CAPÍTULO 19
De los secretos que guardan las piedras y de una enormidad con escamas
Aquellas figuras desprendían un aura increíble de divinidad.
Uno de ellos tenía forma humana. Pelo negro, ojos negros, complexión media.
Vestía una túnica de un rojo que me recordó al cabello de Anamkha.
En la mano derecha portaba un gran y elaborado bastón que le superaba en altura.
No el típico en el que un anciano se apoyaría para caminar.
Era algo más especial. El otro era un lagarto de escamas amarillentas, regordete y chato, levantado sobre sus extremidades traseras.
Llevaba unas lentes sobre su pronunciado hocico que hacían que sus ojos se vieran enormes, así como una túnica, roja también, adornada con bordados broncíneos.
—Maldito zeaz, viejo rojo, me dijizte que iban a zer zolo unos mezez, pero no. ¿Cuánto tiempo ha zido? —Repiqueteó en el suelo con una de sus extremidades, cuyas garras sobresalían del bajo de la túnica—. Ahora te vaz a enterar, te voy a faztidiar lo que máz te guzta.
«¿El lagarto sobre dos patas acababa de hablar?», pensé, boquiabierto.
—¿El lagarto acaba de hablar? —Airyne puso en voz alta mis pensamientos.
—No es un lagarto —dijo Medora—, creo que es Alasdair, el Morador de los Tiempos.
—Ah, sí, claro, cómo no lo había reconocido… —murmuré.
La maga, en otras circunstancias, me habría sacado la lengua, pero en esas solo sacudió la cabeza. Arkaidon pasó sobre nosotros, tan rápido como una estrella fugaz, agitando el aire a su paso. Luego ascendió con un majestuoso batir de alas.
—Claro que no zoy un lagarto, zoy un draco y permitidme que proziga. —Con voz chillona, agregó—: Él ez Té…
El de rojo hizo un gesto con la mano y el draco se quedó paralizado, con la boca entreabierta, los ojos medio cerrados y una de sus pequeñas garras levantadas.
—No vas a estropearme nada, Alasdair —dijo.
La estridencia de su voz me dejó sorprendido, era como oír a un gato maullar desafinado. Se sacudió la túnica; luego cerró el puño, se lo llevó a los labios, se aclaró la garganta y extendió la mano a la par que extendía el dedo índice y señalaba al cielo con él. Entonces exclamó con ganas:
—¡Yo soy Tékim!
—Tékim —musitó Medora, con sorpresa.
Igual que si tuviera un libro en la cabeza, vi pasar páginas y páginas hasta que en una de ellas apareció ese nombre.
Era el Dios de la Magia. El Padre de los Dragones.
Bueno, pensé, si era el progenitor de los escamitas igual estábamos salvados.
A no ser que Arkaidon y él se llevasen a matar como yo con ese supuesto padre que tuve llamado Roan.
Que será ya poco más que un montón de huesos, lo cual me hace inmensamente feliz.
Quizá había sido su presencia lo que había retrasado las ganas del dragón de comernos.
Tal vez terminaba por alejarse de nosotros.
—Sí, ¡Tékim! ¡Y soy el Dios de la Magia!, lo que me convierte en el mejooorrr mago del mundo, ¿entiendes?
Salvo Alastus, tenían todos la mandíbula en el suelo.
El guaperas, porque seguramente ya habría hablado con él antes, y yo porque empezaba a estar acostumbrado a tratar con dioses.
Aunque no dejaba de ser asombroso, no me sorprendía tanto.
Como me había explicado Háchpirey en lo que ahora me parecía otra vida, me había habituado.
El dragón «se descongeló» con otro toque del dios.
—¡Erez tan molezto como una polilla comelibroz! —Lo miró con inquina entrecerrando los ojos, antes flotar desde el pedestal hasta el suelo—. ¿Cuánto tiempo máz tendré que aguantarte?
Confuso a más no poder, me levanté y ayudé a hacerlo a Xelirian y Panceta.
—¿Estáis todos bien? —preguntó el dios.
Poco a poco, mis compañeros se pronunciaron con un asentimiento, mientras se ponían en pie.
Todos con las ropas llenas de polvo y ramas.
Con algunos cortes leves aquí y allá. Otro golpe de viento removió la tierra e hizo rodar unas cuantas rocas.
El dragón Arkaidon estaba sobre nosotros, batiendo las alas.
Dos grandes alas negras como la obsidiana unidas a un cuerpo igual de oscuro y monstruoso.
—En este momento nos vendría bien ir por partes, eh, quiero decir: primero resolvemos qué hacen aquí estos dos y luego ya nos dejamos comer por un maldito dragón —bufé.
Nadie dijo nada, observaban cómo Arkaidon descendía.
Mis amigos con pavor, los extraños con una mueca de fastidio.
Cuando se posó en el suelo, todo tembló.
Hasta yo, por dentro, como si su peso sobre la tierra alterase la sangre de mis venas y el centro de mis huesos.
Una sola de las garras de sus patas era más grande que mi cuerpo.
Diez veces más. Veinte quizá. Tragué saliva.
Si esa cosa decidía atacarnos, ni mi coraje ni mi espada bastarían.
Panceta soltó un gruñido lastimero, Xelirian tembló.
Tranquilicé al perro y apreté el hombro de mi sobrino.
Arkaidon soltó un gruñido tal, que nos movió a todos el cabello. Su aliento no era demasiado caliente, pero hedía como si se hubiera comido una canasta de pollos mohosos. Nos cubrimos la boca, reprimiendo las arcadas.
—Oler peor que bebida sagrada de elfos de Flig —dijo Gris.
Airyne le puso una mano en la boca, por miedo a que la atención del dragón recayese en él y acabase triturado por esos dientes irregulares, afilados y descomunales. Sin embargo, Arkaidon ignoró al duende y puso los ojos, amarillos cual monedas de oro recién acuñadas, en el tipo de rojo.
—Mago. —Su voz sonó como si chocasen dos montañas y todas las piedras que las componían rodasen con gran estruendo ladera abajo—. Nadie entra en mi pantano sin que ello tenga consecuencias.
No es que yo hubiera escuchado nunca chocar a dos montañas, de hacerlo probablemente no estaría vivo, pero haciendo un esfuerzo imaginativo…, sí, a eso sonaba.
—Soy el Dios de la Magia, ¿entiendes?, y soy tu padre. Así que, escúchame, Arkaidotelecometridon, escúchame atentamente.
—No apostaría mi fortuna a ser capaz de decir ese nombre estando borracho —musité.
—Ya te costaría hacerlo sobrio… —Airyne me hizo reír a pesar de las circunstancias.
Tékim puso el dedo más tieso aún y señaló con él a la criatura.
—He sido invocado por la sangre de los seis linajes para la reconstrucción de Rádamo ¡y para propósitos más grandes e importantes que tu capricho de ser el dueño y señor del pantano!
—¡No es un capricho! —bramó el dragón—. Soy Arkaidon, el último de los dragones negros. ¡He arrasado leguas de tierra con mi ácido! ¡Soy el temor de naciones enteras! ¡Hice frente a Ishim Ordom, el Cazador de Dragones, y sufrió mi ira!
Su voz se hizo cada vez más cavernosa y él fue irguiéndose hasta casi tapar el sol.
Unos y otros habríamos deseado esconder la cabeza como si fuéramos tortugas, porque su tono era casi dañino para los tímpanos.
Xel se tapó las orejas, y puse las manos encima de las suyas.
El pobre de Panceta estaba con la panza pegada al suelo, las orejas gachas y rabo más pegado a la tierra que si fuera una raíz.
Los demás estaban blancos; hasta el bardo observaba a aquella mole sin decir palabra. Y eso…, eso era raro en él.
—Oh, vamos, vamos —dijo el de rojo, con total tranquilidad—, te tuve en mis manos cuando eras solo un huevito, no presumas tanto. Y lo de Ishim, más bien fue que el segundo mejor mago del mundo te envío de una paliza mágica a tu cubilito, con el rabo entre las patas.
Arkaidon entrecerró los ojos y soltó otro bufido que olía peor que una letrina de Ledaria.
—¡Esta tierra es mía! —bramó el dragón—. ¡No quiero ver más magos por aquí! —Golpeó con una de sus patas el suelo; todo volvió a temblar—. ¡Y, ni mucho menos, quiero verte a ti, Tékim Ordom!
—Tékim Ordom de Rádamo y Qaelin. Rá-da-mo, ¿eh? —El dios levantó aún más el dedo y la voz—. No de Las Islas o Lerok. No Tékim de Erisias ni Tékim de Ardacia. ¡De Rádamo! Así que, disculpa que te corrija, oh, gran malignidad, prodigio de mis creaciones donde las haya: ¡esta tierra es mía!
—Máz valez que oz pongáiz cómodoz; cuando ze ponen azí, va para largo…
No sé qué más dijo, porque Arkaidon soltó otro gruñido y pateó de nuevo el suelo.
—¡Marchaos! ¡No dejaré de vosotros ni los huesos! ¡No permitiré que perturbéis mi paz!
—Tus amenazas me importan menos que la túnica rota de un hechicero de tres al cuarto.
Además, ¿qué paz?, hijo, ¡¿qué paz ni que raíz de mandrágora?
! —dijo el dios, que bajó la mano y sostuvo con ambas el báculo—.
¡Qué aburrimiento dirás! Aquí solo, comiendo viajeros perdidos, monstruos de pantano y nada más.
¿No echas de menos los días de gloria en los que despedazabas otros dragones?
El dragón soltó un gruñido que sonó a asentimiento. Por un momento me pareció la típica charla entre padre e hijo, como si en vez de un dragón y un dios, fueran un granjero y su chiquillo, en su época de mayor rebeldía.
—¿Lo mucho que te gustaba separar las cabezas de los dragones rojos del cuerpo? —agregó Tékim.
Era buena señal que tuviéramos posibles enemigos en común con ese arma de destrucción con alas.
—No hace mucho que me comí a uno. Aún siento el sabor de su sangre en la boca —se relamió.
Me rondó la cabeza la idea de que con esa lengua, bien estofada, podrían alimentar a mi compañía de mercenarios.
Entonces me vino Brianna a la mente. Alucinaría al ver a un dragón, un dios y un lagarto que hablaba con la zeta, como esos viajeros llegados de algunos pueblos de Paltia. «Ojalá estuvieras aquí», pensé.
—Arkaidon —intervino Alastus, sacándome de mis pensamientos, dando un paso al frente.
El dragón giró de una sola vez la enorme cabeza hacia él. No diré más que es enorme, os tenéis que imaginar algo muy enorme todo el tiempo, absolutamente enorme.
—¿Qué quieres, príncipe de Irasis? Ya sabes que no me gusta veros por aquí.
—No es cuestión de lo que tú y yo queramos, de lo que nos guste o no, se va a librar una guerra y necesitamos Rádamo.
Si no aceptas nuestra presencia aquí, pronto verás en tu pantano a los dragones liche de la Ciudad Maldita, y entonces pensarás si el trato que tenemos que ofrecerte no es mucho más ventajoso que el que ellos te darán.
—Que zerá la muerte, con toda probabilidad —anotó Alasdair.
—Soy mucho más fuerte que esos dragones cadavéricos.
—Los magos oscuros han desenterrado a nuestros hermanos, y tú solo no podrás con todos ellos. Son demasiados. —Alastus lanzó una mirada de advertencia a su escamoso igual.
Arkaidon soltó un bufido, dando por concluida aquella cuestión. Puso la vista en Medora y la estudió detenidamente.
—Una Méistari.
¿Ese gesto que había hecho con la boca era una sonrisa?
—Uno de los tuyos estuvo aquí. —Se rascó la cabeza con una de las garras—. ¿Cuándo fue? No sé, los años humanos me confunden, pero he comido y dormido bastante desde entonces.
—¿Un Méistari? —La maga dio un paso hacia él. Las ganas de saber le arrebataron el miedo al dragón—. ¿Quién?
—No lo sé. Solo lo olí desde lejos, no lo vi —respondió él.
Medora torció el gesto.
—¿Puedo decir unas palabras? —soltó Hach.
—El bardo pidiendo permiso para hablar —murmuré, al tiempo en que aplastaba contra mi cuello uno de esos mosquitos de pantano a los que la presencia de Arkaidon no parecía quitar el apetito—. Esto sí que es preocupante.
Le soltó su presentación al dragón, al dios y al draco.
Como si estuviera en la maldita Corte de Ardacia en vez de en la situación en la que estábamos.
Los tres lo miraron atentos. El dragón, como si viese hablar a una vaca; Tékim, con los ojos entrecerrados; Alasdair, con una mueca parecida a una sonrisa complacida.
—Entiendo que existan viejas rencillas entre todos vosotros, quién no se ha peleado alguna vez con la familia —anotó después Hach, en tono conciliador—, mi padre y yo…
—Ve al grano, cantamañanas —demandé entre dientes.
—P-perdón. —Carraspeó—. Lo que quiero decir es que, considerando que la situación a la que nos enfrentaremos en estas tierras es de una gravedad absoluta, es menester que arregléis vuestras cuitas.
—Un bardo —Arkaidon lo miró como si fuera a devorarlo—, habéis traído a un bardo a mi pantano. Qué poco me gustan los bardos.
—Estamos de acuerdo en algo, hijo —soltó el dios.
—Pues a Gris gustar los bardos —dijo el duende, disgustado—. Hach amigo.
—Hach amigo. —Le dedicó una sonrisa que, en aquellas circunstancias, se veía extraña.
—Si una de tus condiciones para que nos quedemos aquí, es que lo mandemos de vuelta a casa, no pasa nada, sacrificamos al cantamañanas y ya está —dije.
Hach me miró levantando ambas cejas, ofendido.
—¿Qué? —Me encogí de hombros—. Lo hago por el bien común.
El bardo resopló.
—No quiero veros por aquí ni hacer ningún trato con vosotros —dijo el dragón.
—Tampoco puedes hacer nada para echarnos, porque puede que tú seas Arkaidon el Negro, pero ¡yo soy un dios primigenio! —Tékim levantó tanto la voz que movió el aire.
—No hace falta que gritez —refunfuñó Alasdair—, y termina con ezto de una vez. Tengo laz pataz entumezidaz y nezezito urgentemente una chimenea y la biblioteca de Rádamo. Oh… —casi se le cayó la baba—, la hermoza, nutrida, mágica y colozal biblioteca de Rádamo.
A Medora y Hach les brillaron los ojos. Puedo jurar que, de no ser por la situación en la que nos encontrábamos, habrían asaeteado a preguntas al draco sobre las cualidades de la biblioteca.
El dios señaló a algún punto en el este mientras decía:
—Cuando entres en razón, Arkaidon, hablaremos. Escucharás lo que tengo que decirte, porque esta guerra también te necesita. Mientras tanto, puedes irte a tu cubil.
Una de las protuberancias óseas que la enormidad tenía sobre los ojos se levantó. Resopló, y de los ollares le salió una pequeña nube hedionda.
—Más vale que os quedéis en la ciudad. Si os veo por el pantano, seréis mi cena.
Soltó un gruñido y levantó el vuelo. Otra vorágine de polvo, ramas y cuantas cosas pudiera levantar el aire que batían sus alas nos envolvió. Me froté los ojos y miré a Xelirian. Tenía la cara llena de suciedad. Se la limpié como pude, con las mangas, y me agaché para mirarlo a los ojos.
—¿Estás bien?
—He visto a Arkaidon el Negro, bien no estoy, aunque ha sido la cosa más emocionante de mi vida.
Su entusiasmo me hizo sonreír. Le revolví el pelo con cariño. Él esbozó otra sonrisa.
—Casi me orino encima —dijo Panceta.
—Lo raro es que no hayas ido a orinar en la pata del dragón.
—Si vuelve a amenazarnos, lo haré.
—Sí, ahora hazte el valiente.
Él alzó el hocico, muy digno. Lo observé mientras iba a husmear aquí y allá, sin llegar a acercarse al draco y al dios. Menos mal, porque menuda podría liarse si les meaba en la túnica.