Málakor 4 CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

De las cosas que son rojas

No sé si hay un límite de cosas extrañas que las personas pueden aceptar, pero creo que en esos momentos casi llegué al mío.

¿Una ciudad surgida de unas ruinas gracias a la magia de un dios?

¡¿Qué narices?! Cerré la boca, porque no es que fueran a entrarme moscas por ella, es que corría el peligro de que me entrase un dragón.

Hablando de cosas con alas, Alastus se llevó a la maga a lo que Tékim llamó «el Palacio Ducal», ese vistoso edificio de la plaza.

—Id también el resto, acomodaos —agregó el mago—. Al fin y al cabo, será vuestro hogar durante largo tiempo.

Xelirian corrió tras Gris y Panceta, que ya habían echado a andar. Miré al chiquillo, preocupado por separarme de él, a pesar de que sabía que estaba en buena compañía.

—Hach —llamé—, tenemos que cuidar más que nunca de Xel. Jamás ha estado en la superficie y…

—No te preocupes. Aquí estamos seguros.

—No creo que exista ningún lugar en el que estemos a salvo, teniendo en cuenta los ardites que está empleando mi… —escupí al suelo—, Azskar.

—Ardites —dijo con sorpresa—, ¿de dónde te has sacado esa palabra? ¿Ahora eres yo?

Le saqué la lengua. Me sonrió y se fue con los demás, que abandonaban, poco a poco, la plaza. Me disponía a acompañarlos, pero el dios reclamó mi atención.

—Tú no vas con ellos, Málakor, tú vienes conmigo.

—¿Por qué? —pregunté ceñudo.

—A los diozez ez mejor no preguntarlez por qué; la mayoría de laz vezez la rezpuezta ez: «Porque me da la gana».

—Ah, ya se de quién lo heredé entonces. —Apoyé las palmas de las manos en las caderas en tanto que el dios echaba a andar como si nada—.

Tú, divinidad, has dicho que habría cerveza, comida y un baño.

Quiero quitarme los kilos de mierda que llevo encima de una vez.

Los magos vais de listos, pero hacer una ciudad en medio de un pantano…

Alasdair me dio un golpecito en la pierna.

—Zé que tienez un carácter muy particular, pero no te aconzejo que cabreez a tu tío abuelo, le guzta quemar cozaz con bolaz de fuego mágicaz. No querráz que te borre eze bonito flequillo de una llamarada.

—La verdad es que me vendría bien un corte de pelo.

Soltó una risa ronca.

—Avizado quedaz, luego no quiero quejaz. Ahora, voy a buzcar la habitación con la chimenea máz grande.

Lo observé marcharse con los demás. La manera en la que su lagartiforme cola asomaba por la parte baja trasera de la túnica me resultó graciosa. Si no fuera por eso, de espaldas casi parecería un niño con una capucha amarilla.

Cuando entraron todos en palacio, busqué a Tékim con la mirada, pero lo había perdido de vista.

El silencio que llenó la plaza me hizo sentir extraño, como en los días en los que pasaba horas escondido en alguna parte de Ledaria, esperando que nadie me encontrase y me enredase en alguno de sus turbios asuntos.

Miré alrededor, preguntándome qué íbamos a hacer con una ciudad absolutamente vacía, salvo por nosotros.

¿De dónde íbamos a sacar un ejército con el que hacer frente a mi hermano y sus esbirros?

A no ser que nos ayudasen los mosquitos del pantano, que eran legión, estábamos perdidos.

El canto hermoso de un pájaro irrumpió en mis catastróficos pensamientos.

Llevé la vista hacia el lugar de dónde venía: una de las gárgolas que decoraban los desagües de los tejados del palacio.

En Luara, las gárgolas eran criaturas mitológicas con las que asustar a los niños, pero me pregunté sí, en aquel mundo mágico, sería distinto.

El ave repiqueteó con el pico en la cabeza de la gárgola.

De plumaje rojo, salvo por un cerco blanco alrededor del anaranjado pico, tenía las alas largas y un penacho de plumas en la cabeza.

Di un paso hacia él; el ave dio un par de saltos, como si fuera a alzar el vuelo.

—No te vayas, por favor.

Se posó sobre la nariz ganchuda de la criatura mitológica y ladeó la cabeza, mirándome.

—Parece que lleves un sombrero como los de Hach —sonreí—, debería llamarte «Sombrero».

—¿Sombrero? —Soltó un canto que sonó a risa—. Soy un ériath rojo.

—No sé mucho de pájaros, pero nunca he visto uno como tú.

Me acerqué más a él; extendió las alas y levantó el vuelo.

—¡Espera! —Alcé la mano—. ¡No quiero hacerte daño!

El pájaro se posó en la ornamentada balaustrada de uno de los balcones de palacio.

—Los humanos a menudo dicen eso, y es justo lo que hacen: daño. Pero tú…, tú no eres solo humano. ¿Por qué siento la esencia de mi creadora en ti?

—Porque soy su nieto.

Cabeceó.

—Eres muy bonito —le dije—. Tus plumas me recuerdan al cabello de alguien muy querido.

—¿Tiene plumas en vez de pelo?

—No —me reí—, pero su pelo es rojo, como tú.

—Ah, no he visto un solo pelirrojo en todos mis años de existencia, salvo ese que acaba de llegar, aunque muchos amigos míos sí los han visto.

—¿Y tú sabes por qué hay tan pocos?

—Porque, si los encuentran, los emplean en rituales oscuros. Lo mismo por lo que nos cazan a nosotros en la Ciudad Maldita, porque nuestra sangre es valiosa. Los ériath rojos damos buena suerte, pero si nos emplean en pociones oscuras… No quiero hablar de eso.

Me había perdido a la mitad de la frase, porque en mi cabeza sonaba con fuerza una cuestión.

—Has…, ¿has dicho que los de la Ciudad Maldita quieren la sangre de quienes tienen el cabello rojo? —Inquieto, di algún paso más hacia él.

Pensé que saldría volando, quizá por miedo; sin embargo, no se movió.

—Todos los seres que practican la magia prohibida, y tienen intenciones deshonestas, codician la sangre de alguien de cabello rojo. Los que obran en nombre del Bien, la aprecian, desde luego, pero jamás sacrificarían a alguien tan cruelmente por sus propios intereses.

Háchpirey corría peligro. Anamkha corría peligro.

Un sudor frío nació en mi nuca a la par que un estremecimiento me robó el aliento por unos instantes.

Una gota me resbaló espalda abajo, ardía como si estuviera hecha de fuego.

Comprendí lo que la pelirroja había callado; me sentí enfadado con ella, conmigo mismo y con Azani, de paso.

Por no habérselo preguntado antes, cuando la diosa no había puesto censura a nuestras conversaciones.

Con Anamkha por no habérmelo dicho a pesar de todo, dado el gran peligro que corría Háchpirey. Ella lo sabía. Lo sabía.

—Gracias, pájaro, si es verdad que das suerte, quédate con nosotros.

—Lo haré, al menos hasta que deba regresar a mi otro hogar. Rádamo será uno de los pocos lugares seguros de Ítaro en unos meses.

Alzó el vuelo y pasó por encima de mí. Una de sus plumas cayó.

Descendió lentamente hasta posarse al filo de mi bota.

Me agaché para cogerla. Era aún más roja vista de cerca, y el enfado por la cuestión de mis amigos creció.

Guardé la pluma en el bolsillo, porque el pájaro había dicho que ellos daban suerte y sentía que iba a necesitarla.

Sin ser capaz de gestionar apropiadamente mis emociones, me llevé la mano al medallón.

—Anamkha de Erisias, tengo que hablar contigo —dije con disgusto.