Málakor 4 CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

De sentirse completo

En un parpadeo, ya no estaba en aquella plaza, sino en una sala amplia.

Una larga mesa ocupaba casi toda la estancia.

Reposaban en ella miles de frascos de diversos tipos y tamaños.

Algunos vacíos; otros, llenos de líquidos de distintos colores.

Algo que tenía aspecto de botella, con un cuello muy alargado, expelía una columna delgada de blanquecino humo.

Estaba unido a otro con un tubo de vidrio en espiral.

Había libros abiertos, cerrados, tumbados o puestos de pie.

Morteros, viales, recipientes de cobre; otro montón de cosas que no reconocí.

De vigas en el techo colgaban hierbas, ramas y flores puestas a secar.

Llenaban el aire con sus aromas, disimulaban el olor pestilente que venía de a saber dónde.

Paseé la mirada más allá de la mesa. Las paredes estaban llenas de estanterías y vitrinas con libros y más libros, así como frascos, botellas y qué sé yo.

Unas ventanas emplomadas ocupaban la pared sur.

El cristal tenía estelas de vaho, pero, por uno de los huecos, distinguí un jardín y unas cuantas personas en él, todos vestidos de negro.

Si mal no recordaba, era la primera vez que veía a otras personas en los encuentros con Anamkha, lo que me descolocó.

En una gran chimenea, dispuesta en una esquina, ardía un fuego sobre el que dormía un caldero en el que burbujeaba una sustancia verdosa.

Una burbuja explotó, sobresaltándome. Di un paso atrás.

Mi trasero dio con una mesa llena de frascos de vidrio en los que vivían un sinfín de criaturas.

Algunos tan normales como las arañas, otras…

¿Qué diantre era esa cosa peluda con veinte ojos que me estaba mirando como si quisiera comerme?

—¿Dónde demonios estoy? —gruñí—. ¿Y dónde demonios está esta mujer?

—Estate quieta —dijo una voz masculina, procedente de debajo de la mesa—. Si sigues moviéndote así, forzarás a la gota a caer y el experimento no valdrá.

Me incliné para mirar abajo, con la mano en el pomo de la espada. Anamkha estaba tumbada bocarriba, había un hombre a su lado. Desde mi ángulo, no podía verlos por completo, pero él tenía el pelo oscuro, con mechones enteros de canas.

—Me duele el trasero, Azkena —resopló ella—, e igual tú no tienes nada más importante que hacer que estar aquí tumbado mirando esa gota, pero yo sí, tengo que atender a…

—Has venido a verme para pasar tiempo conmigo y no con los malditos caballos.

—¡No iba a decir los caballos! —se quejó—. Y tú te pasas el día con tus galgos, tus consejeros y tus experimentos, así que cállate.

—Anamkha —llamé, tras carraspear.

—Ya, Málakor, ya sé que estás ahí —dijo—, pero el imbécil de mi hermano no me deja moverme.

—Podrías haberme dicho antes que sabías que estaba aquí. Estoy muy enfadado contigo, no lo empeores —dije.

Una gota verde descendió desde la parte inferior de la mesa y le cayó al hombre en la frente.

—No creo que estés más enfadado con ella de lo que lo estoy yo. ¡Ha echado el experimento a perder! —Se frotó la frente. Tras darse la vuelta, me miró, aún tendido en el suelo—. Vaya, bonita espada.

—¿Podéis salir de ahí? —Di dos golpecitos en la superficie de la mesa, algunos frascos repiquetearon—. Tengo prisa, me está esperando un dios aficionado a quemar cosas.

—Seguro que hablas de mi viejo amigo Tékim —dijo Azkena.

La naturalidad con la que se refirió a él me sorprendió.

Se movió ágilmente hasta salir de debajo de la mesa, se puso en pie y se acicaló a toda prisa las ropas.

Aunque algunos restos de polvo se quedaron pegados a sus rodillas.

Iba vestido de negro, igual de elegante que si fuera a ir a una recepción real.

Había algo en sus ropas que no me era familiar; quizá el corte, los adornos, no sé, pero vestían de un modo parecido y a la vez distinto a nosotros.

Físicamente, era otro guaperas, como Alastus.

El verde de sus ojos me recordó a los de Hach.

—Soy Azkena, el hermano de Anamkha —se presentó.

Caminó hacia mí, con la mano adelantada. La estreché, porque él no tenía culpa de mi enfado, hasta donde yo sabía. Sentí aquel contacto de un modo extrañamente real, lo que me hizo fruncir el ceño. Él también me miró ceñudo, aunque no supe si por el mismo motivo.

—Encantado de conocerte en persona —dijo—. Ya sabes que te he visto en sueños, mi hermana me contó que lo había hablado contigo.

—Sí. —respondí. La miré, pues se había puesto en pie. Estaba al otro lado de la mesa, palmeándose en la ropa para quitarse el polvo del suelo—. Me habló sobre nosotros en Erisias.

—Erisias… —Lo dijo como, si en vez de una palabra, fuese tan vital como un latido de su corazón—. Que los dioses nos concedan la dicha de regresar a ella. ¿Tienes un hogar al que regresar, Málakor?

—No, ni tierra que reclamar.

Sus ojos escudriñaron los míos con ávida curiosidad.

El aura de Azkena era curiosa. Contenía todos los colores buenos y, a la par, algunos matices que hablaban de cuanto había perdido y sufrido.

Los tonos que revelaban su bondad estaban llenos de energía chispeante, como gotas de agua que forman un arcoíris.

—Mi hermana me ha hablado tantísimo de ti… —musitó.

—¿ Tantísimo ? —Asomó a mi rostro un sutil gesto de perplejidad—. ¿Y qué te ha dicho?

—Azkena, deja de entretenerlo, no podrá estar aquí mucho tiempo, y… —miró alrededor—, y no tenemos ni una simple manzana. ¿Qué necesitas, Málakor?

—Como que qué necesito. ¡Hablar contigo! Estoy muy disgustado. —Avancé hacia ella.

—No os hará falta comida, hermana. Él está aquí. En carne y hueso.

Ella, que había empezado a andar hacia mí también, se detuvo de golpe, a la par que yo. Sus ojos se abrieron sobremanera, igual que los míos.

—No es verdad… —Llevé la mirada hacia mi mano—. No está. ¡El dedo no está! —Se lo mostré, pasmado—. En nuestros encuentros estaba, dijiste que no había dolor ni heridas en ese lugar. ¿Qué significa esto, Anamkha?

Avanzó un paso más. Iba vestida de negro, como esas gentes a las que había visto antes.

Su vestido era de cintura estrecha, mangas abullonadas y falda amplia, con bordados broncíneos.

El pelo lo llevaba recogido en un moño alto hecho de trenzas.

Gracias a eso, vi una cicatriz que le cruzaba la piel bajo el mentón izquierdo hasta la clavícula.

Sus heridas también estaban ahí, y yo me hallaba confuso a más no poder.

La pelirroja estiró el brazo hasta posar las yemas de sus dedos sobre los míos.

Al contacto, sentí un leve cosquilleo que se hizo grande hasta convertirse en una descarga de energía cálida y vibrante que me recorrió por completo.

Moró en mis brazos, en el pecho, en la cabeza, en las piernas y hasta en los pies.

En el corazón y en los labios. Incluso en el alma.

Es difícil describir con palabras lo que sentí, pero en ese momento pensé en que, días atrás, le había dicho a Anamkha que tenía la sensación de que nunca me sentiría completo hasta que la encontrase.

Al tenerla conmigo, me sentí completo, como si su tacto hubiera llenado un vacío que, aunque no hubiera sentido durante largos años, hubiera estado ahí.

Palpitante. Igual que una estrella cuando su luz mengua porque está cerca su final.

Sin embargo, me sentía más cerca del principio de algo que del final de mi existencia.

Más vivo que nunca. Fue como volver a nacer.

Quizá esa sea la mejor forma de explicarlo.

Volver a nacer. Creer que tienes ante ti todo un universo de posibilidades.

Pensar que el mundo está lleno de cosas hermosas.

Que tus errores ya no lo son tanto. Que tu pasado no pesa como antes.

Que ya no te sientes pequeño ante nada, porque ella está ahí, mirándote, y en sus ojos encuentras todo aquello que siempre has buscado.

No existió más a mi alrededor que ese castaño tan hermoso de sus iris, húmedo por las incipientes lágrimas. De emoción, seguramente, igual que las que sentí correr por mis mejillas.

—No llores —le dije, y sequé las lágrimas con los pulgares.

Ella secó las mías al momento. Algunos de sus dedos tenían durezas, quizá por lo mucho que disparaba con arco, pero otros eran suaves.

—Es que eres de verdad… —musitó.

—Sí, pelirroja, soy de verdad —Entrelacé los dedos con los de ella.

De golpe, rompió a reír de felicidad. Tiré de ella hacía mí, para fundirla en mis brazos.

Se metió en ellos como si los hubiera esperado toda su vida.

Su cercanía me regaló el olor de su cuerpo.

Una mezcla de pelo de caballo, bosque tras una lluvia en primavera, madera, hierba llena de rocío, piñones y algo floral.

Rosas, tal vez. Jazmines, quizá. Anamkha olía a naturaleza salvaje pero también contenida.

A bosque y jardín. La sentí, al fin, con todas sus letras y consecuencias.

La sensación que me invadió casi me mareó, pero logré mantener la compostura.

—¿Estás bien? —me preguntó, tal vez notándolo.

—Sí, estoy contigo.

—Es increíble, ¿no?

Asentí y cerré los párpados, guiado por la sensación cálida que me transmitía.

Profundamente, respiré. Lejos quedó la vorágine de mis preocupaciones.

Estaba con Anamkha. En el mismo lugar. Podía abrazarla de verdad.

La necesidad de hacerlo con más fuerza retorció cada fibra de mi ser.

No es que yo sea muy de dar abrazos, es de sobra sabido, pero fue inevitable, así que la abracé aún más.

Sus manos se apretaron contra mi espalda; las mías contra la suya.

Ella soltó un suspiro de satisfacción que sentí hasta en lo más hondo de mi pecho.

—Me siento como si hubiera presenciado el vuelo de una estrella fugaz, le hubiera pedido un deseo y no solo me lo hubiera concedido, si no que me hubiera regalado tres más. —La voz de Azkena, un poco temblorosa, por el asombro tal vez, resonó en el silencio.

Hasta me había olvidado de él.