Málakor 4 CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

Ella separó despacio los labios de los míos y, mirándome a los ojos, dijo:

—Siento lo que dije. Ya sabes qué.

—Ni me acuerdo. —Era mentira. Claro que lo era; sin embargo, no quería hacerla sentir peor con respecto a eso—. Pasó. Ninguno de los dos puede cambiar lo que dijo, pero podemos elegir qué decir ahora.

Su gesto se volvió sereno. Ni en nuestros mejores momentos le había visto una expresión así.

—Entonces te diré que te echaré de menos.

Que pensaré en ti cada día, a cada segundo.

Serás mi último pensamiento en la noche y el primero en la mañana.

Cada vez que me sienta triste, recordaré los momentos bonitos entre los dos.

Aunque veces, Málakor… —agachó la mirada—, a veces no puedo evitar que él aparezca en mi mente cuando recuerdo nuestros momentos juntos, nuestros besos.

—Levantó entonces la vista hacia mí—. También cuando nos besamos.

Te beso, pero siento que lo beso a él. Perdóname.

Esperé ver arrepentimiento en sus ojos, por haber sentido aquello, por habérmelo dicho, por tener aún sentimientos por Azskar, pero no lo hubo.

—Me pides un beso y ahora me dices eso… —Resoplé incrédulo, mientras me incorporaba también. Mis labios se movieron solos para decir lo que mi mente no quería porque abriría más la herida—: En realidad, querrías besarlo a él…

Ella asintió. Él estaba en su cabeza. Estaba en su cabeza mientras yo la besaba. Aunque lo tenía por certero, sus palabras lo hicieron más real. Los dientes se volvieron estacas.

—¿Ha sido siempre así, Leyla? ¿Siempre que nos hemos besado estaba él en tu cabeza?

—No me hagas responder… —Las palabras se le cercenaron de golpe, tal vez por un nudo de espinas que la dolorosa verdad hizo crecer en su garganta.

Aunque a veces me cuesta racionalizar las cosas, en ese instante, mi mente y mi cuerpo tendieron a racionalizar aquello.

Por suerte para mí, pues en vez de hundirme en la negrura del dolor, me hicieron sentirme libre.

Mis sentimientos por Leyla soltaban la cuerda que la tenía atada.

Al fin, la soltaban. Lo sentí en lo más hondo.

También lo vi de un modo físico. Como si una cuerda estuviera entre los dos y quedase floja, tendida sobre la cama.

Se había soltado de mi corazón, y entonces me di cuenta de que, realmente, solo estaba atada al suyo por un pequeño hilo.

Porque el corazón de Leyla estaba ocupado por otra cuerda, hecha de negrura, sí, pero atada a ella. La cuerda que la unía a mi hermano.

—¿Te acuerdas de cuando estuvimos juntos en el burdel de Ledaria? —soltó de golpe.

Los recuerdos de aquel lejano día me sacudieron el estómago.

—Sí, ¿a qué viene que lo menciones ahora?

—Lúdric sabía que estábamos ahí. Golpeé con el tacón de la bota en la puerta para avisar a los exploradores que había en la isla. Él era uno de ellos. Nos lo cruzamos en el pasillo al día siguiente. Podría habernos delatado, esa misma noche, pero no lo hizo. Dijo que estábamos allí, más tarde.

Carraspeé incómodo, apretándome el filo de las mangas con la yema de los dedos.

—No sé a dónde quieres llegar.

—A que creo que, realmente, me ama más de lo que te odia a ti. Así fue entonces y es ahora. Quería esperar a que yo estuviera a salvo para dar la voz de alarma en Ledaria.

—O simplemente estaba jugando con nosotros.

—No, Málakor, quizá haya esperanza para él. Igual que la hubo para ti.

Me dieron ganas de decirle que se había vuelto loca; sin embargo, musitó algo que me quebró los ánimos y me hizo sentir una honda compasión por su padecimiento.

—Nunca podré arrancarme del corazón al maldito Lúdric.

—Lo harás. Ya lo verás.

—Si algún día él y tú os encontráis…

—Lo amordazaré y lo guardaré en un baúl hasta que llegues. Un baúl con pinchos, y pondré al bardo al lado para que se pase el día cantándole. Conocerá lo que es la tortura. Luego dejaré que seas tú quien acabe con él.

Aquello la hizo reír. Sacudió la cabeza, levemente.

—No, Málakor, arrancaré la oscuridad que hay dentro de él y…

Sentí que estaba a punto de decir algo así como «Y luego seremos felices».

—Y todo irá bien —agregó en cambio.

—Encontrarás la manera de sanar esos sentimientos nocivos por mi hermano. En lo que a mí concierne, y desde el corazón te lo digo, eres libre de sentir culpa alguna. —Tomé su mano—. Tratemos de ser amigos, ya está. Nos hará bien. Es lo único que podemos ser en esta vida.

—No tenemos otra, Málakor.

—Entonces no hace falta decir nada más.

Frunció los labios; la tristeza le inundó la mirada. Estrechó mi mano y la agitó, como quien sella un pacto.

—Está bien —dijo—, pero, esta vez, que no pasen tres años hasta que volvamos a saber del otro.

—No, te escribiré. Lo prometo

Mientras su mano y la mía aún seguía unidas, igual que nuestras miradas, supe que mi historia con Leyla, al menos en el plano amoroso, terminaba ahí.

No estábamos hechos el uno para el otro.

Era una maldita realidad. Siempre lo había sido, por más que quisiéramos revestirla de fantasía y esperanzas. Y eso también me mordió el corazón.