CAPÍTULO 15 #2
Exhausto, saqué el libro del agua y me tendí en la arena.
Bueno, más bien me arrojé. Los guijarros se clavaron en mi espalda.
No era cómodo, pero no podía dar un paso más.
El libro cayó a mi lado; abierto de par en par.
El aire del mar meció sus hojas mientras yo lo miraba preguntándome qué secretos encerraría.
Algo crujió cerca de mí, y llevé la mirada hacia allí.
Un cangrejo corría playa arriba huyendo de una ola que me mojó los pies.
Me dejé mecer por el sonido del mar, rogando porque mi cuerpo entrase en un estado de calma tras tanto esfuerzo.
Tomé aire y miré al cielo. No había ni una sola nube, pero tampoco era azul. Cerré los ojos, y, al poco, sentí el calor del sol en mis mejillas.
—Tienes que leerlo —dijo entonces la dragona.
—Apenas puedo respirar —respondí.
—No te rindas ahora, Málakor.
La voz de Hach, una vez más, me dio fuerzas.
Resoplando, me incorporé. Sentado sobre la arena, con el rumor del mar en mis oídos y el viento secando mis ropas, observé el libro, abierto de par en par ante mí.
Lo observé hasta que el sol se escondió y se hizo de noche.
Llegó la alborada; luego, de nuevo, el crepúsculo.
Así, una y otra vez, hasta que perdí la noción del tiempo.
No sentía hambre. Ni sed. Ni sueño. Hasta dejé de sentirme cansado.
Solo éramos el libro y yo, mis manos posadas sobre él y la firme intención de que me hablase.
—Dime algo —le pedí—. Si no me dices algo, estaremos aquí el resto de nuestra vida.
Una risa suave lo inundó todo.
—¿Por qué debería decírtelo? —preguntó una voz femenina, que sonaba como surgida de las profundidades del mar.
Miré a todas partes, mas no vi a nadie.
—Porque soy el Hijo del Agua y este es el mar de páginas.
—No es suficiente, Hijo del Agua. Muchos otros han tenido una sangre especial como la tuya, pero no han sido dignos de poseer el don. —La voz sonó más cercana, casi a mi oído—. ¿Qué te hace digno de conocerlo? De ser un Lector de Profecías.
—Es mi derecho.
—Otra vez con eso. —Rio divertida—. No me sirve.
—Pero tengo sangre divina, he de conocer la lengua de mis ancestros.
—Y la conoces, tu madre te habló en ella cuando naciste.
—Pues no la recuerdo. Necesito recordarla.
—Podrías recordarla y no ser suficiente.
Es cierto que, por tu sangre divina y tu derecho, otros dones llegarán a ti incluso cuando no los hayas buscado, pero no este.
Para que este te sea concedido, has de darme un motivo más grande que tú mismo y tu suerte de nacimiento. Cosas que conozco de sobra.
Fruncí el ceño, ofuscado.
—¿Quién eres?
—Todavía no te diré quién soy, pero algún día lo sabrás.
—Otra con misterios… —resoplé—. Mira, seas quien seas, ya estoy cansado de andar aquí, mirando unas páginas en blanco, como no me lo digas vas a tener problemas.
—¿Crees que amenazándome conseguirás algo? —susurró a mi oreja.
Sentí un escalofrío que me hizo mirar hacia mi derecha: nada vi.
—No conseguirás nada así. Solo enfadarme —agregó ella—, y no quieres verme enfadada.
El batir de las olas se volvió furioso, como muestra de su poder. ¿Acaso era la mismísima voz del mar?, pensé.
—Está bien, perdona. —Me froté la cara—. La lista de mis motivos es demasiado larga, no quiero estar aquí mucho más, ni tampoco soy el bardo para andarme con florituras, así que, en resumen: Si no consigo esto, morimos todos. Fin.
Ella soltó una larga y honda carcajada.
—Supongo que es un buen resumen, sí.
—¿Y te vale?
—Esfuérzate un poco más, Hijo del Agua.
Chasqueé la lengua; jugué nervioso con los guijarros entre los dedos. Entre todos mis dedos, porque el que me faltaba estaba ahí, como si nada.
—Tengo que llegar más allá de los túneles, más allá del pantano. He de luchar contra la Oscuridad. Ayudar a la pelirroja. Encontrar respuestas a mis preguntas. Encontrarme a mí mismo, más que nunca. Y tengo…, tengo que llegar al fin del todo.
—¿Y cuál es ese final?
La escuché como si estuviera frente a mí, y elevé la mirada. No había nadie, solo la playa y el mar, pero sentí que me miraba.
—Tengo que sacar a mi madre del Olvido.
—La diosa Even… —musitó con cariño.
—Esa misma, y si no me concedes esto, no podré avanzar.
Mi madre estará por siempre atrapada allí y sus dones se descontrolarán del todo.
El mundo caerá en la sombra y la destrucción, en manos de quienes teñirán el agua de los mares con sangre.
¿Quieres que su ruina te cubra de sangre, seas quien seas?
La oí sonreír. Una de esas sonrisas que suenan por la nariz, a través de los labios cerrados.
—Me parecen argumentos de peso.
—¿Me ayudarás entonces? —dije entre el alivio y la duda.
—Te ayudaré, Élean. Cierra los ojos.
Le hice caso al momento. Pronto sentí la calidez de unos dedos en el centro de mi frente.
Entonces, escuché un sinfín de palabras que llegaron de labios de alguien que no era esa otra voz.
No veía más que negrura, pero como si alguien prendiese, poco a poco, una luz, empecé a ver algo más.
Una mujer de largos cabellos rubios me daba la espalda.
Su vestido, de vaporoso azul, tenía una larga cola decorada con bordados dorados.
Ella estaba de pie ante un balcón con bellos arcos, ubicado en una elegante estancia, cuyas vistas se vertían hacia una catarata.
Su sonido y su frescor llenaban el aire. Me sentí en mi hogar.
Extendí la mano para tocar a la mujer, y me di cuenta entonces de que era mucho más pequeña. La rechoncha mano de un niño.
Esa mujer me hablaba en aquella extraña lengua. Cantaba una hermosa canción.
Y yo la entendía. Esa lengua era intrínseca a mí, igual que la que había aprendido después.
Y esa mujer…
Esa mujer era mi madre.
Mi madre.
Quise llamarla, pedirle que se girase para verle el rostro, pero, al parecer, aún no sabía hablar.
Así que rompí a llorar. Estaba a punto de girarse cuando dejé de sentir, de súbito, el tacto de aquellos dedos en mi frente.
Abrí los ojos, más porque algo externo a mí me obligó que por voluntad propia, y me encontré de nuevo en la playa.
—Quiero verla —supliqué—, necesito verla.
—Y lo harás, cuando llegue el momento. Concéntrate de nuevo en el libro, por favor.
Sacando fuerzas de flaqueza, lo hice. Un viento llegado del norte agitó mis cabellos y las páginas del ejemplar.
Estas fueron pasando, a toda velocidad, en tanto que las palabras brillaban en azul hasta asentarse en tinta.
La pulsera vibró en tonos azules; la plata desprendió calidez, a la par que el colgante.
Cuando el viento cesó, el libro se cerró y luego se abrió por la primera página.
Lo tomé en las manos, ansioso. Ahora, esa vieja lengua se me hacía reconocible.
No estaba escrita aún en la mía, pero sí usaba el mismo alfabeto, y mi don me permitió traducirla.
Mi don.
Ella me lo había concedido. Mi recuerdo lo había vuelto a poner en su lugar.
Cuando lo leí, casi solté una carcajada al ver que solo era un cuento infantil. Solo eso. No era nada relevante para el orden del mundo, o eso me pareció, pero al menos podía leerlo. Me dejé caer en la arena, con él en las manos, y pataleé contento a la par que soltaba un grito de júbilo.
—¡Puedo leerlo! ¡Hach, Kebarenis! ¡Puedo leerlo!
—Enhorabuena —dijeron a la par, con las voces llenas de alegría.
Me puse en pie y corrí por esa playa, sobre el rebalaje. Las salpicaduras del agua mojaron de nuevo mis ropas, mi pelo, mi rostro. Reí como un chiquillo que hubiera descubierto el mejor juego del mundo.
—Vuelve, Málakor —pidió Kebarenis.
Sentí una punzada en el pecho al tener que dejar aquel rincón que ya me pertenecía, pero miré alrededor, pronuncié un «hasta pronto», y regresé a la biblioteca.
Cuando abrí los ojos, tenía las manos sobre el libro, que estaba ahora lleno de palabras.
En mi muñeca izquierda, una hermosa pulsera de plata con relieves en forma de ondas, olas y dragones azules.
Un sentimiento de nostalgia se me instaló en las sienes al mirarla, como si ya hubiera visto esos símbolos en alguna parte.
A mi pecho, el colgante de mi madre estaba engarzado en plata y la cadena era más hermosa que la que había llevado hasta entonces.
Aquello debía de haber sido cosa de magia.
Me giré; la dragona y el bardo me miraban con una sonrisa. Sus ropas no eran las mismas, tampoco la luz que entraba por los ventanales.
—¿Cuánto tiempo he estado fuera?
—Siete días —contestó el bardo—. Has estado en trance todo ese tiempo, con las constantes vitales al mínimo. Kebarenis te ha mantenido nutrido con la magia.
Pestañeé, desubicado. Aún me llenaba las narinas el olor a salitre. Hach se acercó a mí y me abrazó.
—Lo has conseguido, Málakor. Estoy orgulloso de ti.
—Ella me lo ha dado —dije, abrazándolo también, con los ojos puestos en la dragona.
Una parte de mí sentía que era ella misma quien había estado en esa playa conmigo. Que ella había sido esa voz.
—¿Quién? —preguntó el bardo.
—No lo sé —dije—. Una hermosa voz que salió del mar, pero le doy las gracias, desde lo más hondo de mi corazón.
Kebarenis sonrió, de oreja a oreja. Sus iris del color de las páginas brillaron en tonos azules. Sublimes y profundos como el mar.