CAPÍTULO 20 #2
El hecho de que él hubiera dicho apellidarse como ella, era otro misterio que tendría que desentrañar, pero, por el momento, era mejor que hiciera de una vez lo que tuviera que hacer, así que no intervine más.
—Sí, por favor, quiero un baño.
—Un baño. Puag —se quejó Gris, que le tendió la mano a Xelirian—. ¿Vemos juntos la magia del dios?
El niño me miró brevemente, asintió y se fue con él. Cogió su mano, para luego mirar ambos muy atentos a Tékim. Habría querido tener a alguien a quien darle la mano también. Alguien que me dijese que todo iría bien.
—Oye, Málakor —dijo entonces Hach, acercándose a mí—, no estés tan serio. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—Lo peor que podría pasar eres tú, y ya estás aquí.
—Exactamente. —Sonrió.
Estiré la mano y cogí la suya. Él me miró con sorpresa, antes de dibujársele en la cara la sonrisa más grande que le había visto jamás. Bueno, cuando veía a Azani era mucho más grande, pero fue enorme.
—Pase lo que pase, le haremos frente —dijo después.
—Desde luego que sí, Hach, y todo irá bien. —Ya que nadie me lo decía, al menos lo diría yo. Por mí y por él. Por Medora, la mataelfos y todos los demás—. Todo irá bien.
—Mejor que si lo cantase yo.
Estaba a punto de reírme cuando un destello púrpura nos hizo mirar adelante.
Del báculo de Tékim se desprendió un caudal de magia sin igual.
Todas las veces que había visto conjurar a Medora o a cualquier otro mago, palidecieron ante él.
Y nunca había presenciado, además, aquel color tan brillante, hermoso y casi cegador.
El caudal, un río hecho de hilos gruesos, fue avanzando a ras de suelo, hasta tocar la estatua.
El mago estaba dándole la espalda, pero no se giró para mirar.
Solo sonreía, como quién realiza una tarea que ha hecho cientos de veces y sabe que saldrá bien, aunque no le preste atención.
Tras él, el caudal se expandió, y ya no fue un río, fue un mar que se fue tendiendo sobre el pantano, abarcando ruina por ruina, rama por rama, ciénaga por ciénaga.
Cada palmo de tierra en varios kilómetros se tiñó de púrpura.
Todos lo admirábamos fascinados. Pero, sobre todo, Medora. Nunca había visto una expresión igual en los ojos de la maga. El asombro del mundo se contenía en ellos. La ilusión también. La fuerza de quien cree en algo con todo su ser. Lágrimas, de emoción sin duda, le recorrieron las mejillas.
Sonreí, feliz por ella. La vida le había dado la oportunidad de contemplar aquello, después de tantas cosas.
Volví la vista al frente. Algo distinto a cuanto había sentido me embargó.
Como si la sangre de mis venas estuviera yendo más rápido que nunca y quisiera unirse, de alguna forma, a ese caudal.
Comprendí que era mi parte divina la que lo buscaba, porque estaban hechas de la misma materia.
Había sido consciente hacía tiempo de que una parte de mí pertenecía a los dioses, pero nunca de que una parte de ellos me pertenecía a mí.
Y fue entonces, y solo entonces, cuando lo hice.
Se instaló en mí la férrea determinación de saber de lo que mi parte divina era capaz.
De hacerlo de una vez por todas. Casi quise reírme al recordar las palabras de Damien.
«No eres mortal. Eres un semidios. A ver cuándo te metes eso en la cabeza».
Ese maldito abuelo mío estaría orgulloso al saber que me lo había metido de una vez por todas, y que me había llegado de la forma más inesperada.
Pensé que quizá sería consciente enfrentándome a, no sé, un dragón, un no muerto.
Salvando a alguien a quien amase más que a mí mismo de la muerte.
Pero no. Fue por la magia de Tékim. Y qué irónico, porque yo nunca había querido tener nada que ver con la magia.
Pero el dios de la Magia y yo… también estábamos hechos de la misma materia.
Al menos en una pequeña parte en mi caso.
Igual que le había ocurrido a la maga, las lágrimas me inundaron las mejillas.
Vi que el dios me miraba con una sonrisa. Me estaba leyendo los pensamientos.
—No será lo único que descubras aquí, Élean, hijo de Even, solo has de escuchar a tu corazón, en todos los sentidos posibles.
Tragué saliva, hasta la respiración se me había parado al oír sus palabras en mi cabeza.
—¿En todos? —musité.
Sean cuales fueren.
—En todos. Ahora, deja de mirarme y observa lo que tu tío abuelo es capaz de hacer. No es que lleves la sangre de un dios de pacotilla.
El ego de Tékim había entrado en la conversación.
Riéndome, sacudí la cabeza. Me sequé las lágrimas con la mano libre y asentí.
Puse la mirada en la manta de energía púrpura que cubría la tierra, que ya había alcanzado hasta los volcanes, que nos rodeaba, como esas rosquillas que tienen un agujero en medio.
Bueno, nosotros estábamos en ese agujero, una pequeña porción de tierra que esa magia no tocaba.
Bajo la inundación mágica, los volcanes dejaron de escupir lava y sus cumbres se tiñeron de nieve; la capa gris que cubría los cielos fue barrida por un viento que llegó del este.
Vimos el sol en todo su esplendor, tan brillante que Xel entrecerró los ojos.
El agua se concentró en un punto, a un kilómetro de nosotros más o menos, y fue formándose un río que se unió con las montañas.
Nacía de ellas ahora y serpenteaba hasta perderse en la lejanía.
La tierra se elevó en algunos puntos, formando pequeños montículos.
Lo que antes eran especies vegetales de pantano, se tornaron en bosques como los de Knegara.
Hasta los mosquitos se largaron. La fauna varió.
Vi ciervos corretear entre los árboles; una ardilla escalar por el tronco de un abeto que se había manifestado a unos metros de nosotros.
Allá donde no había bosque, se llenó de campos de cultivo.
En algunos, la verde y salvaje cebada se rizaba al soplo de una brisa agradable.
En un punto entre los campos y las ruinas se formó un pequeño lago regado por las cristalinas aguas de una cascada que nacía de un promontorio de rocas no demasiado alto.
Luego, las ruinas se agitaron, y las piedras que un día conformaron los edificios fueron poniéndose unas encima de otras, como si alguien reconstruye un castillo de naipes al que el viento ha derruido.
Si no había de donde sacar las piedras, surgían de la nada.
Pero bloque a bloque, ladrillo a ladrillo, teja a teja, se formó una ciudad a nuestro alrededor.
Primero, la muralla, un gran anillo de considerable altura.
Luego, una calle. Una hilera de casas. Otra calle.
Iban empedrándose conforme se formaban. Las casas tenían puertas, ventanas y tejados.
Escalones. Fachadas grises, tejados oscuros.
Puertas y dinteles en color plata y oro.
Las casas cercaron el espacio a nuestro alrededor.
Donde estábamos, se formó una gran plaza.