Málakor 4 CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Menos mal que ya no había mosquitos: tenía la boca tan abierta que me los habría tragado.

Cuando pensé que lo había visto todo, la magia siguió sorprendiéndome.

Ante mí, se alzó el edificio más majestuoso que había visto jamás.

Ni todos los ingenios ardacianos le habrían hecho sombra.

De planta rectangular, tenía cuatro torreones en las esquinas y uno en el centro.

Su fachada estaba labrada con detalles a los que Hach habría sabido ponerles nombre.

Los voladizos del tejado estaban decorados, así como los dinteles.

Una escalinata majestuosa llevaba a unas grandes puertas dobles de madera tallada con imágenes de dragones.

Era más alto que ningún otro que hubiera visto en mi vida. Tenía cinco plantas. Ni más ni menos.

Pero eso no fue todo.

Al otro lado de la plaza surgió otro edificio, más sencillo pero igualmente grande, y colgó de su fachada el letrero típico de una posada: «El Dragón Morado», leí en él, junto a algo más escrito en varias lenguas.

Al otro extremo, surgió una torre. No era muy amplia, pero por los dioses que era bien alta: unas catorce plantas, rematada con un tejado redondo y puntiagudo.

Por último, el pedestal se revistió de oro y en él apareció de nuevo la estatua de Tékim y Alasdair que la sangre había revelado, antes de que ellos se volvieran corpóreos. La magia regresó al báculo del dios, poco a poco. Cuando aún quedaba un hilo pendiendo de ella, dijo:

—¿Os podéis echar a un lado? Ahí, sobre ese mosaico.

A unos pasos de nosotros había un gran mosaico que abarcaba casi toda la plaza. No podía ver exactamente qué se recreaba en él, aunque reconocí las partes de un dragón. Miré hacia la torre del palacio, preguntándome cómo sería verlo desde allí.

Una vez nos apartamos, Tékim dio el último retoque al lugar, empedrando el espacio que habíamos ocupado y que aún era suelo cenagoso.

Luego, la magia desapareció en su báculo.

Todo fue silencio por unos instantes, hasta que el canto de un pájaro llenó el aire.

Luego, decenas más de ellos. Algunos revolotearon de árbol en árbol.

—Bueno, no ha sido tan difícil, ¿qué os parece? —preguntó con voz orgullosa.

—He de reconocer que ha zido un gran trabajo.

—Oh, gracias, gracias. Soy el mejor mago del mundo, ya lo sabes.

Mientras ninguno de nosotros era capaz de mover un músculo, Panceta emprendió su habitual exploración. Se puso a correr por la plaza, de pura felicidad. Brincaba y brincaba. Gris no tardó en ir con él.

—¡Esta plaza es enorme! —dijo el perro.

—¡Más grande que el culo de una vaca! —soltó Gris.

Xel rio, observándolos, aunque no parecía que fuera a atreverse a ir con ellos aún.

—Hach —dije—, estoy buscando alguna palabra como atónito, pero más…, más… —Chasqueé los dedos.

—Una que sea como cuando te has comido un puñado de setas venenosas y ves a un caballo vestido de bardo fumando hierba y tocando el laúd —intervino Airyne.

—¿Eso es una forma de hablar o es que has comido setas venenosas, mataelfos?

—En los túneles el hambre aprieta, Málakor. Errores de novata.

—Un error que podría haberte costado la vida —dijo Alastus, a lo que ella asintió.

—Estupefacto, pasmado, perplejo, alucinado, turulato… —mencionó Hach.

—En élfico existe una expresión para algo así —dijo Xel.

—¿Y cuál es? —le preguntó Medora.

— Eireath adail . Se dice cuando alguien o algo te resulta tan hermoso o grandioso que, aunque no puedes creer que exista, agradeces su existencia como si fuera la tuya propia. No se emplea en Narqania. Me lo dijo un chico de la superficie.

—Este sobrino mío siempre poniendo la guinda truculenta hasta a las cosas bonitas —dije, y le dediqué una sonrisa. Esas palabras en élfico me parecieron tan hermosas que se grabaron en mi mente.

—Me gusta —dijo Medora—. Y Rádamo es increíble. Eireath adail . Eso es. Cuando cuente esto en Téramo no se lo va a creer nadie.

—Ah, los magos idiotas entre los idiotas —soltó Tékim.

Porque él y solo él tendría el coraje de insultar a una ciudad entera de lameazufres.

Bueno, y quizá yo—. Es una lástima haber enseñado magia a la humanidad para ver como os han convertido en cachorritos.

Olvídate de Téramo, eso solo fue un guiño en lo que será tu vida, ahora eres una maga de Rádamo.

—Abrió los brazos—. La Ciudad de la Magia.

La cuna de los más grandes magos del mundo, con permiso de Meironn Gobragh.

Allí también se han forjado grandes conjuradores.

Tu sangre es tan poderosa, Medora Drummond, que el día en el que todo lo que tú significas se revele ante ti, serás casi invencible.

Y no te preocupes, aprenderás muchas cosas aquí. Te enseñaré.

—¿Me va a enseñar magia el dios de la magia? —Medora pestañeó pasmada.

—Bueno, no serías la primera.

—No, no lo zeríaz —se quejó Alasdair—. Ziempre le puede la noztalgia de otroz tiempoz.

El dios suspiró hondamente.

—Creo que me voy a desmayar —dijo Medora.

Y lo hizo. A Alastus apenas le dio tiempo a cogerla en brazos.