara de circunstancias.
—Es un experimento que hizo un tipo, pero tampoco es relevante ahora mismo. No sé qué es una alcatara, aunque lo de destilar una cabeza suena interesante.
Él señaló con la suya aquella cosa grande que ocupaba la mesa y que tenía un cuello largo que terminaba en espiral. En él se condesaba vapor que se pegaba a las paredes.
—Quizá lo conozcas como alambique.
—Eso me suena un poco más.
—Estoy destilando unas plantas para un experimento. —Azkena sacó de debajo de su elegante levita negra, con bordados en bronce, una joya esférica, a la que le levantó la tapa y miró—. Debo marcharme ya, es hora de recolectar la nuncaviva.
—¿Qué es esa cosa? —Señalé a lo que tenía en la mano.
—Un reloj.
Estaba acostumbrado a relojes de pared y cosas más grandes, así que fruncí el ceño.
—¿Y lo llevas en el bolsillo?
Me lo mostró. En la esfera había un reloj en miniatura.
Recordé aquella vitrina en Aberrak, atestada de relojes, y me pregunté si esa cosa no habría pasado por delante de mis narices antes, sin que me diera cuenta.
Uno de esos objetos cuyo conocimiento transmitían los Néachan.
Me froté, inconscientemente, la pulsera de plata.
—Sí. Ivarix lo inventó. Un amigo, al que quizá conozcas algún día.
—Guardó el reloj y me miró muy serio. Aquella expresión me resultó poco natural en su rostro, como si soliera sonreír más que otra cosa—.
Aunque, desde luego, no ahora. No te demores en regresar.
En tu colgante debe quedar magia residual, úsala para volver.
Cuanto más tardes en hacerlo, más te arriesgarás a quedarte aquí. Despídete de mi hermana.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo —dije.
—Hazlo.
Su tono fue un poco duro, parecía que no quería que estuviera allí; sin embargo, no reaccioné a malas con él, quizá porque me hallaba aún en un estado de confusión. Se acercó a mí, me palmeó el brazo y me deseó suerte. Tras mirar a su hermana con una advertencia, dejó la habitación.