CAPÍTULO 14
De dragonas de alas y corazón roto
A la mañana siguiente, tras un desayuno de proporciones dracónicas, Hach me arrastró hasta la biblioteca. Tiró de mí hacia ella mientras yo plantaba los pies en el suelo, negándome, y mis botas rechinaban en el marmóreo suelo.
—Vamos a ver, bardo —bufé—. Me gustan los libros, sí, y quiero ver la biblioteca, pero no ahora.
Quiero entrenar, moverme. Dar un paseo por los jardines.
Comer. Dormir. Hablar con los dragones sobre qué se siente al aplastar a alguien entre los dientes, esas cosas.
Necesito hacer algo para desfogar todo lo que siento o acabaré dándome de cabezazos contra la pared.
—¿Por lo que pasó con Azskar? No has de preocuparte más, los dragones lo tienen todo bajo control. Ese bellaco no asomará los bigotes por aquí otra vez.
—Eso espero. Quien me preocupa, sobre todo, es Leyla. Ayer nos besamos, y fue un beso de despedida. Para siempre.
El bardo se paró en seco y aflojó la presión en mi muñeca. Me miró ceñudo, con la cabeza ladeada. La pluma de su sombrero se agitó.
—Con vosotros, nada es para siempre, ni las despedidas ni los reencuentros. Ni el amor ni el odio. Nada. Todo va y viene como esos ríos que aparecen y desaparecen de la superficie. No los ves, pero están.
—Pues ella y yo nos hemos metido bajo la superficie para los restos. ¿Me sueltas?
—No. Te vienes a la biblioteca. —Tiró de mí de nuevo y lo seguí a trompicones—. Venga, Málakor, la dragona me ha dicho que es importante que la veas. Vital para nuestra misión.
—No has dicho nada de ir a ver una dragona —dejé de oponer resistencia—, eso cambia las cosas. Pensé que solo querías que te hiciera compañía.
—No, pero tampoco estaría de más que le hicieras compañía a tu amigo del alma y que escuchases las canciones nuevas que he aprendido gracias a un viejo cancionero de los Néachan.
—Antes meto la cabeza en el culo del rey de Irasis.
—Pues anoche comió abundante hierba, sería como meter la cabeza en Knegara. ¡Con lo que te gusta la verde ciudad!
—Prf, cuánto te odio.
El bardo, riendo, tiró de mí con más fuerza.
—No digas bobadas, soy el amor de tu vida en términos de amistad.
—Eres el terror de mi vida —le dije, pero con una sonrisa, en tanto que él me dedicaba otra.
Me dejé llevar hasta la biblioteca, mientras me pedía explicaciones de lo sucedido con Leyla.
—¿Sabes que te digo? —soltó cuando acabé de hablar, a la par que soltaba mi mano, ya ante la puerta de la estancia.
—¿Que entrenas por las noches en secreto? —Me froté la muñeca—. ¿De dónde sacas tanta fuerza?
—De mi pasión por la vida.
—Oh, por los dioses… —suspiré—. A ver, dime tus conclusiones con respecto a mi fracaso sentimental, vamos. —Me crucé de brazos y resoplé. Mi flequillo subió y bajó—. Te escucho.
—Que me alegro mucho por ti. Leyla y tú no estáis hechos el uno para el otro.
Necesitas a alguien que te dé paz y calme esa parte de ti tendente a la destrucción y al caos.
Esa que te viene por parte de tu abuelo.
—Puso una mano en mi hombro y lo apretó, con la mirada puesta en la mía.
En sus ojos vi una advertencia clara que luego verbalizó—: Espero, Málakor Tríanor Arben, que esto sea el final de una dichosa vez por todas, porque estoy aburrido de vuestras idas y venidas.
Agotado, te lo juro por mi sagrado laúd.
Si tengo que volver a sufrir vuestros tiras y aflojas, volver a veros padecer por algo que no va a ninguna parte, verte sufrir o llorar por ella una sola vez más, si he de soportar que vuestra tensión nos arruine a todos el día, os aporrearé la cabeza con el laúd hasta que lo convierta en una maldita flauta terhacrense. ¿Ha quedado claro?
Asentí de una sola vez, muy serio, porque lo sentí capaz de eso y más.
—Está bien.
—Está bien —repitió y palmeó mi hombro—. Ahora, a la biblioteca.
Se separó de mí y puso la mano en el pomo.
—Espera, Hach, ¿qué diantres es una flauta terhacrense?
—Una flauta del tamaño de un dedo meñique. A ese tamaño reduciré el laúd de tanto aporrearos, ¿entiendes?
—Entiendo. —Sonreí nervioso—. ¿Podemos pasar de una vez?
Abrió la puerta. Ante mis ojos se desplegó una estancia amplia, a la que la luz entraba por unos altos ventanales situados entre arcos en la parte superior de las paredes.
Era lo suficientemente grande como para impresionarme, pero no colosal.
Hileras de estanterías altísimas, de hermosos perfiles curvos, así como vitrinas, ocupaban las paredes allá donde no había tapices ni cuadros de dragones o de gestas heroicas, así como pendones con símbolos que desconocía, hasta que di con el de Ardacia.
Largas mesas, a rebosar de libros, pergaminos, mapas y papiros se extendían sin orden alguno en el espacio central.
Cada una de las cosas que allí habitaba era el tesoro de varios coleccionistas que hubieran visto el albor de nuestras tierras y viajado por todos sus confines.
La última de ellos estaba de pie tras una de las balaustradas que circundaban las estanterías, dándonos la espalda, mirando a algo que tenía en sus manos, supuse.
—Kebarenis —llamó Hach.
Ella se giró al momento, por completo. Sí, en sus manos había un libro.
Solo en una de ellas, la otra la había perdido, al igual que el brazo.
Era ese ala rota de la que la dragona me había hablado.
La manga vacía de la blanca túnica que llevaba estaba prendida al costado de la tela por un broche dorado.
Me pregunté si es que la magia de los dragones no era poderosa como para devolvérsela, y ella, para mi sorpresa, respondió:
—No. Hay cosas que ni la magia debe tocar. Más aún cuando son el recordatorio de aquello que no debemos volver a hacer.
Su voz era suave, como el murmullo que hace una página al ser pasada.
Cerró el libro y se encaminó hacia la escalinata.
Aquí y allá había candelabros, candiles o braseros, que iluminaban su rostro en tonos rojizos, y la vi sonreír en tanto que avanzaba hacia nosotros.
Apenas se oía el sonido de sus pisadas sobre los pétreos suelos, aún menos cuando cruzó la alfombra que los decoraba, bordada en rojo y en oro con filigranas y figuras de dragones.
Las ropas de la dragona eran parecidas en diseño y color.
—Gracias por traerlo ante mí, maestro Háchpirey —dijo a unos pasos.
El bardo la miró con una admiración digna de reseñar.
Yo lo hice con curiosidad. Sus ojos tenían el color de las páginas viejas, al igual que su piel, con algunos matices azules.
Sus cabellos, cortos y despeinados como los míos, eran del tono del cuero de los tomos de algunos libros, con mechones plateados.
En su forma dracónica, debía de ser de plata, azul y bronce.
—No diré que haya sido una tarea fácil, Kebarenis, pero lo he conseguido.
—Ojalá hubiera venido antes. —Miré a todas partes, con el asombro abriéndome la boca de par en par—. Este sitio es increíble.
Los ojos se me posaron en un estandarte en el que reinaba un impresionante unicornio negro, alzado sobre sus patas traseras. Creo que eso tenía un nombre culto que el bardo sabrá.
—Eso que miras con tanta curiosidad pronto será muy familiar para ti —dijo la dragona—. Acompañadme, por favor.
Kebarenis nos hizo un gesto y giró sobre sus talones. El bardo tuvo que tirar de mí para que reaccionara. Los seguí hasta una mesa, atestada de cosas, y casi me dio un pasmo cuando vi, sobre ella, un mapa viejísimo sobre el que rezaba la inscripción: Hérenthor. Primer año de la Primera Era .
—Sa-sabes… —tartamudeé por la emoción—, ¿sabes cómo llegar?
—No. Nunca he estado. Ese mapa, además, no serviría. Ahora están en la Tercera Era, o la Cuarta, depende de a quién le preguntes.
—¿Entonces? —Pestañeé confuso—. ¿Qué hace aquí?
—Los Néachan podemos transferirnos el conocimiento mentalmente, aunque estemos a leguas de distancia y jamás hayamos pisado los lugares que el resto habitan. Yo solo pongo en el plano material el conocimiento que me dan.
—Aun cuando la magia no es mi cosa favorita, dragona, diré que eso me parece asombroso.
—Lo es. Un prodigio divino —anotó Hach, parado a mi lado.
Él ya había estado allí, y, a pesar de eso, observaba su alrededor con la ilusión de un niño.
—¿No tienes ningún mapa de Hérenthor actualmente?
—Claro, pero ¿de qué te serviría? Seguirías sin saber cómo llegar. —Sonrió amable—. Y aunque lo supiera no te lo diría, porque es algo que tienes…
—Que averiguar por mí mismo, sí —resoplé—. Como se nota que Azani ha estado aquí.
Ella asintió.
—Así es, y me ha pedido que te enseñe algo.
La dragona rebuscó entre el ordenado caos de cosas y sacó un libro de viejas tapas de color azul.
Luego, nos hizo un gesto a ambos para que la siguiéramos hasta un atril.
Estaba vacío, así que colocó el libro sobre él, sin esfuerzo alguno, a pesar de que era grande.
Se quedó mirándolo unos segundos, mientras tomaba aire profundamente, hasta que abrió el libro de par en par. No vi más que dos páginas en blanco.
—¿Un libro en blanco? —dijo Hach—. Si esperas que Málakor se ponga a escribir…
—No —se apostó junto al atril, frente a nosotros—, lo que espero es que se ponga a leer.
Fruncí el ceño.
—Ahí no hay una sola palabra. —Señalé el libro mientras acercaba la nariz a él—. No es que me lo esté inventando, hasta el bardo lo ve vacío.
—Sí, y es normal que él lo vea vacío, pero, si te esfuerzas, tú dejarás de verlo así.
—¿Si me esfuerzo? ¿Esfuerzo de subir una cuesta? ¿O como cuando uno tiene que cagar y no puede?
—¡Málakor, por los dioses! —regañó Hach.
Me encogí de hombros, con cara de circunstancias.
—Es que los detalles son importantes, tocaflautas. Hay muchos tipos de esfuerzo.
La dragona río. Me pregunté cuántas veces se habría reído estando con Bérenon, si lo echaría de menos.
Si su corazón estaría tan roto como el mío.
Ella y yo estábamos unidos, además de por nuestro vínculo con los dioses, por dos personas que se habían amado entre ellas.
Eso era extraño, pero curioso. No me hizo, ni mucho menos, sentir mal.
—Sí, me reía mucho con él; sí, lo echo de menos, y también sí a esa última pregunta —dijo entonces la dragona—.
Ahora, deja esas cuestiones, tu mente ha de estar despejada para asuntos de mayor relevancia para ti y el destino del mundo.
Mira la página y concéntrate en oír su voz. En ver lo que tiene que contarte.
—¿Puedes explicarme antes a qué viene todo esto? Quizá así me ayudes. —Me crucé de brazos—. Porque no sé si mirando a la página me saldrá de ahí un dragón o, aún peor, un bardo.
Hach me dio un codazo, antes de decir:
—Creo que Kebarenis intenta hacer aflorar en ti uno de tus dones divinos. El de Lector.
—Ya leo, Hach, ya lo sabes.
—No, Lector con mayúscula —anotó el bardo.
Kebarenis cabeceó afirmativamente.
—La lengua de los dioses, el Umenshu, más allá de ellos, solo puede ser escrita y leída por unos pocos. Algunos pueden escribirla, otros, leerla. Muy pocos mortales afortunados pueden hacer ambas cosas. Gente tocada por dones extraordinarios.
—Como tú —dije, a lo que ella asintió.
—Y tú eres un semidios, Málakor, así que, de forma natural, guardas el don de leerla y escribirla.
El don de revelarla en los lugares en los que se halla oculta, para traer mensajes de gran relevancia a los mortales —explicó la dragona, con paciencia y cariño—.
Es vital que manifiestes el don antes de irte de aquí, porque habrás de usarlo en el pantano.
Miré hacia el libro en blanco, mientras me humedecía los labios, ceñudo a más no poder.
Luego a Hach, que asintió; después a la dragona, que también lo hizo.
Me froté la nuca. Una repentina tensión me puso los músculos como el acero.
Quisiera o no, tenía que hacerlo. Era mi destino, mi obligación en aquella misión.
—Vale… —dije tras suspirar—, pero ¿me puedo tomar una cerveza antes? Y un bocadillo de panceta, por favor.
Sus risas resonaron en la biblioteca y se colaron entre los libros, de seguro recordándoles otras veces en las que ellos mismos habían hecho reír a alguien.