CAPÍTULO 13 #2
—Leyla… —me acerqué a ella y la abracé—, ¿estás bien?
—Ha dicho que me amó. —Rio irónica, inmóvil en mis brazos—. ¿Te lo puedes creer?
Cogí aire. Estaba bloqueado. No sabía qué decir.
—Lo siento.
—¿Qué sientes exactamente, Málakor? ¿Haberme ocultado otra cosa más? ¿¡Por qué esa piedra ha ardido!? ¿Por qué no he..., he muerto?
—Era una de las cosas que tenía que decirte. Es una Luna de Sangre. Bruman me la dio. Nos dará tiempo hasta que consigamos desvincular el conjuro de Azskar, tendremos…
Me apartó bruscamente y se alejó unos pasos. Miró al techo, mientras se mordía los labios con fuerza. Cuando regresó la mirada hacia mí, sentí que sus ojos estaban hechos de hielo.
—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué no has respetado mi decisión? —Caminó hacia mí, con la mano en el centro del pecho—. ¡Elegí morir! Lo elegí conscientemente. Siempre tienes que venir y tener la última palabra. Hacer algo sin consultarme, minimizar mi gesto.
Inspiré profundamente; soporté lo gélido de su mirada y lo punzante de sus palabras. Apreté las manos para canalizar la frustración y, todo lo tranquilo de lo que fui capaz, dije:
—Leyla, no lo he hecho para fastidiarte.
Ni para minimizar nada. Valoro lo que hiciste por mí, pero no estoy de acuerdo.
Tuve la oportunidad de coger esa piedra y lo hice, por el bien de ambos.
Solo tendremos dos oportunidades más; a la siguiente, él se cobrará el hechizo de sangre.
La piedra nos dará tiempo a buscar soluciones.
Es lo único que quiero: tiempo. Maldito tiempo.
Así que, por favor, no te enfades conmigo, porque no nos queda mucho.
No podemos pasar lo que nos queda discutiendo.
—No es tan simple. Debiste haberme consultado.
—¿Y qué me habrías dicho? Que no —espeté—. ¿Me puedes explicar por qué te obcecas en morir? Aunque sea para salvarme, ¡no estoy de acuerdo!, ¿me oyes? No estoy de acuerdo.
El labio inferior le tembló. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Me acerqué para abrazarla, pero dio un paso atrás.
—No merezco vivir, Málakor. No lo merezco.
Debo morir haciendo algo bueno, porque no hice nada a tiempo de salvar a muchas personas.
A Brianna, a ese guardia, a tantos otros que seguramente hayan muerto en Knegara por culpa de las tretas de Azskar.
Incluso podría haber salvado a Bérenon de su desgracia.
Sin embargo, tuve delante a ese monstruo y hasta yací con él.
No supe ver quién era a tiempo de clavarle un puñal en el corazón, sacárselo del pecho y quemarlo en la más voraz de las hogueras.
Y… ahora no puedo olvidarme de él. No puedo.
He hecho tanto mal por él, Málakor, que solo merezco que me haga daño.
Su dolor volvió a atravesarme. Fue como un torbellino hecho de cuchillos.
—Leyla, tienes que dejar de herirte por cosas que solo son su culpa. Tienes que hacerlo.
—No todas son su culpa. Muchas son mías, tuyas. Te dije que tener a Xelirian aquí nos traería problemas. Él nos ha encontrado gracias al crío.
—El niño no tiene la culpa.
—Si me quedo aquí, podrás llevártelo dónde vayas —dijo con rabia—, por eso quieres que me quede, por nada más.
Sentí unos dientes clavándose en mi corazón.
Venían con sus palabras. Aunque estaba terriblemente cansado, no quería rendirme.
Le había prometido que estaría a su lado.
Me acerqué despacio, volvió a apartarse; sin embargo, la tomé por los hombros y la obligué a mirarme.
Sus ojos estallaban en fuego, en desconfianza, hasta en odio.
—No, Leyla, no es por eso. Quiero que sanes; necesito que sanes. Mientras no lo hagas, él podrá manipularte. Ya has oído cuáles son sus intenciones. Quiere tenerte con él, convertirte en algo que no eres. Mientras haya sentimientos por él en ti, podrá conseguirlo.
—Quiere matarte más de lo que me desea —dijo con un tono celoso que me heló la sangre—. Hará su conjuro, me matará y luego irá a por ti.
—La Luna de Sangre nos dará tiempo. Tenemos dos oportunidades más. A la cuarta será la vencida, pero podemos conseguirlo. Por favor, quédate en Irasis. Los dragones reforzarán la seguridad de la ciudad después de esto. Azskar no podrá llegar hasta a ti.
—No lo sabemos.
—No, pero es más probable que exponerte a la superficie, donde no hay ninguna garantía de protección para ti.
—Déjame sola —apartó mis manos y se llevó las suyas a la cabeza—, necesito pensar.
—No voy a dejarte sola. Me quedaré en silencio, en un rincón, pero no te dejaré sola.
—Como quieras.
Se fue al aseo. Allí se encerró tras dar un portazo.
Solté un suspiro que me salió entrecortado por lo rápido de los latidos de mi corazón, mientras miraba hacia la puerta.
Me pareció un muro de mil metros de grosor por otros mil de alto.
Por más que intentase llegar hasta ella, no lo conseguía.
Esa era, una vez más, la máxima entre nosotros.
Me senté en una butaca, junto al fuego, y esperé. Yerzaenis y Hach vinieron a ver cómo estábamos y a comunicarme que las aguas estaban tranquilas, lo que me alivió. Tuve que darle explicaciones a la dragona sobre la Luna de Sangre. Aunque temí represalias, que me echasen de allí, me dijo:
—Has hecho lo correcto. Esa piedra os dará tiempo. No dejes de intentar romper el vínculo, Málakor, hagas lo que hagas, no cejes en tu empeño.
—¿Puedes ayudarme? —pregunté—. ¿Alguien aquí puede?
La dragona negó con la cabeza.
—No, pero encontrarás el modo en Rádamo, te lo puedo asegurar. No será fácil, pero será.
Sus palabras me dieron cierta esperanza, y hasta sentí ganas de darle una abrazo por ellas.
Sin embargo, me quedé quieto. Ni yo era muy de abrazar ni teníamos tanta confianza.
Leyla no dejó el aseo ni siquiera entonces.
La dragona entró a verla y estuvieron hablando durante horas, en tanto que Hach y yo dormitábamos a ratos, sin dejar sendas butacas al calor del fuego.
Cuando la dragona se fue, el bardo lo hizo con ella.
No le pregunté a Yerzaenis de qué habían hablado, no quería entrometerme; solo confiaba en que la hubiera hecho entrar en razón.
Se quedó tal silencio que temí que Flechas se hubiera escapado por la ventana y largado a cometer alguna locura, así que, al filo de la madrugada, abrí la puerta. Estaba dormida en la bañera, usando unas toallas como almohada, hecha un ovillo.
—Prefieres dormir ahí que salir para verme la cara. Eres cabezona y orgullosa como tú sola.
La cogí en brazos. Ella abrió los ojos, asustada.
—Málakor…
—Voy a llevarte a la cama. Revuélvete como un gato si quieres, no dejaré que duermas en una maldita bañera.
Resopló, mas no puso objeción. La posé sobre las sábanas, mientras me miraba con un reproche en sus ojos somnolientos.
—Duérmete. Estaré ahí —señalé con la cabeza la butaca—, por si me necesitas.
Cuando asintió, ocupé mi lugar. Leyla se metió bajo las sábanas. Pasado un rato, sumidos ambos en el silencio reinante, ella lo rompió para decir:
—Está bien, me quedaré aquí. Es lo mejor que puedo hacer ahora mismo. Trataré de sanar con ayuda de los dragones.
Sentí una paz tan profunda que me hizo suspirar aliviado.
—Gracias por entender que debes quedarte.
—Gracias a ti, Málakor, aunque pienses que no, has sido la llama de mi vela, como prometiste. —Tras un suspiro en el que supe iba el recuerdo de aquel día, añadió—: Entonces, pronto nos despediremos, quizá para siempre.
—No digas eso. Jamás será para siempre entre tú y yo.
—Ni quedarse ni despedirse, ¿no? —Esbozó media sonrisa de circunstancias.
La saliva se me quedó atascada en la garganta, ante tan amarga certeza, pero logré decir:
—Me duele no ser quien sane tus heridas, son más fuertes y profundas de lo que puedo manejar, pero me basta con que sanen, aunque sea por otras manos. Tu felicidad es lo primero y vale más que mi orgullo. No quiero que ese , esta vez, estropeé nada.
—El único orgullo que siempre lo ha estropeado todo ha sido el mío.
—Sonrió amargamente—. Quería empezar desde cero contigo, pero me equivoqué.
Creo que he tratado de usarte para llenar un vacío.
Nunca lo hemos hecho bien, porque no estamos hechos el uno para el otro.
Incluso con Lúdric, siendo quién era, las cosas eran mucho más fáciles.
Esas palabras, que volaron por la penumbra de la habitación como murciélagos, también me mordieron con fuerza. Me rasqué la mejilla. No podía contestar a eso, pero dolió.
—¿Quieres venir a la cama? —dijo después—. No descansarás bien ahí.
—No voy a descansar, voy a hacer guardia.
—Haz guardia aquí. Estarás más cómodo.
Apoyé las manos en los brazos de la butaca, presto a levantarme, pero un pulso de mi corazón me dijo que estar con ella en la cama sería un error. Sin embargo, no lo escuché, porque una parte de mí quería tenerla cerca, a pesar de todo. Así que dejé la butaca y me tendí a su lado.
Leyla se cobijó en mis brazos. Su aroma a lavanda me llenó la nariz y me hizo sentir en un lugar familiar.
Deseado por mucho tiempo. Tristemente, fui consciente, más que nunca, de que ella no era mi lugar en el mundo.
No al menos en el modo que habíamos pretendido entre tantas idas y venidas.
La exploradora levantó la cabeza hacia mí; mis labios rozaron su frente.
—¿Puedo besarte, Málakor? —susurró—. Un beso de despedida. Si te vas sin habernos besado una última vez, firmando la paz que tanto nos merecemos, no me lo perdonaré. Sé que me ciega el orgullo a veces y…
No la dejé hablar más; pegué mis labios contra los suyos con suave apremio.
Aunque fue un beso que recordaría por siempre, por cuanto significaba, no me aceleró el corazón como otras veces.
Aunque no pudiera olvidarla, aunque volviera a sentir por ella mil cosas, porque lo que nos unía no se iría de un día para otro, supe que aquel había sido, de una vez por todas, el último beso entre nosotros.