Málakor 4 CAPÍTULO 17 #2
19%

CAPÍTULO 17 #2

Avanzamos lentamente. Tropezando a cada tanto.

Era casi imposible caminar de otro modo por allí.

Salvo por algunas partes en las que pisábamos barro denso y resbaladizo, todo era agua apestosa, verde oscura, infestada de plantas extrañas que flotaban en su superficie y que se quedaban pegadas a la ropa, que entorpecían las piernas enredándose en ellas.

Agua infestada de mosquitos que parecía que no hubieran comido nada hasta que nosotros llegamos; también de sanguijuelas.

Las notaba en los muslos, en los brazos, en el cuello.

Parábamos a cada tanto para retirarlas. Airyne tenía experiencia con ellas, pero siempre volvían.

El pantano escupía a cada tanto, salpicándonos.

Pugnábamos por no acabar tragando sin querer de esa agua verdosa, cerrando los ojos para evitar que se nos metiera en ellos y nos cegase o, aún peor, nos contagiase de algunas de las muchas cosas que seguro allí vivían.

El aire era denso. Húmedo. El olor, insoportable.

Aunque, por suerte, la maga nos ayudó con ese perfume suyo de rosas.

En algunos tramos, Gris y Panceta se hundían casi hasta el cuello, y Airyne y Alastus tuvieron que cargarlos de nuevo.

—Hay una gran concentración de magia —murmuró Medora—. La siento hasta en la yema de los dedos, como si pudiera tocarla.

—Yo lo único que siento es mi pie descalzo —refunfuñó Hach—. Creo que el pantano se ha quedado con una de mis botas.

—Menos mal que tienes unas trescientas más —le dije.

El bardo, a pesar de todo, sonrió. Traté de sonreír también; estaba siendo una experiencia horrible.

—Preferiría pasearme de nuevo por Ledaria que estar aquí. Bueno, eso no, pero casi.

—Esto es como trabajar para Su Majestad, Málakor. Duro, farragoso… Aunque lleno de noches en vela, merece la pena.

—Sí, muchísimo. —Hubo una pizca de frase en mi sarcasmo—. Mejor te iría limpiándole el culo a un orco que trabajar para el pulecoronas. Sería menos sacrificado.

—Pero más apestoso —dijo Xelirian. Aunque no me molestaba cargar con él, el esfuerzo estaba haciendo mella en mí.

Me reí, a la par que el bardo. A él la risa se le cortó de golpe, y lo miré preocupado.

—¿Qué pasa?

—¡Silencio! —dijo—. Creo que escucho… su voz.

—¿Una voz, cantamañanas?

—Es más bien un… ¿susurro? —dijo la rubia.

—¿Cómo que un susurro? —Me paré y todos lo hicieron a la par—. No oigo ningún susurro. Y lo de susurro me suena a Susurrador, lo cual no me gusta un pelo.

—Espera. —Hach se sacó la flauta del cinto—.

Es agudo. Una voz chillona. Fa. Sol. Fa.

—Colocó los dedos hábilmente a lo largo de la flauta y sopló.

Salió de ella un sonido agudo que se incrementó a medida que subía o bajaba los dedos—.

Todas en la tercera octava. Y eso otro que oigo es…

—Cambió los dedos de posición y ocuparon otros agujeros—.

Como un ceceo. Más grave. Fa sostenido. Fa.

Re sostenido. Mi. Do grave. —Sonó, efectivamente, más grave.

Con gesto animado, mientras todos lo mirábamos atentos, separó los labios de la flauta y dijo—: Su melodía es bonita.

Como las canciones que hablan de buenos presagios.

Cogí aire y asentí. El bardo y su música, en otras ocasiones, no habían fallado. Reanudé el paso y los demás lo hicieron también. Al final, tras una caminata interminable, cuando el sol empezaba a decaer en el horizonte, amenazando con dejarnos a oscuras, llegamos al primer edificio en ruinas.

—Podríamos acampar aquí. Descansar y seguir mañana —sugirió Airyne—. La noche está a punto de caer.

—Ah, no, no me iré a dormir sin saber qué es eso —dijo Medora—. De hecho, no podría dormir. Sigamos un poco más. Quizá lleguemos antes de que se haga de noche.

Sin embargo, la noche cayó sobre nosotros y el pantano, además de asqueroso, adquirió un aspecto tétrico.

Solo encontramos más oscuridad, más ruinas, más columnas derruidas llenas de verdín.

Piedras dispersas que no habíamos visto en la lejanía.

Algunos caminos empedrados que yacían resquebrajados a unos centímetros bajo el agua.

La luz de la magia los hacía visibles, la oscuridad se los tragaba de nuevo.

Como a todo cuanto había a mi alrededor.

Me llevé un susto tremendo al ver un ojo gigante, bajo las aguas, hasta que me di cuenta de que era el de una estatua.

Yacía quebrada entre las raíces de un árbol cuyas hojas parecían penachos de plumas grises.

Una cabeza sin cuerpo, pero una cabeza con corona.

Las raíces del árbol habían rodeado su frente hasta vestirlo con una.

Al final, decidimos acampar. Solté un suspiro de alivio al dejar a Xelirian en el suelo.

Mientras yo estiraba los brazos, él miró a todas partes con curiosidad, sin miedo a que el sol le quemase la retina.

La maga y el dragón hicieron luz con su magia, lo que nos convertía en un punto luminoso en medio de la negrura para ojos curiosos.

Fueran buenos o malos. En un sitio como aquel, auguraba más de lo segundo.

Solo esperaba que ese Arkaidon no tuviera tantas ganas de comer como los mosquitos que, lejos de irse a dormir a su puñetera casa en aquellas ciénagas, siguieron picándonos.

Aplasté uno que estaba en mi cuello. Cuando retiré la mano, vi sangre.

Ese ya había comido de más. Me limpié en la pernera del pantalón, si es que al hecho de poner mugre sobre mugre puede llamársele limpiar, y solté un resoplido.

Nos turnamos para hacer guardia y pude echar una cabezada. Aunque no dormí demasiado, pues los ruidos nocturnos eran inquietantes. El pantano parecía tener más vida de noche. Aves nocturnas, ranas, el chillido de una alimaña en la lejanía.

Al cabo del alba, retomamos la marcha. La noche había pasado sin más incidentes que un terrible dolor de cuello por una mala postura.

El sol empezaba a alzarse por el este, recortando sobre el valle la silueta de los picos montañosos.

En otro lugar, todo habría refulgido en tonos anaranjados y vibrantes, en aquel, nublado por las nubes de los volcanes, la luz era tan mortecina como el día anterior.

Echaba de menos ver un sol que todo lo pudiese.

Como cuando restallaba en las murallas blancas de Ardacia o se colaba entre las hojas de los árboles en Knegara.

O ese sol que tanto le gustaba a Brianna y que golpeaba contra la nieve haciéndola parecer de diamante.

Era casi imposible mirarla directamente sin quemarse los ojos, pero, un día, ella sacó un cristal azul, de no sé dónde, y me lo puso delante de la nariz.

Miré la nieve a través de él. Quizá podía conseguirle uno de esos cristales a Xelirian, para que pudiera contemplar el mundo así, pensé.

Él observaba maravillado el amanecer. Dada la vaga luz, el chiquillo podía permitírselo.

—Qué bonito es todo —dijo—. Qué hermosas son las nubes. Son… como la espumita que sale en la bañera cuando le echas mucho jabón.

—Verás cuando te acostumbres y puedas ver la luz de mediodía bañándolo todo —dijo Hach—. El mundo es bello, aunque los que vivimos en él, a veces, nos empeñemos en estropearlo.

El crio asintió, mirándolo feliz.

—Estamos muy cerca —anunció Medora—. Siento el cuerpo entumecido. La magia es muy poderosa.

—Seguramente haya un maldito lanzaconjuros ahí esperándonos y vayamos a morir todos, pero qué sé yo, le echaré la culpa al bardo, como siempre.

Giré la cabeza para mirarlo. Airyne se paró de golpe y me tragué su espalda.

—Ahí está —dijo.

Llevé la mirada al frente. La cosa que nos había hecho ir hasta allí, hasta el centro del maldito pantano pasando penurias, no era más que una estatua.

—¿Una estatua? —dije frustrado—. ¿Hemos llegado hasta aquí, solo para encontrarnos con una maldita estatua?