CAPÍTULO 18 #2
—La sangre, ¡rápido! —apremió el dragón, que sacó una daga de debajo de sus ropas, se cortó en la palma de la mano y la puso contra la inscripción.
La piedra se tiñó de vetas plateadas y azules.
La estatua crujió, las enredaderas que la rodeaban se movieron, como serpientes que empezasen a desenroscarse de una rama.
Medora se hirió también. Su sangre brilló en tonos púrpuras al caer en la inscripción.
El verdín de la estatua fue desapareciendo poco a poco.
Lo hizo aún más cuando Airyne dejó su sangre, que fue dorada.
La de Háchpirey, de un rojo que se volvió carmesí, quebró algunas ramas que cayeron a los pies de la estatua, revelando algo más de aquella figura que había sobre el pedestal.
Era un mago. Vi los bajos de la túnica de un mago.
Lo que había a su lado parecía un niño. Pero estaba demasiado sucia la piedra aún como para apreciar los detalles.
Xelirian dio un paso hacia la estatua.
—¿Estás seguro? —le pregunté.
La tierra volvió a temblar y una ráfaga de aire violenta arremolinó nuestros cabellos, así como las hojas de los árboles, combó las ramas de aquellos que estaban muertos, derribó parte de otro muro y dibujó ondas sobre el agua.
—Sí. Lo estoy, tío.
Desenvainé la espada y le acerqué la punta.
Él pasó la mano por el filo y se hizo el corte.
Me sentí mal por ver la sangre de ese chiquillo en el filo de mi espada.
Cuando puso la mano sobre la piedra, el color de su sangre se volvió del blanco más puro que hubiera visto jamás.
Cualquier cosa que cubriese la estatua cayó.
Ramas, hojas, verdín, musgo. Volaron lejos por la fuerza de otra ráfaga de aire.
Solo quedó la negrura del tiempo cubriéndola.
Sentí que algo se movía sobre nuestras cabezas.
Algo que tenía la misma energía que Damien.
Caos. Destrucción. Levanté la mirada al cielo.
Arkaidon el negro estaba sobre nosotros.
Una mole letal de ácido, escamas, garras y afilados colmillos.
Sus alas extendidas, su cuerpo gigantesco, ensombrecía la luz.
Temblé, quisiera yo o no. Mi instinto de supervivencia me decía que corriese; que buscase un lugar en el que refugiarme.
Que no me quedase allí a esperar que se acercase más.
A hacerle frente. «Huye, huye, huye». Solo eso escuchaba en mi cabeza.
Eso y el bombeo de mi corazón en los oídos, fuerte como un martillo.
Los demás estaban igual que yo, mirando hacia arriba, el rostro lleno de terror.
—¡Rápido, Málakor! —dijo Alastus—. ¡Hazlo! ¡Dale tu sangre a la estatua!
Arkaidon dibujó un movimiento en el cielo que me recordó al de los halcones cuando están a punto de caer sobre sus presas; solo que las presas de Arkaidon éramos nosotros.
Le pedí a los dioses que nos protegiesen y, de una zancada, me coloqué delante de la estatua. Sentí el acero rajando mi carne y apreté los dientes. Odiaba esa sensación, más en la parte blanda de las manos. Posé la palma sobre las letras.
Mi sangre, de un rojo brillante… Solo se quedó roja.
—El rojo es el color de los dioses. —La voz de Azani sonó en mi cabeza—. Eres el hijo de los dioses. El hijo del Sol y el Agua. Eres la luz. La Luz de todas las luces.
No me pareció que fuera a haber más luz: la sombra de Arkaidon tapaba cualquier resquicio del sol de tan cerca como estaba.
Una palabras escritas en el color de mi sangre surgieron en el pedestal, impeliéndome a leerlas.
—Con la sangre de los siete linajes, yo te traigo de regreso al lugar que fue tu hogar.
La tierra se agitó con violencia. Una fuerza me atrajo tanto a la piedra que pensé que la mano pasaría a formar parte de ella.
Las palabras refulgían emitiendo haces de luz que se hicieron cada vez más largos, más grandes, más fuertes.
Un golpe de energía invisible emergió de la estatua y nos arrojó a todos al suelo.
El aire más salvaje y desbocado que había sentido jamás nos rodeó.
Levantó cascotes de piedra, ramas; levantó el agua del pantano como si empezase a llover desde la tierra.
Abrí un poco los ojos, soportando el golpe del aire que los secaba, y vi a Xelirian a apenas un metro.
Me arrastré hacia él y lo cobijé con mi cuerpo.
Panceta se coló entre el niño y yo. Hach, Airyne y Gris estaban tendidos bocabajo en el suelo, pegados los unos a los otros.
Medora y Alastus se daban la mano, tumbados también.
El dragón seguía sobre nosotros; sin embargo, le costaba mantener el vuelo a causa de aquel aire desbocado.
Algo pasó rozándome la mejilla. Una rama tal vez, dejando escozor tras ella.
Me encogí más para proteger a Xel y a Panceta.
Solo quería que aquello pasase. Que la tierra dejase de temblar.
Que el aire dejase de soplar. Que Arkaidon volviera al agujero del que habría salido.
Solo quería estar con mi sobrino, sentado en alguna parte, mientras le leía una novela.
No estaba preparado para morir con él en mis brazos, para que él lo hiciera también, entre las fauces de un dragón o por aquel vendaval que arrastraba cosas a nuestro alrededor, con tanto como nos quedaba por vivir.
Con tantas promesas como le había hecho.
Quería volver a ver a Leyla. Quería ayudar a Anamkha.
Salvar a mi madre del Olvido. Cobrarme la justa retribución de los crímenes de Azskar.
Quería hacer tantas cosas que empecé a sentir la impotencia de no poder hacerlas jamás.
—Todo irá bien, tío. Beril né veril —me dijo Xelirian.
Eso me hizo sonreír y recordar las palabras de mi amiga.
— Beril né veril —pronuncié torpemente.
—Eso es. Ya practicaremos.
¿Cuándo?, me pregunté a mí mismo.
Una luz deslumbrante lo inundó todo; un destello que fue casi abrasador.
Tuve que cerrar los ojos para no quedarme ciego.
No estaba preparado para morir, tampoco para ver lo que vi, a los pies del pedestal, cuando pude abrirlos.
Había dos figuras ante mí, que me costó vislumbrar con claridad.
Sin embargo, cuando lo hice, pensé que tal vez había muerto y volvía a estar en el mundo entre los mundos.
Porque ellos, desde luego, no me parecieron de este.