Málakor 4 CAPÍTULO 18
19%

CAPÍTULO 18

Del extraño hallazgo

Sobre un alto pedestal, además de ser roja, estaba cubierta casi por completo de verdín, ramas secas y enredaderas.

Se adivinaba bajo estas una silueta antropomorfa con un bulto en la zona baja.

Panceta se acercó a ella, quizá con intención de marcarla, pero lo retuve a tiempo.

En tanto que el perro se quejaba, le pregunté a Airyne:

—¿La habías visto antes?

—Sí, alguna vez, pero de lejos. Me daba repelús pasar a su lado. Ahora pienso que era por la energía mágica que dice Medora que desprende, no sabía interpretarla y opté por no acercarme.

—Es que… —musitó Medora, mirándola hipnotizada—, es que no es solo una estatua.

—Desde luego que no, una estatua nunca es solo eso.

Cuentan muchas cosas sobre la ciudad en la que están, y esta seguro que nos contará muchas cuando consigamos retirarle todo eso de encima —comentó el bardo—.

Por lo que aprecio de ella, está hecha de un material rojizo.

Como granito al que hubieran vertido encima jugo de guindas.

—Lleva aquí largos años —dijo el dragón—. Esperándonos.

Entre las ramas se adivinaba un ojo y me pareció que lo guiñaba. Asustado, di un paso atrás.

—¿Esperándonos? —Háchpirey se volvió hacia él—. ¿A nosotros?

Alastus asintió.

—A ver, dragoncito —Medora se cruzó de brazos—, ¿qué es lo que no nos estás contando?

Él esbozó una sonrisa tranquila.

—No he de ser yo quien os lo cuente. Ha de ser él. Aunque hace falta algo más para que pueda hacerlo.

Alastus se acercó a la estatua y empezó a quitar ramas del pedestal, cortando con su daga las que se resistían a salir de un tirón. Medora y Gris se acercaron a ayudarle. El duende se metió algunas hojas en la boca y las masticó con fruición. Arrugué la nariz. Debía de saber a pantano.

Cuando despejaron una de las caras del pedestal, vi grabada en la piedra una larga inscripción. Estaba muy deteriorada y las pocas palabras que se advertían con nitidez estaban escritas en la lengua de los dioses.

—Tengo que leerlo, ¿verdad? —dije, y tragué saliva.

—Así es —anotó Hach—, y recuerda que puedes hacerlo.

Rememoré lo que Kebarenis me había dicho; la fuerza que me había transmitido.

La imagen de mi madre hablándome en su lengua.

La sensación vivida en el mar de páginas.

Di un paso hacia el pedestal e impelí a mi cuerpo y a mi mente a tomar aquella misión como propia, por más que todo mi ser temblase en dudas.

Volví a mirar a la estatua, ¿por qué me parecía que había vuelto a guiñarme el ojo?

Medora me puso la mano en el hombro.

—Vamos, Espadita, eres hijo de los dioses, puedes hacerlo.

Tras suspirar desde lo más hondo, fijé la vista en aquellas palabras que no comprendía, que apenas podía distinguir y pasé la yema de los dedos por las hendiduras del grabado.

Una «o», una «v». Un carácter irreconocible para mí, pero que se parecía a una «e».

Otros tantos más así. Iguales o no. Mientras las tocaba, sentí calor emerger de la pulsera y el medallón.

Un calor agradable, preludio de cosas buenas, que recorrió la piel hasta la yema de mis dedos.

Esas palabras fueron refulgiendo en tonos dorados, como si una pluma hecha de tinta de oro estuviera reescribiéndolas.

Mis amigos soltaron una exclamación de asombro; yo seguí repasando aquellas letras con la yema de los dedos y continuaron tornándose doradas.

Poco a poco, pasaron de estar escritas en aquella lengua extraña a ser reconocibles en la mía.

—Las reconozco —musité—. Reconozco las palabras.

—¿Y qué dicen? —quiso saber Airyne.

Todos se arremolinaron en torno a mí.

Fijé la vista en la primera palabra. Seis.

Igual que días antes, con Kebarenis, una parte de mí se alejó de aquella realidad.

Como si mi cuerpo se partiese en dos. La parte consciente, la que pisaba el lodo del pantano, la que aún sentía los dientes de las sanguijuelas en la piel; y una parte que no sentía nada.

Ni cansancio. Ni hambre. Ni dolor. Como cuando estaba con Anamkha.

Me miré la mano herida. El dedo… estaba allí.

Parpadeé. Ya no. Volví a cerrar los ojos y a abrirlos.

Volvía a tenerlo. El medallón irradió su calor con más fuerza.

Solo estábamos esas palabras y yo, pero, por las regiones del ojo que existen aunque no quieras verlas, me pareció que el pantano ya no era un pantano.

Era una gran ciudad. De calles empedradas, bulliciosas, llenas de gente.

Mujeres, hombres, niños… de toda edad, origen y condición.

Mercaderes, sencillos habitantes, jinetes a caballo, hortelanos empujando carros de frescas verduras, escribas cargando con pergaminos y libros, guerreros, exploradores, bardos…

Todo tipo de gentes. Pero, sobre todo, magos.

Un mago por cada piedra de esa ciudad. Y el sol, en ella, sí brillaba con toda sus fuerzas.

Miré hacia la derecha, esperando verla, pero solo me encontré con el pantano.

Así que volví a cerrar los ojos y enfoqué la vista en esas palabras.

—Es lo que dijo Medora. Lo de aquel cuento de Las Lejanas que le contaba su padre.

La sangre de seis . —Leí, porque cantar no era lo mío, mientras pasaba los dedos por cada palabra—.

Seis despertarán a los que duermen. —Las letras se volvieron de un rojo brillante como nunca había visto—.

Seis con la sangre de seis. Sangre de siete linajes.

Sagrados. Unidos. —Más rojo—. Seis con la sangre de seis.

Seis para honrar al Bien. Seis para traer la paz.

Un nudo me encogió el estómago. La sensación de pertenencia más abrumadora que había sentido. Pertenecía a esas palabras como ellas a mí.

—En el viejo mar verde, entre ruina y sombra, seis honrarán la sangre de seis. Y sobre el rubí la verterán. —Sentí me faltaba el aire y me detuve unos segundos. Inspiré, espiré y leí la última frase—: La sangre sanará la tierra que herida está.

—La canción que mi padre cantaba no era, simplemente, una canción —musitó Medora—. Era una profecía que trajo de tierras lejanas. Esa de la que habló la reina de Aberrak.

Mi corazón se desbocó. Lo sentí latir por todo el cuerpo.

En el pecho, en la garganta, en la cabeza…

Fuerte y presente. Como si quisiera recordarme que estaba vivo.

Que mi sangre se movía con más ganas que nunca.

Eso era. Mi sangre se movía. Mi sangre quería estar en aquellas letras.

Mezclarse con el rojo de las palabras. Sacudí la cabeza, porque eso me pareció una locura.

Tanto como haber podido leer aquellas palabras en lengua tan extraña.

Cuando volví a la realidad, me giré para mirar a los demás.

—Tenemos que verter nuestra sangre en la estatua. La sangre de los seis.

Hach asintió al punto.

—Sangre de seis, pero de siete linajes. Airyne, de los Ordom.

Málakor, hijo de dioses y reyes. Medora, de los Méistari.

Alastus, de los dragones. Xelirian…, de los Ordom, de los dioses o quizá algo más, porque en él hay algo que aún no comprendemos.

Y yo, aún no sé lo que soy. Pero pronto lo haré, porque han dicho los dragones que la biblioteca de Rádamo es la más inmensa que he visto jamás, la más hermosa y llena de conocimiento.

—Gris no estar, pero Gris ser un Heraldo, eso sí ser.

El dragón asintió a las palabras del duende. Ese escamitas sabía de más.

—¿Te recuerdo que esto son ruinas, cantamañanas?

—Pero pronto no lo serán—dijo Alastus, con ese gesto misterioso suyo.

—Si esa biblioteca existe, es menester que la veamos. Los libros necesitan de las personas —dijo Medora—. Si nadie los lee nunca, es como si estuvieran atrapados y sus palabras no pudieran llegar a ninguna parte, dormidas, para siempre, en la soledad de la estantería.

—Yo quiero despertar a muchos libros —dijo Xelirian.

—Lo harás. —Medora sonrió—. Vamos, tenemos que hacerlo.

—Esto es una locura —soltó Airyne, tan sorprendida como asustada—. ¿Y si es una treta?

Miramos a aquella estatua como si tuviera la respuesta a todas nuestras incógnitas.

—Gris pensar que no, pero Gris solo ser duende. —Siguió masticando una hoja parduzca. Como Airyne no le había regañado, supuse que era comestible.

—Si fuera una treta, Kebarenis no le habría enseñado a Málakor lo que le enseñó —comentó Hach, haciendo aspavientos—. Y espero que no te pongas a decir que podría ser una treta por parte de los dragones, porque eso sería más que absurdo. Nos han tratado muy bien, y hasta Azani estuvo allí.

—Os puedo prometer que no es ninguna treta. Lo juro por mi sangre.

Hubo algo en los ojos del dragón que me empujó a creer su verdad. Volví a coger aire con todas mis fuerzas. Miré a Airyne, ella parecía confiar también en él.

Panceta soltó un ladrido y hundió la nariz en la tierra. Algo en ella no le gustaba. Al punto, todo tembló, aunque leve y cortamente.

—¿Qué ha sido eso? —musitó Xelirian.

Lo atraje hacia mí y le puse la mano en el hombro.

—Los volcanes de más arriba, Xel, estarán escupiendo enfadados porque ya ha pasado el alba y nadie les ha dado el desayuno —dije para calmarlo.

—No, no es eso, tío.

Otro temblor. Otro más. Con la cadencia de unos pasos, pero dados por gigantes. Un fuerte viento se levantó. Como si la tierra estuviera exhalando desde sus entrañas un aliento helado y… ¿a qué olía? ¿A sustancia regurgitada?

Me llevé la mano al pomo de la espada mientras que con la otra pegaba más a Xelirian a mí.

—Algo se acerca —dijo Panceta—. Algo enorme. Algo que huele como Alastus.

Un dragón. Un maldito dragón.

—Panceta, ven. ¡Corre!

El perro se pegó a mis piernas, mirando atento al cielo.

Todo cuanto nos rodeaba se agitó con más fuerza que antes. Algunas piedras cayeron de la parte alta de un muro en ruinas y se hicieron añicos al llegar al suelo.

—Arkaidon —dijo entonces Alastus—. Arkaidon sabe que estamos aquí.

Miré al cielo, alrededor. No vi ni su sombra. A pesar de eso, todo mi ser se estremeció.