Málakor 4 CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

De llegar más allá

Los ojos me dolieron con aquel cambio de luz.

Parpadeé varias veces, tratando de acostumbrarme.

Al principio, solo veía puntos brillantes en la oscuridad de mis párpados; luego, una niebla blanquecina.

Todo era demasiado blanco. Demasiado vivo.

Demasiado poco oscuro. ¿Dónde estaba el gris de las rocas?

¿La suave luz de la magia? Respiré hondo.

Cerré los ojos y los volví a abrir. De nuevo, una sensación punzante en ellos.

Si afuera nos hubiera estado aguardando una amenaza, me habría comido con patatas. El aire olía a podredumbre y a azufre.

Solté una queja, que acompañó a la de los demás.

—¡Tío, mis ojos! —Xel escondió la cara en mi pelo, sollozando—. ¡Me queman! ¡Me duelen!

Entrecerré los míos, asintiendo.

—No los abras. Cargaré contigo el resto del camino. Hasta que se haga de noche, ¿vale? Estás seguro conmigo.

Asintió, y escuché a Alastus decir:

—Los chiquillos puntiagudos nunca han visto el sol. Acabará acostumbrándose, pero le costará. ¿Estáis todos bien?

—No veo un pimiento —resolló Hach.

Abrí los ojos, poco a poco. Logré ver que habíamos dejado las entrañas de la tierra por una pared rocosa, semicircular, que abrigaba un ancho valle.

En su centro había un inmenso y hediondo pantano.

Terriblemente hediondo. Las montañas, en la parte más lejana a nosotros, escupían una nube negra y lenguas de fuego que discurrían por la ladera hasta encontrarse con el pantano.

Era el paisaje del cuadro, solo que este había sido pintado desde otra perspectiva y en él había una gran ciudad.

A pesar de lo peculiar del paisaje, algo flotaba en el aire que me hacía sentir que estábamos en otoño.

Había transcurrido una estación entera en nuestro viaje de Luara a Ítaro.

—¡Un volcán! —gritó Háchpirey—. ¡Jamás he visto uno! ¡Qué prodigio de la naturaleza!

—Si no te escupe en la cara, claro —dijo Airyne—. He estado por ahí, muy cerca, y apenas se puede respirar. Hace un calor asfixiante y el olor a azufre se te mete en la boca hasta que te crees que estás comiendo un huevo podrido.

—Ser muy asqueroso.

El duende y Panceta se adelantaron unos pasos, con intención de echar a correr por la pequeña ladera que nos separaba de la zona más baja del valle, pero Háchpirey los frenó.

—Quietos ahí, señoritos, esto es peligroso. Tenemos que seguir el camino. —Señaló uno que serpenteaba hasta el pantano.

— Gof…, qué fastidio.

Medora se tumbó en el suelo y gritó de felicidad:

—¡El cielo! ¡El sol! ¡Las nubes! ¡La luz del día!

—¿Nubes? —dijo Xelirian, entusiasmado.

—Ya las verás, no abras los ojos.

El niño chasqueó la lengua con fastidio.

—Vamos, maga. —Alastus le tendió la mano—. Tenemos que seguir.

Rezongando, se puso en pie.

—¿Hacia dónde? —Se colocó la mano sobre las cejas y oteó el horizonte—. Ah, ahí veo, las ruinas.

Eran las paredes semiderruidas de apenas cuatro edificios.

Lo que parecía una torre, quizá esa alta que vi en el cuadro; un trozo de muralla, tal vez, y otras dos paredes.

Todas llenas de verdín y plantas trepadoras.

Leyla habría sabido sus nombres. Solo llevaba unas horas sin ella y me costaba no pensarla en todos lados o en todas las situaciones.

—En esas ruinas no hay nada ni nadie —dijo Airyne—. He estado cientos de veces. Cruzar el pantano no es fácil, hay montículos de barro, pero el resto del camino… es terrible. Esa cosa te drena la energía cuando metes los pies en ella.

—A Gris gustar anguilas de pantano cenagoso. Ser muy sabrosas.

—Prefiero las babosas —dijo Xel—. A veces, las llevaban a Narqania y hacían pastel.

—Babosas ricas. Gris coger babosas para los dos.

—¿Por qué no vamos volando? —sugirió Medora.

—¿Ya no te acuerdas de Arkaidon? —Alastus la miró con media sonrisa; ella torció el gesto—. Si me ve volando por su pantano, sufriré uno de sus ácidos saludos.

—Supongo que no hablas de ácido en lo humorístico —dijo Háchpirey.

—Supones bien. Arkaidon escupe ácido. Chorros de ácido que derriten la piel en cuestión de segundos. Apenas quedan los huesos. Le gusta eso o triturar con los dientes, depende de cómo tenga el día. Podría sobrevivir a su ácido, si no fuera mucho, sí, pero vosotros no.

Xelirian se pegó más a mí.

—No pasa nada —le dije—. Ni sabrá que estamos aquí.

—¡Triturar y masticar! ¡Triturar y masticar! —gritó el duende dando un salto.

Panceta saltó a la par que él, ladrando.

—O quizá sí… —carraspeé.

—Gris… —regañó Airyne—. No hables tan alto. Arkaidon anda por aquí.

—Dragón malo. —Se puso un dedo en los labios—. Gris callar.

El perro se sentó sobre sus patas traseras y guardó silencio también.

—¿Y bien? —preguntó el bardo—. ¿Permaneceremos aquí todo el día, columbrando el horizonte?

Oteé el pantano. Los árboles que en él se retorcían eran como un cartel gigante de «Peligro, no pasar».

Los que no parecían muertos eran demasiado frondosos, de un verde mohoso, como para adivinar qué había debajo.

A veces, el pantano escupía burbujas que podían verse incluso desde nuestra posición.

Esa columna de lava acababa en el pantano desprendiendo nubes de humo y solidificándose, formando montones de rocas.

Y el olor… El olor ya se me había metido en la nariz y eso que todavía no habíamos puesto un pie en él.

—Hemos llegado muy lejos como para arredrarnos por un pantanito de nada. Seguiremos adelante. Llegaremos a… —Algo brilló en el centro del pantano, entre las dispersas ruinas. Un destello rojizo. Infinitamente rojo y brillante—. ¿Qué es eso que brilla?

Señalé al lugar. Aparecía y desaparecía, a intervalos irregulares. Pensé que ninguno lo vería, porque miraban aquí y allá y nadie decía nada, hasta que Medora soltó una exclamación:

—¡Lo veo! ¿Qué es? Parece un rubí.

Airyne se quejó, pues no lo veía. Tampoco Hach, Panceta y Gris. Xel trató de mirar; sin embargo, volvió a quejarse de la luz. Alastus estaba extrañamente callado.

—Tenemos que ir. —Ni yo mismo me di cuenta de que había pronunciado esas palabras hasta que las dije. Sin embargo, salieron de lo más hondo de mi ser—. Siento la necesidad de llegar a hasta esa cosa para tocarla con mis propias manos.

—¿Algo brillante en medio de un pantano?

Sí, buena idea, ¡acerquémonos! ¡No! —Háchpirey negó con la cabeza varias veces—.

He leído suficientes historias como para saber que no va a acabar bien.

Si decís que algo brilla entre las ruinas, tenemos una razón para cambiar de planes. Quizá sea una estratagema del enemigo.

—El ingenioso hidalgo de Ardacia seguiría adelante —dijo Xel—. Combatiría a lo que ahí hubiera.

—Por eso el ingenioso hidalgo de Ardacia se pasa el libro al borde de la muerte, porque no tiene instinto de supervivencia —retrucó el bardo, que se quitó el sombrero para secarse el sudor de la frente—. Nosotros lo tenemos y no vamos a meternos en un pantano habiendo algo muy extraño en él.

—Claro, por eso no hemos estado al borde de la muerte en ningún momento del viaje, rasgalaúdes… Íbamos a ir antes de ver eso, Hach, ¿qué más da? —Di un paso adelante—. Además, tengo que ir. Necesito ir. Es como si me estuviera llamando.

—Ahora resulta que los destellos le hablan. Estupendo —rezongó Háchpirey.

—Yo también lo siento —dijo Medora—. Una fuerza me atrae hacia él. Una fuerza buena. Muy buena. Como si me llamasen los mismísimos dioses.

El bardo se cruzó de brazos y miró a Airyne, esperando apoyo.

—¿No dices nada?

—Es una cosa que brilla, ¿y si fuera de oro? Nos haríamos ricos. Quizá de algún viajero que quiso esconder su tesoro en las ruinas. Un poco de sequía en el pantano lo ha sacado a la luz. —Se encogió de hombros—. ¿Quién sabe? Habrá que descubrirlo.

—¿Podría ser el tesoro de Arkaidon el Negro, Alastus? —preguntó Hach.

—Si fuera Hefaestus el que anduviese por aquí, te diría que sí, pero Arkaidon no dejaría nada que sea suyo en esas ruinas. Dice que aún apestan a mago.

—¿Tú irías? —le pregunté—. A ver qué es eso.

—Yo haría lo que me dictase mi corazón.

El corazón de un dragón era mil veces más grande que el mío. Pero el mío hablaba con la voz digna de un dragón.

—El mío me dice que vaya.

—Yo no lo he visto, tío —dijo Xelirian—, pero también siento que debo ir hacia allí.

Alastus señaló en la dirección de las ruinas con una sonrisa en el rostro.

—Pues entonces, vamos.

Tuve la impresión de que sabía muchas cosas que callaba.

Llegados a este punto, podían darse cinco situaciones distintas.

Una: moríamos antes de llegar, succionados por el pantano o atacados por una criatura desconocida.

Dos: Arkaidon nos saludaba ácidamente. Tres: Llegábamos hasta la cosa roja y era una emboscada con resultado de muerte.

Cuatro: Llegábamos y no era más que un reflejo del agua.

Y, cinco y última, y no por ello menos importante, era lo más asombroso que habíamos visto jamás.

Mi corazón latió con fuerza diciéndome que era eso.

Tanto, que sentí que el colgante emanaba un agradable calor.

Allí había algo que él también quería ver, y él nunca se equivocaba.

Afiancé a Xelirian a mi espalda. Di el primer paso, el segundo… Llegué a avanzar unos metros sin que nadie viniera detrás de mí, pero luego oí la voz de Medora a mi espalda.

—¡Si es algo mágico, me lo quedaré!

Pronto, todos dejamos atrás la ladera y nos metimos en el pantano. Airyne se colocó en cabeza, ya había estado allí y podía guiarnos, aunque nos advirtió de que existía la posibilidad de perdernos. Sin embargo, aquella fuerza que nos llamaba era también nuestra guía.