CAPÍTULO 16
De dejar atrás muchas cosas
Al día siguiente, a lomos de Alastus, dejábamos la ciudad dragón siendo observados por un montón de ellos, quizá para asegurarse de que nos íbamos.
Leyla me dijo adiós con la mano, de pie junto a las dragonas simpáticas, hasta que la perdí de vista.
Guardé esa imagen en el corazón con la esperanza de que ella sanase y volviéramos a vernos.
Medora y Airyne se habían despedido de ella con lágrimas en los ojos.
El bardo le había prometido que cantaría una canción cada noche en su honor para desear que pronto estuviera con nosotros.
Panceta había corrido a su alrededor, buscando cariño en la despedida, y hasta las arañas, que volvieron a meterse entre mis ropas, se habían despedido de la exploradora.
Incluso Xelirian se le había acercado para desearle buena suerte.
Ella solo lo miró y asintió. Pero fue suficiente.
El viaje duró más de tres jornadas. Que ya hubiéramos viajado a lomos de un dragón no significó que no nos siguiera impresionando, que no fuera un regalo de los dioses poder admirarlo todo desde esa perspectiva.
Aquella parte de los túneles estaba llena de terrenos diferenciados.
Cuevas grandes repletas de formaciones rocosas que surgían del suelo, a las que Hach llamó estalactitas.
Promontorios más altos o bajos. Escarpados o lisos.
Simas más o menos profundas. Cascadas que caían de las paredes hasta un fondo preñado de agua.
Algunas veces, solo eran pequeños manantiales.
Pero el agua reinaba en muchas partes, y eso me gustó.
Durante dos semanas, fuimos alternando tramos a lomos del dragón y tramos a pie.
Cuando tocaba andar, sentía que mis piernas no podían más; que había andado en esos meses más que en toda mi vida.
Al menos, esa vez no me salieron ampollas, quizá porque mis pies ya estaban curtidos.
Además, las expectativas por llegar a Rádamo me hacían mantenerme animado.
De vez en cuando me descubría mirando atrás en busca de Leyla, pero solo hallaba el vacío de su ausencia y el dolor de sus palabras y de la despedida.
Suspiraba, para dentro y para afuera, demasiado, disimulándolo con resuellos por el esfuerzo.
No quería que los demás me vieran triste; sin embargo, lo estaba, al igual que ellos.
Te acostumbras a las personas y, cuando no están, una parte de ti se siente extraña.
Sola. Vacía. Pero igual que me había acostumbrado a ella, tenía que acostumbrarme a su ausencia, y lo haría.
Esa zona de los túneles era bastante oscura, pues no había setas antimagia, y Medora y Alastus conjuraron la suya para guiarnos en el camino.
Todo se tornó de nuevo de plata y azul. Aunque de vez en cuando llegaba la resaca de un temblor aislado en alguna parte, el camino fue tranquilo.
Después de atravesar a vuelo un desfiladero, llegamos a un saliente de roca lo bastante grande como para que Alastus, o un dragón que le doblase en tamaño, se posase sobre él.
—Hemos llegado —dijo él, que recuperó su forma humana en cuanto bajamos de su lomo.
Delante de nosotros no había más que una abertura en la roca, de unos tres metros de alto, pero escasamente ancha. Apenas cabrían dos personas a la vez por ella.
—¿Detrás de esa abertura está Ítaro? —preguntó Medora.
—No. Aún queda un buen trecho; bastante incómodo, debo decir, pero tras el largo camino que habéis recorrido, no será nada —informó el dragón.
—¿Quién quiere ir el primero? —preguntó echándose a un lado—. No tiene pérdida.
Si Leyla hubiera estado allí, habría sido ella.
—¡Yo! —dijo Hach—. ¡Iré primero!
—Luego no hay marcha atrás. Tendrás que ir siempre el primero.
El bardo frunció el ceño ante la advertencia del dragón, pero la duda le duró poco. Se estiró la levita, se recolocó el laúd a la espalda y cruzó la abertura sin miedo alguno.
—¡Una escalera! —Su voz salió amortiguada por el espacio interior—. ¡Estrecha, empinadas y de caracol! Los escalones son un poco pequeños.
—¿Y por qué lo dices como si te entusiasmara? —gruñí—. No son buenas noticias.
—Porque las escaleras de caracol siempre llevan a sitios increíbles. Como las de la biblioteca de Ardacia, las de las torres de los magos… Arriba, donde se guardan todos los secretos. ¿Verdad, Medora?
—Verdad —dijo ella, y pasó detrás de él.
—A mí me gustan los caracoles. —Panceta fue tras ellos.
—Sabrosos caracoles… —Gris echó a andar.
Uno a uno, entraron. Dejé que Alastus pasase antes que yo. Eché un vistazo sobre mi hombro, me despedí de los túneles y penetré en aquella oscuridad.
El ascenso por las escaleras duró horas.
Casi un día me atrevería a decir. Estaban decoradas con cientos de grabados enanos.
Hermosos, pero el lugar no daba para lucirlos.
La atmósfera era opresiva. Habría sido oscura de no ser por la magia de la maga y el dragón, que iba comiéndose la oscuridad conforme avanzábamos.
Pasados los primeros quinientos escalones, unos y otros dejaron de hablar.
Solo se oían nuestros pasos y respiraciones dificultosas.
No teníamos capacidad pulmonar para hablar y subir a la vez.
Paramos a cada poco y acabé cargando con Xelirian porque sus piernas no daban para tanto ascenso.
Así como Gris se subió a la espalda de Airyne.
Alastus y Medora cargaban con Panceta a ratos.
Estuve dándole vueltas a muchas cosas en ese ascenso, siempre que los pinchazos musculares a causa del esfuerzo me dejaban pensar con claridad.
No dejaba de preguntarme sobre eso que Azskar había dicho sobre morir por la magia de sangre.
«Quien muere por la magia de sangre, muere para siempre salvo que poderes más oscuros intercedan.
Por mí intercederán, pero no por ti». ¿A qué poderes más oscuros se refería?
Me pregunté, una vez más, quién estaba de su lado.
Resollando, le lancé aquella cuestión a Alastus.
Él, que apenas daba muestras de estar cansado, dijo:
—El Señor del Mal, seguramente.
—Hefaestus dijo que en Rádamo nos pondrían al corriente de él —comentó Medora.
—Quién sabe. Mi primo bebió de más. El oro y el alcohol serán su perdición.
Había conocido a muchos hombres agostarse por ambas cosas. Eran nefastos los estragos por la adicción a cualquiera de las dos. Tan grandes y destructivos como para hacer mella también en un dragón.
—Pues un dragón no debería andar borracho por ahí. Sería un peligro doble para quien se lo cruzase —observó Medora.
—Por eso nunca vuela cuando bebe. Me gustaría que cambiase, pero llevo conociéndolo muchos años y creo que ya no va a cambiar.
Muchos años, en idioma de dragón, igual eran unos quinientos.
—Yo lo ayudaré —dijo Airyne entonces—. Tenía sus mismas adicciones. Reconozco que la del oro me está costando quitármela, pero sí que le gané la batalla a la otra.
Comprendí entonces por qué nunca bebía nada que llevase alcohol.
—Si logras entenderte con él será un milagro —dijo Alastus—, pero que los dioses te bendigan.
—Airyne tener mucho oro. Airyne amiga de Hefaestus pronto —dijo Gris, contento, encaramado a la espalda de la mataelfos como si estuviera subido en la rama de un árbol.
—Y tú robar mucho oro para Airyne, ¿no? —dije.
—Sí, ¡coger mucho oro! —contestó el duende.
Ella chasqueó la lengua y lo amonestó en un cuchicheo.
—No sé por qué a los humanos os gusta tanto el oro, no le encuentro la gracia. Es mejor tener paja en la que tumbarse, igualmente dorada y mucho más útil —comentó Panceta.
—Yo creo que lo mejor, y más útil, es el mar —dijo Aralda. Su amigo iba dormido, al parecer, porque a veces lo escuchaba emitir un sonido parecido a los ronquidos—. Sin duda alguna.
—Pero si no lo conoces… —le dije en un susurro.
—Lo haré pronto.
—Airyne Ordom, eso de enseñar a Gris a robar está mal —regañó Háchpirey—. Muy mal.
—Ya he dicho antes que solo imita lo que ve, y una vez me vio hacerlo. Nada más. Le he recordado, muchas veces, que está mal.
—Nunca recordar a Gris que está mal.
—Por los dioses… —suspiró ella desde lo más hondo.
Nos echamos a reír, como pudimos. Hasta escuché una risa por parte de Xelirian. Se me estaba escurriendo un poco y lo acomodé.
—¿Vas bien ahí, Xel? —le pregunté.
—Sí. Puedo caminar otro poco, si quieres.
—¿Falta mucho? —le preguntó Medora a Alastus.
—No, apenas unos doscientos escalones. Ya me lo has preguntado unas cincuenta veces en todo el ascenso. Los humanos no aguantáis nada.
—Es que ¡estoy cansada!
—Vamos, vamos. ¡Estos magos endebles! Menos estar todo el día sentada leyendo libros y más entrenar las piernas —dijo el bardo, que se creyó el más entrenado del mundo y se puso a subir los escalones de dos en dos. Aquello le duró unos seis segundos, luego empezó a resollar.
Medora se rio de él a carcajadas.
—¡Tú también estás todo el día leyendo libros, no sé de qué me hablas! —Le pellizcó en una pierna.
El otro dio un salto que casi lo tira de espaldas y, de paso, a los que veníamos detrás. Sacudí la cabeza viéndolos hacer el tonto.
—Comportaos, por favor —bufé.
Xel apoyó la barbilla en mi hombro.
—¿Estás bien, tío?
—No es nada. —Estaba reventado—. Puedo contigo, tranquilo.
—No es por eso. Es por lo de Leyla.
—Es bonito que te preocupes por mí, y es habitual entre la gente amable preocuparse por otros, así que gracias.
—De nada. —Hach le había enseñado que eso era lo correcto cuando alguien te da las gracias—. Pero no has contestado a mi pregunta.
Normalmente me fascinaba que fuese tan avispado. En aquel momento, me fastidió.
—Es complicado, Xel, cuando seas mayor y te enamores, lo entenderás.
—No quiero enamorarme nunca. La gente enamorada se da besos en la boca. ¿Y si la otra persona ha comido gusanos del barro? Buag. Le olería el aliento a lodo. Tendría trozos de gusano entre los dientes que pasarían a mí. ¡Qué asco!
No me rasqué el cogote porque necesitaba las dos manos para sujetarlo.
—Gris también pensar que besar asco. Duendes no besar en la boca. Buag.
—¡Pero buag! —dijo Xelirian.
—Bueno, ya nos hemos enterado de que no os gustan los besos. —La rubia resopló largamente—. Por todos los demonios de la tierra, hasta por los que no tienen nombre.
—Por todos los dioses, menos por Damien —dije yo.
Giró la cabeza para mirarme y, con gesto cómplice, se echó a reír. Los de adelante también rieron. Con el alivio de unas pocas risas, seguimos subiendo.
Apenas podía más cuando llegamos a los últimos escalones y empezamos a ver luz natural colándose por alguna parte sobre nosotros. Una luz mortecina, como si alguien le hubiera puesto cortinas al sol.
—¡Ya casi estamos! —dijo el bardo, sin resuello—. ¡Un poco más!
—Un poco más —repetí.
Esa luz se fue haciendo más intensa hasta cegarnos. No porque fuera excesivamente fuerte, sino por la falta de costumbre. Casi a tientas, dejamos las escaleras por una abertura en la roca y salimos, al fin, a la superficie.