Málakor 4 CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Del Lector de profecías

Tras mi segundo desayuno, me planté de nuevo ante el atril.

Esas dos páginas en blanco me miraron desafiándome desde su posición de superioridad.

Esa en la que ellas guardaban un secreto que yo necesitaba conocer.

Las palabras que Damien pronunció un día, y que me recordaban la parte de mi naturaleza ligada a los dioses, resonaron de nuevo en mi mente.

«Eres un semidios. A ver cuando te metes eso en la cabeza».

Poco a poco, esa idea estaba penetrando en mí, era menester que la atrajese más, pues había retos por delante que requerían de esa parte divina; retos que mi yo mortal tendría que pasar de la mano de esa otra parte de mí que no lo era.

Ambas se necesitaban, completamente. Sin embargo, ¿sería capaz de conectar ambas, por grande que fuera la necesidad?

—Puedes hacerlo, Málakor —me dijo la dragona, situada a mi derecha, dos pasos más atrás.

A su lado estaba Hach. Cuando miré de reojo, lo vi asentir.

—Quiero demostrarme a mí mismo que puedo, pero no sé…

Mi amigo tomó mi mano y la apretó.

—Hay una fuerza inmensa en ti, capaz de esto y de mucho más.

Lo harás, no solo por el bien de la misión o el común, si no por tu propio bien.

Por hallarte y conocerte a ti mismo, por entender qué es lo que te compone, desde el tuétano hasta la piel, desde el alma hasta el cuerpo.

Quizá así, también, obtendrás respuestas a los porqués de tu destino.

—Ya te estás poniendo intenso, bardo.

—Es lo mío, ya lo sabes.

Soltó mi mano y me infundió ánimos con la mirada.

—Cierra los ojos —indicó Kebarenis.

Llevé la vista al frente y plegué los párpados.

Un velo de oscuridad se cernió sobre mis ojos, hasta que la costumbre hizo distinguible el fulgor rojizo de la sala y convirtió en marrones los negros de esa penumbra.

La dragona me pidió que respirase profundamente.

Cuatro segundos de inspiración, cuatro de respiración contenida, cuatro de exhalación.

Había respirado de forma consciente muchas veces, en pos de salir airado de alguna misión o del agobio de la oscuridad o los encierros, así que esa respiración era algo con lo que estaba familiarizado.

Poco a poco, cualquier atisbo de incomodidad fue cediendo a la calma de las oleadas de oxígeno penetrando en mi cuerpo, recordándome, más que nunca, que estaba vivo.

—Pon la mano sobre el libro —ordenó ella—. Sientas lo que sientas, no abras los ojos.

Tome aire y cabeceé. Mis dedos rozaron el papel, primeramente, y luego dejé caer la mano sobre él, de forma delicada. Lo tocaba, pero no lo aplastaba. Un cosquilleo me recorrió la piel de las manos y me subió hasta el cuello.

Los sonidos que me envolvían se volvieron lejanos; el olor de las páginas, la cera de las velas y las maderas quedó en un segundo plano, y empecé a oler a salitre, roca y arena.

Arrugué levemente la nariz. Ese olor no era característico de Irasis.

—Huele a mar —dije.

—Quédate en ese olor —dijo la dragona—. No lo sueltes.

Aspiré aire, profundamente, y el olor se intensificó.

Sentí entonces el contacto de los dedos de la dragona; sus manos eran más pequeñas que las de Hach, pero igual de suaves.

Algo frío me tocó la muñeca izquierda. Metálico.

Todo mi ser me pedía que abriera los ojos, mi instinto de supervivencia me recordaba que era vulnerable; una voz me gritaba con fuerza que separase los párpados.

Sentí pavor a que todo eso fuera alguna especie de trampa.

Miedo a que Azskar hubiera regresado y a que, lo que sentía en la muñeca izquierda, fueran grilletes.

Tomé aire profundamente, temblé, apreté los dientes.

Estaba a punto de separar los párpados cuando Hach me puso la mano sobre los ojos. Olían a perfume.

—No los abras. Tienes que confiar. Quédate en esa oscuridad.

—Hach…

—Hazme caso. Respira otra vez, como antes, vamos.

Así lo hice. Poco a poco, el miedo se disipó en pos de la calma.

Lo metálico que estaba sobre mi muñeca fue cerrándose en torno a ella. Dejó de estar frío para volverse cálido. Una pulsera, eso era. Sentí sus relieves en la parte que tocaba mi piel. A pesar de que las ganas de abrir los ojos para mirarla me llenaron el pecho, resistí.

—Cada Lector es capaz de extraer las palabras de un modo diferente, ligado a su naturaleza.

Hay Lectores unidos al fuego que las extraen con el poder de las llamas; otros, ligados a la magia más pura, escuchan su voz como quien oye hablar a un amigo.

Y tú, que eres el Hijo del Agua, encontrarás el modo de hallarlas también.

—No sé si podré, Kebarenis, mi madre…, yo…, verás…

—Eres capaz, más que de sobra, de conectarte a esa parte intrínseca de tu ser, del mismo modo que estás conectado a las pulsiones humanas: a la rabia, al deseo, a la pasión, a la ira, pero también al amor, la caridad, la lealtad y la compasión —dijo Hach—. Solo busca dentro de ti. Busca en…

—En el mar de páginas —musité entonces, sin saber por qué, y, en el fondo, sabiéndolo.

—…el mar de páginas —continuó él, con una sonrisa. No la vi, pero la sentí.

También sonreí, pues mi fiel amigo, una vez más, estaba a mi lado, ayudándome. Ya fuera en las cosas cotidianas o en las más extrañas, como aquellas.

—Eso es, hallarás muchos mares de páginas que te darán respuestas, Málakor, este es uno de ellos —dijo la dragona—. No el más grande, no un océano, pero sus olas te hablarán como lo harán otras, porque llevas su fuerza dentro de ti. Toma aire y siente el pulso del agua.

Inspiré una vez más, profundamente, y el papel bajo mis dedos empezó a sentirse de un modo distinto. Se había vuelto agua, quizá no de un modo físico, pero lo era. Noté su frescor, sus fluctuaciones, su humedad. Parecía que tenía la mano sobre la superficie del mar.

Un caudal de energía ascendió por mis dedos, se enredó en la pulsera y llegó hasta mi pecho, allá donde estaba el colgante.

Eran dos corrientes de energía, una fría y una cálida.

Aunque no se mezclaban, me inundaban a igual velocidad.

Del colgante, que empezó a desprender un calor inmenso, pasaron a mi pecho, allá donde mora el corazón.

Una parte de mí se alejó del todo de la realidad. Como si mi cuerpo se partiese en dos. La parte consciente, la que pisaba esos suelos, la que aún sentía el crepitar de las llamas de los braseros, y una parte que no sentía nada. Absolutamente nada.

—Abre los ojos —dijo entonces la dragona.

Obedecí.

Ya no estaba en aquella biblioteca. Estaba vestido de blanco, sumergido hasta la cintura en un mar en calma, que brillaba bajo un sol que le arrancaba al azul destellos de plata.

Miré hacia atrás y vi una playa de arena oscura, coronada por altos acantilados.

Los más altos que hubiera visto jamás. Era un lugar agreste, con formaciones rocosas, afiladas, agrupándose al cabo de las paredes del acantilado.

Una cascada de agua, que se vertía desde ellos, caía sobre las rocas y se mezclaba con el mar.

Allá donde alcanzaban mis ojos, vi montañas y un denso bosque, en el que los verdes se mezclaban con los naranjas y los amarillos de los árboles de hoja perenne.

En ese lugar mágico debía de ser otoño, quizá un otoño perpetuo.

Me sentí tan en calma, tan arropado por cuanto me rodeaba, que tuve la impresión de que una parte de mí mismo, pasada o futura, pertenecía a ese lugar.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—En el mundo entre los mundos, en una réplica de la realidad. En un lugar en el que encontrarás la paz algún día. Concéntrate en buscar las palabras, Málakor. Están el agua. Lo están.

Respiré aquel aire salado. Miré alrededor, mas no veía palabras en ninguna parte.

El mar, como si no quisiera que hallase nada, perdió la calma y se agitó.

El sol se escondió en el cielo; las olas me mecieron, para luego tratar de arrastrarme con ellas.

Me hundí, no sé cuántas veces, salí a flote.

El mar me arrastró hacia dentro y luego me escupió a la orilla.

Me raspé el cuerpo entero con las piedras de la orilla.

Casi me ahogué. Los pulmones me ardían de tanto tragar agua.

Pero no perdí la esperanza de dar con, al menos, una maldita palabra, pues la dragona y Hach me animaban sin cesar.

Sentía su fuerza del mismo modo que la del mar.

Con el corazón latiéndome con la bravura de aquellas olas, que cada vez eran más altas, lancé un bramido furioso y hundí las manos en la cresta de una, como si le diera un azote. Las palmas me picaron. Eso había sido estúpido, pensé; sin embargo, noté algo sólido rozarme los dedos.

Pensando que sería un pez, miré abajo.

—Una palabra—dije atónito. Pasé a la euforia para exclamar—: ¡Es una palabra! —Y llegó la extrañeza—: Aunque no la conozco, no está escrita en mi lengua, ni siquiera en este alfabeto.

—Sigue —dijo la dragona, entusiasmada—. Ponla en el libro.

—¿Qué libro? —pregunté, y al tiempo apareció ante mí, flotando sobre las olas.

En aquella visión, el agua no era dañina para él.

Puse la palabra sobre su página derecha, y esta se movió hacia la izquierda, se iluminó en tonos azules y luego se escribió en tinta.

Cuando volví a mirar al mar, el agua se había convertido en letras, palabras o frases.

Las fui dejando en el libro. Azul, tinta.

Azul, tinta. Una palabra, otra. Una letra.

Otra. Todas desconocidas para mí. Era un lenguaje estéticamente muy hermoso, de letras estilizadas.

Más que palabras parecían obras de arte.

¿Así hablaban los dioses en su lengua, así escribían?

, pensé. Fui llenando el libro, página por página, peleando contra las olas furiosas hasta que el mar se vació de palabras y regresó la calma.