CAPÍTULO 20
De Rádamo
Cuando volví la vista hacia mis compañeros, estaban mirando al dragón mientras se alejaba. Así lo hice también, hasta que no fue más que un punto en la lejanía que pronto dejamos de ver.
—Esa cosa es la enormidad en sí misma —dijo Airyne.
—¿Sabes que enormidad también significa que algo es un despropósito? —dijo Hach, porque ningún otro habría dicho algo así.
No, perdón. Ningún otro, hasta que apareció el draco.
—Oh, zí, y también puede emplearze en el zentido de exzezo de maldad —anotó.
Supe que serían mejores amigos. Aunque no tuviera ni idea del papel de ese lagarto, ni de qué significaba eso de Morador de los Tiempos, seguro que era como una especie de bardo.
—Bueno, pues ya estamos tranquilos. —Tékim suspiró mirando alrededor como aquel que añora un hogar perdido—. Vamos, dadme los cristales mágicos.
—Es el dios de la Magia, el dios de la Magia, el dios de la Magia —oí murmurar a Medora.
—Conjuritos, es solo un dios. —Le palmeé el hombro—. Cuando hayas visto a unos pocos, te parecerán todos iguales.
—Qué chistoso es mi sobrino nieto, no sé si dirás lo mismo el día que veas a mi hermanito Nadiackus.
Iba a tener que ir con una libreta a todas partes, como el bardo, para anotar cada nombre raro, divino o mortal, que me decían. Al menos con ese, porque sentí, en lo más hondo de mi ser, que era muy importante y que debía saber más de él.
—Nadiackuz —gruñó el draco—, zi tú eres una polilla, él ez una plaga de termitaz devorando unas bellaz eztanteríaz.
—Son terribles —anotó Hach—. Tuvimos una plaga en la Universidad de Ardacia hace unos años.
—Oh, la Universidad de Ardacia —dijo Alasdair con mucho asombro—. ¿Es tan hermosa en persona como se cuenta?
Hach abrió la boca para responder; sin embargo, Airyne soltó tal resoplido que llamó su atención.
—No es por nada, pero no quisiera estar aquí cuando llegase la noche, no sea que Arkaidon tenga hambre y decida volver. ¿Podemos continuar el camino y buscar refugio? Mientras andamos, nos contáis qué pintáis aquí, a qué ha venido eso de verter la sangre sobre un pedestal.
—Un momento, ¿alguien me explica qué es el Morador de los Tiempos? —pregunté.
—Ser quien narra la Verdad de los Mundos —dijo el duende—. Airyne enseñárselo a Gris.
—¿Y la Verdad de los Mundos es…?
—Esos tomos en los que se pasa el día escribiendo los hechos más relevantes de cuanto acontece. Sentadito y cómodo junto a su chimenea —respondió Tékim—. No hace otra cosa.
—¿Que no hago otra coza? ¿Zabez cuánto tiempo hace ya que me zacazte de mi chimenea?
¿Que he tenido que calentarme en chimeneaz ajenaz, ezcribir con tinta preztada e ir de aquí para allá a riezgo de perder hasta la última de miz ezcamaz?
—Resolló largamente—. Igual zería mejor pazarme el día faztidiando como tú.
—Yo no fastidio a nadie, ¡yo ayudo! ¡Soy indispensable! Si no fuera por mí, no tendrías mucho que escribir. —Se atusó la túnica de nuevo, en tanto que el otro resoplaba—. En fin, ¿dónde están los cristales mágicos?
Si estableciéramos la altura del ego de la gente normal en, pongamos, dos metros, el de Tékim lo superaría con creces. Con muchas creces.
—Los tiene Medora —indicó Alastus.
—Tú ya sabías que estos dos estaban aquí, ¿no? —le dije al guaperas.
—Claro que lo sabía. Hace largos años que lo sé.
—Largoz años… Normal que me duela hazta el último huezo.
—Era lo mejor, Alasdair. —Tékim no le contestó bruscamente o con retintín, sino del modo en que un amigo hablaría para consolar a otro—. Fue por el bien de todos.
—No, de todoz no.
«Cuántas cosas habrán visto, cuántas sabrán que yo nunca alcanzaré a saber, quizá ni a comprender.
Hasta hace unos años solo era un muchacho perdido en una isla de Ledaria, sufriendo la crueldad del Gremio, y ahora…
Ahora estoy aquí, formando parte de algo más grande que mí mismo», pensé.
Sentí un escalofrío recorriéndome de pies a cabeza y la rotunda certeza de que, lo que estaba por venir, si no acababa conmigo, me haría terriblemente fuerte.
—Sí, Málakor, lo que no te mata, te hace más fuerte. Es un dicho común, muy acertado.
—¿Te importa no leerme los pensamientos? —regañé.
—No me quites uno de mis mayores divertimentos —respondió jocoso, y luego miró al chiquillo, que había estado callado como una tumba, sin apartarse de mi lado—.
Has heredado la mirada de tu tía abuela Deidre, si no fuera por la sangre élfica que hay en ti, casi diría que, cuando me miras, parece que sea ella la que me está mirando.
—La he visto.
—¿En persona?
Negó con la cabeza.
—En mis sueños y en las estatuas de Narqania.
Por si alguien se ha olvidado, es la ciudad de los elfos oscuros, bajo tierra, en algún punto de los túneles.
Una de ellas, porque hay otro reino llamado Quolarth, en el que reina la hermana de Darleoth, el elfo oscuro que gobierna en la otra.
Por lo que Xel me contó estando en los túneles, algún día iban a matarse entre ellos.
No le dolió decirlo, y eso que hablaba de su madre.
La relación de Xel con sus congéneres era tan horrible como la mía con Ledaria, tanto que deseaba su muerte incluso llevando su propia sangre, tanto como para no importarle que los demás dijéramos cosas horribles de ellos.
—Hay templos dedicados a la diosa donde se derraman litros de sangre cada día, enana, humana o élfica.
De cualquier criatura que tenga un poco de sangre que puedan derramar —siguió diciendo mi sobrino—.
Las Hermanas de las Oscuridad Invicta rajan las gargantas de los niños, cercenan las cabezas de los hombres, abren los vientres de las mujeres que…
Lo frené con un gesto. El de Medora empezaba a descomponerse al escucharlo mencionar tantas atrocidades.
—Está bien así, Xel, bastaba con lo primero. Eso de derramar litros de sangre, ¿vale? —pedí amablemente—. Con eso nos habría enterado bien.
—Vale —dijo, y sonrió.
—Vale. —Inspiré por la nariz y espiré por la boca, lentamente—. Hagamos caso a la rubia y vayámonos de aquí de una vez.
—No iremos a ninguna parte —anunció Tékim, que extendió la palma de la mano derecha hacia nosotros. Abrió y cerró los dedos, mientras decía—: Los cristalitos, vamos.
Medora fue a dar un paso hacia él, pero le puse la mano en el brazo.
—No, antes nos debes una explicación —dije.
—¿Y no preferirías que te la diera mientras estás sentado cómodamente frente a una chimenea, en un salón acogedor, con el estómago lleno y disfrutando de una cerveza, después de darte un reconfortante baño?
Miré a mi alrededor con gesto interrogante.
—Sí, claro, estoy viendo todo eso aquí, ¿lo vas a invocar con tus poderes divinos? ¿Eso no sería alterar el dichoso Equilibrio con el que tanto se os llena la boca?
—¡Málakor! —regañó Hach—, no le hables así a Su Divinidad.
—Ah, no, lo de Su Divinidad te lo reservas para mi hermanito Damien, a mí llámame Tékim, me gusta parecer cercano. Campechano. Amable.
—Tan amable como un clavo entre laz garraz —farfulló Alasdair.
El mago, tras darle el bastón al draco, repitió su gesto, aquella vez con ambas manos.
—Los cristales, por favor.
Medora los sacó de la bolsa de Sha y dio unos pasos hacia él. Con mucha solemnidad, y casi temblando, los fue poniendo en sus manos. Al contacto con las del dios, se hacían pequeños, de manera que le cupieron en la palma. Cuando los tuvo todos, desaparecieron.
—Es asombroso —musitó Medora—. Asombroso.
—Es el mejor mago del mundo —Panceta imitó su voz, y casi estallo en carcajadas.
Andaba dando vueltas y vueltas, mirando al cielo de vez en cuando. El dios, que debió escucharlo, entrecerró los ojos mientras lo miraba.
—Si no fueras una de las creaciones favoritas de mi sobrina Yssal, te quemaría el rabo.
—Gof, qué suerte la mía entonces.
—En fin. —Tékim se frotó las manos con mucho brío—. ¡Vamos allá!
—¡Espero que estéis preparados para lo que vais a ver! —exclamó Alastus—, porque es una de las cosas más sorprendentes que veréis jamás. —Se acercó un poco más a la maga. Con un gesto cariñoso en la mirada, le dijo—: Medora, no pierdas de vista las ruinas. No lo hagas.
—No lo haré —respondió ella con una sonrisa.
Tékim cogió el bastón y adoptó una pose casi regia con él. El mentón alzado, la mirada decidida y un gesto complacido en los labios.
—Lúcete, lo eztáz dezeando —le dijo Alasdair—. No zé para qué tanta poze. Mira que te guzta hacer el idiota.
—Sí, sí, haciendo el idiota, ¿como cuando cogí la Espada Esmeralda? ¿Como cuando cogí el Cetro? ¿Como cuando…?
El draco lo interrumpió. No sé qué le dijo, ni en qué clase de discusión se enfrascaron, porque empecé a oír sus voces de fondo mientras que en mi cabeza solo se repetían las mismas palabras: Espada Esmeralda.
Espada Esmeralda. Espada. Esmeralda. Me llegó de golpe la visión de Anamkha cortándole la cabeza a un ser como Von Salchicha (el vampiro de la cripta de Téramo, por si os habéis olvidado de él) con una espada de empuñadura esmeralda.
—Anamkha —musité primero. En voz más alta, repetí su nombre—: Anamkha de Erisias. Ella tiene una espada esmeralda.
Sentí que todas las miradas se ponían en mí.
—Ella no solo tiene la Espada Esmeralda, ella…
La voz de Tékim sonó amortiguada, porque el draco le había puesto su garruda mano, a duras penas, encima de la boca.
—¿Te quierez callar? ¿Puez no zabez que ezo zon cozaz que tu zobrina Yzzal ha dicho que tiene que dezcubrir por zí mismo?
Tékim le apartó la mano mirándolo con disgusto.
—No sé qué daño haría una información así.
—Eso mismo digo yo —repliqué cruzándome de brazos—. Para una vez que alguien tiene a bien decirme algo…
—Yo te digo muchas cosas, Málakor —dijo Hach.
—Ya, pero tú no eres un dios que sepa más de mi destino que yo mismo.
—¿Os podéis callar de una vez? —bufó Airyne—. Me duele hasta la última fibra del cuerpo y quiero tomarme esa cerveza. Dejad al dios.
—Oh, gracias, señorita Ordom. No esperaba menos de alguien con ese apellido.